36
Nico se bajó del autobús con los nervios a flor de piel. Escribió una dirección en su móvil y empezó a seguir las indicaciones del mapa.
Leo le había pedido reunirse en su piso para hablar. Benji no sabía nada y, desde luego, no debía enterarse. Al menos de momento. Su amigo ya le había contado la conversación que habían tenido en el congreso, así que supuso que la cosa iba por ahí.
El mayor abrió la puerta con una sonrisa de alivio.
—¡Hola, corazón! —Nico le dio dos besos.
—Has llegado demasiado pronto.
—Yo también me alegro de verte, cariño —contestó con una mueca, y Leo sonrió de medio lado—. Estaba aburridísimo en casa y tengo muchas ganas de saber qué me tienes que contar.
Nico entró y esperó de pie a que Leo cerrara la puerta. Después, al anfitrión le hizo un gesto para que se sentara.
—Qué piso más chulo —dijo Nico.
—Gracias. ¿Quieres algo?
—Un poquito de agua, gracias. Vengo andando desde el paseo marítimo…
Leo asintió y se dirigió a la cocina.
Nico constató lo que ya imaginaba: estaba hecho polvo. Caminaba desganado y tenía ojeras. Lo más seguro es que no estuviera durmiendo bien por las noches.
Al momento, Leo volvió con un vaso de agua. Bebió y esperó a que Leo se decidiera a hablar, pero sabía que tenía una peculiar personalidad y lo más seguro es que le estuviera costando arrancar. Así que decidió empezar por lo más básico.
—¿Cómo estás? —preguntó. Leo se dejó caer en el sofá. Curvó los labios hacia abajo y se encogió de hombros, pero no dijo nada—. ¿Así es como estás?
Leo pasó a mirarlo, y vio cómo imitaba exactamente el gesto que acababa de hacer.
—No sé qué decirte. Estoy hecho una mierda, pero supongo que me lo merezco.
—No, mi vida, no digas eso. Nadie se merece pasar por algo así, y menos tú que eres un cacho de pan —Nico le habló con suavidad, tratando de reconfortarlo.
—No he sido justo con Benji. Me he portado como un cobarde.
—Deja de decir tonterías y no te machaques. Tú también mereces que te entienda. Tienes tu historia, tus miedos… Tus razones.
Leo chasqueó la lengua, se incorporó un poco y apoyó sus brazos en las rodillas. Fijó su mirada en la mesita que tenía frente al sofá. Nico sabía que estaba pensando a toda velocidad, sabía que Leo quería decir muchas cosas. Y también sabía que expresar sus emociones no era su punto fuerte.
Cuando habló al fin, su voz salió casi en un susurro.
—No sabes… —tragó saliva— …cómo me gustaría decirlo. Cómo me gustaría que todo el mundo supiera quién soy realmente. Dejar de esconderme.
Nico lo miró consternado.
—Estas Navidades casi se lo cuento a mi familia —prosiguió—.
Me dije: «Joder, Leo, son tus padres, es tu hermano, ¿qué va a pasar?
». Y, aun así, no pude. Me comieron los nervios, mis temores…
—sacudió la cabeza, enfadado consigo mismo—.
Mis gilipolleces. Cuando vi a Benji después de eso, casi no podía mirarlo a la cara.
Evidentemente no se lo dije, pero por dentro me sentía la peor persona del mundo, porque ni siquiera había podido hacer eso por él.
Me sentí como si le hubiera traicionado.
—Cada uno necesita su tiempo —respondió Nico—. Nadie puede forzarte a tener más o menos prisa. Cuando consideres que es el momento adecuado, entonces será. Quizás, ni siquiera lo planees. Puede que te salga solo.
—Pero si quiero estar con él, tiene que ser ahora. Y aunque todos me decís que es irracional, me da un miedo terrible… —Leo hizo una pausa antes de continuar—. Hablé con él en el congreso y no sirvió de nada. Si no hago algo ya, no volverá conmigo. Está enfadado. La he cagado, pero bien.
—Deja de echarte la culpa, rey. Tienes que ser más benévolo contigo mismo, no te eches más mierda encima. Te comprendo perfectamente, no te creas que estoy solo de parte de Benji porque es mi amigo. Tú también lo eres —extendió una mano y agarró la de Leo con cariño, quien lo miró agradecido.
Nico sonrió algo apenado al ver su mirada desamparada. En ese momento, Leo parecía un niño pequeño necesitado de un gesto reconfortante, de un abrazo, de alguien que le dijera justo las palabras que Nico había pronunciado.
—Supongo que tienes razón.
—La tengo. Y, ¿sabes? Si decidieras vivir toda tu vida en el armario, pues adelante.
Lo importante es que estés a gusto contigo mismo.
Pero yo no te veo bien… Mira, piénsalo así: si se lo dices a los demás, harás algo muy bonito no solo por ti, sino por ellos.
La gente que te importa se merece poder conocerte de verdad, sin mentiras. Es como un regalo.
Leo entrecerró los ojos, serio, reflexionando sobre sus palabras, como si fuera la primera vez que lo veía desde ese punto de vista.
—Ya… A veces pienso que me daría igual el resto, pero sigo temiendo por mi familia.
—¿Son homófobos?
—No, qué va… Jamás los he oído hacer un comentario feo.
No tengo un entorno difícil. Pero… no sé, Nico, ya no tengo quince años, la semana que viene son ya treinta y cinco.
Es como si llevara años mintiéndoles. Bueno, no es como si , es que llevo años mintiéndoles —se corrigió con pesar—.
Y eso sí que creo que puede causarles rechazo.
Se sentirán decepcionados, como que no he confiado en ellos.
—O puede que no. Hasta ahora nunca habías tenido una relación seria con un hombre y quizás piensen que no has sentido esta necesidad.
¿Por qué te adelantas siempre a todo? ¿No puedes dejar que las cosas ocurran y descubrir por ti mismo cómo evolucionan?
Sin precipitarse, sin presuponer, sin adelantos. Estas anticipando, y eso no es bueno.
Nico le estrechó la mano y luego la soltó.
—Quiero sincerarme con todos pero no sé cómo. Tengo miedo de sus reacciones. Por eso te he llamado.
El rubio soltó una risita y, un poco animado, subió una pierna al sofá dando un saltito.
—¿Puedo contarte una historia?
Leo alzó una ceja sin saber a qué venía todo aquello.
—¿Puedo o no, maricón? —insistió Nico.
—Claro, cuenta —respondió con la primera carcajada de la tarde.
Nico carraspeó y empezó a relatar con su tono más gracioso:
—Érase una vez un niño, muy guapo por cierto, que nació en una familia humilde.
Sus padres, como no tenían mucho dinero, decidieron que no tendrían más hijos, preocupados por no poder mantenerlos en un futuro.
Tenían unos trabajos que no eran muy buenos y que ocupaban gran parte del día, así que prácticamente lo crio su abuela.
»Cuando este niño empezó a ir a la guardería todo mejoró para él.
Se relacionó con más niños, cosa que casi nunca había hecho porque en su barrio no conocía a chicos de su edad.
Era muy pequeñito y echaba de menos pasar tiempo con sus padres, pero gracias a la guardería y a su abuela, empezó a animarse un poco.
»Pero al crecer y entrar en el colegio, con niños más mayores, la cosa no siguió tan bien.
Este niño era… diferente, o al menos eso era lo que decían todos.
Los demás niños lo llamaban «nena», «niña» y cosas así, así que dejó de juntarse con ellos y empezó a relacionarse solo con niñas.
Las niñas de su clase sí se llevaban bien con él, aunque también pensaban que era diferente, pero al menos no le decían nada.
Muchos días llegaba llorando a casa por las cosas que le decían en el cole, y sus padres tenían que hablar con los profesores.
Querían saber qué ocurría para que casi todos los días su hijo volviera llorando. Lo pasaba muy mal…
»Un día entró un chico nuevo en clase. Era muy alto, y muy mono, pero tenía una cara de pillo tremenda, y sus rizos despeinados le daban un aspecto aún más travieso.
Leo, que hasta entonces había sospechado de quién estaba hablando, lo corroboró en ese momento al reconocer al «chico nuevo». Nico siguió con la historia.
—El niño nuevo pronto se ganó a toda la clase, incluidos los profesores.
Era muy espabilado, le encantaba jugar y tenía grandes ideas, y eso a sus compañeros les encantaba.
Además, era muy inteligente, así que sus profesores estaban encantados con él.
Y, bueno, para las niñas se convirtió en el más guapo de la clase.
Pero pasemos de nuevo al protagonista de esta historia.
Nuestro prota era muy tímido y le daba vergüenza hablar con el chico nuevo.
Además, estaba seguro de que, si hablaba con él, los demás de su clase le contarían que era una nena.
»Un día, el profesor decidió organizar un partido de fútbol con toda la clase.
El profesor eligió a una niña y al niño nuevo como capitanes, y empezaron a elegir equipo.
Los que mejor jugaban al fútbol fueron elegidos en primer lugar.
El pequeño ya se veía siendo el último, como siempre ocurría.
En realidad, a él no le interesaba mucho el fútbol, pero le daba mucha vergüenza ser el último, como si nadie lo quisiera en su equipo.
Entonces, el nuevo lo eligió a él. Se sorprendió y se señaló a sí mismo, sin creerlo, y el chico nuevo asintió sonriente.
El pequeñín sonrió encantado mientras se acercaba para ponerse a su lado.
Vio que aún quedaban otros chicos por elegir y que, a pesar de ello, él había sido elegido.
¡Y además por el chico nuevo! No podía creerlo.
Todo iba bien hasta que otro niño exclamó: «¡Él no!
Es una nenaza. Solo sabe peinar a las muñecas».
Todos se rieron y el profesor lo regañó.
El pequeño sintió muchas ganas de llorar.
Estaba a punto de salir corriendo cuando el niño nuevo habló: «¿Por qué dices que juega mal?
Yo no lo he visto jugar todavía. Es mi equipo.
Si no te gusta, vete al de ella». Y señaló a la otra capitana.
Todos se callaron y el chico nuevo agarró del brazo al pequeño, lo obligó a ponerse a su lado y siguió eligiendo jugadores.
Cuando se decidieron los equipos y fueron al campo, el niño nuevo alzó la mano para que le chocara y le dijo: «Tienes que marcar un gol, ¿vale? ». Y adivina… ¡Marcó un gol!