Capítulo 24
Todo por la patria
Todo era por la patria… eso quiero creer.
Porque cuando alguien es militar, una imagina ciertas cosas.
Disciplina. Educación. Corrección. Y no es fantasía: una de mis mejores amigas y su marido lo son, y son gente impecable.
De los que dicen por favor sin que suene raro y gracias sin parecer sarcasmo.
Chuchi encajaba perfectamente en esa imagen.
Amable. Bien hablado. De sonrisa tranquila.
Incluso le gustaban los bailes de salón.
Sí, bailes de salón. Me propuso acompañarle a una clase y por un momento pensé que iba a acabar girando por una pista como una película romántica de domingo por la tarde.
Las citas eran divertidas. Me enseñó alguna que otra llave de defensa personal —muy útil cuando una tiene un historial reciente de robos de bolso y hombres con problemas emocionales— y me hacía sentir segura. No solo protegida físicamente, sino cómoda. Algo que ya no doy por sentado.
Yo, ingenua profesional, pensé que había encontrado al chico perfecto.
Spoiler: no.
Porque todo se esfumó después de cruzar esa línea invisible que convierte una ilusión en algo real.
No voy a entrar en detalles, tranquilos.
Solo diré que no fue por mí —matizamos—, sino por él.
Algo no estaba donde tenía que estar. Y cuando alguien no está en el presente contigo, aunque su cuerpo sí lo esté, el desastre está garantizado.
Tenía una ex.
Todo el mundo tiene una ex.
El problema no es tenerla.
El problema es no haberla soltado.
Y yo, que ya tengo un máster en detectar hombres emocionalmente ocupados, lo vi claro. No era cuestión de darle una segunda oportunidad. ¿Para qué? Para alargar lo inevitable. Para coleccionar otra decepción. Para confirmar algo que ya sabía.
A veces, cortar a tiempo no es frialdad.
Es supervivencia.
Conclusiones finales
La educación y los buenos modales no garantizan disponibilidad emocional.
Saber defenderte no sirve de mucho si no sabes defender tu corazón.
Las ex no son el problema; lo es vivir todavía con ellas.
Cortar a tiempo duele menos que quedarse esperando lo que no va a llegar.
Y recuerda: no todo lo que parece disciplina es estabilidad… a veces solo es una forma elegante de huir.
Vera
***
Le mando el artículo a Clara con ese ritual silencioso que ya tengo interiorizado: revisar dos veces el asunto, tres veces el adjunto y una vez mi dignidad. Le doy a enviar y me preparo mentalmente para el habitual desfile de correcciones, objeciones y “esto no termina de funcionar”.
Cinco minutos después suena el móvil.
Ok, me gusta.
Solo eso.
Ok. Me gusta.
Me quedo mirando la pantalla como si Clara acabara de escribir lo peor.
—¿Estás enferma? —murmuro—. ¿Te han cambiado el cerebro? ¿Te han sustituido por una versión mejorada?
Dos artículos seguidos que le gustan. Y este, además, sin una sola pega. Algo pasa. Clara no funciona así. Clara siempre encuentra una coma mal colocada aunque el texto sea una obra maestra.
Necesito respuestas.
Marco el número de Álvaro.
—Amor —me dice nada más cogerlo—. ¿Vienes con drama o con chisme?
—Con sospecha —respondo—. A Clara le ha gustado el artículo. Sin comentarios. Sin pegas. Solo “ok, me gusta”.
—Ah —dice—. Entonces no es grave…
—¿Por?
—Que tiene nuevo amor.
—¿Qué?
—Un policía, cariño.
Me incorporo en la silla.
—¿Perdón?
—Policía. Uniforme. Placa. Porra. Todo el pack.
—¿En serio?—pregunto incrédula.
—Sí, hija sí.
—No me lo creo.
—Guapo a rabiar —añade—. Ojos azules, barba bien cuidada… De esos que te piden el DNI y tú se lo das dos veces por si acaso.
—¡Madre mía! ¡Menuda suerte tienen algunas! —comento con un poco de envidia.
—Está de toma pan y moja —continúa—. Este es de los que saca la porra y te cachea… ya tú sabes, miamol.
—¡Álvaro!
—Ay, por favor, que no soy yo el que se lo está tirando, a ver que no me quejo, que mi chico está muy bien, pero es que el madero está... ¡Madrecita del alma querida que me entran sudores solo de pensarlo!
Me río. No puedo evitarlo.
—No es la primera vez que Clara trae algún ligue —digo—. Pero ya sabemos cómo es. No le duran mucho.
—Porque es demasiado mujer para tanto hombre.
—Eso también.
Y tengo que reconocerlo: Clara es guapa, elegante y sabe elegir. Eso no se le puede negar. Incluso cuando elige mal, lo hace con estilo.
—¿Crees que tendremos material pronto para tu columna? —pregunta Álvaro con voz malvada.
—No.
—¿Un poli guapo y una ejecutiva? Eso da para una miniserie.
—No empieces.
—¿Te doy con mi porra? —suelta, ya sin freno.
—Eres un cerdo.
—Un cerdo con imaginación, ese saca la porra y nos puede dar a todos, ¡nena!
—Y con novia, recuérdalo.
—Pero tengo ojos, no te olvides y si lo vieras se te caería la baba como a todas.
Nos reímos los dos.
—Quedamos en el bar de Lucas —dice—. Necesito ver tu cara cuando empieces a analizar a tu jefa como si fuera una cita más.
—Eres diabólico.
—Lo sé. Por eso me quieres.
Cuelgo sonriendo.
Clara enamorada.
Un policía guapo.
Álvaro oliendo historias futuras.
Esto, claramente, no va a acabar bien.
***
Álvaro entra al bar como si fuera el dueño del local y del cotilleo mundial. Lleva el móvil en alto, con esa sonrisa suya que anuncia tragedias ajenas deliciosas.
—Mira esto —dice, sentándose sin pedir permiso—. Mira y llora.
Me acerca la pantalla.
Es Clara. Y el policía.
Saliendo del despacho.
Juntos. Muy juntos.
—¿Cómo demonios…? —empiezo.
—No preguntes —me corta—. Los gays tenemos contactos en todas partes.
Miro la foto. Maldigo en silencio. Y en voz alta.
Porque sí. El policía está… muy bueno.
No mono. No resultón. No aprobado alto.
Muy bueno.
De esos que parecen diseñados por un comité de fantasías colectivas: alto, barba perfecta, hombros que ocupan media puerta y una mirada que promete tanto orden como caos.
—Madre mía… —murmuro.
—Lo sé —dice Álvaro—. A Clara no le ha tocado el más listo, pero desde luego sí el más guapo.
—Es injusto —protesto—. Ella tiene poder, dinero, trajes caros y ahora además esto.
—Es el pack Premium —responde—. Ejecutiva exitosa con policía sexy incluido.
Lucas se asoma por detrás de la barra.
—¿De qué habláis?
—De que nuestra jefa se está beneficiando a un agente de la ley —dice Álvaro—. Y no precisamente en horario laboral.
Lucas mira la foto.
—Joder…
—¿Ves? —digo—. Validación externa.
Álvaro ya está en modo fantasía desatada.
—Imagínatelos en el despacho… la corbata de ella, la placa de él, la porra…
—¡Álvaro! —le corto—. Que estoy bebiendo café.
—Pues espérate a lo que viene —sigue—. “Señora Montoya, ¿sabe usted por qué la he detenido?” “No, agente…” “Por exceso de atractivo…”
Lucas se ríe. Yo también. Pero mi mente… mi mente vuela a ese lugar.
Ese lugar donde Álvaro convierte cualquier escena en una película prohibida para la hora del desayuno.
—Eres un peligro público —le digo.
—Y tu mejor fuente de inspiración.
—Eso es lo que más me preocupa.
Lucas nos mira divertido.
—No sabía que trabajar aquí incluía imaginar a la jefa en situaciones… comprometidas.
—Bienvenido al mundo de Vera —responde Álvaro—. Todo es material. Todo.
Y sí, lo admito: mientras me río, una parte de mí imagina a Clara con ese policía, en su despacho, rompiendo todos los protocolos.
Y me da una mezcla de envidia, curiosidad y una pizca de vergüenza ajena.
Gracias, Álvaro.
Por nada.