Este amor no es viral Capítulo 25
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Capítulo 25

Me voy a casa arrastrando los pies y el orgullo. Una mezcla incómoda de cansancio y envidia que no combina bien con nada, pero que yo llevo con bastante dignidad… exteriormente. Por dentro, mi cabeza va a otra velocidad.

Esto es un rollo.

Yo no consigo una cita decente, ni un hombre emocionalmente disponible, ni siquiera uno que sepa hacer café sin resentimiento. Y Clara, en cambio, tiene a un policía de esos que parecen sacados de un calendario solidario. Barba. Hombros. Autoridad. Todo muy injusto.

Si es que…

Camino pensando que la vida tiene un sentido del humor cruel. Yo convierto mis desgracias en columnas virales y ella convierte su despacho en escenario de fantasías ajenas. No sé quién está ganando aquí, pero desde luego no soy yo.

Durante semanas sigo con el piloto automático.

Publico historias antiguas del blog, experiencias que me han enviado otras personas, citas ajenas que no duelen tanto porque no son mías.

Clara está distante, ocupada, feliz. Y yo finjo que no me importa mientras mi voz interior —esa maligna y sincera— no deja de cuchichear:

« Disfruta, bonita. Ya veremos cuánto dura » .

Y entonces, como mandan los cánones y la justicia divina —que a veces llega tarde pero llega con ganas—, todo se desmorona.

Clara aparece un día en mi vida con esa cara.

La cara de despechada.

La cara de me lo veía venir pero aun así duele .

Se sienta frente a mí, suspira teatralmente y suelta:

—Quiero contar mi historia en el blog.

Parpadeo.

—¿Tu historia? —pregunto, como si no supiera exactamente lo que viene.

—Ese policía es un capullo integral —dice—. Y quiero que todo el mundo sepa cómo es.

Ahí tengo que hacer un esfuerzo consciente por controlar mi expresión facial. Porque mi cara quiere sonreír. Mucho. Demasiado.

No es que me alegre.

« Nooooo » —dice mi voz interior maligna, frotándose las manos—.Ni mucho menos.

Pero seamos honestas: hay algo profundamente satisfactorio en descubrir que a Clara, la mujer impecable, elegante, siempre un paso por delante, también le pasan cosas malas. Cosas humanas. Cosas desastrosas. Cosas sentimentales.

—Cuéntame —digo, profesional, mientras por dentro hago una pequeña celebración privada. Una pirueta de circo, diría mi conciencia.

La escucho. Asiento. Tomo notas. Le doy espacio. Y mientras ella habla, no puedo evitar pensar que, al final, nadie se libra. Ni siquiera Clara. Ni siquiera los policías guapos. Ni siquiera las historias que empiezan demasiado bien.

Cuando se va, me quedo sola un momento.

No, no me alegro. Bueno… un poco sí.

Pero sobre todo pienso esto: al final, todos acabamos aquí. Contando nuestra historia.

Cuando ya no queda otra.

Clara empieza a hablar, pero no como yo esperaba.

No entra en detalles. No da nombres. No concreta escenas. Lo hace todo con una elegancia rabiosa que, curiosamente, dice más que cualquier descripción explícita.

—No quiero entrar en explicaciones —dice—. No le voy a dar ese poder.

Asiento. Mentalmente tomo nota: « esto es nuevo ».

—Solo quiero que se sepa que no todo lo que parece impecable lo es —continúa—. Que la autoridad no siempre implica coherencia. Y que alguien puede decir las palabras correctas mientras hace exactamente lo contrario.

Aprieta la mandíbula. No llora. Clara no llora delante de nadie. Eso también lo sé.

—Me vendió una versión de sí mismo —añade—. Y yo la compré. Sin pedir recibo.

« Ajá », piensa mi conciencia maligna. « Bienvenida al club » .

—No quiero venganza —aclara—. Quiero cerrar.

—Cerrar también puede doler —comento porque así es como me siento yo la mayoría de las veces.

—Ya —responde—. Pero peor es quedarse abierta.

Se levanta, camina por la habitación, vuelve a sentarse. Está enfadada, sí. Pero sobre todo está decepcionada. Y eso es mucho más peligroso.

—No escribas nada todavía —me dice—. Necesito pensar cómo quiero que se cuente. O si quiero que se cuente.

—Lo entiendo —respondo—. No todas las historias están listas para ser contadas.

Me mira. Sonríe apenas.

—Mírate —dice—. Al final voy a acabar citándote.

Nos quedamos en silencio un momento.

No hay morbo. No hay titulares. No hay chiste fácil. Solo una mujer que se ha dado cuenta de que incluso los hombres con placa pueden desaparecer cuando más se les necesita.

Si tengo claro algo es:

Una : esta historia no va a ser como las otras.

Dos : cuando llegue el momento de escribirla, va a doler más por lo que no se diga que por lo que se diga.

Y eso, paradójicamente, la hace mucho más potente.

Clara sigue hablando, pero ya no con rabia. Ahora lo hace con esa calma peligrosa que le aparece cuando ha tomado una decisión y no piensa dar marcha atrás.

—He pensado una cosa —dice, cruzando las piernas con precisión quirúrgica—. El artículo lo voy a escribir yo.

Parpadeo. Una vez. Dos.

—¿Tú? —pregunto—. ¿Tú-tú?

—Yo —asiente—. Creo que es lo más honesto.

Mi conciencia maligna se aclara la garganta.

« Esto se está poniendo interesante » .

—No sé si es buena idea —digo, midiendo las palabras—. No porque no puedas, sino porque… bueno, porque eres tú.

—Precisamente por eso —replica—. No quiero que nadie interprete. Quiero decir solo lo que yo decida decir.

—Eso suena peligrosamente a control —apunto.

—Eso es exactamente lo que es —responde sin pestañear.

Silencio breve.

—Además —añade—, no quiero que lo conviertas en comedia.

« Ay » .

—Oye —protesto—. Yo convierto tragedias en comedia con muchísimo respeto.

—Lo sé —dice—. Y por eso mismo no quiero verme ahí.

La miro. La entiendo más de lo que me gustaría admitir.

—Vale —cedo—. Escríbelo tú.

Se relaja apenas un milímetro.

—Pero —añado— yo lo revisaré.

Arquea una ceja.

—Para darle mi toque —digo—. El mínimo indispensable. Ritmo. Aire. Algún toquecito gracioso bien colocado.

—¿Sin ironía? —pregunta.

—Con ironía invisible —respondo—. De la que no se nota pero se queda.

Me observa unos segundos, calculando.

—Está bien —acepta—. Pero no quiero morbo.

—Tranquila —sonrío—. El morbo lo pone el lector solo.

Se levanta, recoge su bolso.

—Te lo enviaré cuando esté listo.

—Y yo prometo no convertir a tu policía en un villano de cómic —confieso porque entiendo que ella no quiere que sea así.

—Gracias —responde seca—. Ya ha hecho suficiente por sí solo.

Cuando se va, me quedo sola un momento, procesando.

Clara escribiendo su propia historia. Clara soltando el control justo lo necesario.

Y yo, editando desde la sombra.

No estoy del todo de acuerdo. Pero… cuando la jefa decide, una se limita a afilar el lápiz. ¡No queda otra!