Capítulo 20
He dormido fatal.
Cuando digo fatal, me refiero a ese tipo de noche en la que el cuerpo está tumbado pero la cabeza se ha ido de fiesta sin avisar. Dando vueltas. Cambiando de postura. Repasando escenas que no he visto y conclusiones que no me competen.
Porque claro, mi cerebro decidió que era buena idea imaginar cosas .
No cosas concretas, no. Nada explícito. Solo imágenes vagas, incómodas, con muchos puntos suspensivos. Lucas y Martina. Una copa. Risas. Cercanía. Y esa sensación odiosa de tiene cara de haber…
Pero no. No quiero saberlo. No necesito detalles. Ni confirmaciones.
Me paso la noche negociando conmigo misma: « no pienses en eso , piensa en otra cosa , piensa en el tanga extraviado, que eso al menos da risa ».
Nada funciona.
A las seis de la mañana ya estoy despierta oficialmente, con ojeras nuevas y una certeza incómoda: me importa más de lo que quiero admitir. Lo cual es absurdo, injustificado y profundamente inoportuno.
Así que decido ir al bar temprano. Por café. Por rutina. Por fingir que todo está bien.
Y entonces lo veo.
Lucas tiene esa cara.
Esa cara cómoda. Relajada.
De haber… bueno. Mejor no terminar esa frase. Mejor no pensarla. Mejor no imaginar nada.
« Ajá » .
¿Debería alegrarme por él? Supongo que sí. Es lo sano. Es lo adulto. Es lo que diría cualquier persona emocionalmente equilibrada. Mi mente, sin embargo, susurra otra cosa:
« No van a durar » .
Me detesto un poco por pensarlo. Bastante, en realidad. Son los celos hablando. Bueno, los celos y el hecho objetivo de que el historial sentimental de Martina es muy parecido al mío. Penoso. Aunque el de Lucas no lo conozco. Y eso, curiosamente, me inquieta más.
¿Me contaría Martina algo si le escribo? No.
Prefiero no saberlo.
Me siento en mi rincón, dudo si mandarle un WhatsApp a alguien —a nadie en concreto— y justo entonces suena el teléfono. Clara. Cómo no.
—Dime, Clara —contesto, sin disimular demasiado el desanimo.
Quiere saber si tengo la nueva historia.
No. No la tengo.
Ni remotamente.
No sé si rescatar otra del blog, entrevistar a alguien nuevo o fingir una repentina crisis creativa. Le digo algo parecido a esto último, pero con palabras más profesionales. Clara suspira. Yo también. Colgamos.
Cuando dejo el móvil sobre la mesa, ya hay un café delante de mí.
—Vaya —dice Lucas—. Mal día.
—Tengo que pensar otra historia —respondo—. Y tengo mis dudas.
—¿Dudas creativas o existenciales?
—Las peores —digo—. Las mixtas.
—Vaya —repite—. Tus historias son muy buenas.
Lo miro.
—Eso lo dices porque no las has leído todas.
—Sí las he leído —dice—. Te sigo desde que empezaste a venir por aquí.
Parpadeo.
—¿Perdón?
—Desde que escribiste lo del café mal hecho y el camarero antipático —añade, sin rencor—. Me picó la curiosidad.
« Genial, Vera. Influyendo vidas desde una barra » .
—No debería sorprenderme —murmuro—. Pero lo hace.
Se queda callado un segundo. Luego dice, casi como quien no quiere la cosa:
—Quizá podría contarte yo una.
Levanto la vista.
—¿Una historia?
—Sí —asiente—. No estoy orgulloso. Más bien todo lo contrario.
Antes de que pueda responder, se sienta frente a mí. Demasiado cerca. Mucho más cerca de lo prudente para un martes por la mañana. Su cercanía me aturde. Por primera vez en mucho tiempo noto su perfume. No es fuerte. No invade. Pero está ahí. Cálido. Familiar. Encantador.
« Concéntrate, Vera » .
—No sería para publicar —añade—. Solo… por si te sirve.
Lo miro. A él. A sus manos. A su expresión sincera, ligeramente tensa.
Y entonces lo siento.
Una atracción leve. Traicionera. Inoportuna.
« Maldito Álvaro . Maldito radar emocional suyo » .
No digo nada todavía. Bebo café. Respiro. Intento recordar que no quiero complicaciones, ni historias nuevas, ni hombres con pasado interesante.
Pero algo dentro de mí —esa parte que escribe, que observa, que se mete donde no debe— ya está despierta.
Y muy atenta.
Lucas me cuenta su historia y, por primera vez en mucho tiempo, no sé muy bien cómo empezar a pensarla. Ni como columna, ni como nada.
La escucho en silencio. Sin ironías. Sin buscar titulares ingeniosos. Y eso, para mí, ya es raro.
Porque, siendo honesta, tal y como él la cuenta no es graciosa. No es picante. No tiene ese giro brillante que hace que alguien lo lea en el metro y sonría con culpabilidad. No. Es una historia triste. Sencilla. De esas que no necesitan exagerarse porque ya pesan lo suficiente tal cual son.
Y lo único que me apetece hacer es abrazarlo.
No lo hago, claro. Porque no somos así. Porque hay líneas que no se cruzan aunque el cuerpo tenga ganas. Así que hago lo que mejor sé hacer cuando no sé qué hacer.
—¿Estás bien? —le pregunto.
Asiente. Sin dramatismo. Sin hacerse el fuerte. Asiente como quien ha aprendido a convivir con lo que le tocó.
—No voy a publicar nada de esto —le digo enseguida—. Tranquilo.
Me mira.
—Claro —responde—. Lo entiendo. No tiene gancho, ¿verdad?
Ahí me duele un poco.
—No es eso —digo—. Es que… —busco las palabras— me parece triste. Y además, tú mismo me dijiste que no todas las historias están listas para contarse.
Se queda pensativo.
—Quizá —dice—. Aunque si alguien pudiera darle la vuelta serías tú. Tú eres la escritora. La artista.
Me halaga. Mucho. Y me incomoda casi igual.
—No creo que esta historia se merezca ser parodiada —respondo—. No con mi humor, al menos.
—¿Y si se le da otra vuelta? —propone—. Quizá la gente vea el humor donde ahora solo se ve dolor.
Lo miro. Lo escucho. Y entonces me doy cuenta de algo que me deja un poco descolocada.
Ahora mismo yo estoy haciendo una comedia de mi vida.
La gente se ríe. Comenta. Comparte. Hace bromas con mis tragedias pasadas. Tragedias que, en su momento, me parecieron dramas de final de temporada. Y ahora son columnas virales, conclusiones ingeniosas y lectores diciendo a mí también me pasó .
Quizá no porque no dolieran.
Sino porque sobreviví a ellas.
—Supongo que la vida es eso —digo al final—. Un equilibrio raro entre reírse y llorar.
Lucas asiente.
—Si no, sería insoportable.
—Exacto —respondo—. Como dice esa famosa marca de tarjetas motivacionales: si la vida te da limones, haz limonada.
—¿Y si te da desengaños amorosos?
Sonrío.
—Pues haces columnas —digo—. Y te ríes de ellos. Porque si no te ríes… te quedas a vivir ahí.
Se hace un silencio tranquilo. De esos que no incomodan.
No sé si su historia se contará algún día. No sé si debería.
No sé si soy la persona adecuada para hacerlo.
Pero sé una cosa: hay historias que no necesitan público. Solo alguien que las escuche sin intentar convertirlas en chiste.
Y eso, por una vez, también está bien.