Capítulo 23
Camino hacia casa con esa mezcla de enfado y satisfacción, ese sentimiento que se te instala entre el esternón y el orgullo.
Voy repasando mentalmente cada frase de Lucas, cada una peor que la anterior, y ensayando respuestas brillantes que, por supuesto, no dije cuando debía.
La calle está medio vacía. Farolas encendidas, un par de coches, una mujer paseando a un perro que parece más feliz que yo.
Mi móvil empieza a vibrar dentro del bolso.
No sé si es Clara, Martina o el destino llamándome para reírse un poco más de mí.
Metiendo la mano para cogerlo, noto un tirón seco.
No es una sensación ambigua. No es « ay, se me ha enganchado el bolso ». Es un tirón profesional, decidido, con experiencia.
—¡Eh! —me sale del alma, mientras alguien me arranca el móvil y sale corriendo.
Me quedo un segundo paralizada, viendo cómo mi vida digital huye por la acera. Todas mis fotos, mis contactos, mis dramas, mis notas para columnas futuras… « Genial, Vera. Ahora además eres víctima de un robo con violencia urbana » .
Y entonces pasa algo que no esperaba. Un tipo. Ni demasiado alto ni demasiado bajo. Ni héroe de película ni figurante. Normal.
Sale de la nada, corre dos pasos, y en una maniobra que solo puedo describir como limpia, rápida y bastante sexy , le cruza la zancadilla al ladrón y lo deja en el suelo con un golpe seco que suena a justicia poética.
Yo me quedo con la boca abierta. El ladrón se queda con el orgullo roto. Y el tipo me mira.
—Señorita —dice, recogiendo mi bolso del suelo—. Esto es suyo.
Me lo tiende mientras marca el teléfono y habla con policía.
Yo sonrío. No una sonrisa elegante. Una de esas nerviosas, torpes, que mezclan gratitud con « acabo de librarme de algo muy feo ».
—Gracias —consigo decir.
—Para eso estamos —responde.
La policía llega rápido. El ladrón se va esposado y malhumorado. A mí me piden que vaya a comisaría a poner la denuncia. El tipo me mira.
—Te acompaño —dice.
Y no sé por qué, pero casi agradecida voy como en una nube.
En el coche patrulla, me dice su nombre.
—Jesús —añade—. Pero Chuchi para los amigos.
—¿Chuchi? —repito.
—No me juzgues, cosa de familia.
En comisaría todo es burocracia, luces blancas y olor a café rancio. Presto declaración aún nerviosa, firmo, asiento, explico por quinta vez que sí, que el móvil estaba en el bolso y que sí, que me lo devolvieron. Chuchi espera en una silla de plástico con paciencia militar. Literalmente.
—¿Militar? —le pregunto cuando salimos.
—Sí.
—Tiene sentido —digo—. Nadie normal tira a alguien al suelo así de elegante.
Ríe.
Me cuenta que hace karate desde niño. Que de ahí la llave. Que no suele pegar a nadie, pero que hay días en los que el universo te coloca en modo “haz lo correcto o quédate callado”.
Nos intercambiamos números. No sé muy bien cómo pasa, pero pasa. Y esa noche le escribo para darle las gracias. Un mensaje corto. Educado. Responsable.
Terminamos hablando durante horas.
Es divertido. Inteligente. Tranquilo. Tiene una forma de contar las cosas que no invade. Me dice que lo llaman Chuchi con una sonrisa que no intenta impresionar a nadie.
Con Chuchi llevo tres semanas hablando y quedando. Tres semanas sin drama, sin café malo y sin sarcasmos defensivos. Mientras tanto, publico artículos antiguos del blog. Clara no protesta demasiado. Yo respiro.
Hasta que, como siempre, algo se tuerce.
Y eso me da pie para la historia que llamaré Todo por la patria .
Pero eso vendrá después.
Ahora mismo, mientras camino de vuelta a casa tras aquella noche absurda, lo único que sé es que el destino tiene un sentido del humor bastante agresivo… y una puntería inquietantemente buena.
Y Lucas… bueno. Lucas sigue ahí, flotando en algún lugar incómodo de mi cabeza.
Pero eso también es otra historia.
Entro al bar con esa determinación teatral que solo tengo cuando voy a enfrentarme a alguien… y espero no acabar pidiendo perdón antes de tiempo.
Lucas me ve.
Yo lo veo.
Y, cómo no, me trae el café sin decir ni buenos días.
Perfecto.
Volvemos a lo de siempre.
—Lo siento… —le digo al final para que acabe esto.
Arquea una ceja como si acabara de decir algo exótico.
—¿Perdón?
—Yo también pagué mi enfado contigo —añade—. Muy profesional todo.
Me mira dos segundos más, como midiendo si esto es una broma o un alto el fuego. Luego agarra mi taza.
—Te traigo otro café.
—¿Por qué?
—Porque este es rematadamente malo.
—Ah —digo—. Entonces sí que estás arrepentido.
Nos reímos. De verdad. Y eso ya es una pequeña victoria.
—Vale —admite—. Estaba horrible. Lo hice a propósito.
—Capullo.
Se sienta un rato frente a mí, algo que siempre hace cuando la tregua es real.
—Lo de Martina… —empieza—. Me dijo que estuvo bien, pero que no está para nada serio.
—Ajá.
—Y yo… bueno. —se encoge de hombros—. Yo sí.
—Nos encanta elegir mal —respondo.
—¿Y tú?
—Yo conocí a alguien. Chuchi. Militar. Karateca. Héroe de barrio con sonrisa peligrosa.
—Normal que no hayas vuelto —murmura.
—¡¡Oye!! —le regaño.
—Es broma —sonríe.
Nos miramos como dos personas que han sobrevivido a sí mismas.
—Somos un desastre —dice.
—Profesionales del caos —confirmo.
Me invita a un segundo café. Esta vez bueno. Muy bueno.
—Voy a escribir el artículo —le digo—. Todo por la patria.
—Suena serio.
—Es un desastre patriótico.
Sonríe y se levanta.
—Te dejo trabajar.
Sabe que cuando escribo es mejor no tocarme. Ni siquiera con café.
Y eso, curiosamente, también es una forma de cuidado.