35
Leo carraspeó. Se esperaba aquella bienvenida o incluso una peor, así que intentó no dejarse amedrentar, a pesar de que ahora solo tenía ganas de dar media vuelta e irse.
—Vengo a hablar —dijo al fin, intentando sonar firme.
—No quiero hablar —Benji frunció el ceño y agarró la puerta para cerrarla, pero Leo lo evitó con un empujón—. ¿Qué mierda te pasa? Hemos quedado y me tengo que vestir.
—Por favor, Benji. Quiero hablar, solo un momento. Como tutor y residente —mintió.
Benji apartó la mirada con desdén y se dio la vuelta.
—Pasa…
Leo cerró la puerta y lo siguió hasta el interior. La habitación estaba un poco desordenada, la cama estaba deshecha y había dos latas de cerveza vacías encima de la mesa. Y Benji sin camiseta.
—¿Qué hacía Lucas aquí?
—Nada que te importe, creo yo.
—Tienes razón, perdona.
Benji lo observó con la boca apretada, como si se arrepintiera de haber sido brusco.
—Ha venido a avisarme de que iban a empezar a arreglarse ya. No pienses nada raro —dijo, e inspiró con fuerza—. ¿Has fumado?
—Medio cigarro.
—Ya veo —alzó las cejas y empezó a recoger la habitación.
Leo permaneció de pie, avergonzado por haber sido tan débil y fumar de nuevo. Decidió tomar la iniciativa y sentarse en el sofá. Benji, tras ponerse una camiseta, se sentó al otro lado, guardando una distancia prudencial.
No sabía cómo empezar. No podía decirle algo tan importante de buenas a primeras, porque sabía que Benji no reaccionaría bien. Se quedó mirándolo un segundo con los labios entreabiertos, pero, en lugar de decir lo que realmente quería, bajó la mirada y preguntó:
—¿Qué te ha parecido el congreso?
—¿En serio has venido hasta aquí para preguntarme eso? —la voz de Benji sonó entre incrédula y sarcástica.
Leo tragó saliva, con gesto serio, y vio de nuevo el arrepentimiento en el rostro de su residente.
—Ha estado bien —respondió Benji más calmado—. La verdad es que me ha sorprendido ver lo mucho que podía aprender en tan poco tiempo.
—Hay médicos muy buenos por ahí, siempre viene bien escucharlos.
—Sí. Aunque en la charla de las insulinas casi me quedo dormido, la verdad.
—Te entiendo… Yo estaba igual. Al final, decidí coger notas para mantenerme despierto.
—Yo atendí los primeros cinco minutos, cuando habló de la nueva, pero luego en el repaso general… La muerte —Benji arrugó el rostro simulando fastidio, aunque sonriente—. No me mires así…
Leo parpadeó varias veces. Se había quedado embobado. Tuvo que apartar los ojos al darse cuenta de que esa sonrisa que tanto le gustaba había desaparecido.
Se sumieron en un incómodo silencio. Eso no le gustó. Antes, los silencios con Benji eran cómplices. Ahora eran extraños.
—Carmen también ha disfrutado del congreso, ¿no?
—Sí. Y se animó un montón con la ponencia de Carlos y Belén. Ahora está deseando exponer ella. Yo también, que este año solo he traído un mísero póster.
—El año que viene, seguro. Podemos preparar algo para el siguiente congreso. Yo te ayudo.
Benji le dedicó una mirada melancólica que Leo no supo descifrar.
—Claro, ya veremos…
De nuevo, el silencio.
—Lo de las insulinas me ha recordado a una guardia en concreto —continuó Leo, animado por hacerle hablar un poco más—, cuando me llamaste para ajustarle el tratamiento a un diabético antes de ingresarlo, ¿te acuerdas?
—Claro —Benji curvó los labios y apoyó los brazos en los muslos—. Para no acordarme, con la que lie…
Leo rio por lo bajo y subió una pierna al sofá para sentarse de lado. Su residente sonreía y él también.
Fue una noche de verano, antes del encuentro en la discoteca.
Una de las tantas guardias en las que el Benji se las apañó para coincidir con su tutor.
Le habían asignado un paciente difícil y los adjuntos se habían largado a dormir, como solían acostumbrar, dejando a los pobres residentes solos.
Estaba teniendo serios problemas de cálculo para ajustarle el tratamiento a aquel paciente antes de que pasara a la Sala de Observación, así que Benji llamó a Leo, que estaba de guardia en la planta de Interna, para pedirle consejo.
Estando los dos con el paciente ya en la consulta, Benji avistó un grillo dentro, puso cara de horror, chilló y salió corriendo por la puerta.
Leo se quedó atónito y, cuando vio el bicho en el suelo, empezó a reír a carcajadas.
Benji se asomó por la puerta de la consulta con una expresión muy graciosa, como si estuviera avergonzado y, a la vez, divertido al ver a Leo riendo con ganas.
Hasta al paciente le dio un ataque de risa.
Fue un momento tonto pero divertido para ambos, que por aquel entonces aún no tenían mucha confianza.
—Vas de machito y te asusta un bicho.
—No me asusta, me da asco.
—Sí, ya. La excusa de todos.
—Estúpido —Benji le dio un ligero golpe en el brazo con el dorso de la mano y no pudo evitar reír.
Se miraron a los ojos y Leo percibió un brillo amable en Benji, hasta que este se levantó para beber agua de una botella que tenía sobre la mesita de noche. Leo lo observó con admiración: su nuez hacía ese dulce movimiento al tragar que siempre lo dejaba hipnotizado.
Benji volvió a sentarse junto a él.
—¿Saldrás ahora? —preguntó.
—Estoy cansado, no sé si ir…
—Venga, no seas muermo —soltó de pronto.
Leo se sorprendió y, para qué negarlo, también se ilusionó. Era lo que Benji siempre le decía cuando tenía ganas de que lo acompañara a algún sitio.
El joven bajó la mirada.
—Quiero decir… Vamos todos, no puedes faltar.
—¿Tú quieres que vaya? —inquirió Leo, acercándose.
Alzó la mano que tenía apoyada en el respaldo del sofá y…
le acarició la nuca. Sintió el cosquilleo de los cortos cabellos del joven, esa zona que tanto le gustaba masajear.
Su mano avanzó hasta alcanzar los rizos, y entrelazó los dedos en ellos.
Pensó que Benji se apartaría, pero no fue así.
Seguía ahí, tenso, con los ojos clavados en el suelo.
Pero estaba con él, dejándose tocar. Deslizaba sus dedos con ternura, enredándolos entre sus rizos castaños.
Acortó la distancia y, con lentitud, apoyó la frente en la sien de Benji, reprimiendo el impulso de agarrarle la mandíbula y besarlo.
Benji vio de reojo lo estrecho de la proximidad entre ellos y sintió un deseo terrible de acortar la distancia y rozar sus labios. Podía sentir el calor de su aliento en la mejilla, tan cerca que bastaría un mínimo movimiento para que sus labios se encontraran.
No sabía por qué se estaba comportando así, pero le dieron ganas de darse un golpe en la cabeza.
Se suponía que estaba enfadado con Leo. Ahora no solo lo invitaba a pasar a su habitación, sino que además su orgullo había decidido irse al garete y le había casi suplicado que saliera esa noche, cuando unos minutos atrás estaba pensando que ojalá no tuviera que cruzárselo.
No sabía qué decir, así que se forzó a no responder.
Cerró los ojos, pero eso solo fue peor. Hizo que su mente se concentrará aún más en el tacto. Suspiró ante las caricias. Cada roce le provocaba escalofríos. Se le entrecortó la respiración, irregular, como la de Leo. Apretó los puños con frustración.
¿Qué hacía Leo allí? ¿Cómo habían llegado a esa situación?
Cuando abrió la puerta y vio esos iris negros desconcertados, quiso cerrarle la puerta en las narices y, a la vez, abrazarlo hasta quedarse sin aire.
Al final, le había dejado pasar y Leo actuaba como si se hubiera olvidado de todo.
Hasta le hablaba de trabajar en una ponencia juntos al año siguiente, cuando Benji ya había decidido solicitar un cambio de tutor para el próximo año.
Recordó el «Escribiendo…» de la noche anterior. ¿Qué quería decirle su tutor, en realidad?
La mano de Leo se posó en su muslo y apretó con suavidad.
Y Benji no pudo aguantar más las ganas de preguntar aquello que llevaba rondando en su cabeza desde el momento en que Leo había aparecido en la puerta de su habitación.
—¿Qué quieres realmente, Leo?
El mayor retiró la mano de su pierna con cuidado, se separó unos centímetros y frenó las caricias, aunque dejó los dedos apoyados en su cuello.
—Te echo de menos.
Aquella confesión lo dejó fuera de juego.
—Yo también —confesó en voz baja, cansado de aparentar, pero enseguida negó con la cabeza—. Pero a lo mejor tenías razón y es mejor estar separados.
Fue a levantarse, pero la mano de Leo lo frenó.
—Lo estoy pasando fatal. Olvida lo que ha ocurrido, por favor. ¿Por qué no lo intentamos de nuevo? Necesito que confíes en mí.
—¿Por qué, Leo? —preguntó con un hilo de voz, intentando no ablandarse ante el tono de desesperación del mayor—. Nada me asegura que nos irá bien.
—Será diferente. De verdad. ¿Puedo hacer algo para que cambies de idea?
Sintió los dedos de Leo sobre los suyos en una suave caricia.
—No creo que puedas —respondió y movió la mano, deshaciéndose del roce—. Y tampoco sé si quiero que lo hagas. No quiero que hagas algo que no te apetece porque te veas forzado por mi culpa. Me cabreé mucho en su momento, pero no quiero ser un capullo egoísta.
—Te sigo queriendo, Benji. Dime qué tengo que hacer —repitió casi en un susurro.
Benji negó de nuevo, incapaz de mirarlo.
Por un lado, quería hacer lo correcto. Ser una persona madura, coherente, que no fuerza a nadie a dar pasos para los que aún no está preparado. No quería ser esa clase de persona que convierte el amor en una exigencia.
Pero, por otro, lo único que deseaba era sostener el rostro de Leo entre sus manos y rogarle que lo hiciera: que se lanzara al vacío por él, que lo eligiera por encima de todo, incluso si eso significaba deshacer toda una vida construida sobre el silencio.
Por mucho que lo negara, en el fondo quería ser egoísta y que Leo cruzara la línea solo por él.
Y se sintió miserable por desear algo así, porque sabía que amar era también no pedir lo imposible.
Pero ese imposible era lo único que necesitaba.
—Ya lo sabes… —contestó, guardándose sus contradicciones.
El silencio que siguió se le hizo eterno. Se obligó a fijar la mirada en cualquier cosa que no fueran esos ojos negros que sabía que lo estaban observando con atención.
Finalmente, Leo se levantó:
—Vale… —susurró.
Benji lo vio alejarse y salir por la puerta. Una parte de él deseaba salir corriendo detrás de Leo; la otra, lo mantenía clavado en el sitio. Con el eco de la puerta resonando en su cabeza, se preguntó qué habría querido decir su tutor con aquel escueto «vale».