Este amor no es viral Capítulo 34
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Capítulo 34

La puerta se cierra. Lucas no se mueve. Durante unos segundos el bar vuelve a ser un bar. Una mesa al fondo. Dos clientes que miran y luego deciden no mirar.

En el suelo, el portátil. Una tecla separada del resto. Se agacha, lo recoge, lo abre.

Pantalla negra. Pulsa el botón de encendido. Nada. Suspira. No enfadado ni ofendido sino preocupado.

—Mierda —murmura.

No por el ordenador. Por la frase.

« Igual dejo de escribir » .

Eso sí le inquieta. Se queda de pie detrás de la barra con el portátil roto en las manos. Repasa la discusión. No recuerda haberle atacado. Recuerda haber sido honesto. Quizá demasiado. Se apoya en la barra.

Entiende algo tarde: no discutían sobre el texto. Discutían sobre lo que había pasado por la mañana. Y sobre el “ahora”. Y sobre el miedo.

Mira la puerta por donde salió. No va detrás. No porque no quiera. Porque sabe que ahora mismo cualquier palabra sería gasolina.

Deja el portátil en la barra. Lo mira como si pudiera arreglarse solo. No puede. Y lo que se ha roto no es solo plástico.

***

Camino rápido. No miro atrás.

« Brillante salida. Muy teatral » .

—Cállate.

Subo las escaleras de casa sin quitarme el enfado. Entro y cierro de golpe la puerta. Silencio. Ahora sí. Me apoyo en ella. Respiro fuerte.

—No necesito su validación.

« Claro. Por eso fuiste » .

—No fui por validación.

« Fuiste porque Clara te desmontó y querías que él te devolviera algo » .

Eso duele. Camino hasta el sofá. Me dejo caer de golpe. Estoy enfadada. Con él. Con Clara. Conmigo. Porque tienen razón. Porque estoy escribiendo desde la rabia. Porque me fui antes de que pudiera decir algo más.

« Y porque te importa más de lo que querías admitir » .

Me tapo la cara con las manos.

—No voy a dejar de escribir.

« Lo dijiste » .

—Estaba enfadada.

« Estás mucho más que enfadada » .

Silencio.

La casa está demasiado quieta. Sin el ruido del bar. Sin su voz. Sin el portátil. Miro mis manos. No tengo nada. Ni texto. Ni ordenador. NADA.

« Siempre has sido valiente cuando el enemigo estaba fuera. Ahora está dentro » .

—No dramatices.

« No estoy dramatizando. Estoy observando » .

Me levanto. Me quito los zapatos. Voy al dormitorio. Me tumbo. La rabia empieza a bajar un grado, luego dos y después: Miedo.

¿Y si Clara tiene razón?

¿Y si Lucas tiene razón?

¿Y si no soy tan buena cuando no estoy luchando contra algo?

« ¿Y si esto no va de talento sino de identidad? »

Cierro los ojos. No quiero pensar. No quiero revisar la conversación. No quiero analizar el “anoche no sonabas así”. Me doy la vuelta. Me tapo hasta la cabeza como si tuviera ocho años.

« No se arregla durmiendo » .

—No.

Pero al menos, durmiendo, no escucho. El cansancio es más fuerte que la rabia. Más fuerte que el orgullo. Más fuerte que la conciencia. Y poco a poco, me sumo en un profundo sueño. No porque esté en paz sino porque estoy agotada.

***

El móvil vibra en la mesilla. No lo cojo. Estoy medio dormida. Medio enfadada. Vuelve a vibrar. Abro un ojo. Lucas. Lo dejo ahí. Mi conciencia murmura:

« Contéstalo » .

No. Cinco minutos después, lo miro.

Lucas: Lo siento por lo del portátil.

Nada más. Sin “por lo de antes”. Sin “por la discusión”. Solo eso. Mi orgullo se incorpora primero que yo. No contesto.

« Es una disculpa » .

—Es logística.

« Es un gesto » .

—Es culpabilidad técnica.

Bloqueo la pantalla. Me doy la vuelta. No voy a facilitar esto. Si quiere arreglar algo, que lo arregle bien.

Silencio.

Pasan quince minutos. Luego media hora. El móvil no vuelve a vibrar. Bien. Que piense. Que se quede con la duda.

Mi conciencia sonríe.

« Qué madura » .

—Cállate.

Intento dormir otra vez. No puedo. Estoy demasiado despierta por dentro. Demasiado consciente de que no he contestado. Demasiado consciente de que quiero contestar. No lo hago.

***

Lucas mira la pantalla. Sin respuesta. Suspira. No insiste. No escribe otro mensaje. Mira el portátil roto sobre la mesa del bar. Pantalla inerte. Tecla fuera. Lo cierra. Se queda pensando un segundo más de lo que admitiría. Luego toma una decisión.

***

Una hora después llaman al timbre. Tardo en reaccionar. ¿Quién…? Miro el reloj. Demasiado tarde para visitas. Mi conciencia susurra:

« Si es él, no abras » .

Claro. Me levanto. Camino hasta la puerta. Miro por la mirilla. Es él. Con algo en las manos. Abro.

—¿Qué haces aquí?

Lucas sostiene el portátil roto. Y una caja. Nueva.

—No contestabas.

—Eso no significa que puedas presentarte en mi casa a estas horas...

—Lo sé.

Silencio.

Me tiende el portátil roto.

—Esto es mío ahora.

Frunzo el ceño.

—¿Perdón?

—Lo rompiste en mi bar. Lo arreglo yo.

Luego levanta una caja.

—Y esto es tuyo.

La reconozco al instante. Ordenador nuevo. Mi orgullo intenta mantenerse en pie.

—No necesito que me compres nada.

—No te lo estoy comprando. Te estoy quitando una excusa para que abandones tu trabajo.

Golpe.

—No tengo excusas.

—Has dicho que quizá dejes de escribir.

Silencio.

Eso duele más ahora que hace unas horas.

—Estaba enfadada.

—Lo sé.

—Contigo —intervengo dañina.

—También lo sé —responde firme.

No hay sarcasmo en su voz. Solo calma. Eso me irrita.

—No puedes arreglar esto con un portátil.

—No estoy intentando arreglar “esto” —Pausa— Estoy intentando que mañana puedas trabajar, si quieres.

Silencio.

El pasillo parece demasiado estrecho.

—No vine a discutir —añade— Eso ya lo hicimos y no tengo ganas de volver a hacerlo.

Una sombra de sonrisa en su cara.

—No vine a pedir nada.

Eso cambia el aire.

—Entonces ¿a qué has venido?

Me mira. Directo.

—A no dejarlo roto.

No sé si habla del ordenador.

Mi conciencia susurra:

« Ahí está el gesto » .

No cedo. No todavía.

—Déjalo ahí —digo al fin.

Se inclina. Deja la caja en el suelo del pasillo. Me enseña el portátil roto.

—Me quedo con este.

—¿Para qué?

—Para intentar arreglarlo.

—¿Y si no quiero que lo arregles?

—Entonces lo arreglaré igual.

Eso casi me hace sonreír. Casi.

Silencio.

No nos tocamos. No nos acercamos. Pero la tensión ya no es rabia. Es algo más frágil.

—Buenas noches, Vera —dice.

Se gira. Camina hacia el ascensor. No lo llamo. No lo detengo. Cierro la puerta. Me apoyo en ella. Miro la caja en el suelo.

Mi conciencia habla suave ahora.

« No te está pidiendo que lo perdones » .

—Lo sé.

« Te está pidiendo que no te destruyas por orgullo » .

Silencio.

Miro la caja otra vez. No la abro. Todavía no. Pero tampoco la saco fuera de casa.