Capítulo 32
Tras colgar el teléfono solo hay: silencio. El cursor sigue parpadeando como si tuviera algo que demostrar.
Yo no. No he pasado por el bar. No le he escrito. No he pedido explicaciones.
He venido directa a trabajar.
Adultísima. Mi conciencia se aclara la garganta.
« Claro. Muy madura. Huir siempre ha sido tu estrategia más sofisticada » .
—No estoy huyendo.
« No. Estás “priorizando”. Que suena más profesional » .
Respiro hondo. No estoy triste. Estoy enfadada.
Porque si tan mala idea era, podría haberlo pensado antes. Porque si tan consciente es, podría haber evitado el tono didáctico a las nueve de la mañana. Porque si “ahora no”, el ahora lo decidió él.
« Ah, el orgullo. Qué rápido aparece cuando alguien no se derrumba después de acostarse contigo » .
—No quería que se derrumbara.
No. Querías que se quedara un poco más.
Eso, eso molesta. Miro la pantalla. Intento escribir algo. Lo que sea. Una frase neutral. Profesional. Limpia.
Borro. Otra. Borro.
Siempre has sido valiente escribiendo sobre hombres que te hicieron daño. Curioso que te bloquees con uno que no lo ha hecho.
—No me ha hecho daño.
Todavía.
Aprieto los dientes.
—No empieces.
« ¿No empiece qué? ¿A recordarte que ahora mismo no sabes si ir al bar o fingir que eres de acero? »
Miro el reloj. Tengo que entregar algo antes de las seis. Tengo un protagonista que ahora mismo no es solo eso.
Y tengo una sensación incómoda de que, por primera vez, no estoy escribiendo desde la distancia sino desde el centro.
« Te molesta que se haya ido pensando » .
—No se fue pensando. Se fue… consciente.
« Exacto. Y tú querías que se fuera un poco menos lúcido » .
Eso es injusto. Y cierto. Me inclino hacia el teclado.
—Trabajo —murmuro—. Vamos a trabajar.
« Sí. Escribe. Pero no olvides que esta vez no estás analizando a un hombre. Estás implicada » .
El cursor sigue ahí. No he pasado por el bar. Pero el bar está aquí. Y lo peor no es que me guste. Lo peor es que, si esto sale mal, no perderé solo un tema. Perderé un sitio donde me sentía cómoda.
« Y eso sí te asusta » .
Silencio. Sí. Un poco .El cursor sigue parpadeando.
Mi conciencia sonríe.
« Excelente timing el tuyo » .
—¡Cállate! —grito en voz alto a mi conciencia.
Miro la pantalla. Respiro. Intento volver a la frase que no avanza. El móvil vibra. Número conocido. Lucas.
Me quedo mirándolo un segundo más de lo necesario. Lo abro.
Lucas: ¿Cómo va?
Eso es todo. Nada más. Ni artículo. Ni nosotros. Ni “hola”.
Solo: ¿Cómo va?
Mi conciencia aplaude despacio.
« Magnífico. El protagonista preguntando por el texto mientras tú sigues procesando la mañana » .
No contesto.
Vuelvo a leer el mensaje.
Podría estar preguntando por el artículo. Podría estar preguntando por mí. Podría estar manteniendo distancia con elegancia.
Maldita ambigüedad.
Escribo. Borro. Vuelvo a escribir: Avanzando.
Demasiado frío. Borro.
En ello.
Demasiado neutro.
« ¿En ello como periodista o como mujer que no sabe qué hacer contigo? »
—Cállate.
Dejo el móvil boca abajo. No voy a sobreactuar. No voy a leer más de lo que hay.
Es un mensaje breve. Yo puedo ser breve. Lo vuelvo a coger.
Vera: Trabajando en ello.
Enviar.
El mensaje pasa a entregado. Luego a leído. Y nada más.
Silencio. Miro la pantalla como si fuera a parpadear otra vez. Nada.
Mi conciencia carraspea.
« Ah. El elegante arte de dejar en visto » .
—Estará trabajando.
« Claro. Porque tú no lo estás » .
Dejo el móvil boca abajo. Lo vuelvo a girar. Nada. Vuelvo a ponerlo boca abajo.
—No pasa nada —murmuro.
« Solo te acabas de acostar con él y ahora no sabes si el “cómo va” era profesional o emocional. Nada importante » .
Respiro hondo.
No necesito que conteste. No hemos firmado nada. No hay cláusulas de seguimiento post-noche.
El cursor parpadea. Intento escribir. No puedo.
Mi cabeza empieza a construir escenarios que no he pedido.
Que si fue impulso. Que si está marcando distancia. Que si el “ahora” era un aviso. Que si el mensaje era solo cortesía profesional.
« Te molesta que no haya añadido nada más » .
—No.
« Te molesta que no haya añadido un “¿y tú?” ».
Eso.
¡Maldita sea!
No quiero que me pregunte cómo estoy. Pero quiero que quiera preguntarlo. Me reclino en la silla. Esto es ridículo.
Tengo una fecha de entrega. Tengo una jefa que quiere claridad. Tengo un artículo pendiente.
Y estoy analizando un visto.
« Siempre has sido brillante diseccionando estructuras de poder. Ahora estás atrapada en dos palabras y un doble check azul » .
Cierro los ojos. No es el mensaje. Es lo que no dice. Y lo que no dice pesa más. Vuelvo a mirar el móvil. Nada. Perfecto. El silencio ya no es neutral. Ahora es tensión. Y la tensión, cuando no se resuelve, empieza a crecer sola.