Este amor no es viral Capítulo 19
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Capítulo 19

A Clara le fascina el cambio de título. Fascinar es quedarse corta.

Me escribe casi al instante con un “ESTO ES ORO” que ya empiezo a reconocer como su forma más sincera de afecto.

La columna se publica al día siguiente y, como era de esperar, el tanga hace lo que mejor sabe hacer: desaparecer… y reaparecer en boca de todos.

Los comentarios empiezan a llegar en tromba.

“A mí también me pasó lo del tanga.”

“La ropa interior se extravía más de lo que pensamos.”

“El mío sigue desaparecido desde 2019.”

Río. De verdad. Con ligereza. Sin esa sensación de exposición incómoda. Esta vez no es mi historia, es un fenómeno social. El tanga como hilo conductor de malas decisiones colectivas. Maravilloso.

Cuando llego al bar, lo noto enseguida. El ambiente está más animado. Y Lucas… Lucas está sonriendo. No esa media sonrisa defensiva, sino una sonrisa abierta, relajada. Además, el café llega rápido.

Lo pruebo.

Está bien.

Muy bien.

Demasiado bien.

—Vaya —digo—. Últimamente casi todos los cafés están bien hechos.

—Es que uno se adapta —responde—. Sobre todo, cuando sabe que puede acabar inmortalizado en un texto.

Levanto la vista.

—¿Te has leído mi última columna? —pregunto.

—Claro —dice—. Desde que escribiste aquello del café malo y el camarero antipático, voy siguiendo la saga.

—Eso fue injusto para ti, lo admito, —me defiendo—. Aunque a mi favor diré que algunos cafés eran objetivamente malos.

—Algunos… —concede—. Pero reconoce que me he puesto las pilas.

—Se nota —asevero.

—Gracias.

Hace una pausa breve, perfectamente calculada.

—Por cierto —añade—, lo del tanga… genial.

—¿Te has reído?

—Mucho —dice—. Y no solo yo. Aquí hay clientes haciendo apuestas.

—¿Sobre qué?

—Sobre dónde acaban esas cosas.

—Eso ya es nivel avanzado.

—Tengo que decirte algo —continúa, apoyándose en la barra—. Si alguien deja algo en tu casa y nunca lo vuelve a pedir… no siempre es despiste.

—Ah, ¿no?

—No —sonríe—. A veces es cobardía práctica. Más fácil desaparecer que enfrentarse a la conversación.

Me río. No puedo evitarlo.

—Veo que has reflexionado.

—Uno aprende leyendo.

Nos miramos un segundo. Tranquilos. Cómplices. Sin tensión rara.

—¿No te molesta que escriba estas cosas? —pregunto, por primera vez sin ironía.

—No —responde—. Mientras no vuelvas a escribir que hago mal el café, lo demás es tu vida…

—Eso ya casi no puedo —digo—. Y mira que me fastidia —le pico.

—Me alegra decepcionarte.

Se va a la barra sonriendo. Yo me quedo en mi rincón, leyendo comentarios y bebiendo un café sorprendentemente bueno.

Quién iba a decirme que empezar escribiendo el blog sobre mi vida y cafés malos iba a terminar en cafés bien hechos y risas compartidas por un tanga extraviado.

La vida tiene un sentido del humor bastante peculiar.

***

Todo va demasiado bien.

Y cuando las cosas van demasiado bien, mi cerebro entra en modo alerta. No porque sea negativa, sino porque la experiencia me ha enseñado que la calma suele ser breve y sospechosa.

Estoy en mi rincón, con el café recién hecho —bien hecho, maldita sea— leyendo comentarios del artículo del tanga como quien hojea un álbum de fotos ajeno. Me río. Me relajo. Bajo la guardia.

Error.

La puerta del bar se abre y entra Martina.

La reconozco al instante. Pelirroja, segura, con esa forma de caminar que no pide permiso. Me cae bien. Me cayó bien el otro día cuando la conocí.

—Vera —dice al verme—. ¡Qué casualidad!

« Claro », pienso. « Casualidad » .

Nos saludamos. Charlamos un poco. Me cuenta que el artículo ha tenido una acogida brutal. Que sus amigas no paran de escribirle. Que se siente aliviada. Me alegro de verdad. No hay ironía aquí. Solo profesionalidad y algo parecido a orgullo.

Lucas aparece de inmediato para atenderla. Y ahí empieza el problema, mi problema.

Porque Lucas sonríe. Y Martina sonríe. Y yo sonrío… pero menos.

—¿Qué te pongo? —le pregunta Lucas.

—Lo que tú me recomiendes —responde ella.

« Ay », no.

Yo miro mi café. Muy interesante. Espuma perfecta. Nada que ver aquí.

Hablan un poco. Ríen. Nada exagerado. Nada evidente. Nada que justifique lo que empiezo a sentir. Pero entonces Lucas dice:

—Oye, si luego te apetece, cuando salga podemos tomar algo.

El tiempo se ralentiza.

« Ahí está » .

Martina asiente encantada.

—Claro —dice—. Me apetece.

Perfecto. Maravilloso. Fantástico.

Y entonces, como si alguien hubiera pulsado un botón dentro de mi cabeza, aparece la frase de Álvaro:

« No te gusta. Te interesa » .

Aprieto la mandíbula.

« No. No empieces » .

No tengo ningún derecho. No somos nada. No hay nada. Nada. Y aun así, una punzada absurda se instala en el estómago. No es rabia. No es tristeza. Es esa incomodidad ridícula que aparece cuando algo que dabas por neutro deja de serlo.

Martina se despide de mí con un beso.

—Luego hablamos —dice.

—Claro —respondo, demasiado correcta.

Lucas vuelve a la barra.

—¿Todo bien? —me pregunta.

—Perfecto —contesto—. Todo estupendo.

Bebo el café. Sabe igual de bien. Eso lo empeora todo.

« ¿Celosa yo? »

No.

Bueno… no exactamente. Es más bien… posesividad preventiva sin base legal.

Me observo desde fuera y no me gusto. Nada.

He escrito columnas enteras sobre mujeres que interpretan señales inexistentes. Sobre hombres que no deben nada. Sobre libertades emocionales. Y aquí estoy yo, molesta porque Martina va a tomarse una copa con Lucas.

« Bravo, Vera » .

No digo nada. No hago comentarios. No ironizo. Me limito a terminar el café como una adulta funcional que no está teniendo una pequeña crisis interna.

Me levanto.

—Hasta luego —digo.

—Hasta luego —responde Lucas—. Que tengas buen día.

Salgo del bar con paso firme y pensamientos caóticos. No quiero que me interese. No quiero sentir esto. No quiero convertirlo en historia.

Pero mientras camino, la frase vuelve a aparecer, insistente:

« No te gusta. Te interesa » .

Y empiezo a sospechar que Álvaro, una vez más, es un capullo peligrosamente certero.