Este amor no es viral Capítulo 28
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Capítulo 28

Estoy leyendo los primeros comentarios cuando un tipo en la barra levanta demasiado la voz.

—Lo que escribís en esa revista es una vergüenza —dice—. Generalizáis, criticáis y luego os escondéis detrás de la libertad de expresión.

No me giro. Finjo concentración absoluta en la pantalla. Técnica milenaria: si no lo miro, no existe.

A mi lado, Álvaro remueve su café con expresión crítica. La misma que pone cuando presencia una mala cita heterosexual desde fuera. No interviene. Álvaro nunca interrumpe el desastre; lo estudia.

—Si tienes un problema con lo que lees, puedes dejar de leerlo —dice Lucas desde la barra, con un tono peligrosamente tranquilo.

El hombre resopla.

—Claro, porque ahora cualquier historia personal vale para juzgar a todo el mundo.

Lucas deja la cafetera. Da un paso. No invade, pero ocupa espacio. Ese espacio que algunos hombres saben manejar sin levantar la voz.

—Nadie está juzgando a nadie —dice—. Solo está contando una experiencia.

—Pues yo me siento atacado.

—Eso es cosa suya, caballero, si se siente atacado, será porque algo malo habrá hecho, ¿no cree?

Silencio. Incómodo. Perfecto.

—Las historias sirven para pensar —añade Lucas—. Si alguien prefiere enfadarse antes que pensar… también es su decisión.

El hombre paga su café con dramatismo innecesario y se va.

Yo sigo fingiendo que leo, aunque llevo diez minutos mirando la misma frase.

—Te ha defendido —dice Álvaro, en voz baja, sin mirarme.

—No exageres...

—No exagero —responde—. Yo exagero con hombres guapos, no con camareros atentos.

Lucas se acerca.

—No hace falta que me defiendas —le reprocho algo enfadada, no sé si por lo que ha hecho o por el comentario de Álvaro.

—No lo he hecho—responde con fingido sarcasmo.

Levanto la vista.

—He defendido que la gente pueda contar lo que vive —añade—. Que casualmente es lo que haces tú.

—¡Aja!

Se encoge de hombros.

—Además, me vendría mal que dejaras de escribir. El bar perdería entretenimiento.

—¡Capullo!

—Realista—responde de nuevo con esa chulería suya que le caracteriza.

Nos miramos un segundo más de la cuenta. Ese segundo peligroso donde todo podría volverse demasiado serio.

—¿Te ha afectado la polémica? —pregunta.

—Un poco —admito—. No estoy acostumbrada a que me odien desconocidos con tanta pasión.

—Significa que lo que escribes importa.

Parpadeo.

—¿Eso es un cumplido?

—No te emociones —dice—. Solo una observación.

Me trae otro café.

Perfecto.

Y, curiosamente, sabe a calma.

Lucas lleva diez minutos limpiando la misma taza. No es una taza especial. No está especialmente sucia. Es una taza normal, víctima de un proceso de pulido obsesivo que empieza a resultar sospechoso.

Yo finjo escribir. Él finge limpiar. Ambos mentimos fatal.

—Si sigue así —murmura Álvaro—, o le gustas o necesita terapia.

—O las dos cosas.

—Eso casi siempre va junto.

Levanto la vista lo justo para observar sin parecer que observo, técnica perfeccionada tras años analizando citas desastrosas sin que el sujeto en cuestión se dé cuenta de que ya está condenado literariamente.

Lucas deja la taza, coge otra, la seca con concentración quirúrgica y, sin mirarme, dice:

—Hoy hay menos comentarios agresivos.

Parpadeo.

—¿Los estás siguiendo?

—A ratos —responde Lucas—. Curiosidad sociológica.

Claro. Sociológica. Como cuando uno mira el móvil cada cinco minutos esperando que alguien escriba.

—No sabía que te interesaba tanto mi trabajo —digo.

—No es tu trabajo —corrige—. Es lo que te pasa cuando trabajas.

Frunzo el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tiene —indica—. La gente escribe columnas. Tú escribes sobre ti misma.

Me quedo callada.

No porque no tenga respuesta. Porque no esperaba ese nivel de precisión emocional antes del segundo café.

Mi conciencia maligna aparece con libreta. Apunta esto, Vera. Este chico observa demasiado.

Lucas me deja otro café sin que lo haya pedido.

—No he terminado el anterior.

—Ese se ha quedado frío.

—Aún estaba caliente —respondo para no tener que darle la razón.

—Ahora tienes uno mejor.

Lo miro.

Demasiado atento. Demasiado pendiente.

—Lucas —digo, con tono casual ensayado—. ¿Siempre vigilas a tus clientes o tengo tarifa Premium?

Sonríe apenas.

—Solo a los que se beben el café, aunque esté malo.

—Eso es masoquismo.

—Eso es lealtad.

Vale. Eso ha sonado raro.

Mi cerebro empieza a montar un PowerPoint emocional.

Diapositiva uno : Lucas presta demasiada atención.

Diapositiva dos : Lucas recuerda cosas que digo.

Diapositiva tres : Lucas ha defendido mi columna delante de un desconocido con más elegancia que varios de mis ex.

No.

No voy a pensar eso.

Porque cuando empiezo a pensar eso, normalmente acabo escribiendo otra columna titulada El camarero que parecía buena idea y acabó siendo material literario .

—¿Qué? —pregunta.

—Nada.

—Has puesto cara de estar pensando demasiado.

—Es mi cara normal.

—No —dice—. Tu cara normal es más… sarcástica.

Sostiene la mirada un segundo. Dos. Luego vuelve a la barra como si nada.

Álvaro me mira por fin, levanta una ceja y sonríe como quien ve a una amiga caminar directa hacia un error clásico. De esos que él ya no comete desde que dejó de salir con heterosexuales emocionalmente confusos.

Bebo el café. Está perfecto. Y eso, curiosamente, empieza a preocuparme.

El problema empieza antes de que nadie lo nombre.

Empieza con el café que ya no sabe igual. Con Lucas pasando demasiado cerca. Con mi necesidad absurda de fingir que escribo cuando en realidad solo estoy esperando.

Estamos en el bar. Mi bar.

Lucas va y viene detrás de la barra.

Serio. Atento.  Demasiado presente.

Yo miro la pantalla del móvil sin ver nada y lo observo por el rabillo del ojo como quien no quiere la cosa.

Spoiler: quiero la cosa.

Me digo que es cansancio. Que es la semana. Que es el tercer café.

Mentira.

La silla frente a mí se mueve.

—¿En qué piensas?

Levanto la mirada y Álvaro me mira con esa sonrisa suya malvada, durante unos minutos he ignorado su presencia.

—En nada.

Miente mi boca. Mi cuerpo no.

Álvaro mira alrededor. La barra. A Lucas. A mí.

Tarda exactamente cinco segundos.

—Ah.

—¿Ah qué?

—Que te gusta.

Casi me atraganto.

—¿Quién?

—Lucas.

—¡Ja!

Río demasiado fuerte. Demasiado rápido.

—No me gusta —digo—. Me interesa. Que es distinto.

—Eso lo dices cuando alguien te gusta y te da miedo admitirlo.

—Eso lo digo cuando tú eres idiota.

Álvaro sonríe. Ese cabrón sonríe porque acaba de llegar y ya ha entendido todo.

—No escribes sobre él —dice.

—¿Y?

—Es el único hombre que no has convertido en columna.

Silencio.

No escribo sobre Lucas porque no quiero perder este sitio. Ni este café. Ni la sensación incómoda de que alguien me ve sin convertirlo en texto.

—No mezcles cosas —le digo—. No todo en mi vida es material publicable.

—Eso dilo más alto —responde—. A ver si te lo crees tú.

Lucas se acerca.

—¿Otro café? —me pregunta.

A mí. Solo a mí.

Asiento.

Álvaro nos observa como quien ve una película romántica que juró no volver a ver.

Cuando Lucas se va:

—Te mira como quien espera algo —dice Álvaro.

—¿El qué?

—Que no te vayas.

Me río. Pero ya no suena igual.

—No digas tonterías.

—Entonces dime por qué estás tan nerviosa.

No respondo. Porque no hay respuesta elegante.

Álvaro se inclina y me toma la cara con las manos. Solo un segundo. Solo para obligarme a mirarlo.

—Te estás metiendo donde no controlas —dice—. Y eso te vuelve peligrosa.

Y entonces pasa.

No sé si es el cansancio. El café. La semana horrible. O que Álvaro tenga la manía de decir verdades sin anestesia.

Pero pierdo los papeles.

Me acerco a mi amigo demasiado. Demasiado cerca.

Siento su respiración.

Él se queda quieto.

—Vera… —susurra—. No es a mí a quien quieres besar.

Me separo de golpe.

—Eres imbécil.

—Y tú estás jodidamente pillada.

Lucas vuelve con el café.

—¿Todo bien?

Lo miro.

—Sí —digo—. Todo fatal.

Álvaro sonríe. Yo bajo la mirada.

Lucas se queda un segundo más de la cuenta antes de volver a la barra.

Y ahí lo entiendo.

Esto ya no es una columna. Esto ya no es un juego. Y no estaba en mis planes.

Maldita sea.