Capítulo 29
Al día siguiente, la redacción huele a café recalentado y a crisis editorial.
Mi segundo artículo sigue abierto en todas las pantallas. No porque sea brillante. Porque parece seguir molestando.
—Vale —dice Clara, desde la cabecera de la mesa—. Vamos a ordenar esto.
Clara no levanta la voz. No hace falta. Cuando Clara dice “vamos”, significa ahora .
—El primer texto —continúa— ha generado quejas formales.
Formal es una palabra preciosa. Sirve para disfrazar enfados muy viscerales.
—Correos —añade—. Llamadas. Dos cartas con membrete.
—¿Membrete policial? —pregunto.
Álvaro me lanza una mirada de no ayudes .
—De asociaciones profesionales —corrige Clara—. Y de lectores.
—Que también son asociaciones de ofendidos —murmura Álvaro.
—Álvaro —dice Clara, sin mirarlo—. Luego.
Saca una hoja impresa.
—El problema no es Los interrogatorios del policía . El problema es cómo se ha leído.
—No hablaba de policías —digo.
—Lo sé —responde—. Pero tampoco hablaba de helados y nadie se ha dado por aludido.
Vale. Punto para Clara.
—Tu segundo artículo —continúa— es mejor. Más claro. Más adulto.
—Gracias.
—No era un halago.
Suspira.
—Has hecho algo bien —dice—. Has explicado. Has bajado el volumen sin pedir perdón.
—No tenía que pedirlo.
—Exacto —responde—. Pero tampoco podemos permitir que esto escale.
Apoya las manos en la mesa.
—Esta revista vive de opinión, no de trincheras.
Silencio.
—No te voy a censurar —añade—. Ni ahora ni después.
Respiro.
—Pero sí voy a pedirte una cosa: el próximo texto tiene que mirar hacia adelante, no hacia la herida.
—¿Y si la herida sigue abierta?
—Entonces se escribe mejor —dice—. No más alto.
Álvaro sonríe. Yo no sé si besarla o pedir otra semana libre.
—¿Consecuencias? —pregunto.
—Ruido —responde Clara—. El habitual.
—¿Y profesionalmente?
Me mira.
—Si la gente se enfada es porque ha leído. Si ha leído es porque importa. Y si importa… no vamos a echarte por eso.
Se levanta.
—Pero tampoco vamos a dejar que te conviertan en un saco de boxeo.
Camino al bar, el ruido sigue.
Comentarios. Mensajes. Opiniones no solicitadas.
En el bar, Lucas no dice nada.
Pero cuando un tipo murmura algo sobre “periodistas que odian a la policía”, Lucas levanta la vista.
Solo un segundo. El suficiente. El tipo paga y se va.
Lucas me deja el café.
—Hoy ha venido más gente a mirar que a beber —dice.
—Eso significa que el artículo funciona.
—O que la gente confunde leer con apuntar —responde.
Le sonrío.
No escribo sobre Lucas.
No porque no tenga material. Sino porque no todo lo que importa necesita publicarse.
Y, por primera vez desde que empezó todo, eso me parece una buena noticia.
***
Esa noche abro el portátil, pero en principio no sale nada.
Abro el archivo. El cursor parpadea como si tuviera prisa. Yo no.
El móvil vibra. Lo dejo boca abajo, como a alguien que habla demasiado.
Pienso en Clara. En cómo dice las cosas que no admiten réplica. En que no más alto no significa más bajo , sino mejor .
Pienso en Lucas. En su segundo de mirada. La gente cree que el poder siempre hace ruido. Error de principiante.
Anoto una frase en un papel suelto:
Si te enfadas es porque has entendido algo.
La rompo. Demasiado tranquilizadora.
Pruebo otra:
Hay lectores que leen para confirmar y otros que leen para cazar.
Esta sobrevive. De momento.
Bebo agua. La cerveza vendrá luego, si hace falta.
Al día siguiente la redacción está normal. Que es una forma elegante de decir que ya hay otro incendio.
Clara pasa por detrás de mi silla. No se detiene.
—No escribas contra nadie —dice, como quien comenta el tiempo—. Es aburrido.
Asiento. No porque esté de acuerdo. Porque tiene razón.
Abro un documento nuevo. Sin título. Los títulos son una trampa.
Escribo:
Después del ruido no viene el silencio. Viene la gente explicándote por qué tiene razón.
Sonrío un poco. Lo justo para no confiarme.
Podría escribir sobre Lucas. Material no me falta. Pero no lo hago.
También podría seguir escribiendo sobre este tema hasta que alguien me acuse de obsesión, o volver a repasar la lista de hombres que me hicieron daño, que ya va por varias páginas y ninguna tiene final feliz. De eso iba esta columna. O eso creía.
Pero Clara me ha pedido una cosa muy concreta: que no ofenda a nadie. Lo cual es curioso, porque yo no escribo para ofender. Escribo sobre lo que pasa. Si alguien se siente aludido, quizá no sea un problema de redacción.
Escribo sobre mis experiencias y las de otras. No para señalar. Para que las mujeres que se reconozcan en ellas sepan una cosa muy básica y muy poco publicada: que no están solas.
Así que esta semana no habrá ajuste de cuentas. Habrá otra historia.
Me la mandó una chica. No quiere venganza, ni titulares, ni que nadie la salve. Solo quiere contar lo que le pasó. Se titula El encantador de perros , que ya dice bastante y a la vez no dice nada.
No habrá nombres. No habrá demasiados detalles. No porque no existan, sino porque no hace falta que nadie se reconozca para entenderlo.
Habrá humor. Del incómodo. Del que no pide permiso. Del que te hace reír y luego te preguntas por qué.
Iremos con pies de plomo, sí. Aunque lo curioso de ir con pies de plomo es que siempre hay alguien dispuesto a decirte que aun así haces ruido.
En algún momento, quizá, escriba una historia sobre un hombre. Para equilibrar, para tranquilizar, para que nadie sienta que esto va de ellos. Tengo una. Me la contó Lucas. Tal vez lo hable con Clara. O tal vez no.
Esta columna empezó siendo para mujeres. A lo mejor ha llegado el momento de revisarlo. O a lo mejor no.
De momento, El encantador de perros puede traer algo poco habitual a esta semana caótica: un poco de paz. Y si no, al menos que sirva para recordar algo importante.
Que leer no siempre es estar de acuerdo. Y que contar una historia no es un ataque.