Están lloviendo hombres 37
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Ese jueves, Leo llegó a casa acompañado de sus padres y de su hermano, a quienes acababa de recoger en la estación.

Durante todo el trayecto en coche apenas había logrado atender a la charla de su familia, demasiado ocupado en repasar mentalmente cada palabra de la conversación que quería tener con ellos.

Una revelación que ninguno podía imaginar.

Las manchas de sudor que empezaban a oscurecer su camisa alrededor de las axilas delataban la inquietud que albergaba desde el momento en que los había saludado.

Había pasado una semana desde que habló con Nico.

Desde entonces, lo había estudiado todo: sus palabras, su postura, dónde se situaría, a quién miraría en cada momento.

Hasta se había anotado algunas ideas y frases en el ordenador, como si fuera un guion.

Algo absurdo, porque llegado el momento sabía que se haría un lío y no sabría ni por dónde empezar.

Esperó a que su familia dejara las bolsas de viaje en las habitaciones y se refrescaran un poco.

En menos de una hora ya estaban todos en el salón.

Rafa ojeaba su móvil, Isabel cambiaba de canal en la televisión y Joan no dejaba de mirarlo con el ceño fruncido, y aquello le ponía aún más nervioso: intentaba preparar un picoteo, pero sus movimientos parecían completamente descoordinados.

Abría las puertas de los armarios y las volvía a cerrar al instante, iba a la nevera y se quedaba mirándola hasta que la cerraba sin coger nada, caminaba de un lado a otro como si estuviera perdido…

—Hijo, ¿estás bien? —preguntó Joan finalmente.

—Sí, sí… Ahora voy, dadme un segundo —respondió, intentando sonreír—. ¿Todos queréis cerveza?

Se escuchó un «sí» general algo exasperado, pues no hacía ni cinco minutos que Leo había hecho la misma pregunta.

Por fin se acercó a ellos, repartió las bebidas y colocó en la mesa algunos cuencos con frutos secos y aceitunas.

Mientras sus padres y su hermano hablaban entre ellos, Leo se quedó de pie observándolos, disfrutando de la imagen cotidiana de su familia reunida.

Su mente, siempre dispuesta a autosabotearse, le decía que estaba a punto de cargarse ese momento tan tierno.

Inspiró profundamente hasta tres veces antes de hablar, luchando contra la sensación de que el corazón se le iba a salir del pecho.

—Tenía ganas de veros.

—Nosotros también, hijo —contestó Isabel mientras se llevaba una aceituna a la boca—. ¿Dónde nos vas a llevar mañana para celebrar tu cumpleaños?

—De eso quería hablaros —dijo Leo, y tragó saliva—. Sé que estaréis agotados del viaje, pero necesito contaros algo importante antes de nada.

Isabel lanzó una mirada rápida y preocupada a su marido, quien reaccionó agarrándole la mano.

A esas alturas, Leo tenía la sensación de que ya se habían dado cuenta de que tenía la cara descompuesta.

Probablemente recordaban la llamada en la que les había insistido en que tenían que venir los tres.

Incluso habían tenido que pedir un día libre en el trabajo por el capricho que le había entrado.

—¿Qué ocurre, hijo? No nos asustes —dijo al fin Isabel, con una risita nerviosa.

Leo carraspeó. Se pasó la lengua por los labios resecos. Una pequeña gota de sudor le caía desde la axila hasta la cintura. Las manos le sudaban y las frotó contra sus vaqueros.

—Joder, Leo, suéltalo ya, que me estás poniendo nervioso —se quejó Rafa, que había dejado el móvil para atender a su hermano.

Leo inspiró hondo una última vez.

—Si todo sale bien, me gustaría presentaros a alguien mañana.

Joan hizo una mueca, confundido, y a Isabel se le iluminó el rostro. Rafa esbozó una media sonrisa.

—¿Estás saliendo con alguien? ¡Pero eso es una buena noticia! —exclamó Isabel, buscando la aprobación de su marido, quien asintió—. Cuéntanos, ¿quién es? ¿Cuánto tiempo lleváis juntos?

—He dicho «si todo sale bien». Ahora mismo no estamos… —Leo hizo una pausa larga. Le estaba costando horrores. El guion que había diseñado ya se había ido a la mierda. ¿Cuál era la siguiente frase que tenía que decir? El nudo en su garganta amenazaba con asfixiarlo.

Debía de tener cara de tragedia griega, porque los tres lo miraban como si acabara de anunciar un funeral.

—¿Que no estáis qué? —preguntó su padre nervioso.

—A ver, es que es un hombre.

En apenas una frase, se había saltado medio guion y media vida.

Leo volvió a tragar saliva y bajó la mirada. El suelo le parecía su único lugar seguro. Exhaló el aire contenido. A pesar de los nervios, sintió un leve alivio, como si se hubiera quitado un gran peso de encima. Una carga que había soportado durante mucho tiempo.

Durante unos segundos, el silencio inundó la habitación.

Únicamente se escuchaba el murmullo proveniente de la televisión.

Al ver que nadie decía nada, se empezó a preocupar.

Sintió que se abría un abismo bajo sus pies en el que cabían todas las reacciones negativas posibles: rechazo, decepción, enfado, tristeza.

Ya se estaba imaginando a sus padres apartando la mirada, recogiendo sus maletas y yéndose de la casa.

—Siempre me han gustado los hombres —añadió casi en un susurro, en un intento por romper aquel incómodo silencio y con la mirada aún clavada en el suelo.

—¿Y qué ha pasado? ¿Por qué dices que «no estáis»? ¿No estáis juntos? —intervino Rafa de repente.

Leo alzó los ojos, algo sorprendido.

—Discutimos hace poco por mi culpa. Tenía miedo… —se sinceró.

Por un momento se olvidó de que sus padres lo miraban. Mantenía los ojos puestos en su hermano, que lo observaba con una mezcla de comprensión y ternura.

—¿Miedo de qué? —quiso saber Rafa, aunque su tono indicaba que ya sospechaba la respuesta.

—De esta situación de mierda.

El silencio se hizo más pesado. Leo estaba sufriendo la mayor taquicardia de su vida y los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos. Temió que los demás pudieran escucharlo.

—Hijo… —Isabel lo llamó, pero Leo cerró los ojos—. Mírame, por favor.

Armándose de valor, giró su cabeza lentamente y se encontró con la mirada de su madre. Después, la de su padre. Estaban demasiado serios.

Y él estaba al borde de un ataque de ansiedad.

—¿Tenías miedo de nosotros? —preguntó Isabel compungida.

Leo sintió aumentar la presión en su pecho, frunció los labios con rapidez y no pudo evitar que le vinieran unas lágrimas que amenazaban con escapar.

—¿Estáis decepcionados? —fue lo único que pudo preguntar. Se mantenía serio e intentaba simular entereza, pero sus emociones lo traicionaron y le tembló la voz.

Su padre lo miró horrorizado e intervino de inmediato.

—¿Cómo puedes decir eso, Leo?

Leo se pasó una mano por la frente, húmeda de sudor.

—No lo sé, después de lo de Yoli… Pensareis que he sido un cabrón y que os he tenido engañados todos estos años.

—No digas tonterías, hijo —replicó Isabel con firmeza—. Soy yo la que me estoy empezando a preocupar. En este momento no paro de pensar qué hemos podido hacer mal para que no hayas confiado antes en nosotros.

Aquellas palabras, lejos de calmarlo, lo golpearon con fuerza. La presión en su garganta lo ahogó aún más. Él siempre había considerado que tenía unos padres ejemplares y cariñosos que lo habían ayudado en todo lo que había necesitado. No eran los verdaderos culpables.

La decisión de llevar esa vida en secreto provenía de lo que la sociedad le había hecho creer: del convencimiento propio de que era mejor ocultar esa parte de sí mismo, de que nadie debía saberlo, de que la discreción era lo que le permitiría llevar una vida tranquila.

De esa homofobia interiorizada que había arrastrado durante tanto tiempo.

No pudo aguantarlo más: las lágrimas finalmente se desbordaron y empezó a llorar con ansiedad, como hacía años que no lloraba. Su madre se levantó y lo abrazó con cariño, mientras Leo se aferraba a su vestido.

—No habéis hecho nada mal —dijo atropelladamente—. He sido yo. Mis miedos, mis complejos, mi inseguridad… Mi puta mentalidad de mierda…

—Venga… Cálmate, por favor —le pidió su madre en un susurro.

Rafa se acercó despacio y le agarró el brazo con cariño. Tiró de él con suavidad para sentarlo en el sofá y fue a rebuscar algo en su mochila. Sus padres se sentaron a cada lado y su hermano se acuclilló frente a él, ofreciéndole un pañuelo.

Leo se secó las lágrimas, se sonó la nariz y permaneció unos minutos en silencio, intentando serenarse. Su familia le dio su espacio, acompañándolo sin pronunciar palabra.

Poco a poco consiguió relajar su respiración, aunque seguía con la mirada perdida.

—Siempre has sido el hijo perfecto —empezó a decir Joan—. Tanto que daba hasta miedo. Nunca nos has dado un disgusto. Y te has convertido en un buen hombre. ¿Cómo has podido pensar que te rechazaríamos porque eres gay?

Miró a su padre con angustia, procesando sus palabras. Tenía tanto miedo a ser juzgado que había olvidado el amor de su familia.

—Creo que este ha sido uno de los peores momentos de mi vida —continuó Joan—. Se me parte el corazón al verte así, Leo. Pero, al mismo tiempo, estoy feliz de que nos lo hayas contado a pesar del miedo que tenías. Te lo agradezco.

—Entonces… ¿os da igual? —preguntó con un hilo de voz.

—Joder, Leo, pues claro —contestó Rafa sin pensarlo dos veces—. Al principio pensaba que ibas a decirnos que tenías cáncer o alguna mierda chunga, con la cara que traías…

—¡Rafa! —lo reprendió su madre, aunque con una risita—. Yo también, la verdad. Qué susto.

Joan se inclinó hacia él y le dio un cariñoso apretón en la pierna.

—Leo, de verdad, tranquilízate. Quítate de la cabeza cualquier tontería que estés pensando —le rogó su padre—. Ahora lo que quiero saber es quién es él.

—Eso, porque tiene que ser alguien muy especial como para que hayas decidido dar este paso —su madre le acarició el pelo—. Anda, cuéntanos quién es y qué ha pasado.

—¡Espera, que me pongo cómodo! —exclamó Rafa con ilusión mientras acercaba una silla al sofá.

Leo soltó una risa temblorosa, mezclada con un suspiro de alivio. No terminaba de creer que sus peores miedos no se hubieran hecho realidad.

Les contó quién era Benji y cómo lo había conocido.

Les dijo que, al principio, no quería admitir que le gustaba y se empeñó en evitarlo, pero que al final acabó ocurriendo y empezaron una relación secreta, porque él no quería que nadie lo supiera.

Y que ese había sido el motivo de la discusión: su afán por llevar una doble vida.

Mientras contaba la historia, los tres lo interrumpían con preguntas y comentarios sobre Benji y, también, sobre Yoli.

Sus padres debieron de notar lo mucho que le costaba contar esa parte, porque no paraban de intentar tranquilizarlo.

Sobre todo cuando les confesó con la voz quebrada que llegó a pensar que podría simular ser heterosexual si lo intentaba lo suficiente.

Después, volvió a él: a su ángel de ojos verdes.

Les relató cómo había sido Benji quien, seguramente sin ser consciente, le había hecho cambiar de parecer hasta el punto de encontrarse en esa situación.

—Con un residente de primer año… ¡Es que es para mearse! —exclamó Rafa, partiéndose de risa.

—Rafa, por Dios, ¿qué más da? Mira los años que nos llevamos tu padre y yo… —se quejó Isabel, indignada.

—Eso, ni que se llevaran veinte años… —opinó Joan.

—Bueno, más o menos la mitad —se burló de nuevo, y le guiñó un ojo a su hermano.

—¿Tú no eras el romántico de la familia? —le picó su padre, y Rafa puso los ojos en blanco.

Leo soltó una risa contenida: Rafa siempre intentaba aliviar la tensión con sus bromas.

—Oye… Será guapo, ¿no? —dijo de repente Isabel.

Joan chistó ante las ocurrencias de su mujer.

—¿Qué más da como sea? —espetó, mirándola con reprobación.

—Pues yo quiero ver una foto, pero ya. Venga, ¡enseña! —ordenó Rafa, moviendo la mano con gesto demandante.

Ellos siguieron hablando mientras Leo buscaba el móvil en el bolsillo con las manos aún temblando, riendo ligeramente entre lágrimas y pensando que estaba viviendo el momento más surrealista de su vida.

Después de todos los miedos que había sufrido durante años y, especialmente, esos últimos días de preparación de «salida del armario oficial», era el desenlace que menos había esperado: su familia discutiendo sobre si nueve años de diferencia eran muchos o pocos, o si el chico en cuestión sería guapo o feo.

De hecho, la imagen más absurda que recordaría de esa noche sería la de sus padres, con las gafas puestas y gesto concentrado, haciendo un zoom exagerado en la foto de Benji, mientras Rafa exclamaba muerto de la risa: «¡Joder, que le vais a ver hasta los pelillos de la nariz!».

De pronto, Leo empezó a reír de forma nerviosa. Era como si quisiera reír y llorar al mismo tiempo. Todas sus preocupaciones y tensiones acumuladas escapaban a través de su garganta en forma de cortas carcajadas, que sonaban como explosiones de alivio.

Mientras continuaron la charla, Isabel no dejó de acariciarle: la espalda, el pelo, la mano… Y, de vez en cuando, le plantaba un sonoro beso en la mejilla, como si quisiera que supiera que, con ellos, todo estaba bien.

Esa inolvidable noche terminó por agotarle. A la mañana siguiente le esperaba un día complicado en el trabajo. Cuando se tumbó, se quedó dormido de inmediato.

Fue la primera vez en su vida que durmió sintiéndose realmente liberado.