Este amor no es viral Capítulo 8
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Capítulo 8

Tras una comida aceptable y un vino delicioso, salí del restaurante porque tenía otro compromiso.

Necesitaba algo rápido y fácil de comer para poder continuar.

Mi vida personal es un reflejo de mi forma de actuar y, por lo tanto, debería ser tema de debate en la prensa.

Madrid no se ve afectada por la decisión que tomé respecto a mi relación con los medios.

Miguel está de pie cerca de donde me dejó, apoyado en su taxi. Me siento tranquila, sabiendo que me espera sin prisas. Me saluda cordialmente.

—¿Qué tal ha ido? —pregunta cuando me acerco.

—Sigo viva —respondo—. Es buena señal.

Suelta una sonrisa sin dar explicaciones, pienso que es lo más fácil que puede hacer. Salimos de nuevo. Ya no hay atasco; Madrid sigue hablando por la ventanilla como si yo estuviera viendo una película y no necesito saber nada de lo que pasaba.

—Te noto más relajada —expone al cabo de un rato.

—Porque ya no sé si algo puede sorprenderme más —contesto—. A partir de aquí, todo es será cuesta arriba, espero.

—Eso suena a victoria.

—O a un plan elaborado para renunciar.

Él se ríe, y yo me río con él. Me doy cuenta de que pierdo el hilo de la conversación como si me hubiera quitado los zapatos después de caminar todo el día.

Mantenemos una conversación agradable, pero menos provechosa y significativa que la de esta mañana.

Por ejemplo, hablamos de todas las cosas maravillosas de mi ciudad y luego de nuestras experiencias en esos lugares increíbles que hemos visitado, así como de lo sorprendente que es despertarse una mañana, tener una experiencia totalmente diferente que te cambia la vida y cómo esto afecta todo lo que he hecho durante el día.

No me presiona para que responda preguntas absurdas ni me insiste en que dé las respuestas.

Tras una larga pausa desde que habíamos empezado a viajar juntos, me anima a responder diciendo:

—Me alegro de haberte llevado hoy —dice de pronto—. Ha sido un trayecto agradable.

—Lo ha sido —admito—. Necesitaba… algo de normalidad en el día de hoy.

Asiente, como si lo entendiera perfectamente.

Antes de que me dé cuenta, saca una tarjeta del salpicadero y me la tiende.

—Por si algún día necesitas un taxi —dice—. O… —hace una pausa mínima, bien medida— por si te apetece tomar algo sin prisas.

—Gracias por la invitación—respondo—. Normalmente prefiero que me inviten en un ambiente relajado y sin presiones.

—Es el único lugar que conozco —expone al fin dibujando una respuesta sincera—. ¿Dónde quieres que te deje?

Tras pensarlo un momento, decidí que me dejara en el bar de la esquina donde mis ideas fluyen mejor,

—¿Estás segura?

Asiento con una sonrisa y él no dice nada más. Soy muy consciente de esto, ya que es lo que mejor respalda mi proceso de pensamiento. Se detuvo antes de que yo llegara a donde estaba y abre la puerta cortésmente, como haría un caballero.

—Ha sido un placer conocerte, Vera.

—Igualmente, Miguel.

Mantenemos el contacto visual más tiempo del esperado, no porque nos molestara, sino por el posible resultado para ambos.

Me despido de él con la tarjeta en mi bolso y una extraña sensación en el pecho. Algo parecido a la calma.

***

Al entrar al bar, escucho risas alegres y mucha charla.

Casi me siento como si me abrazaran mientras entro en mi sitio habitual.

Lucas se acerca, pero en cuanto me saluda, se detiene rápidamente.

Hoy no es un buen día para que me hable porque lo único que quiero es un sitio donde sentarme.

Una vez sentada, mi teléfono vibra porque recibe un mensaje de Clara.

« Claro que sí », pienso. « Ni un café tranquilo » .

—¿Vera? —dice—. ¿Todo bien?

—Depende de la definición —respondo—. Si es “he salido entera”, entonces sí.

—Han quedado encantados —continúa—. Muchísimo. Esto va a ser grande.

« Grande. Otra palabra peligrosa para mi mente » .

—Me alegro —digo, sin demasiado entusiasmo.

—¿Estás contenta?

Miro alrededor. El bar. La mesa. El olor a café. Lucas al fondo, concentrado en la máquina.

—Estoy… procesando.

—Es normal —dice—. Pero créeme, es una oportunidad increíble.

—Lo sé —respondo—. Solo necesito un rato sin palabras como “viral”, “contenido” o “tirada nacional”.

Ríe. Profesional. Controlada.

—Descansa. Mañana seguimos.

Cuelga.

Dejo el teléfono boca abajo sobre la mesa. Sin decir nada, Lucas se acerca.

—¿Quieres un café? —pregunta.

—Sí —respondo sin ganas—. Por supuesto.

—¿Tuviste un día intenso?

—Sí. He descubierto que mi vida interesa más de lo que me gustaría.

—Eso suele pasar —expresa—. Y casi nunca trae calma.

Me sirve el café. Perfecto otra vez. Hoy no discuto. Hoy acepto.

Miro la taza. El bar. El reflejo en el cristal.

En el bolso, una tarjeta. En la cabeza, una reunión. Y aquí, un camarero que no pregunta de más.

Respiro.

No puedo decirte qué depara el mañana, pero sí puedo decir que ahora mismo estoy exactamente donde debo estar.

Además, hay un silencio absoluto en este bar.

Un silencio casi inquietante; nunca antes había experimentado una quietud así, completa y totalmente desprovista de cualquier interrupción o novedad; como si mi cuerpo estuviera simplemente en reposo, sin ningún esfuerzo por mi parte para alcanzar ese estado o buscarlo.

Estoy en mi rincón, con el portátil cerrado —milagro— y el café delante. Lucas está detrás de la barra. Hace su trabajo. Limpia, ordena, sirve. No me mira de más. No me provoca. No me corrige. Hoy no hay duelo.

Y eso… me desconcierta.

« ¿Le pasará algo?¿Estará cansado? ¿O soy yo la que hoy no da para enfrentamiento? »

Levanto la vista un par de veces, intentando pillarlo desprevenido. Nada. Está ahí, pero ausente. Como si su cabeza estuviera en otro sitio. Me planteo preguntarle, pero enseguida descarto la idea.

« No », pienso. « Hoy no. Hoy necesito esto » .

Lucas entra sin ser invitado y me trae otra taza de café.

—¿Otro? —pregunta.

Asiento.

—Gracias.

El segundo café llega. Perfecto. Demasiado perfecto. Como si el universo se hubiera puesto de acuerdo para no molestarme.

Y entonces va y habla.

—¿El taxista… es amigo tuyo?

Levanto la vista muy despacio.

«¡ Ah! Así que por aquí iba la tranquilidad » .

—¿Por qué? —pregunto.

Se encoge de hombros, apoyado en la barra.

—Nada —dice—. Curiosidad.

« Curiosidad », repite mi cabeza. « Claro » .

—No —respondo—. No es amigo. Es… —busco la palabra— …un profesional con ruedas.

—Ajá.

Ese ajá tiene cosas dentro. No sé cuáles, pero no me gustan todas.

—Me ha traído y me ha recogido —añado—. Trabajo.

Lucas asiente, pero no sonríe. Tampoco frunce el ceño. Es peor: no reacciona.

—¿Y qué tal? —pregunta.

« ¿En serio estamos haciendo esto? ¿Tú y yo, con preguntas neutras? »

—Normal —digo—. Agradable. Como un trayecto sin sobresaltos.

—Qué bien.

Silencio.

Bebo café. Él limpia una taza que ya estaba limpia. Nadie gana nada aquí.

—¿Te incomoda? —pregunto al final, porque el día ya ha sido suficientemente raro como para añadir más incógnitas.

Me mira por fin. Directo. Sin ironía.

—No —dice—. Solo preguntaba.

Asiento. No sé si le creo, pero hoy no tengo energía para profundizar.

—Hoy no estoy para explicaciones —le digo—. Ni para interpretaciones.

—Lo noto —responde—. Por eso no te he dado conversación.

Parpadeo.

—Gracias —digo—. Es el mejor servicio que me han dado hoy.

Asiente una vez, como si eso cerrara el tema, y se vuelve a la barra.

La tranquilidad vuelve a instalarse, pero ya no es la misma. Ahora tiene un pequeño ruido de fondo. Nada grave. Solo una vibración incómoda, como cuando sabes que algo ha cambiado, pero aún no sabes qué.

Me quedo en mi rincón. Con el café. Con el silencio.

« Que dure . Hoy la paz, aunque sea rara, es la mejor versión del bar » .