Capítulo 16
Recojo el portátil y me cuelgo el bolso al hombro. Ya me iba cuando oigo una voz demasiado alta para no ser reconocible.
—¡Vera Medina! ¿Te escondes ahora en bares de barrio sin avisar?
Cierro los ojos un segundo. Sonrío antes incluso de girarme.
—Álvaro —digo—. El volumen era innecesario, pero eficaz.
Ahí está. Mi persona favorita. Mi amigo. El único ser humano capaz de entrar en cualquier sitio como si fuera suyo sin pedir permiso. Guapo, exagerado, perfectamente vestido y con esa energía vital que no se aprende, se sobrevive.
—Vengo a rescatarte —dice—. O a beber. Aún no lo he decidido.
—Llegas tarde para lo primero y justo para lo segundo.
Lucas levanta la vista desde la barra. Álvaro ya lo ha visto. Álvaro ve todo .
—Hola —dice, sonriendo—. Tú debes ser el responsable de que Vera siga viniendo aquí pese al café.
Lucas parpadea. Sonríe. Primera sonrisa real del día.
—Intento mejorar —responde.
—No hace falta —dice Álvaro—. Con que no envenenes a nadie, vamos bien.
Me muerdo el labio. Lucas suelta una risa breve. ¡¡Milagro!!
—Lucas —hago las presentaciones—, Álvaro.
—Encantado —dice mi amigo—. Cara de día largo. Te entiendo.
Y no lo dice por decir. Álvaro tiene ese don incómodo de leer el ambiente sin necesidad de manuales.
—Sí —responde Lucas—. De esos.
—Los peores —asiente Álvaro—. Yo antes tenía muchos.
Lucas lo mira con curiosidad.
—¿Antes?
—Antes de aprender a elegir mejor —dice—. Personas, lugares… y a mí mismo.
Silencio breve. No incómodo. Interesante.
—Ahora vivo bastante bien —añade—. Tengo un novio maravilloso, una vida tranquila y cero ganas de demostrar nada.
Lucas asiente despacio. Algo en su postura cambia. Baja los hombros. Respira.
—No siempre ha sido así —continúa Álvaro, sin dramatismo—. He pasado por cosas bastante feas. Pero bueno, eso ya es otra historia.
« Ajá . Bien jugado, Álvaro » .
Lucas lo mira con respeto, no con pena sino con reconocimiento.
—Supongo que todos tenemos historias que no contamos —dice.
—Exacto —responde Álvaro—. Y no pasa nada por guardarlas… hasta que dejan de doler.
Se miran un segundo. Yo no digo nada. No hace falta.
—Bueno —interrumpo—, yo me voy antes de que esto se convierta en terapia grupal.
Álvaro me guiña un ojo.
—Mañana te llamo, cariño —dice—. Me debes un vino y una actualización de tu vida caótica.
—Siempre.
Me despido de Lucas con un gesto leve.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana, Vera.
Salgo del bar con la sensación de haber dejado todo correctamente. Álvaro no ha preguntado pero su mirada lo dice todo. Y a veces eso es suficiente para que alguien empiece a confiar.
« Quizá », pienso mientras camino, « las historias no siempre se cuentan con palabras. A veces se presentan solas » .
Suena el teléfono exactamente una hora después de haber salido de allí. Lo miro antes de contestar y ya sé quién es. Álvaro no deja reposar las impresiones. Las mastica, las analiza y las escupe en forma de opinión definitiva.
—No —digo nada más descolgar—. No y no.
—¿Cómo que no? —responde—. ¡Si no te he dicho nada todavía!
—Te conozco lo suficientemente para saber lo que vas a decirme —contesto—. Y ese entusiasmo solo puede significar una cosa.
—Vera… —empieza—. Lucas es PERFECTO para ti.
Cierro los ojos. Respiro. Cuento hasta tres. No sirve de nada.
—Estás rematadamente loco —digo—. Entre Lucas y yo solo hay una relación estrictamente profesional: camarero–cliente.
—Ajá.
—No me gusta —añado—. Es más, me cae mal.
Silencio al otro lado.
—Ni tú te crees eso —dice al final.
—Claro que me lo creo.
—Vera, por favor. Te he visto la cara cuando hablaba. Y no era cara de “me cae mal”. Era cara de “no quiero pensar en esto”.
« Maldito . Tiene el radar emocional mejor calibrado que el mío » .
—No proyectes —digo—. Hoy estás especialmente fantasioso.
—Cariño, yo vivo feliz con mi novio, no necesito proyectar nada —responde—. Pero tú… tú estabas incómoda. Y eso solo te pasa cuando algo te importa.
—Me importaba el café —replico—. Estaba malo.
—Estaba malo porque él estaba de mal humor —dice—. Y estaba de mal humor porque tú estabas allí.
—Eso no tiene ningún rigor científico.
—Tiene rigor sentimental —responde—. Que es el que cuenta.
Camino por el salón sin saber muy bien qué hacer con mi cuerpo. Me siento, me levanto, vuelvo a sentarme. Estoy inquieta y no sé muy bien qué hacer.
—Álvaro, no —insisto—. No empecemos con esto. Bastante tengo con mi vida editorial como para añadir dramas de barra.
—No es un drama —dice—. Es química.
—Es café —corrijo—. Y discusiones absurdas.
—Exacto —interviene— Así se empiezan todas las relaciones románticas.
—Eso no es romántico.
—Para ti sí —responde—. Siempre te enamoras discutiendo.
Abro la boca para protestar y me detengo.
« Vale. Eso ha dolido un poco » .
—No me enamoro —digo—. Analizo.
—Te enamoras —corrige—. Pero con ironía.
—No me gusta —repito, ya con menos convicción—. Me saca de quicio.
—Te interesa —dice—. Que es peor.
Me dejo caer en el sofá.
—Además —añado—, ni siquiera sabemos nada de él.
—Sabemos lo suficiente —responde—. Tiene historia. Se le nota. Y no la suelta a cualquiera.
« Genial », mascullo en mi cabeza. « Ahora resulta que Lucas es un misterio con delantal » .
—Y tú qué sabes —pregunto—. Si lo acabas de conocer.
—Porque he sido él —dice, más serio—. Porque he tenido días malos y he necesitado que alguien no me juzgara. Y hoy tú no lo has juzgado.
Me quedo callada.
—Bueno —añade enseguida—, lo has juzgado un poco. Pero con cariño.
—Eso es mi idioma nativo.
Ríe.
—Mira —dice—, no te estoy diciendo que te cases. Solo que no mientas. Ni a mí pero mucho menos te mientas a ti.
—No miento.
—Te proteges —corrige—. Como siempre.
Silencio.
—Te cae mal —dice—. Claro. Por eso llevas un año sentándote siempre en el mismo sitio aguantando cafés malos —finaliza con sarcasmo.
—Es estratégico.
—Es emocional amiga mía...
—Es café.
—Es él y no lo niegues.
Cierro los ojos otra vez. ¡Me conoce demasiado bien y más de lo que yo quiero pensar!
—Eres insoportable —le digo.
—Y tú adorable cuando niegas lo evidente.
—Entre Lucas y yo no va a pasar nada.
—Eso es lo que dices siempre —responde—. Justo antes de que pase algo.
Cuelgo con una excusa barata. Me quedo mirando el móvil un segundo largo.
« Qué sabrá él . No tiene ni idea » .
Pero, aun así, la frase se me queda dando vueltas en la cabeza:
« No te gusta. Te interesa » .
Y eso, por desgracia, sí que suena peligrosamente a mí.