Capítulo 22
A Clara no le gusta la idea.
No le gusta nada.
Lo noto en la forma en que frunce el ceño cuando lee la columna del vacío. En cómo se queda callada demasiado tiempo. En ese silencio suyo que no es contemplativo, es calculador.
—Esto no es lo que espera el público —dice al fin.
—El público tampoco esperaba lo del tanga —respondo—. Y mira cómo salió.
No sonríe.
—Aquí no hay drama. No hay hombres horribles. No hay anécdota viral.
—Hay verdad —contesto—. Que últimamente también cotiza.
Me mira como si acabara de decir algo peligrosamente idealista.
—Voy a mandárselo a los jefes —dice—. Pero no te hagas ilusiones.
« Genial », pienso. « Cuando Clara no se moja es porque viene tormenta » .
Las horas siguientes son una tortura elegante. No pasa nada, pero pasa todo dentro de mi cabeza. Imagino correos devastadores. Reuniones urgentes. Un “Vera, necesitamos que vuelvas a lo que funcionaba”. Visualizo mi columna convertida en un pie de página vergonzoso.
Cuando por fin Clara vuelve a escribir, el mensaje es breve.
—Les ha gustado.
—¿Cómo que les ha gustado? —pregunto por teléfono—. ¿“Les ha gustado” como cuando a alguien le gusta una ensalada o como cuando le gusta el chocolate?
—Como cuando alguien agradece algo distinto —dice—. Fresco. Real. Diferente.
Me quedo muda.
—No solo lo morboso vende —añade—. A veces también vende la pausa.
Me dan ganas de abrazarla. No lo hago. Me limito a respirar.
—Se publica mañana —remata.
Cuelgo y me quedo mirando el móvil como si fuera un animal exótico.
« Pues vale » .
A la mañana siguiente entro a la web con más miedo que curiosidad. Los primeros comentarios me caen como una ducha fría.
“Esperaba algo más”.
“Esto no es lo que suele escribir”.
“Demasiado suave”.
« Ahí está », pienso. « El apedreamiento elegante » .
Me preparo para lo peor. Para el “has perdido el filo”. Para el “ya no eres la misma”. Para el “vuelve a hablar de hombres horribles, por favor”.
Pero entonces algo cambia.
“En realidad… me ha tocado”.
“Yo también estoy en ese punto”.
“No siempre estamos listas para empezar otra historia”.
“Gracias por decirlo”.
Parpadeo.
Los mensajes empiezan a multiplicarse. Gente que no se ríe, pero asiente. Que no aplaude, pero entiende. Que no busca morbo, sino espejo.
Y, por primera vez desde que todo esto empezó, no siento vértigo.
Siento algo mejor.
Siento que no he tenido que desnudarme para ser escuchada. Que he podido decir no pasa nada y que alguien al otro lado ha respondido a mí también me pasa .
Cierro el portátil con una sonrisa leve.
Quizá no todas las historias necesitan ruido para importar.
Voy al bar buscando mi rincón y un poco de normalidad, pero en cuanto veo la cara de Lucas sé que hoy eso no va a ocurrir. Tiene esa expresión de perro mojado al que alguien le ha quitado el hueso. Y, cómo no, decide que la mejor forma de gestionarlo es conmigo.
—Vaya —dice, con una sonrisa torcida—, hoy no había nadie a quien humillar… ¿o es que mi historia no era lo bastante buena para tu columna?
« Ah, mira. Ya estamos » .
—Buenos días a ti también —le respondo—. Por empezar por algo, ya que tú has decidido saltarte los modales.
Me deja el café con más ruido del necesario.
—¿Qué te ocurre para estar de tan mal humor? —añado.
Se ríe, pero no es una risa bonita.
—Ahora resulta que la señorita cuento una historia, luego no cuento nada, pero sigo cosechando millones de comentarios se interesa por lo que me pasa.
—Lucas…
—¡Qué novedad! —me corta—. Después de un año viniendo aquí, ahora sí te importa la vida personal del camarero que te hace mal el café.
« No, no y no » .
—Por ahí no paso —le digo—. ¿Qué demonios te ocurre hoy?
Me mira, retador.
—¿De verdad te importa? ¿O solo quieres material para tu columna porque se te acaban las ideas?
Y ahí se me acaba la paciencia.
Me levanto sin tocar el café. Un récord personal.
—Genial —digo—. Pues cuando decidas no tratarme como si fuera una periodista carroñera, hablamos.
Y me voy.
Salgo del bar con la sangre hirviendo. He intentado ser paciente. He intentado entenderle. Pero si va a morder, yo no me quedo a que me arranque la mano.
Marco el número de Martina casi sin pensarlo. Me lo coge a la segunda.
—¿Vera?
—¿Todo bien con Lucas? —pregunto, directa.
Silencio breve.
—Sí… bueno… —duda—. Estuvo bien, pero le dije que no estoy preparada para nada serio.
« El premio gordo para mí » .
—Gracias —digo, y cuelgo.
Ahora lo entiendo todo.
No funcionaría.
Lo sabía.
Lo supe desde el primer café.
Y aunque una parte de mí sonríe con una satisfacción bastante poco elegante, otra parte —la que todavía intenta ser buena persona— se da cuenta de algo incómodo: estoy siendo una mala pécora por alegrarme cuando Lucas lo está pasando mal.
Pero qué le voy a hacer.
También soy humana.