Este amor no es viral Capítulo 17
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Capítulo 17

Las palabras de Álvaro me resuenan en la cabeza como una canción pegajosa que odias pero no consigues dejar de tararear. Tanto, que apenas he dormido. He dado vueltas en la cama, he cambiado de postura, he contado ovejas y he repasado conversaciones que no deberían tener tanta importancia.

«No te gusta, te interesa».

Odio a mi amigo. Lo odio con cariño, pero lo odio.

No quiero que Lucas se convierta en otra historia más de mi columna.

No quiero analizarlo, diseccionarlo ni convertirlo en titular ingenioso.

No quiero tener que dejar mi rincón favorito del bar porque la situación se vuelva incómoda, extraña o directamente insostenible.

Me niego. Bastante tengo ya con renunciar a hombres como para renunciar también a mi mesa del bar.

Así que, como aún no he decidido si la próxima historia será una nueva —cosa que dudo seriamente— y tengo una semana para entregar, tomo una decisión práctica, adulta y ligeramente cobarde: no voy a conocer a nadie nuevo en tan poco tiempo. Ni ganas, ni energía, ni margen emocional.

Voy a mirar atrás.

Me preparo un café en casa. Sigue sin saber igual. Nunca sabe igual. Me siento en la mesa del salón, abro el portátil y entro en el blog. Ese archivo sentimental desordenado que he ido construyendo con los años y que ahora Clara considera material editorial de alto rendimiento.

Empiezo a leer entradas antiguas. Algunas me hacen reír. Otras me dan vergüenza ajena. En varias me reconozco demasiado. En otras pienso: « ¿en serio yo escribí esto? ».

Dudo un momento. Hay muchas para elegir. Demasiadas.

Y entonces la veo.

La del picaflor.

Abro el texto. Lo leo despacio, con la distancia que da el tiempo y la experiencia. Y me doy cuenta de algo incómodo: está bien, pero se ha quedado corta. Le faltan matices. Le falta contexto. Le falta ese colmillo que ahora tengo y que antes solo asomaba tímidamente.

Además, hay cosas que no conté. Detalles que en su momento me parecieron demasiado… explícitos. Picantes. Innecesarios. Ahora sé que no lo eran tanto. No para escandalizar, sino para entender.

Sonrío sola.

« Clara va a tener algo que objetar », pienso.

Seguro. Pero también sé que, con el enfoque adecuado, esta historia puede funcionar perfectamente dentro del tono editorial. No hace falta elevar el voltaje. Basta con insinuar bien.

Decido no tocar el documento original. No corregirlo. No parchearlo. Eso sería cobarde. Abro uno nuevo.

Documento en blanco.

Nuevo intento.

Nueva versión.

Misma historia, pero con menos ingenuidad.

Empiezo a escribir. Y lo hago con facilidad.

Las frases salen solas. Como si hubieran estado esperando este momento.

El picaflor reaparece, más claro, más evidente, más reconocible.

Ese hombre encantador, atento, presente…

siempre que no estuviera quieto demasiado tiempo.

Siempre que no tuviera que elegir. Siempre que nadie le pidiera nada más allá de un rato agradable.

Mientras escribo, recuerdo conversaciones con amigas. Comentarios sueltos. Confesiones a media voz. Me doy cuenta de que no era solo yo. Nunca lo es. A varias les había pasado algo parecido. Hombres intensos pero dispersos. Afectuosos pero inconsistentes. Expertos en estar sin quedarse.

Eso lo voy a incluir.

No en el cuerpo del texto. Ahí no toca. Pero sí en las conclusiones. Como apunte anecdótico. Como cierre irónico. Me parece gracioso. Y, sobre todo, real.

Mis dedos siguen moviéndose rápidos sobre el teclado. Estoy metida de lleno en la historia. Tanto, que por momentos dejo de pensar en Lucas. En el bar. En mi rincón. En todo.

Hasta que, sin previo aviso, la frase vuelve:

«No te gusta, te interesa».

Me detengo.

Apoyo las manos sobre la mesa. Respiro.

« Qué pesado eres . De verdad. Vive tu vida feliz con tu novio y deja de psicoanalizar la mía », me digo mentalmente .

Pero la frase se ha quedado ahí, flotando. Y me molesta porque no es del todo falsa. No sobre Lucas. No sobre el picaflor. No sobre mí.

Sigo escribiendo.

Termino el texto. Lo releo. Una vez. Dos. Ajusto un par de frases. Quito una metáfora que se me ha ido de las manos. Bajo medio tono donde sé que Clara pondrá el dedo. Subo otro donde sé que funciona.

Las conclusiones me hacen sonreír. Ahí sí me permito un poco más de acidez. Un guiño colectivo. Una verdad compartida.

Cierro el portátil un momento y me recuesto en la silla.

No quiero que Lucas sea una historia. No quiero que me interese nadie ahora mismo.

Quiero paz, café decente y una semana tranquila.

Abro el portátil de nuevo y guardo el documento.

El picaflor (versión revisada).

No sé qué dirá Clara. Sé que dirá algo. Siempre dice algo. Pero también sé que esta vez la historia está donde tiene que estar.

Miro el café frío. Lo bebo igual.

Y mientras vuelvo a pensar, inevitablemente, en Lucas y en esa maldita frase, lo admito en voz baja, solo para mí:

—Álvaro es un capullo.

Pero, por desgracia, suele tener razón.