36 #2
Leo arqueó las cejas, sonriendo por la emoción con la que Nico contaba la historia.
—Pero no te emociones mucho, que es el único gol que ha marcado en toda su vida.
El chico nuevo lo abrazó muy feliz y jamás olvidó esa sonrisa.
Aún la tiene grabada en su memoria… —Nico hizo una pequeña pausa con expresión melancólica—.
Pasaron días, meses y años. El chico nuevo ya no era nuevo, claro.
Los dos se habían hecho muy amigos, aunque el de los rizos era más popular y tenía otros amigos en clase que le decían que cómo podía relacionarse con un mariquita.
Ya tenían más años y habían aprendido nuevas formas de insultar a nuestro protagonista.
Pero su amigo siempre lo defendía y, así, poco a poco, los demás dejaron de meterse con él.
Era el mejor amigo del más guay de la clase, así que era mejor no insultarlo.
»Pronto empezó a darse cuenta de que, cuando las niñas hablaban de famosos o de chicos de la clase, él se interesaba mucho.
Nunca lo decía, pero lo pensaba. «Este es muy guapo, este es feo, este tiene ojos bonitos…
». Las niñas hablaban y él, en su interior, opinaba también.
Cuando cumplió doce años ya sabía que le gustaban los chicos y no las chicas.
»Gracias a su amigo, que siempre lo había defendido, comenzó a verlo todo de otra forma.
Como ya no le molestaban los demás, empezó a perderle el miedo a mostrarse tal y como era.
Y cuando ya era adolescente, comenzó a participar en las conversaciones de chicos con sus amigas, cosa que a ellas les encantó.
»Sin embargo, una vez más, no todo fue bueno.
Los únicos a los que pareció no gustarles el cambio fueron sus padres.
Su madre lo regañaba por llevar ropa llamativa y a su padre no le gustaban «sus maneras».
Le decían que tenía que comportarse y no hacer el ridículo delante de todos.
Eso le sentaba mal, pero ya no se venía abajo, sino todo lo contrario.
Comenzó a rebelarse. Por suerte, su abuela siempre lo defendía.
Ella fue la única que siempre estuvo de su parte.
»El caso es que ahora que se había resuelto el problema del colegio, empezó el problema con sus padres.
Ellos trataban de aparentar. Por ejemplo, se excusaban con su círculo de amigos diciendo que su hijo era muy sensible, que le gustaba no sé qué chica o que se había echado una novia en el pueblo, cuando todo era mentira.
Una forma de intentar cubrir un secreto a voces.
Porque, vaya, mientras sus padres se emocionaban largándoles a sus amigos semejante mentira sobre la novia inexistente, él no hacía más que insinuarse al hijo de ellos, comiéndoselo con la mirada.
—No jodas, ¿y le seguía el rollo? —preguntó Leo cada vez más metido en la historia, hablándole en tercera persona para seguirle la corriente.
—Bueno, solo se puso algo nervioso —Nico soltó una risita—. Cuando tuvo dieciséis años tuvo su primer lío con un chico, toda una experiencia para él. Por aquel entonces también se acostó por primera vez con otro, y fue genial…
—¿Cómo sabes que fue genial? —le cortó Leo para chincharle.
—Calla, coño, que me estropeas la historia —se quejó, dándole un pequeño manotazo en el brazo—.
Sus padres sabían lo que hacía los fines de semana, sabían que iba a sitios de ambiente y que se relacionaba con chicos de más de veinte años, y no les gustaba nada de nada; le decían que era menor y que no podía hacer eso, pero a él ya le daba todo igual.
»En esa época le empezó a interesar la peluquería.
Desde pequeño siempre se había quedado embobado viendo a la peluquera de su madre ponerle el tinte, los rulos, peinarla con ese manejo de secador tan guay.
Un día, él mismo se tiñó la melenita de rubio.
A sus padres no les gustó, pero a él le parecía tan injusto que no lo aceptaran, que hacía todo lo posible por sacarles de sus casillas, solo por fastidiar.
No entendía por qué lo trataban así. Él no era un chico malo y le iba bien en el instituto.
No es que sacara notazas, el más constante en el estudio siempre fue su amigo de los rizos, pero sí que estudiaba para sacarse el título y aprobaba.
»Fue terminar el instituto y habló muy seriamente con su abuela.
Quería independizarse, pero no tenía dinero suficiente.
Ella le dio todo cuanto pudo… Todo. Y gracias a eso, se fue de casa.
Sus padres se enfadaron con su abuela, sobre todo su madre, pero no pudieron hacer nada.
El dinero era de ella y el chico ya era mayor de edad.
Cuando se fue de casa, lloró como un niño.
Se vio solo y rechazado. Aunque no fuera algo nuevo, darse de bruces con la realidad fue un golpe muy duro para él.
No te creas que se fue muy lejos, su piso estaba a unos metros del de sus padres —Nico se echó a reír—.
¡Ah! Se me olvidó decirte que su amigo vivía por ahí también.
—No sé por qué, pero lo imaginaba —se mofó Leo.
—Total, que después de terminar el instituto e irse de casa, se apuntó al curso de peluquería y, a los pocos meses, cuando las cosas ya se habían calmado un poco, se presentó en casa de sus padres con la excusa de peinar a su madre.
»Mientras la peinaba, su madre le preguntó cómo le iba, si le hacía falta algo, si comía bien…
Hablaba con pena. Se notaba que lo echaba de menos.
Al final, su madre quedó preciosa. No habían arreglado nada, pero al menos había sido un acercamiento.
Él sabía que sus padres estaban enfadados por la forma en que se había ido de casa y, por supuesto, porque no les gustaba que fuera gay.
A día de hoy, la relación con ellos sigue siendo extraña.
Hablan de vez en cuando, se visitan a veces, comen juntos en ocasiones especiales contadas…
Pero no he sido aceptado del todo, ni creo que nada cambie ya…
Leo lo miró con la comisura izquierda levantada. Nico se había delatado al hablar en primera persona en aquella última frase.
—Ah, vaya, se me ha escapado justo al final —se llevó una mano a la boca.
—¿Te crees que soy gilipollas y no lo había pillado desde el principio?
—Bueno, bueno… ¿Entiendes lo que te he querido decir con la Biblia que te he soltado?
—Más o menos. Básicamente quieres decirme que eres feliz a pesar de todas las cosas malas por las que has pasado, incluido lo de tus padres.
—Exacto —Nico asintió—. Puede que haya momentos de bajón, pero, cuando yo sentí que era el momento de gritar a los cuatro vientos mi verdadero yo, lo hice y me quedé tan pancho.
Tú harás lo mismo, y si se presenta algún bache, lo superarás y seguirás viviendo la vida felizmente, porque estarás a gusto contigo mismo.
Y tienes ya a mucha gente que te apoya y te acepta como eres.
Leo sonrió de medio lado.
—Tienes razón.
—Entonces… ¿Sientes que ahora es tu momento? ¿Notas esa llamada interior?
Durante unos segundos, Leo no dijo nada. Movió las manos, inquieto. Solo de pensar en el cambio que sucedería en su vida si llegaba a decir que sí… Cuando respondió, no sonó muy convincente.
—No sé…
—¿No sabes? —inquirió Nico al notar la duda.
Leo lo miró. Miles de imágenes cruzaron su mente. Se vio a sí mismo paseando junto a Benji por la calle, agarrados de la mano. Cenando sin estar vigilando alrededor. Pasando un día en la playa. Besándose delante de todos. Presentándoselo a su familia.
Leo pensó en un mundo sin mentiras, sin engaños. Un mundo honesto y sincero. Una vida que podría estar perdiéndose.
Y no quiso sentirse así nunca más.
—Sí, sí sé —su voz sonó esta vez un poco más firme—. Venga, sí. Olvida lo que te he dicho antes. Quiero hacerlo.
Una enorme sonrisa floreció en el rostro de Nico.
—Pues suéltalo y libérate. Pase lo que pase, contarás conmigo siempre. Recuerda que soy tu madrina de salida del armario. ¿Quieres que planeemos cositas?
Leo se lanzó a abrazar a Nico con tanta fuerza que este pensó que lo dejaría sin aire.
—Gracias —susurró Leo.
—No me las des. Estaré aquí para lo que quieras, siempre.
Leo sonrió al percatarse, una vez más, del buen amigo que había ganado ese último año. Había estado esperando a que alguien le diera el empujón definitivo. Y ese momento había llegado.
Esa misma tarde, cuando Nico ya se había marchado de allí, Leo llamó a sus padres para invitarlos a celebrar su cumpleaños en Málaga. Ellos aceptaron encantados: no todos los días se cumplían treinta y cinco años.
Y entonces… «clic».
Leo había decidido celebrarlos siendo él mismo.