Capítulo 21
El viernes llega demasiado rápido, como todo lo que no te apetece. Son las diez de la noche cuando aparece la chica para la próxima columna. Morena, pelo corto. Mirada dispersa. Algo tarde.
—Perdona —dice—. Se me ha alargado el día.
Ajá , pienso. La puntualidad no es su fuerte.
Nos sentamos. Clara también está. Tomamos nota. Grabadora encendida. Cara profesional activada.
—Cuéntanos —le digo—. ¿Qué te pasó?
Empieza. Y empiezo a sospechar.
La historia avanza sin avanzar. Saltos temporales. Detalles irrelevantes. Mucha emoción, poca estructura. Clara me mira. Yo la miro. Nos entendemos sin hablar.
—¿Y eso cómo te hizo sentir? —pregunta Clara, intentando salvar algo.
—Fatal —responde ella—. Bueno… fatal no. Raro. Aunque luego tampoco tanto.
Maravilloso.
—¿Y hay algún momento clave? —pregunto yo—. Algo que marque un antes y un después.
—Bueno… —duda—. Es que fue todo muy normal.
Silencio.
Clara carraspea.
—Verás —dice con suavidad quirúrgica—, buscamos historias con un punto reconocible, algo que conecte.
—Claro —responde la chica—. A mí me pasó algo.
Algo.
Esa palabra empieza a darme miedo.
Seguimos un rato más. Intentamos encajar piezas que no encajan. Yo ya sé que no funciona. Clara también. Y, por lo visto, la chica empieza a notarlo.
—¿No os gusta? —pregunta.
—No es eso —digo—. Es que no termina de… —busco la palabra— funcionar.
—No tiene gancho —añade Clara, más directa—. Y ahora mismo el listón está alto.
La chica asiente. No se enfada. Lo agradezco.
—Bueno —dice—. Gracias por vuestro tiempo.
—Gracias a ti —respondemos casi al unísono.
Se va.
Cerramos la puerta. Silencio.
—No era buena—dice Clara.
—No —confirmo—. No era la historia que buscamos.
Me dejo caer en la silla.
—Me quedan tres días —añado—. Tres.
—Necesitamos algo muy bueno —dice Clara—. No algo correcto. Algo potente.
Asiento. Maldigo en silencio. Mentalmente. Varias veces.
Porque ahora sí: necesito una historia. Una buena historia. Una que esté a la altura de lo anterior.
Y no tengo ni idea de dónde va a salir.
Genial, Vera. Realmente genial.
Cierro el portátil con más fuerza de la necesaria y me quedo mirando la pantalla apagada como si fuera a darme alguna respuesta por pena.
Spoiler: no lo hace. El silencio de la redacción pesa más de lo habitual y, por primera vez en días, no es un silencio creativo, es uno incómodo.
De esos que no inspiran, solo cuestionan.
He probado todo lo que se supone que hay que probar. Buscar fuera. Escuchar historias ajenas. Forzar encuentros que no llevan a ningún sitio. Y nada. Ni chispa, ni giro, ni ese clic interno que me dice esto es . Solo una sensación persistente de agotamiento.
Quizá el problema no es que no haya historias.
Quizá el problema es que no quiero contarlas.
Me doy cuenta entonces, con una claridad que me molesta bastante, de que llevo días huyendo de lo mismo: de no tener nada que decir. O, peor aún, de tener algo que decir y no atreverme a escribirlo porque no encaja en el molde que he creado.
Y ahí está.
El vacío.
No como tragedia.
No como drama. Sino como estado.
Respiro hondo. Abro el portátil otra vez. No para buscar historias antiguas ni para escribirle a nadie nuevo. Lo abro para hacer algo que no tenía previsto y que, precisamente por eso, empieza a parecerme necesario.
Escribir sobre esto. Sobre cuando no pasa nada.
Cuando no pasa nada
No pasa nada.
Y no sabéis lo difícil que es escribir eso cuando tu trabajo consiste, precisamente, en contar lo que pasa. Cuando llevas semanas convirtiendo desgracias ajenas —y propias— en contenido, titulares y conclusiones ingeniosas. Cuando parece que, si no hay drama, no hay historia.
Pues bien: ahora mismo no pasa nada.
No hay citas desastrosas. No hay mensajes sin contestar. No hay tangas extraviados ni gaseosas sospechosas.
Hay silencio.
Y el silencio, amigas, también pesa.
Porque no es paz absoluta, no nos engañemos. Es ese espacio incómodo entre una historia y la siguiente. Ese momento en el que ya no estás rota, pero tampoco entusiasmada. En el que no te duele nada en concreto… y eso te descoloca más que cuando duele todo.
Me he pasado días buscando una historia. He rebuscado en el pasado. He preguntado a otras personas. He abierto conversaciones que no llevaban a ningún sitio. Y nada. No porque no existan historias, sino porque quizá no es el momento de contarlas.
Y entonces me he dado cuenta de algo inquietante: quizá el vacío también merece ser contado.
Porque nadie te avisa de este tramo. Del después. De cuando has sobrevivido a tus propios errores y ya no sabes muy bien qué hacer con la calma. De cuando te acostumbras tanto al ruido emocional que, cuando desaparece, piensas que algo va mal.
No pasa nada…pero te preguntas si debería.
Nos han enseñado a estar siempre en proceso. Sanando, superando, rehaciéndonos, enamorándonos otra vez. Y cuando no estás en ninguna de esas fases, parece que te has quedado fuera del guion.
Spoiler: no.
A veces no pasa nada porque, simplemente, estás aprendiendo a estar contigo. Sin análisis constante. Sin expectativas ajenas. Sin convertir cada emoción en material publicable.
Y no, no es aburrido.
Es extraño.
Es nuevo.
Y quizá por eso incomoda.
Así que hoy escribo sobre esto. Sobre el vacío. Sobre el no saber. Sobre no tener ganas de exponerse otra vez solo para cumplir con el ritmo de los demás.
Porque no todas las historias necesitan empezar hoy.
Porque no todo silencio es una derrota.
Y porque, aunque no pase nada… seguimos aquí.
Y eso, a veces, ya es bastante.
Conclusiones finales (cuando no pasa nada)
Que no pase nada no significa que estés fallando; a veces significa que estás descansando.
El vacío incomoda porque no se puede justificar con anécdotas, pero también enseña.
No todas las historias necesitan nacer del drama para ser reales.
Callar a tiempo también es una forma de cuidarse.
Y recuerda: si hoy no pasa nada, quizá mañana pase algo… o quizá no. Y también está bien.
Vera