Capítulo 31
Lucas se despierta antes. La luz entra demasiado clara para lo que pasó. Estoy adormilada de medio lado. Tranquila.
Noto como me observa un momento. No parece arrepentido, pero sí consciente. Se sienta en el borde de la cama. Se pasa la mano por la cara. Susurra:
Esto lo complica todo.
Yo abro los ojos.
—Hola.
—Hola.
Silencio.
—No ha sido un error —dice.
Espero.
—Pero quizá no debería haber pasado ahora.
Ah. La puntualización.
Me incorporo.
—¿Ahora cuándo? ¿En medio del caos? ¿En mitad del artículo?
—En mitad de todo.
Tiene razón. Y eso es incómodo.
—Ahora nada va a ser igual —añade.
No.
Ya no es solo el dueño del bar. Ya no soy solo la periodista incómoda. Ahora hay memoria compartida.
—Nunca fue neutral —le digo.
Me mira. No discute. Se inclina. Me besa. Distinto al de anoche. Más consciente.
—Hablamos.
Siempre esa palabra. Se viste. Se va.
La puerta se cierra con un sonido demasiado definitivo para ser tan temprano.
Me quedo en la cama mirando el techo.
No ha sido un error. Ha sido una decisión.
Y las decisiones, a diferencia de los artículos, no se pueden editar al día siguiente.
***
La puerta se cerró hace horas.
Sigue sonando. No porque vuelva. Porque se fue.
Abro el portátil.
Documento en blanco.
Hoy toca escribir el artículo de Lucas. Ha dicho que sí. Con condiciones. Con dignidad. Con esa frase final que ahora me rebota en la cabeza como un aviso legal.
No ha sido un error. Pero quizá no debería haber pasado ahora.
Empiezo.
Lucas no quiere ser símbolo de nada.
Borro.
Demasiado limpio.
Contar una historia es aceptar que después las cosas cambian.
Me quedo mirando la frase.
Cambian.
Anoche no parecía tan analítico. Anoche no hablábamos de consecuencias.
Cierro el portátil.
No puedo escribir sobre alguien que hace diez horas estaba en mi cama y esta mañana hablaba de “ahora no”.
No estoy triste. Estoy enfadada. Porque no fue un error. Pero tampoco fue exactamente una celebración.
Cojo el móvil. Si no lo digo en voz alta, mi cabeza va a editarlo.
—Álvaro—mi voz resuena de ultratumba.
—Dime que no has hecho nada estúpido —contesta.
—Define estúpido.
Silencio.
—Vera… —su voz entre regañándome y asertiva lo dice todo.
Camino por el salón.
—Se quedó en casa.
—¿Quién?
No le gusta que le haga trabajar.
—Lucas.
Pausa.
—¿Se quedó… hablando?
—No.
Silencio más largo.
—¿En tu casa?—pregunta impaciente.
—Sí.
—¿En tu cama?
—Sí.
Exhalo.
—Nos acostamos—concluyo al fin.
Lo digo rápido. Como si así pesara menos.
Silencio.
Luego una risa breve.
—¡¡Por fin!! —exclama riéndose.
—No es gracioso.
—Es coherente, se veía venir, había mucha tensión contenida entre vosotros, había que soltarla de alguna forma.
—Se ha ido esta mañana—le corto porque mi amigo se monta muchas películas solo.
—Eso también es coherente.
Me dejo caer en el sofá.
—Ha dicho que no fue un error.
—Bien.
—Pero que quizá no debería haber pasado ahora.
—¡Ah!
Ese “ah” que significa: estaba pensando mientras tú estabas sintiendo.
—Estoy escribiendo su artículo —digo.
—Maravilloso. Drama estructural perfecto—suelta y juro que lo mato.
—No puedo concentrarme.
—Claro que no puedes. Te has acostado con el protagonista—concluye y si pudiera sacar la mano por el teléfono lo estrangularía.
—No lo digas así.
—¿Cómo quieres que lo diga? ¿“Colaboración editorial avanzada”?
Le odio.
—No quiero que el artículo suene contaminado.
—Todo lo que escribes está contaminado por ti. Esa es la gracia cariño.
Silencio.
—Estoy cabreada —admito.
—¿Con él?
—Con el “ahora”.
—No se fue arrepentido, ¿verdad?
—No.
—Se fue pensando que no era el momento.
Eso duele más. Álvaro siempre sabe que decir pero siempre duele.
—No quiero que esto cambie el bar.
—Demasiado tarde.
Miro el techo.
—¿Te gusta? —pregunta.
No tardo.
—Sí.
—Entonces deja de fingir que esto es solo un artículo.
—No quiero perderlo.
—Entonces no lo conviertas en texto todavía.
Esa frase me frena.
—¿Qué hago?
—Escribe. Pero no desde la resaca emocional. Escribe desde lo que sabes de él. No desde lo que sientes ahora mismo.
Silencio.
—Y cuando lo veas —añade— no hables del artículo primero.
—¿De qué hablo?
—De lo que pasó.
Maldito.
Cuelga.
Siempre me deja sin excusas.
***
Vuelvo al portátil.
Lo abro.
Respiro.
Escribo:
Esta no es una historia para equilibrar nada. Es una historia porque alguien decidió contarla, aun sabiendo que contar cambia la forma en que lo miran.
Me detengo.
Borro.
Lucas se fue. Sí.
Pero dijo que sí.
Y quizá lo que me molesta no es que se haya ido.
Es que ahora ya no puedo escribir sobre él desde la distancia.
Ahora lo conozco de otra forma.
Y eso no se edita.