39
Leo iba de un lado a otro por el recibidor de su casa, presa de una mezcla de ansiedad y felicidad que apenas podía contener. Las últimas veinticuatro horas habían cambiado su vida para siempre y estaba a punto de ver a Benji por primera vez después de la gran confesión pública.
Cuando por fin sonó el timbre de la puerta, se apresuró a abrir.
—La que has liado, yo te mato —dijo Benji conforme entraba, aunque sin poder ocultar la alegría—. Se han enterado todos mis compañeros… ¿Por qué has tenido que ser tan peliculero?
Leo no dijo nada. Lo sujetó de la cintura, cerró la puerta tras ellos y se lanzó a besarlo. Lo estrechó entre sus brazos y hundió el rostro en su cuello, embriagado por ese aroma que tanto había añorado.
—Me siento como nunca —confesó Leo al separarse—. Si lo llego a saber, lo habría hecho antes.
—Me cago en ti, Leo. No digas eso después de lo que me has hecho pasar…
Leo soltó una carcajada.
—¿Qué quieres hacer? ¿Quieres salir? Quiero cogerte de la mano delante de todos, besarte delante de todos, hacer el amor contigo delante de todos… —decía mientras repartía besos por todo su cuello, con una impaciencia casi adolescente.
—¡Para el carro, terremoto! —Benji se apartó entre risas—. Es tu cumpleaños, decide tú. Aunque parece que es otra vez el mío, me has vuelto a hacer un regalo increíble… ¿Y tus padres?
—Sabían que venías y han querido dejarnos solos. Se han ido a dar un paseo.
Benji arqueó una ceja, con ese brillo pícaro que Leo conocía tan bien.
—¿Estamos solos…?
—Sí, nos veremos directamente en la terraza del hotel —le sonrió con adoración, y su voz se suavizó—. Te quiero tanto.
—Y yo a ti.
—No sabes cuánto te he echado de menos…
—Demuéstramelo —susurró Benji.
Y allí, en el mismo sofá, Leo se arrodilló frente a él y se dedicaron las caricias y los besos que el orgullo, el miedo y la confusión les habían robado durante casi dos meses.
Poco después, cuando dieron las nueve de la noche, ya estaban paseando por las calles iluminadas del centro. La brisa era fresca, aunque no fría: la primavera apenas había empezado y la ciudad parecía respirar con una calma nueva.
Benji, en un ataque de nostalgia, repasó todo lo sucedido y fue consciente del paso del tiempo.
En poco más de un mes se cumpliría un año desde que había conocido a Leo y, durante todo ese tiempo que había transcurrido en dos pestañeos, había vivido más emociones que en toda su vida.
Una sucesión de instantes, gestos y confesiones que los había llevado justo allí, a pasear de la mano bajo la luz de las cálidas farolas.
Y precisamente eso era lo que no podía dejar de mirar a cada segundo.
Sus manos entrelazadas. Cada roce del pulgar de Leo sobre su piel le hacía temblar.
A ratos lo observaba de perfil, mientras Leo le contaba alguna anécdota sobre sus últimos pacientes con una serenidad y una seguridad que jamás pensó que vería en él.
Sonrió con suficiencia.
—Estás disfrutando, ¿eh?
—No sabes cuánto —respondió Benji. Sin soltarle la mano, se la llevó a los labios y le besó el dorso—. ¿Has visto como no pasa nada?
—Cállate, anda, que todavía me siento raro… —replicó ruborizado—. ¿Sabes que Alfredo me llamó después para hablar conmigo?
—¿Y qué quería? ¿Una cita?
Leo soltó una carcajada.
—No.
—Alfredo tiene su puntito, ¿eh? Para tener casi sesenta…
—Calla… —le dio un empujón con el hombro—. Quería darme la enhorabuena —puso una mueca divertida, como si se estuviera preguntando que a qué venía eso.
—No te creo… Por la cara.
—Te lo juro. Aunque también me ha dicho que me he pasado revolucionando la sesión de hoy. Todavía tengo grabadas las caras de sorpresa de todos. Creo que no las voy a olvidar jamás —negó con incredulidad—. Bueno, pues Alfredo me ha prometido un nuevo residente de los que empiezan en mayo.
—Espero que no te enamores de él… o de ella —le pinchó Benji, poniendo ojitos—. Reconozco que me da pena perder el morbo de que seas mi tutor, pero supongo que no queda bonito que te tires a tu residente.
Leo negó con una risa suave y tiró de él para rodearlo con el brazo.
—Oye… No te vengas arriba ahora y te pases de dominante —protestó Benji, separándose un momento solo para, acto seguido, ser él quien rodeara a Leo por los hombros—. Así mejor, como debe ser.
—Eres un chulo.
—Y a ti te encanta que lo sea —respondió con una media sonrisa descarada—. Oye, ¿puedo darle un besito a Lucas? Se ha quedado con las ganas. Un piquito, aunque sea.
—Mira que eres tonto… Ya hablaremos —Leo le dio un pequeño manotazo en la mejilla, conteniendo la risa, y Benji se quejó con fingida molestia.
La nueva calma de Leo le tenía fascinado y se preguntó si sería posible quererlo más de lo que ya lo quería.
Leo había escogido una bonita terraza para celebrar su cumpleaños, y sus padres y su hermano ya estaban esperándolos. En el ascensor del hotel, Benji no paraba de suspirar y de peinarse con los dedos.
—Te veo nervioso, pero de una forma adorable que no te pega.
Benji puso los ojos en blanco.
—Me siento raro. Es que nunca imaginé que me tocaría a mí pasar la prueba familiar.
Leo agarró su mano con cariño y le susurró un «Tranquilo», justo cuando las puertas se abrieron.
Al salir a la azotea, notaron aún más la fresca brisa.
Una música R&B sonaba de fondo, suave, flotando en el ambiente y mezclándose con el murmullo de las conversaciones.
Las luces cálidas y los grandes maceteros con plantas daban al lugar un aire íntimo y acogedor.
Frente a ellos se extendía parte de la ciudad y, más allá, el mar iluminado por una luna creciente que brillaba sobre el cielo despejado.
Leo echó un vistazo alrededor para localizar a su familia hasta que los vio de pie, junto a la barandilla, disfrutando de las vistas de la ciudad. Su madre fue la primera en verlos.
—¡Benji! Soy Isabel, la madre de Leo. ¡Me alegro mucho de conocerte! —decía mientras se acercaba a paso rápido. Le dio dos cariñosos besos. Después, lo miró sonriente y lo sujetó por los brazos—. ¡Es más guapo en persona! Y qué jovencito… —exclamó fascinada mientras miraba a los dos con cariño.
Ahora era Leo quien estaba muerto de vergüenza, y Benji sonreía divertido.
—Mamá, por favor… Si lo dices así, parece que soy un viejo.
—No, cariño. ¡Si estás en la flor de la vida! —replicó apurada.
—Yo también me alegro mucho de conocerles —dijo Benji, conteniendo la risa, mientras le daba la mano al padre y al hermano de Leo—. Tenía muchas ganas, de verdad.
—Y nosotros, y eso que hasta anoche no sabíamos nada de ti… —bromeó Joan.
—Es un enorme placer conocerte, Benji. ¡Bueno, venga! Vamos a pedir algo para empezar y brindamos por el cumpleañero —propuso Rafa mientras apretaba el hombro de su hermano con cariño y luego hacía lo mismo con Benji.
Se sentaron en una mesa cercana a la barandilla acristalada desde la que podían disfrutar de las maravillosas vistas al mar y la ciudad.
—¿Eres de aquí, Benji? —preguntó Joan mientras cogía la carta.
—Sí, boquerón de pura cepa.
—Qué bien —dijo Isabel—. La verdad es que echamos mucho de menos Málaga, estuvimos viviendo aquí casi treinta años… —hizo un gesto con la mano para subrayar que habían sido bastantes.
—Yo lo que más echo de menos son los camperos —intervino Rafa con una seriedad tan solemne que despertó las risas de los demás—. ¿Qué? ¡Es verdad! En Barcelona hacen bocadillos, pero nada que ver con esa delicia… El campero malagueño es de otro mundo.
Isabel miró con atención a Benji, que reía con ganas por el comentario de Rafa.
—Leo nos contó mucho sobre ti ayer.
—Espero que cosas buenas…
—No te preocupes, aquí todos sabemos que tienes que ser muy buena persona si soportas los humos de este… —bromeó Rafa, señalando a su hermano—. Te mereces un monumento.
Leo ni siquiera fingió ofenderse: estaba demasiado feliz.
Se había sentado frente a Benji y lo veía hablando con soltura con su madre, que presidía la mesa, y su padre, sentado al otro lado del joven.
Benji les hablaba del hospital, de la residencia, y ellos también le contaban historias de cuando Leo era residente años atrás.
Los dos no paraban de hacerle preguntas y el joven respondía, sonreía, y miraba a un lado y a otro cuando eran los mayores quienes hablaban entre ellos.
Incluso le habían invitado a pasar unos días en Valencia, lamentándose de que su hijo no visitaba la ciudad desde las vacaciones del verano anterior.
Rafa, sentado a la derecha de Leo, llamó su atención con un golpecito en el brazo.
—Parece muy buen chaval. Estoy deseando que Noelia lo conozca —dijo en voz baja, y Leo asintió con la cabeza.
—Os podéis venir un fin de semana, si queréis.
—Te tomo la palabra.
A mitad de la cena, mientras esperaban la segunda tanda, Benji observaba divertido a su chico conversar con su hermano y su padre.
Leo reía a carcajadas con cualquier tontería que decían.
Le gustaba verlo en ese ambiente, con su familia.
Se quedó mirándolo con ternura, maravillado por ese hombre que, durante tanto tiempo, había llevado un muro a su alrededor.
Qué diferente se le veía ahora. Estaba guapísimo.
Isabel, aprovechando la distracción del momento, se inclinó hacia él y le agarró la mano con cariño.
—Gracias, Benji —susurró—. No sé qué habrás hecho, pero es la primera vez que veo a mi hijo sonreír así.
Benji la miró conmovido. Le devolvió la sonrisa y apretó su mano en respuesta.
Más tarde se trasladaron a una mesa alta con un cóctel en la mano cada uno. Brindaron de nuevo y medio canturrearon un «Cumpleaños feliz» a Leo que, con la cara colorada, protestaba y les pedía por favor que bajaran un poco la voz.