Este amor no es viral Capítulo 9
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Capítulo 9

He quedado con Miguel, el taxista, varias veces. Dicho así, suena mal. Dicho así, da la impresión de que debería haberlo previsto.

Miguel parecía una persona racional, lo cual es un logro impresionante a estas alturas.

Hemos disfrutado de muchas cenas íntimas, conversaciones normales y silencios agradables.

También hemos pasado tiempo juntos de compras en Madrid como adultos, sin sentir la presión de impresionar a nadie.

Café, risas, mirar escaparates... todo fue muy tranquilo.

No hubo ningún incidente ni nada que pudiera interpretarse como tal.

Pensé para mis adentros: «Vaya, qué tipo tan equilibrado».

Todo se volvió una locura en cuanto entró en el bar.

Mi pequeño mundo, el único lugar donde nunca había visto a nadie tener un momento digno de su propio programa de entrevistas, hasta ahora.

Él es solo un camarero. Declaraciones muy neutrales la mayor parte del tiempo, con un toque de humor sarcástico aquí y allá.

Sin impacto alguno en el drama que se desarrollaba frente a todos nosotros en ese momento.

En cuanto entró en el bar, echó un vistazo a su alrededor, interpretó una respuesta y escogió la que decía que estaba "flirteando" tanto con el camarero como conmigo.

No recuerdo cuánto tiempo hace que empezó a hacer esto. Tampoco recuerdo haber aceptado participar en una telenovela, pero ahí está, con una expresión de tensión, presintiendo que algún día sucederá, porque cree que algo le pertenece y ahora se lo van a quitar; eso lo estresa mucho.

—¿Estás bien? —pregunto confundida. Todo es un caos.

Celos, gritos, miradas incómodas del grupo.

Lucas y yo estamos paralizados, congelados por el miedo, mientras todos a nuestro alrededor, incluso en el bar, contienen la respiración esperando cualquier movimiento.

Miguel habla de respeto, de señales, de lo obvio que es lo que compartimos.

En mi cabeza pienso: «¿Qué quieres decir con que compartimos? ¿Dónde perdí la página de mi guion?».

Y entonces llega el remate.

—Después de todo lo que he hecho por ti —dice—. Después de todo lo que he pagado.

Parpadeo.

Una vez. Dos veces.

«Ah. Ese era el truco».

No tengo oportunidad de responder y ya estoy experimentando sinestesia. Resulta que compartir comidas tiene un coste, que compartir tazas de café genera interés, que tener conocimientos comunes es en realidad una inversión, y que me invitó porque cree que soy de su propiedad.

Se acabó. Sin debate, sin aclaraciones, sin justificaciones, nada. Salgo del bar con absoluta certeza; no es solo una señal de alerta; es una bandera enorme ondeando al viento. Más tarde esa misma noche, lo bloqueo; eso es lo que hago. No quiero saber nada de alguien que se cree dueño de mí.

Sin discursos. Sin drama. Sin epílogo.

Y aquí estoy ahora.

En el bar, en mi rincón con el portátil en la mano y algo fallando en mi historia, siento que estoy haciendo mucho daño. Más rabia que risa. Pero Clara entiende lo que pasa. Dice que es increíble. Me dice que la forma en que cuento mi historia es buena. Cree que calará hondo en todos.

—“El taxista pesetero”—dijo —.¡Me encanta!

¡A mí no!

Me arrepiento de haber cometido otro error. Me enfada no haber previsto el resultado. Me cansa pensar que algo que normalmente consideraría lógico o razonable pueda resultar de otra manera que no sea incorrecta.

La pantalla está en blanco. Pienso:

«No quiero hacer esto», pero siempre digo lo mismo. Me concentro, intento enfocarme y tomo un sorbo de café. ¡Lucas también pasa sin decir nada hoy!

Abro un nuevo documento.

El taxista pesetero.

Genial. Otra mala decisión. Y, por supuesto, otro artículo para mañana.

El taxista pesetero

Como escribir una historia de amor sin amor; cómo finalmente demostraste que el hombre que parecía tan educado y tranquilo no era tan normal como aparentaba. No confíes en alguien que te dice que te ama y aún no sabe si tiene acento.

Al principio, me sentí muy halagada y un poco sorprendida por su expresividad emocional, que me sorprendió en tantos aspectos inesperados.

Apareció en un momento muy difícil para mí y me brindó justo lo que necesitaba: serenidad.

Todas esas cenas tranquilas, largas conversaciones telefónicas y la conexión inicial me hicieron creer que, por un par de días, habíamos encontrado algo especial.

Alerta de spoiler: no era amor.

Al menos no para mí.

Y empiezo a sospechar que para él tampoco.

Como escuché en una canción y ahora me doy cuenta, no era amor, sino obsesión.

No quería a alguien con quien compartir su vida; quería un adorno bonito que siempre estuviera disponible.

Quería una mujer florero versión siglo XXI: presentable, agradecida y, si podía ser, con la comida y la cena a tiempo.

Una mentalidad muy años ochenta, pero con tarjeta de crédito actualizada.

Es triste admitir que, a estas alturas de la vida, todavía existan hombres con mucho dinero, poca evolución emocional y un concepto del amor basado en la posesión. Pero sí, existen. Yo me crucé con uno.

La burbuja estalló el día que se sintió amenazado por algo tan aparentemente inocente como un café.

A veces bien hecho, a veces no tanto. Un café.

Fue entonces cuando, con perdón de la palabra, salió el “machirulo” que llevaba dentro.

El celoso. El controlador. Y, para rematar la función, el pesetero .

Porque nada dice “romanticismo” como echarte en cara lo que alguien se ha gastado en ti.

Gracias al destino —y a mi sana desconfianza crónica— nunca he sido una persona interesada.

De hecho, aquel día de compras en Madrid rechacé algún que otro regalo en tiendas demasiado exclusivas.

Menos mal. Porque, de haber aceptado, aquello habría terminado siendo peor que Sodoma y Gomorra… pero con ticket de compra.

Eso sí, hago una aclaración importante antes de que nadie se dé por aludido: no todos los taxistas son peseteros, ni todos los hombres son celosos. En todas las profesiones hay gente maravillosa y absolutamente competente.

Pero el que yo conocí…era pesetero y celoso.

¿Qué le vamos a hacer?

Una vez más, me tocó el gordo.

¡Así es la vida!

Conclusión final para futuras citas

Desconfía del romanticismo exprés servido sin contexto.

La sensatez también se disfraza.

No debes nada a nadie por haberte invitado a cenar. Absolutamente nadie.

Si un hombre se siente amenazado por un camarero y un café, el problema no es el café.

Y recuerda: no era amor… era inversión esperando beneficios.

Vera

Le mando el artículo a Clara sin prólogo, sin disculpas y sin advertencias. Solo el archivo adjunto y un asunto neutro:

Asunto: Columna

Nada de emoticonos. Nada de “dime qué te parece”. A estas alturas, prefiero que lo lea sin anestesia.

No pasan ni diez minutos cuando el móvil vibra.

« Eso nunca es buena señal », pienso.

O muy mala. O muy buena. Ambas cosas dan vértigo.

Clara.

Abro el correo.

Vera,

Me encanta.

No hay nada que tocar. Nada.

Está afilada, clara, divertida y muy reconocible.

Justo el tipo de texto que hace que la gente siga leyendo hasta el final.

La publicamos tal cual.

Gracias por confiar en tu voz.

C.

Me quedo mirando la pantalla un segundo más de lo normal.

« Tal cual », ha dicho. « Ni una coma » .

No siento euforia. No salto de alegría. Siento algo mucho más raro: una mezcla incómoda de orgullo y pudor. Como cuando alguien te dice una verdad bonita sobre ti y no sabes muy bien dónde meter las manos.

Cierro el portátil despacio.

—Perfecto —murmuro—. Otra historia cerrada sin trauma visible.

Levanto la vista. El bar sigue igual. Lucas limpia una taza que no lo necesita. El café humea. Mi rincón resiste.

« Quizá esto es crecer , pienso. O quizá es acostumbrarse a que tu vida sea material publicable » .

Sea lo que sea, Clara no ha puesto objeciones. Y eso, curiosamente, es lo que más me inquieta.