Capítulo 2
Enciendo el ordenador. Abro mi correo electrónico. Nada fuera de lo común. Abro el blog.
¡¡Casi mil comentarios nuevos!!
Me quedo inmóvil unos instantes. Cuento hasta tres antes de parpadear. Cierro esa página y la vuelvo a abrir. Es lo mismo: siguen ahí, no he cometido ningún error y el jacuzzi que decidí no usar no será solo mío.
Sin dar mi opinión, comento: “Leí la versión publicada y me reí, pero casi pierdo mi trabajo por reírme a carcajadas en la oficina”.
“Quiero agradecerte por decir lo que mucha gente piensa pero no hace”.
“Una excelente recomendación para la oficina, ya que es una forma amena de compartir con los compañeros durante los turnos de trabajo”.
“Mis amigos y yo nos mantendremos alejados de los jacuzzis de ahora en adelante”.
Trago saliva y actualizo la página. Trescientos dieciocho comentarios nuevos.
Miro las estadísticas. Hay un aumento enorme, realmente enorme, en las visitas desde mi última publicación.
No tenía ni idea de cuánta gente vería una publicación sobre mí.
—Hola, cariño —dice Álvaro mientras se deja caer en su silla y coloca su mochila a su lado
—No me mires —le digo—. Eso nunca es buena señal —giro mi computadora hacia Álvaro. Él lee el mensaje y no sonríe. Luego sonríe. Después se recuesta sobre la mesa.
—Vera… Esto no solo ocurre aquí, se está viviendo en todo el mundo— expone feliz.
—Estamos en la era del pánico por el wifi —, explico.
—Es algo de lo que todo el mundo habla como si fuera un servicio público.
— Correcto —responde entusiasmado.
—¿Y qué hay del comentario en esta publicación: “Se lo he enviado a mi hermano/a, a otro familiar y a mi terapeuta”?
Me mira y sonríe.
Vuelvo a actualizar. Cuatrocientos noventa y siete comentarios nuevos.
—Álvaro… —susurro en voz baja —¿Y si alguien ya lo ha visto?
Él levanta una ceja como diciendo
—¿En serio? Vera, te garantizo que alguien de esta oficina lo está leyendo ahora mismo y está sentado detrás de ti —dice bromeando—. Eres tendencia en todas partes, incluso en TikTok”.
Greta se acerca y se para detrás de mi escritorio. Echa un vistazo a mi portátil y luego sonríe… ¡una sonrisa demasiado grande!
—¡Lo del jacuzzi fue una locura!, —indica—. Vi ese vídeo de TikTok anoche.
Se me revuelve el estómago. ¡Cierro el portátil de golpe!
—¿Estás bromeando? ¿TikTok? —exclamo incrédula.
—¡Sí, bienvenido al inframundo! —dice Álvaro, echando un vistazo a la pantalla cerrada del ordenador. Recuerdo estar en el bar, bebiendo un café importado horrible, y la gran idea que tuve anoche al escribir mi poema.
No me arrepiento de mi decisión de seguir adelante con esto; simplemente me enfada no encontrar la manera de revertirlo.
***
A las 10:00,04 AM me programan una reunión con Clara Montoya en su oficina, como de costumbre (sin invitación). Si no recuerdo mal, debía estar en su oficina aproximadamente una hora y cuarenta y cinco minutos después de mi llegada.
«¡Me encanta! ¡Ahora tengo tiempo de sobra para morir!»
Mientras camino por la redacción, siento las miradas, sean reales o imaginarias. Greta me mira y sonríe.
«Esa sonrisa es ilegal en algunos países».
Mi jefa, Clara, está sentada en su escritorio mirando su ordenador, no a mí.
—Cierra la puerta, Vera.
La cierro con cuidado.
«No vaya a ser que hago ruido y active el modo despido inmediato».
—Siéntate
Me siento, cruzo las piernas, luego las descruzo y las vuelvo a cruzar.
Clara levanta por fin la mirada y me observa como si fuera un experimento interesante.
«¡Genial! Ahora me siento como pez fuera del agua».
—¿Te gusta escribir?
Parpadeo. (Parece que hoy es una constante).
—Sí.
«También me gusta respirar, pero espero que no pienses quitármelo».
—No para la revista; me refería a nivel personal.
«Entendido; volvemos al punto de partida».
—Supongo —respondo—.Eso es algo muy personal.
—Muy personal, además de muy leído —dice mientras gira su computadora hacia mí. Y ahí está. Mi publicación. Con números. Un gran número.
Se ha convertido en una fuente de riqueza monetaria...
«¡No puedo creer que me descubrieras por escribir un artículo sobre jacuzzis!»
«Mi madre estaría muy contenta con mi éxito como escritora».
—¿Sabes cuántas veces se ha compartido desde anoche? —me pregunta.
—No —respondo con sinceridad
« Y prefiero no saberlo. Hay cosas que es mejor no cuantificar cuando se trata de desastres en el amor » .
—Más que nuestro último reportaje estrella —continúa—. Bastantes más.
« Fantástico. Años estudiando periodismo para ganar a un reportaje con una bañera de hidromasaje » .
—Más que nuestro último reportaje estrella —continúa—. Bastantes más.
« Fantástico. Años estudiando periodismo para ganar a un reportaje con una bañera de hidromasaje » .
—Clara, yo... —Me interrumpe levantando la mano y diciendo...
—Déjame terminar.
«Cuando alguien dice eso, nunca es un buen final».
—Tienes la habilidad de escribir algo que le interese a todo el mundo—comenta con una mezcla de orgullo y rabia Clara—. Escribes con una voz auténtica. Eres divertida. Escribes con el corazón. La gente se identifica con lo que escribes como si se identificaran consigo mismos.
—Es mi vida o mis errores —respondo.
« Mayormente errores, todo hay que admitirlo, para que mentir » .
—Tienes toda la razón. —Me dedica una gran sonrisa—. Contenido Premium.
No me gusta cómo suena esto. Suena como un reality show sobre mí a mi costa.
Mientras camina con calma por su despacho, sus tacones golpean el suelo con determinación y el delicioso aroma de su costoso perfume inunda el espacio en el que nos encontramos. Al llegar a la ventana, mira hacia afuera y me dice:
—Necesito que escribas una columna para nuestra revista. Con ese tono.
Siento cómo se me sube la tensión al estómago al oír esto.
—¿Hablamos de mis citas pasadas?
« ¿Mis fracasos amorosos ahora son material editorial? »
—Las que ya tienes —responde—. Y las que tendrás.
« Ah, claro. Forzar el destino. Siempre sale bien, ¡Por supuesto! »
—No suelo tener buena suerte con eso —digo para excusarme.
—No buscamos suerte —sonríe—. Buscamos buenas historias.
« Ah. Estupendo. ¡Yo soy un género literario! » .
—No darás nombres —añade—. Solo situaciones. Reales. Incómodas. Divertidas.
—¿Y si no quiero seguir saliendo con desconocidos? —pregunto.
« Pregunta retórica. Spoiler: sí quiero , aunque sé que no va a salir bien, pero no sé si quiero seguir escribiendo ahora mismo después de ver lo sucedido con el post » .
Clara se gira y me sonríe. La sonrisa es peligrosa, muy inquietante diría yo.
—Vera, nadie te obliga a enamorarte —dice—. Solo a vivir. Y a escribirlo bien.
« Eso ha sonado mucho a amenaza envuelta en coaching » .
Me levanto despacio.
—¿Y si digo que no?
« Dilo. Dilo. Dilo… » me dice mi yo interno.
Clara ladea la cabeza.
—Entonces seguiremos publicando cosas que nadie recuerde de ti —dice—. Y tú seguirás escribiendo artículos que no te importan, no serás recordada, serás una periodista mediocre, ¿eso quieres?
« Touché » .
—Piénsalo —añade—. Veinticuatro horas, comienza la cuenta atrás, Vera. Ahora puedes irte —concluye y su invitación a salir es demasiado fría incluso para ella.
Creo que está enfadada; podría estar molesta tanto por la publicación como por la conversación.
Al salir de la oficina, luzco mi sonrisa profesional, pero también siento que me ahogo en un sarcasmo desbordante. En la sala de redacción, Álvaro me mira.
—¿Estás viva?
—Más o menos —reconozco —.Mi jefa tiene un plan para crear una sección que me incluya a mí y a todas mis malas decisiones como parte habitual de su programa. Álvaro sonríe.
—¡Eso sí que es éxito, Vera! ¡Vas a ser famosa, vas a ser la periodista del año!
«O una advertencia divina de que debería ir en la dirección opuesta. Todavía no estoy segura».