38
A la mañana siguiente, Leo llegó al trabajo con los ojos algo hinchados.
Había dormido pocas horas y la llorera de la noche anterior había hecho mella en su rostro.
Aun así, su expresión era de alivio. Nada más llegar, buscó a Alfredo Santoyo para comunicarle su decisión: quería dejar la tutoría de Benji.
Santi fue el primero en percatarse de su cara de zombi:
—Joder, tío… ¿Una mala noche?
Leo negó. Entre todo el cansancio, un destello de felicidad brillaba en sus ojos.
—Creo que ha sido la mejor noche de mi vida.
Santi frunció el ceño.
—¿Qué ha pasado? No te entiendo… ¿Algo con Benji?
Leo se llevó un dedo a los labios para pedirle silencio: Alfredo acababa de entrar a la sala de sesiones, seguido de Laura. El jefe murmuraba algo y ella asentía con solemnidad, aunque cuando cruzó la mirada con Leo le dedicó una sonrisa cómplice.
Justo en ese momento llegó su exresidente. «Me gustaría que Benji estuviera hoy en la sesión», le había dicho Leo a Alfredo. Eso quería decir que su plan empezaba a ponerse en marcha, y un cosquilleo se instaló en su estómago.
Benji entró serio, caminando con confianza, y se dejó caer en una silla entre Carmen y Laura. Miró a Leo, quien empezaba a querer salir corriendo: se tocaba el pelo, se rascaba la mandíbula, se frotaba las manos. Seguro que Benji se había dado cuenta.
No lo veía desde hacía casi dos semanas, en el congreso.
Después de la conversación que tuvieron, no habían vuelto a saber nada el uno del otro: Leo no fue a la cena, no fue a la fiesta y, gracias a un cambio rápido de billetes, tampoco coincidieron en el tren de vuelta.
La semana que siguió, como ya venía sucediendo antes, Benji había evitado encontrarse con él en el hospital.
Leo sabía que iba a hacer una locura y solo esperaba que Benji la encajara bien.
—Antes de empezar, una cosa rápida —dijo Alfredo, ofreciendo una mirada de reojo a Leo—. Esto afecta sobre todo a Benji. Ya se lo hemos comunicado a Docencia, pero, a partir de hoy, tu tutora será Laura.
Benji parpadeó. Parecía confundido, como si no comprendiera del todo lo que estaba oyendo. Miró de manera alterna al jefe y a él, su ya extutor. Laura, a su lado, le acarició el brazo, pero el joven la miró perplejo.
Madre mía. ¿Qué estaría pensando?
Leo notó que sus compañeros también lo miraban de forma fugaz y comentaban en voz baja.
No podía parar de juguetear con sus dedos, bajando y subiendo la mirada, intentando aparentar calma.
Sabía que iba a hacer algo totalmente fuera de lugar, algo que al antiguo Leo ni se le habría pasado por la cabeza, pero tenía que hacerlo.
Finalmente, carraspeó con fuerza y alzó la voz, llamando la atención de todos.
—Me gustaría decir algo sobre esto —anunció, a la vez que se ponía en pie.
—No hace falta que digas nada… —le cortó Alfredo, seguramente intentando protegerlo de una situación incómoda.
Minutos antes, su jefe le había reconocido que sabía que la relación con Benji se había enfriado y que no necesitaba ninguna explicación sobre su decisión, que lo consideraba uno de los mejores médicos del servicio y que le tenía mucho aprecio desde que entró diez años atrás.
—Quiero hacerlo, si me lo permites —sentenció Leo con voz grave.
Dio unos pasos al frente y vio cómo Benji se incorporaba de la silla con lentitud—.
Veréis… Esto me resulta un poco difícil —comenzó a decir.
Volvió a carraspear. Cambió el peso de un pie a otro y se cruzó de brazos para descruzarse al segundo, sin saber bien qué postura adoptar.
Al final, se metió las manos en los bolsillos: así nadie se daría cuenta de que estaba temblando—.
Mi experiencia como tutor de residentes ha sido muy buena, no quiero que nadie piense que lo dejo porque estoy descontento.
Estoy agradecido por la oportunidad que se me ha dado de tener a alguien a mi lado a quien enseñar y, a la vez, de quien aprender —sin querer, su mirada se cruzó con la de Benji, y su corazón palpitó con fuerza.
Sus verdes ojos lo miraban con desconcierto—.
Espero de corazón que Benji haya aprendido mucho durante estos meses —ahora se fijó en Santi, que mantenía la misma expresión de estupefacción que el resto—.
Ha sido una gran experiencia y, por eso, le he pedido a Alfredo que me deje repetir con los nuevos residentes que entrarán en breve —miró a su jefe y este asintió.
Leo empezaba a sentirse más confiado, aunque escuchaba algún cuchicheo—.
Os estoy viendo las caras y sé que estáis pensando que no sabéis a qué viene todo esto.
Y supongo que también os preguntaréis por qué he decidido dejar de ser tutor de Benji, si tan buena experiencia he tenido.
Creo que para ser tutor hay que tener muchas cualidades: profesionalidad, carácter docente, compañerismo, empatía…
y objetividad —el corazón de Leo se aceleró y, por un segundo, pensó que no podría continuar.
Parpadeó lento y tragó saliva—. Y me he dado cuenta de que no soy capaz de ser objetivo con la persona de la que estoy enamorado. Por eso quiero dejar de ser su tutor.
El silencio que siguió fue absoluto. Como si cada uno de los presentes estuviera uniendo piezas en su cabeza y descifrando el significado de aquellas palabras. Hasta que uno de ellos explotó.
—¡Hostia puta! —fue Santi quien rompió el silencio con esas dos palabras, recibiendo miradas entre divertidas y reprobatorias—. Perdón…
Alfredo, estupefacto, giró la cabeza hacia Benji, que de repente era el centro de todas las miradas. El joven se hundía en la silla como si quisiera desaparecer de un momento a otro y apretaba el puente de su nariz con los dedos. Tenía cara de «Tierra, trágame».
Normal. Se había declarado delante de todo el servicio y él sí que quería salir volando de allí.
—Ya está, era todo lo que tenía que decir… —dijo en un tono más bajo, casi titubeando y avergonzado hasta las orejas, y volvió a tomar asiento.
Cuando lo hizo, vio a Laura Molina sonreírle de forma sospechosa, como si lo que acabara de oír no fuera algo nuevo para ella.
Luego miró a Benji, que tenía la cabeza apoyada en una mano, con los ojos muy abiertos y la mirada perdida en el suelo.
Estaba tan ido que ni siquiera reaccionaba al manotazo que acababa de recibir de su amiga Carmen mientras le susurraba un «¡Qué fuerte, nene! ».
Alfredo se aclaró la voz.
—Bueno… Podemos seguir con… con los pacientes ingresados. Que empiece el que sea —dijo con un ademán.
La reunión continuó como buenamente pudo.
De vez en cuando se escuchaba algún susurro.
Leo notaba que a veces lo miraban a él y a Benji con sorpresa, simpatía o curiosidad.
Nadie parecía hostil, pero el desconcierto flotaba en el ambiente.
Al final, la reunión se desarrolló de forma casi precipitada y terminó antes de lo esperado.
Aquello había sido el bombazo del día y del año.
Poco a poco se pusieron en pie para comenzar un día más de trabajo.
La mayoría miraba a Leo antes de salir, otros comentaban algo en voz baja, y algunos le sonreían de forma parecida a Laura.
El resto de residentes, incrédulos y sonrientes a partes iguales, salieron sin decir una palabra, excepto uno de ellos.
Lucas posó una mano sobre su hombro.
—Creo que es la primera vez que te escuchamos decir tantas frases seguidas —bromeó, y luego le sonrió con calidez—. Me alegro de que te hayas decidido… —después abandonó el lugar, dejándolo confundido y con muchas preguntas en su cabeza.
Se puso en pie algo tembloroso y vio a Laura susurrarle a Benji. Luego, ella salió de la sala.
—¡Leo! ¿Qué has hecho, tío? —escuchó de repente a Pedro, quien entró apresuradamente y riendo como un loco. Le palmeó la espalda en un intenso abrazo.
—¿Qué cojones haces aquí? —preguntó confundido.
—Santi me ha escrito.
Leo miró a su compañero con reproche.
—¿Qué? ¡Joder, es un notición! —se excusó Santi.
—¡Y yo me lo he perdido…! —se lamentó Pedro—. ¡Siempre me pierdo lo mejor!
Leo se mordió el labio y rio, casi sin querer, mientras se pasaba una mano por la cara con una mezcla de alivio y vergüenza. Sus amigos le animaban a celebrarlo con un buen desayuno en la cafetería. Esos dos amigos que, junto a Nico, tanto le habían ayudado.
Antes de salir por la puerta se giró y se encontró con los verdes ojos de Benji fijos en él. Aún sentado y con la mandíbula tensa, parecía expectante. Leo sostuvo su mirada un instante, pero enseguida se dio la vuelta. Tenía miedo de forzar las cosas.
Entonces, oyó un característico resoplido sarcástico. Luego, el chirriar de una silla. Y, después, unos pasos retumbando detrás de él hasta que alguien lo agarró del brazo ya en el pasillo. Benji tiró de él con más fuerza de la necesaria y tuvo que retroceder un par de pasos.
—¿Por qué lo has hecho? —fue lo único que dijo Benji y, aunque sus palabras salieron con determinación, sus ojos brillaban con duda.
—Sabes el porqué —dictaminó, decidido a darse la vuelta, pero Benji volvió a tirar de él.
—¡No lo sé! —exclamó—. Dímelo.
Leo miró a Pedro y Santi, quienes decidieron adelantarse para dejarles espacio.
—He renunciado a ser tu tutor porque no soporto tenerte cada día a mi lado, sabiendo lo que hemos sido y lo que somos ahora. Aunque sigamos siendo compañeros, no estaremos forzados a tener tanto contacto.
—¡No me refiero a eso, capullo! —gritó Benji desesperado.
Leo lo miró con ternura. Cuánto le gustaba esa entrañable agresividad.
—Tenía que hacerlo por mí. Tú mismo me lo dijiste. Aunque no lo creas, me has enseñado mucho —admitió.
—No entiendo nada…
—No tienes que entender nada. Solo quiero que sepas que te quiero, ya me has oído hace un momento —respondió con suavidad—.
Lo he hecho porque ya no quiero esconderme más y porque quiero estar contigo.
Anoche también se lo conté a mis padres, les hablé de ti.
Y… si te parece bien, quieren conocerte.
Leo tragó saliva y continuó observando sus ojos, soñando con abrazarlo en ese mismo momento. Sin embargo, después del daño que le había hecho, nada le aseguraba que, solo por haberse decidido a confesar su mayor secreto, Benji querría volver junto a él.
Al ver que el residente no reaccionaba, suspiró:
—Será mejor que volvamos al trabajo.
—Espera, Leo —Benji agarró su mano, pero la soltó rápidamente en un acto reflejo.
Sin embargo, él mismo volvió a buscar la mano de Benji y la apretó con fuerza, entrelazando sus dedos. El joven lo miró con sorpresa.
—Puedes cogerme de la mano si quieres, ya no soy tu tutor —dijo Leo con sorna, y le dedicó su perfecta sonrisa.
Benji bajó la mirada a sus manos.
—Te has vuelto loco —murmuró con una risa contenida y miró a un lado.
Leo siguió su mirada: María y Jenny se decían algo al oído mientras los observaban con curiosidad desde el puesto de enfermería. Alzó sus manos entrelazadas y se las mostró a sus compañeras con orgullo. Ellas rieron con incredulidad y alegría.
—Te has vuelto loco de verdad, cabrón —repitió Benji entre risas.
—Puede —admitió Leo tras una corta carcajada. Él mismo lo pensaba, pero después de tener la aceptación de su familia, de repente le daba igual el resto del mundo.
—Luego hablamos, que me están esperando en Neumo… —le dio un fugaz beso en la mejilla y se fue a paso rápido.
Benji iba girando la cabeza cada pocos pasos, dedicándole pequeñas sonrisas cargadas de complicidad. La última, antes de doblar una esquina, fue esa sonrisita medio chula, medio tierna, que siempre conseguía desarmarlo.
Esa sonrisita prepotente y provocadora que Leo había echado tanto de menos.