Este amor no es viral Capítulo 30
66%

Capítulo 30

Al día siguiente hablo con Clara. Del artículo. De las opciones. De cómo apagar un incendio sin que parezca que hemos salido corriendo con el extintor.

Decide posponer El encantador de perros. No porque no funcione, sino porque ahora mismo necesitamos justo lo contrario: calma. Y nada calma más a ciertos lectores que un protagonista masculino. Preferiblemente vivo y con nombre propio.

La historia de Lucas aparece sobre la mesa como si llevara ahí desde el principio. Clara lo dice con naturalidad, como si no supiera lo que hace.

—Es la mejor opción —dice—. Siempre que él esté de acuerdo.

Claro.

Ese pequeño detalle.

Es verdad que en su día Lucas se prestó. Dijo que sí con esa ligereza de quien no ha tenido tiempo de arrepentirse todavía. La duda es si ahora, con el ambiente como está, seguirá teniendo ganas de contar nada.

—Habla con él —añade Clara—. Si nos lee, sabe perfectamente cómo está la situación. Nos vendría bien bajar un poco el tono.

Bajar el tono. Esa expresión tan editorial para decir que nadie se enfade.

—Está bien —digo—. Se lo diré.

Y no sé por qué me incomoda tanto la idea de volver a hablar con él después de lo de ayer. Bueno, sí lo sé. Lo sabe cualquiera con un mínimo de honestidad y una conciencia suficientemente maliciosa.

Cada vez te gusta más, dice esa voz interior que se parece demasiado a Álvaro como para ignorarla.

Y tiene razón. Me gusta. Aunque no haya pasado nada. Aunque probablemente no pase nunca nada. Aunque esto sea una novela y yo sea especialista en complicarme la vida sin necesidad.

Me cuesta estar cerca de él sin notar esa atracción incómoda, silenciosa, de las que no hacen ruido hasta que un día lo hacen todo a la vez. Y lo peor no es eso. Lo peor es la logística emocional del desastre.

Porque cuando todo salte por los aires —si es que salta— no solo perderé la calma. Perderé mi rincón favorito.

El bar.

El café casi siempre malo.

El sitio donde puedo escribir, pensar y fingir que tengo la vida más o menos bajo control.

Y eso, francamente, sí que no estoy segura de poder perdonarlo.

***

Salgo de la oficina con una seguridad que no me creo ni yo. Cuanto más me acerco al bar, más evidente se vuelve el engaño.

No sé si esto es buena idea.

Spoiler: nunca lo es.

Lucas está en la puerta, hablando por teléfono. Me ve. Me saluda. Y ahí se acaba cualquier posibilidad de huida digna.

Genial, pienso. El universo otra vez colaborando poco.

—¿Qué te trae por aquí tan pronto? —pregunta, colgando.

—Un artículo —respondo, versión corta y sin efectos secundarios.

Estoy nerviosa. Mucho. De ese nerviosismo que no mejora con café, ni siquiera con el malo.

—¿Vienes a escribir a tu rincón favorito? —añade—. Ya sabes que siempre lo tengo reservado para ti.

No sé si es un cumplido, una provocación o una estrategia de marketing emocional. Hoy no estoy para descifrar nada.

—En realidad… —digo— necesito preguntarte si sigue en pie lo de publicar tu historia.

Silencio. Breve. Incómodo. Educado.

—¿Ahora sí quieres escribir sobre mí? —dice—. ¿Qué te ha hecho cambiar de idea?

El tono corta. No mucho. Lo justo.

—Necesitamos que la gente se calme —explico—. Clara, mi jefa, y yo hemos pensado que quizá ver que los hombres también sufren desamores, desgracias o como quieras llamarlo…

—¡Ja! —interrumpe—. Qué bonito.

Ironía servida sola, sin azúcar.

Sé que dicho así no es muy tentador. También sé que fue él quien ofreció la historia. Pero hoy no es un día para recordar detalles.

—¿Quieres o no? —pregunto, ya sin diplomacia.

—Tengo que pensarlo —responde—. Ahora, si me disculpas, tengo trabajo.

Miro alrededor.  El bar está vacío. El trabajo es, como mínimo, abstracto.

No discuto. Doy media vuelta y dejo una tarjeta sobre la barra.

—Si cambias de opinión, este es mi número del trabajo.

—Perfecto —dice—. Veo que hoy no quieres ni café malo.

—No me apetece. Tengo que escribir un artículo. Prefiero hacerlo en la oficina.

—Genial —responde—. Igual la próxima vez tu sitio no está reservado.

—Estupendo —contesto, afinando el mismo tono afilado que él.

Salgo casi corriendo. Si esto fuera un dibujo animado, sería yo convertida en el personaje rojo de InsideOut , echando fuego por las orejas y destruyendo mobiliario urbano.

Necesito calmarme. Porque esto puede acabar muy, muy mal.

Le escribo a Clara. Y me voy a casa.

Clara contesta en menos de un minuto.

¿Ha dicho que sí?

Directa. Ejecutiva. Sin emoticonos.

Ha dicho que lo piensa , respondo.

Tres puntos suspensivos. Luego:

Eso es un no con ego.

Sonrío. Porque probablemente tiene razón. Y porque Clara tiene esa habilidad irritante de resumir los dramas en una frase que cabe en un post-it.

Camino a casa repasando la escena como si hubiera cámaras ocultas y yo fuera la única que no ha entendido el guion.

No he ido a pedirle su historia. He ido a pedirle que me salve el artículo y eso se nota.

En casa dejo el bolso en el suelo, me quito los zapatos y abro el portátil como quien abre una herida que todavía no sabe si va a cicatrizar sola.

Documento en blanco.

Título provisional: Los hombres también sufren.

Lo miro. Lo cierro. No somos una ONG emocional.

Abro otro.

Calma editorial.

Lo cierro también. Demasiado honesto.

Me sirvo vino. No mucho. Lo justo para que la ironía fluya y la dignidad no se desmaye.

Lo que me molesta no es que Lucas haya dudado. Es que tenga motivos.

Si publico su historia ahora, parecerá una estrategia. Si no la publico, parecerá una huida.

Es fascinante cómo cualquier decisión puede convertirse en sospechosa cuando hay ruido de fondo.

El móvil vibra. Número desconocido. Lo miro como si fuera una amenaza administrativa. Contesto.

—¿Sí?

Silencio breve. Respiración reconocible.

—No me gusta ser el parche de nadie —dice Lucas al otro lado.

Directo. Sin saludo. Apoyo la espalda en la pared.

—No quiero que pienses que te estoy utilizando.

—Lo parecía.

Así. Sin volumen. Sin reproche. Solo verdad.

Camino por el salón.

—Lo planteé mal—contesto intentando sonar más convincente.

—Lo planteaste como te convenía—responde con ese tono suyo sarcástico dulce.

Golpe limpio.

Respiro.

—Estoy cansada de que todo lo que escribo parezca una guerra. No quiero convertirte en mi escudo.

Silencio.

—No soy bueno siendo el mensaje de nadie —dice él.

Ahí está Lucas. Seco. Breve. Exacto.

—Si cuentas mi historia —añade— que sea porque yo quiero. No para equilibrarte el artículo.

Eso duele un poco. Porque tiene razón.

Miro el techo.

—Ven a mi casa.

Silencio.

—¿Para qué?

—Para hablar. Sin barra de por medio. Sin testigos. Sin titulares.

Otra pausa.

—Vale.

Y cuelga. Le mando la dirección por WhatsApp.

Ni dramatismo. Ni emoticonos. Como si esto fuera perfectamente razonable.

***

Cuando suena el timbre ya he decidido que no voy a fingir seguridad.

Abro.

Lucas entra con esa cautela suya que parece tranquila pero no lo es.

—No quiero discutir —dice.

—Yo sí. Pero me parece bien.

Se quita la chaqueta. Se queda de pie. Yo también.

—No quiero ser el recurso narrativo para calmar lectores —comenta.

—No lo eres, de verdad...

—Lo parecía.

Suspiramos a la vez. Eso no ayuda.

—Lo parecía porque estoy agotada —reconozco—. No porque quiera usarte.

Eso lo descoloca un poco, no demasiado, pero sí lo suficiente.

—Entonces dime que no necesitas que te salve de nada.

Lo miro.

—No necesito que me salves el artículo.

—¿Y qué necesitas?

Ahí la conversación deja de ser profesional.

—Necesito saber si lo que pasó ayer fue solo tensión… o algo más.

Silencio.

Lucas se acerca un paso. Yo no retrocedo.

—No fue solo tensión —dice.

Honesto. Sin adornos.

La cocina parece demasiado iluminada para esta conversación.

—¿Quieres vino? —pregunto.

—Sí.

Eso también es una decisión.

***

Cenamos una ensalada preparada que tenía en la nevera. Nada gourmet. Nada simbólico, algo rápido.

Hablamos. Primero del artículo. Luego de Clara. Después del bar y de cuándo empezó exactamente esta tensión absurda entre nosotros.

—El día que me corregiste una frase delante de todo el mundo —dice y me quedo mirándole sin entender nada.

—Tenías un adjetivo innecesario.

—Era bueno —respondo y lo miro perpleja.

—Era excesivo.

Se ríe. Yo también.

Abrimos otra botella.

La discusión pierde filo. Empieza a tener bordes suaves.

—Te incomoda esto —dice.

—Me incomoda que me importe.

Eso se queda flotando.

Lucas me mira como si estuviera decidiendo algo que no tiene que ver con la revista.

—Esto sí que es mala idea.

—Casi todo lo interesante lo es.

Sonríe. Y entonces deja de haber mesa para estar demasiado cerca y es ahí donde llega el primer beso, que no es urgente. Es contenido. Como si ambos lleváramos semanas evitándolo con disciplina.

Funciona. Las manos dejan de ser prudentes. Las distancias dejan de ser razonables. La conversación termina sin necesidad de conclusión.

No hace falta describir más. Solo diré que no hubo estrategia. Ni cálculo. Ni artículo pendiente.