Este amor no es viral Capítulo 15
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Capítulo 15

Definitivamente, la tranquilidad entre Lucas y yo ha durado lo justo para que empiece a doler otra vez.

¿Pero qué le pasa?, pienso.

Porque no es normal. No hoy. No así. Lucas no se enfada por un café mal hecho, ni siquiera por uno muy mal hecho. Eso lo sé después de casi un año viniendo aquí, sobreviviendo a cafés sospechosos y silencios incómodos. Así que no, esto no va del café.

« ¿Se ha identificado con el rata de la gaseosa? »

La idea aparece y se instala sin pedir permiso.

« ¿Y si se ha visto reflejado?¿Y si he tocado algo que no quería tocar? »

Me observo a mí misma con cierta incredulidad. Genial, Vera , ahora además de columnista eres detective emocional de camareros malhumorados. Baja el nivel, por favor.

Pero no puedo evitarlo.

Repaso mentalmente la columna. El chándal. La gaseosa. El coche sin aire acondicionado. El control disfrazado de ahorro. No, Lucas no encaja ahí. No encaja en absoluto. Pero, aun así, algo le ha removido. Y eso me inquieta más que si encajara perfectamente.

« ¿Y si tiene una historia?¿Y si hay algo que quiere contarme? »

La idea me parece peligrosa. Porque indagar implica acercarse.

Y acercarse implica confianza. Y la confianza, a estas alturas, la reparto con cuentagotas.

Aunque lleve casi un año sentada en este rincón, aunque él sepa cómo tomo el café —cuando lo hace bien— y yo sepa cuándo está de mal humor con solo oír cómo deja la taza.

No somos amigos. No somos nada. Y, sin embargo, aquí estoy, dándole vueltas.

Me siento ridícula. Moralmente ridícula.

He criticado la posesión. He escrito sobre hombres que proyectan, que controlan, que se creen con derecho a interpretar emociones ajenas. Y ahora soy yo la que interpreta miradas, silencios y gestos mínimos como si escondieran un drama digno de columna.

« Bravo » .

« ¿Debería preguntarle?¿O debería hacer lo que siempre predico y dejar a la gente en paz con sus cosas? »

No tengo tanta confianza. Ni siquiera sé si quiero tenerla.

Pero algo dentro de mí se mueve incómodo. No es curiosidad profesional. No es interés romántico —por dios, no empecemos con eso otra vez—. Es esa sensación molesta de haber rozado algo sensible sin saber cómo ni por qué.

Y lo peor de todo: no entiendo nada.

Miro la barra. Lucas sigue serio. Concentrado. Lejos.

« Quizá no pasa nada », me digo. « Quizá solo es un mal día. Quizá el café está malo y punto » .

Sí. Claro. Y quizá yo no me monto películas innecesarias.

Respiro hondo. Vuelvo a la pantalla. A los comentarios. A la historia de otros.

Pero la verdad es esta: mi cabeza ya no está ahí.

Está en ese café mal hecho. En ese enfado injustificado. Y en esta debacle moral absurda en la que me descubro pensando exactamente lo que critico.

« Maravilloso, Vera » .

« Autocrítica nivel experto » .

No puedo más.

Mi cabeza lleva un rato haciendo ese ruido interno que solo aparece cuando algo no encaja y me niego a seguir fingiendo que no lo noto. Leo el mismo comentario por tercera vez sin enterarme de nada. El café —el segundo, el malo— se enfría delante de mí como si también estuviera ofendido.

Lucas pasa cerca. Evita mirarme. O eso me parece. Ya ni sé.

Respiro hondo.

« Vale, Vera », me digo. « O preguntas o te montas una serie entera tú sola. Y ya sabemos cómo acaba eso » .

—Oye —digo al fin.

Lucas se detiene. No se gira del todo. Mal presagio.

—No sé si es cosa mía —empiezo—, pero hoy estás raro.

Lo digo en tono neutro. Adulto. Casi maduro. Me sorprendo a mí misma.

—¿Raro cómo? —pregunta.

—Como si el café fuera una forma de comunicación pasivo-agresiva —añado—. Y eso viniendo de ti ya es decir mucho.

Se gira por fin. Me mira. No sonríe.

—No me pasa nada.

—Claro —respondo—. Y yo no me monto películas.

Silencio.

Aprieto los labios. Ya que he empezado, sigo.

—Mira, no te pregunto por curiosidad profesional —digo—. Te pregunto porque llevo casi un año viniendo aquí, sobreviviendo a cafés peores que este, y hoy… hoy algo no cuadra.

Me observa. Evalúa. Como si estuviera decidiendo si merece la pena decir algo o dejarlo ahí.

—¿Te molesta algo de lo que he escrito? —suelto al final, más suave de lo que esperaba—. Porque si es eso, prefiero saberlo que inventármelo.

Ahí está. La pregunta honesta. Sin adornos. Sin titulares.

Lucas se pasa la mano por la nuca. Gesto clásico de esto no estaba en el guion .

—No —dice—. No va por ahí.

—Vale.

—Pero…

« ¡Ah! », pienso. « Siempre hay un pero » .

—Pero hoy no me apetecía hacer de figurante en tu día perfecto.

Parpadeo.

—¿Mi día perfecto? —repito—. Lucas, si este es mi día perfecto, el listón está peligrosamente bajo.

No sonríe. Yo tampoco.

—No me malinterpretes —añade—. Solo… —hace una pausa—. A veces parece que todo lo conviertes en historia. Y cansa.

Eso duele un poco. No mucho. Lo justo.

—Es mi trabajo —digo—. No mi personalidad completa.

—Ya —responde—. Pero hoy necesitaba… no sé. Normalidad.

Asiento despacio.

—Créeme —contesto—. Si yo supiera dónde se compra eso, ya tendría un almacén lleno.

Nos miramos. La tensión sigue ahí, pero ha cambiado. Ya no es agresiva. Es incómoda. Humana.

—No quería enfadarme contigo —dice al final.

—Pues lo has hecho —respondo—. Un poco. Pero también has hecho el café mal, así que vamos empate.

Una sombra de sonrisa aparece. Mínima. Suficiente.

—Te haré otro —dice.

—Gracias.

Se lleva la taza. Yo me quedo en mi rincón, con el ruido en la cabeza un poco más bajo.

No lo hemos arreglado. No lo hemos roto.

Pero al menos, por una vez, no he tenido que inventarme nada.

Y eso, hoy, ya es bastante.

El café nuevo llega. Mejor. No perfecto, pero aceptable. Lo tomo como una señal de tregua temporal.

Doy un sorbo y, sin saber muy bien por qué, me lanzo. Porque ya he cruzado una línea hoy y volver atrás no me va a salvar de nada.

—¿Y tú? —pregunto.

Lucas levanta la vista.

—¿Yo qué?

—¿Tienes una historia?

Silencio.

« Genial, Vera . Pregunta lanzada sin paracaídas » .

—¿Una historia de qué? —dice.

—De lo que sea —respondo—. De algo que te haya pasado. Algo que aún te pese. Algo que te haga poner cafés malos cuando no toca.

Se ríe. Corto. Incrédulo.

—Eso es una idea absurda.

—¿Por qué?

—Porque no soy material de columna.

—Eso decían todos —replico—. Antes de darse cuenta de que lo eran.

Niega con la cabeza.

—No me apetece exponerme —dice—. Ni verme convertido en título ingenioso.

—No todo tiene que publicarse —aclaro—. A veces solo sirve para entender por qué alguien hace lo que hace.

Me mira con desconfianza. No hostil, pero sí defensiva.

—¿Y qué ganarías tú? —pregunta.

—Contexto —respondo—. Y quizá menos café malo.

Suspira.

—No tengo ninguna historia que contar —dice—. Y aunque la tuviera, no sería para ti.

La frase no duele. Pero pesa.

Asiento. No insisto. Hoy ya he empujado bastante.

—Vale —digo—. Era solo una idea.

—Una idea rara —añade.

—Es mi especialidad.

Se queda callado un segundo más de lo normal. Luego se gira para atender la barra.

Pero antes de irse, dice, sin mirarme:

—Además… no todas las historias están listas para contarse.

Me quedo quieta. Con la taza entre las manos. Con esa frase flotando en el aire.

« Ajá » .

No insiste. No vuelve al tema. Yo tampoco. Pero algo se ha movido. No sé el qué. Ni cuándo. Solo sé que ahí hay algo. Y que no es para hoy.

Vuelvo al portátil. A los comentarios. A lo mío.

Pero ahora escribo con una idea nueva en la cabeza:

Hay historias que no quieren ser contadas. Todavía.

Y algunas, cuando llegue el momento, pueden doler más que cualquier columna.