Están lloviendo hombres 39 #2
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39 #2

Rafa y Benji se habían enfrascado en una conversación sobre los últimos videojuegos que habían jugado, y el mayor le ilustraba sobre otros más antiguos que, decía, tenía que probar sí o sí.

A Leo le gustó muchísimo ver que habían congeniado con naturalidad.

Luego echó un vistazo a sus padres, que charlaban sobre los recientes cambios de la ciudad mientras se apoyaban en la barandilla y señalaban hacia un lado y otro.

Se acercó a ellos con lentitud, disfrutando de la escena. Su madre le acarició el brazo cuando se situó entre los dos.

—¿Qué os parece? —preguntó inquieto. Aunque durante la cena los había visto muy animados, todavía le imponía respeto la opinión de sus padres.

—Tiene la cabeza bien amueblada para ser tan joven —bromeó su padre.

Leo suspiró con alivio.

—Me gusta mucho, Leo. Espero que os vaya bien, de corazón —dijo Isabel, y le acarició la mejilla con ternura.

—Gracias. Vuestra opinión es la más importante para mí —confesó, rodeando a cada uno de ellos con sus brazos y estrechándolos.

Al girar, sus ojos se cruzaron con los de Benji, que lo observaba de lejos. Leo pensó que, sin ninguna duda, había sido el mejor cumpleaños de su vida.

La tarde siguiente, tras despedir a la familia de Leo en la estación, aprovecharon la cercanía del piso de Nico para visitarle y pedirle un favor.

Esa misma noche habían quedado en el pub de Juanca para hacer una pequeña celebración más desenfadada por el cumpleaños de Leo y este, en su nueva y liberada versión, había decidido dejarse en manos del rubio para que le cortara el pelo y le peinara.

—Venga, Nico, dame una idea… —suplicó Benji con tono infantil, alargando las palabras.

Estaba tumbado en el sofá de mala manera, con las piernas abiertas y el móvil en la mano.

Escribía a su madre para decirle que ya habían despedido a la familia de Leo y que estaban en casa de Nico.

De vez en cuando levantaba la mirada para vigilar que el rubio no la liara con el corte de pelo, aunque Leo ya le había avisado de que solo quería algo discreto.

—Que no sé, niño… —repuso Nico con aburrimiento, tijeras en mano—. ¿Por qué no os vais a Sitges?

—Nico, Sitges está en España, joder —replicó Benji—. La idea es irnos más lejos.

—A Sitges podemos ir cualquier fin de semana —intervino Leo, intentando no mover demasiado la cabeza mientras mantenía la vista fija en la televisión.

—Tampoco se me ha perdido nada allí. Está lleno de maricas —espetó Benji con fingido desinterés, y miró de reojo a su rubio amigo.

—Pues a mí me gusta Sitges —masculló Nico un poco picado, mientras cogía un mechón de pelo para cortarlo a ras de sus dedos.

Benji se volvió hacia él y arqueó las cejas, soltando una risita sarcástica que llamó la atención de Nico.

—Pues eso.

—¿¡Y tú qué eres, maricón!? —estalló Nico, volviéndose hacia él con acritud y agitando las tijeras en el aire, como si quisiera apuñalarlo.

Benji reía orgulloso por haber conseguido la reacción exacta que esperaba de su amigo.

—Benji, te agradecería que no le tocaras las pelotas a Nico mientras tiene unas tijeras en la mano y mi cabeza delante — lo reprendió Leo, cerrando los ojos con exasperación por las estúpidas discusiones que tenían los dos amigos.

Nico le sacó la lengua a Benji a modo de burla, aprovechando que Leo estaba de espaldas, y el de ojos verdes le contestó con un corte de mangas.

—Benji, joder… —suspiró Leo al verlo.

—¡Ha empezado él! —protestó furioso al ver la muda y burlona risa de su amigo—. Bueno, ya en serio, vamos a pensar un sitio al que podamos irnos de viaje. Hace tres meses que tengo mi regalo de cumpleaños y aún no lo he aprovechado —dijo más serio, recalcando mucho el «mi».

—¿Fuera de España, entonces? —preguntó Nico, soltando un suspiro dramático como si, de pronto, se estuviera tomando la tarea en serio.

—Donde sea, teniendo en cuenta que son cuatro días —aclaró Leo.

Nico dejó las tijeras sobre una mesita con ruedas que tenía al lado y agarró la maquinilla.

—Voy a recortarte un poco detrás de las orejas, no te asustes —avisó a Leo—.

Pues anda que no tenéis sitios cerca… Francia, Portugal, Italia, Marruecos…

¿Por qué no vais a París? ¡La ciudad del amor!

—exclamó Nico en tono soñador—. Tengo que proponérselo a Juanca —al ver que no recibía respuesta por parte de ninguno de los dos, empezó a recitar una lista de capitales europeas como si se tratara de un examen.

—Nico, ¿te queda mucho? —preguntó Leo, impaciente por verse.

—No, cariño —apagó la maquinilla justo en ese momento, le pasó la brocha para barrer algunos pelos sueltos y le retiró la toalla—. Listo, ¿te gusta?

Acercó un espejo y Leo se miró desde varios ángulos.

—Me encanta, Nico. Gracias.

—Puedes usar el baño si quieres para quitarte mejor los pelillos que se hayan quedado. Ven.

Nico lo acompañó al cuarto de baño y en menos de un minuto estaba de vuelta. Benji ya lo estaba esperando sonriente.

—Estoy muy contento por ti —dijo Nico.

—Gracias, Nico. Ya me he enterado de quién fue el responsable de darle el empujoncito definitivo —respondió. Leo se lo había contado todo.

—No es nada —agitó la mano con desdén, restándole seriedad a la cosa.

—No te quites mérito… Eres el amigo que todo el mundo sueña con tener.

Nico lo miró con los ojos brillosos, soltó una risita nerviosa y se dejó caer junto a él.

—¡Ay, mi rey! No me hagas llorar justo antes de salir de fiesta —exclamó con teatralidad.

Rieron juntos, se miraron a los ojos con calidez y se fundieron en un abrazo. Uno de esos largos, cargado de gratitud y complicidad. De los que decían mucho más que cualquier palabra.

Al poco, tras devorar un kebab que habían pedido a domicilio en casa de Nico, salieron hacia el pub de Juanca donde habían quedado con varios amigos.

Nada más entrar, el ambiente los envolvió al instante: la música vibrando en sus oídos, la gente bailando, las luces parpadeando. Un ambiente que se sentía más familiar que nunca.

Carmen y Dani, su novio, ya estaban allí.

Se acercaron a saludarlos y hablaron unos minutos.

Benji vio a Nico colarse dentro de la barra para saludar a Juanca con un beso en los labios.

El camarero le decía algo al oído y Nico asentía entre risas, con una expresión de felicidad total. No era el primer beso que se daban.

Al cabo de unos minutos, llegaron Pedro, Paula, Santi y Elena. Todos se acercaron a abrazar y felicitar a Leo.

—¡Hombre, doctor Escrivá! La última vez que te vi por aquí te marcaste un baile de la hostia. ¿Hoy también nos vas a deleitar? —bromeó Pedro mientras lo rodeaba con un brazo.

Paula rio a su lado y recordó el momento con Carmen.

—Eso queremos verlo Elena y yo… ¿A cuántas copas tengo que invitarte para que vuelvas a hacerlo? —preguntó Santi, agarrándole de la nuca con cariño, mientras Pedro asentía y decía «Eso, eso».

—Os podéis ir a la mierda un rato —replicó Leo avergonzado, conforme se quitaba los brazos de encima.

—Benji, tienes el cielo ganado con este personaje… —suspiró Santi, apoyándose dramáticamente en su hombro.

—Ya me estoy acostumbrando a tratar con pacientes complicados…

El comentario cayó como una bomba en el grupo y soltaron el típico «uuuh» colectivo de quien presencia una buena pulla, mientras Leo se mordía el labio inferior con una sonrisa y le daba un suave puñetazo en el hombro a Benji.

—Voy a pedir algo antes de que os cebéis más conmigo… —anunció Leo.

—Venga, ¡a por la primera! Con la siguiente te quiero ya perreando en la pista —bromeó Santi.

Benji lo siguió con la mirada mientras se alejaba hacia la barra, acompañado de Pedro, Santi y Dani. Charlaba animadamente con ellos, y también le decía algo a Juanca y Nico, gesticulando y señalando al rubio, mientras el camarero sonreía.

—Esto es rarísimo, ¡parece otro! —exclamó Carmen a su lado. Benji asintió entre risas—. ¡Pero es genial! ¡Me encanta!

—A mí también… Creo que esto era lo que le faltaba para abrirse del todo —respondió ilusionado, sin apartar la mirada de él.

Leo regresó con dos copas en la mano. Le ofreció una a Benji, brindaron y se besaron antes de dar un sorbo y empezar a bailar.

De pronto, sonaron unas notas familiares: It’s raining men . Una canción que los transportaba a aquella noche de agosto en la que todo cambió para siempre.

Leo alzó las cejas, sorprendido y con una risa incrédula.

—¿En serio esta canción de nuevo? —exclamó Benji, negando con la cabeza como si no terminara de creerlo.

—Seguro que la has pedido tú…

—Que no. Tiene que ser cosa de Nico… o del destino —bromeó—. Te lo estás pasando bien, ¿eh?

—Mucho. ¿Y sabes lo mejor? —dijo Leo, acercándose a él hasta casi rozar su nariz—. Que por fin puedo ser yo mismo.

Benji le sujetó la barbilla con gesto firme, alzó el mentón mientras le sonreía con esa chulería tan suya, y volvió a besarlo sin dejar de bailar.

En ese instante, supo que comenzaba a vivir una nueva vida. Una que compartiría con quien, estaba más que convencido, era la persona más importante para él.

Su querido extutor: el ya no tan serio e imperturbable Leonardo Escrivá.