Capítulo 18
Evidentemente, después de varios días con la cabeza embotada por la dichosa frase de Álvaro —porque no hay nada peor que una frase sencilla que se te queda adherida al cerebro—, termino enviándole el correo a Clara.
No porque esté totalmente convencida. No porque tenga prisa. Sino porque, a veces, seguir pensando es peor que decidir.
Como era de esperar, le gusta. Mucho. Demasiado, incluso. Me responde con entusiasmo contenido y alguna que otra sugerencia. Cambios pequeños. Ajustes de ritmo. Alguna frase que, según ella, “podría afinarse un poco más”. Nada significativo. Nada que traicione la historia.
Los hago sin discutir. Hoy no tengo fuerzas para pelear por comas.
Cuando termino, releo el texto con esa mezcla incómoda de orgullo y distancia que solo aparece cuando algo ya no es solo tuyo. Está bien. Funciona. Tiene ironía, ritmo y ese punto reconocible que últimamente parece haberse convertido en mi sello personal.
Y entonces me doy cuenta.
Falta algo.
Un detalle. Pequeño, aparentemente irrelevante. Pero profundamente picaresco.
Un detalle que, en su momento, descarté por pudor, por prudencia o por exceso de corrección. Y ahora, leyéndolo con perspectiva, entiendo que no es morbo: es símbolo. Es contexto. Es el tipo de anécdota que no se olvida y que, bien contada, dice mucho más de una persona que cualquier adjetivo.
Así que lo añado.
Con cuidado. Sin exagerar.
Como quien deja caer una verdad incómoda al final de la frase.
Cambio el título.
Porque ya no es solo la historia de un hombre incapaz de quedarse.
Es la historia de alguien que pasa, revolotea…y deja rastros.
Vuelvo a releerlo todo, esta vez desde el principio.
Sonrío. Ahora sí.
El texto queda cerrado. Redondo. Con ese guiño final que levanta una ceja y provoca la sonrisa cómplice del lector. Clara lo va a notar. Y, aunque seguramente dirá algo, sé que esta vez no va a objetar.
El nuevo título lo dice todo:
Un picaflor y ¿un tanga extraviado?
Pues sí, querid@s lector@s. A veces la vida es así de literal.
Por si alguien necesita un recordatorio rápido: picaflor es ese hombre frívolo e inconstante en el amor.
El que revolotea. El que se posa lo justo.
El que promete poco pero insinúa mucho. Yo lo sabía.
Perfectamente. Aun así, caí. Porque una cosa es la teoría y otra muy distinta cuando alguien te mira como si fueras la mejor idea que ha tenido en semanas.
Además de picaflor, una amiga mía lo bautizó como el pescador.
Y un amigo, con más mala leche, como el pescadero, por cierta serie de televisión muy conocida.
No, no era porque se pareciera físicamente —el chico estaba de toma pan y moja—, sino por la técnica: no hacía más que tirarme la caña.
Todo el rato. Mensajes calculados, silencios estratégicos, miradas largas y esa sensación constante de esto va a pasar.
Y pasó.
Como buen picaflor, picaba y picaba. Y yo, tras meses de llamadas interminables, WhatsApps diarios y cafés que se alargaban más de lo razonable, acabé cayendo en sus redes.
Llegó ese fin de semana. Ese que no se planea demasiado porque, si lo piensas mucho, pierde gracia.
Digamos que fue… intenso. Desenfrenado. De esos en los que el reloj deja de importar y las decisiones se toman con entusiasmo y poca previsión.
Y yo, claro, pensé que aquello significaba algo.
Error.
Porque tras ese glorioso fin de semana —de los que te hacen replantearte ciertas posturas vitales— el picaflor empezó a desaparecer. Estaba muy liado. Muchísimo. Eso sí, dejó claro que, si yo quería mandar alguna foto subida de tono, no había ningún problema.
¿En serio?
Y aquí entra el gran misterio de esta historia. El detalle definitivo. El símbolo absoluto de lo que fue… y no fue.
El tanga extraviado.
Ese fin de semana desapareció. Bueno, desaparecer no desapareció del todo: yo no me lo llevé a casa. Se quedó en la suya. Y yo, por vergüenza, por pudor o por dignidad mal entendida, no se lo pedí. Él, por supuesto, tampoco dijo nada.
Nunca.
Jamás.
¿Coleccionista de ropa interior usada?
¿Vergüenza compartida?
¿Objeto olvidado bajo la cama, junto a otros recuerdos de conquistas pasadas?
Vaya usted a saber.
Lo curioso es que, durante el tiempo que volvimos a hablar —porque sí, volvimos a hablar, que aquí nadie aprende tan rápido— el tema jamás salió. Ni una mención. Ni una broma. Ni un oye, por cierto te dejaste algo olvidado en mi casa...
Silencio absoluto.
Se admiten apuestas.
Cuando conté esta historia, varias amigas levantaron la mano.
Una confesó que a ella se le quedó un tanga en un coche.
Otra, que perdió uno en una escapada de fin de semana.
Al parecer, el extravío de ropa interior es más común de lo que creemos y suele coincidir con hombres que no se quedan… pero sí se llevan recuerdos.
Conclusiones finales (con picardía incluida)
Si alguien revolotea demasiado, no está buscando quedarse.
El picaflor no engaña: somos nosotras las que traducimos su conducta a idioma romántico.
Un fin de semana desenfrenado no garantiza una historia, solo una resaca emocional.
Si después de todo solo te piden fotos, no te están pidiendo a ti.
Y recuerda: cuando un tanga se queda atrás y nunca vuelve a mencionarse… no era amor, era material para columna.
Vera