33
Durante ese día y el siguiente, Benji consiguió desconectar sorprendentemente bien de todo.
Además de las diferentes conferencias médicas, había disfrutado de la compañía de sus compañeros en los ratos libres.
La noche anterior había salido de fiesta con muchos residentes de otras ciudades, e incluso habían montado una reunión en las habitaciones del hotel con las botellas de cava antes de salir, como si fueran un grupo de adolescentes en un viaje de estudios.
Había aprovechado cada minuto, logrando dejar a un lado el nudo que llevaba semanas en su estómago.
O casi: de vez en cuando, la mirada aún se le escapaba al móvil.
Esa noche de viernes también habían quedado, pero esta vez Benji se excusó. Tenía un plan mil veces más importante.
«Estoy abajo. Te espero en la entrada».
Benji leyó el mensaje de Alberto y terminó de arreglarse con rapidez. Tenía muchas ganas de verlo. Aunque apenas habían pasado un par de meses, sentía que hacía mucho más que no se veían. De estar juntos prácticamente a diario, habían pasado a verse dos veces en casi un año.
Los segundos en el ascensor se le hicieron interminables. Cuando sonó el suave tono que indicaba que había llegado a la planta baja, se precipitó al exterior con energía y lo vio cerca de la puerta principal.
Se abrazaron sin decir una palabra. Lo hicieron con tanta fuerza que se empujaron mutuamente, y por un segundo todo lo demás desapareció.
—Joder, qué guapo te has puesto —dijo Alberto al ver su atuendo, agarrándole la nuca con fuerza.
—Siempre soy guapo, me vista como me vista.
—Y también muy modesto —se burló Alberto. Lo rodeó con el brazo por los hombros y lo guio hasta la salida—. Esta noche te voy a llevar a los mejores sitios de Madrid.
—Más te vale…
Mientras tanto, desde el bar situado en la primera planta, únicamente cerrado por una barandilla que daba a la recepción, Leo lo había visto todo. Por accidente y para su mala suerte. Su mano se cerraba con fuerza alrededor del vaso que sostenía.
Alberto.
Primero Lucas, y ahora él. Entre unos y otros, parecía que él había dejado de ser importante.
Y todo porque no había sabido manejar la situación.
Por más que su cabeza le decía que lo mejor era dejarlo estar, su corazón se empeñaba en recordarle, una y otra vez, que aquel joven había sido el único capaz de devolverle la ilusión después de tanto tiempo.
Y tenía la sensación de que ya lo había perdido.
Él era el que había desencadenado aquella situación, lo sabía, pero ver cómo Benji se desenvolvía con soltura y sin parecer muy afectado, como si nada hubiera pasado, le hacía sentirse un poco decepcionado.
Descorazonado, se alejó de la barandilla para sentarse en la barra del bar. Allí permaneció cerca de una hora entre vasos de ginebra, autocompadeciéndose y hundiéndose aún más en la idea de lo desgraciado que era.
Peor que nunca.
Ahora, cualquier nimiedad conseguía llenarlo de unos celos horribles. Desde Lucas y Alberto hasta cualquier otro hombre que se le acercara, aunque fuera solo para pedirle la hora. Cualquiera podría tener a Benji. Cualquiera menos él, porque era el único que se escondía.
Aquello se había convertido en una obsesión.
Cogió su teléfono y abrió la conversación con Benji. En los últimos días, había repetido ese mismo gesto demasiadas veces. La última línea era un mensaje del joven avisando de que estaba llegando a su piso, un mes atrás. Empezó a escribir con lentitud: «Perdóname».
Se quedó cerca de un minuto mirando el mensaje sin mandarlo.
Suspiró y lo borró de inmediato.
Le dio un largo trago al cubata que tenía entre sus manos y cerró los ojos con hastío. Se había quedado estancado en un camino sin salida.
Sin Benji, sentía que todo era una mierda.
—¿Qué coño haces aquí solo? Llevo buscándote un buen rato —Santi lo sorprendió de repente. Traía su habitual sonrisa, pero esta desapareció en cuanto vio la expresión de Leo.
—Estoy bebiendo.
—Ya, eso veo. ¿Qué te pasa? —preguntó, y se acomodó en el taburete contiguo para pedirle al camarero una copa, sin quitarle el ojo de encima.
—Nada.
—No me jodas, Leo. Tienes una mala cara de cojones, ¿has bebido mucho? ¿O es que estás cansado? Hoy ha sido un poco coñazo el congreso, la verdad…
Leo negó con la cabeza.
—Me iba ya a dormir.
—Leo… —Santi posó la mano en su espalda—. Venga, tío, cuéntame qué te pasa.
Un remolino de nervios se instaló en el vientre de Leo.
—No es nada, de verdad.
—¿Te ha pasado algo con Benji? —cuando Santi lo nombró, Leo frunció los labios—. ¿Crees que no me he dado cuenta de que ahora ni os miráis a la cara?
Por un momento, Leo pensó en mentir. ¿Para qué contar toda la historia? Ya no tenía sentido. Sin embargo, una pizca de culpabilidad cruzó su corazón por haber dejado a Santi al margen de todo lo que había ocurrido hasta entonces.
—Verás, Santi… —Leo se humedeció los labios con inquietud—. Tengo algo que contarte.
—A ver, suéltalo.
—Siento no habértelo dicho antes. Supongo que podrás entender por qué no lo hice…
Santi alzó las cejas, a la espera. Leo lo miró con arrepentimiento y, después, echó un vistazo a su alrededor para comprobar que nadie los escuchaba.
—He estado saliendo con Benji.
Santi entrecerró los ojos.
—¿Saliendo… como pareja?
—Sí… —Leo suspiró, y aquel suspiro fue seguido de otro por parte de su amigo.
—Madre mía, cabrón. Eso no me lo esperaba. Bueno, un poco sí, no sé… Joder. ¿Cuánto tiempo?
—Unos cinco meses. Cinco meses y algo. En secreto, claro.
—Buah… —Santi alzó las cejas—. Y entiendo que ya no.
Leo guardó silencio, apretó los labios y contestó decaído, mientras empujaba un hielo del vaso con el dedo.
—No. Discutimos y nos hemos distanciado. La cagué yo.
—¿La cagaste cómo?
—Me entró miedo, Santi —dijo angustiado—. Miedo de que alguien nos descubriera, de que todo se me fuera de las manos. Miedo de… —se interrumpió, como si le diera vergüenza decirlo—. De ser yo mismo, supongo.
Santi lo observó unos segundos en silencio.
—Joder… —se llevó una mano a la frente y se masajeó con los dedos—. Eres gilipollas, Leo. Así, con todas las letras.
Leo dejó escapar una breve y triste risita.
—Ya, supongo.
En otra parte de la capital, Benji y Alberto tomaban un cóctel en una terraza. A pesar del frío, las estufas eléctricas caldeaban el entorno y el ambiente era lo bastante acogedor como para olvidar el invierno por un momento.
—Y al final se ha ido todo a la mierda —Benji le contaba todo lo que había pasado—. Me estaba engañando a mí mismo, estaba escrito desde el principio que esto iba a terminar así.
Se recostó en el respaldo de la silla y entrelazó las manos sobre su vientre. Luego miró su copa, como si ahí pudiera encontrar alguna respuesta. Alberto lo escuchaba atento, con las manos en los bolsillos de su abrigo.
—Pero ¿tú quieres estar con él o no? —preguntó finalmente.
Benji soltó el aire por la nariz con lentitud.
—Claro que quiero. Pero quiero estar con él bien, joder. Sin tener que ir escondiéndome como si hiciera algo malo —respondió con frustración, y luego bebió otro trago.
Alberto asintió.
—Es que es una putada muy gorda, tío —dijo, y Benji lo miró de reojo—. Te veo fatal.
—Estoy harto de echarlo de menos.
—Y lo echas de menos, ¿no? —adivinó Santi. Leo calló—. Leo…
Lo miró de reojo y se encogió de hombros.
—Cabrón, no te encojas de hombros como si no fuera contigo la cosa —espetó Santi.
—Todo el tiempo —respondió casi en un susurro—. Me acuerdo de él con cualquier tontería. Hasta al coger una puta sartén.
—Pues entonces habla con él, coño.
Leo negó lentamente.
—No sé si quiero volver a lo mismo. No sé si podría vivir sabiendo que todo el mundo me está mirando o juzgando, o yo qué sé…
Santi se inclinó hacia él.
—Eres tonto, tío. ¿Qué más te da lo que piense el resto? Además, no eres el centro del mundo, la gente no está tan pendiente de ti —bromeó.
Leo inspiró hondo, con el ceño fruncido.
—No es tan fácil, Santi. No para mí, al menos.
—Ya lo sé. Pero si no haces nada, un día te vas a despertar y vas a darte cuenta de que lo has perdido. Y no hay nada más jodido que eso.
—Ya me he despertado con esa sensación…
—¿Y si él te dice de volver? —preguntó de repente Alberto.
Benji tardó unos segundos en contestar.
—Si él cambia, sí. Pero no creo ni que cambie, ni que quiera volver —se pasó la mano por el pelo, exasperado—. Es una auténtica mierda, tío. Cada vez que pienso en él me entran ganas de llamarlo. Y, al mismo tiempo, me digo: «ni de coña vuelvas a lo mismo».
Alberto lo miró con ternura.
—Es increíble cómo te cambia la cara cuando hablas de él…
—Pues vaya asco —respondió con una mueca de fastidio, sin ocultar la resignación.
—Bueno, el tiempo lo arregla todo. Si necesitas algo, lo que sea, habla conmigo. Y si no, sal a desmelenarte. Un clavo saca otro clavo, aunque no sea una opción muy sana…
—¿Quieres ser mi clavo personal? —bromeó Benji con pillería.
—No vuelvas a lo de hace años… —lo reprendió con naturalidad, pero Benji soltó una risita con el ceño fruncido. Alberto también rio—. ¿Qué? ¿Te crees que era tonto o qué?
Benji continuó con expresión interrogativa durante unos segundos y, finalmente, al entender lo que su amigo quería decir, suspiró ruborizado.
—¿Por qué no me dijiste nada?
—¿Para qué? ¿Para que dejaras de ser mi amigo? Me callé y fui un poquito egoísta. Te conozco muy bien. Si te hubiera dicho algo, te habrías alejado de mí.
Benji asintió con las cejas alzadas.
—Tienes razón, me habría muerto de la vergüenza.
—Tampoco te pases, tú no tienes de eso —le dio un golpecito en el brazo y se echaron a reír.
Benji lo miró en silencio, con una sonrisa que bailaba entre la nostalgia y el alivio.
Una punzada de vergüenza le atravesó el pecho al confirmar que Alberto lo había sabido todo durante ese tiempo, pero más fuerte aún era la gratitud que sentía por la postura de su amigo: había querido cuidar lo que tenían a toda costa.
—No fuiste egoísta. Gracias.
Leo agarró el vaso para beber y la mano le tembló. Entre los nervios y la charla se le había secado la boca.
—Pedro me dijo lo mismo. Que si me hace «clic» la cabeza, que lo intente.
—Pedro es más sabio de lo que parece —se burló, provocándole una corta carcajada.
Sabía que Santi, aunque a veces se expresara de esa forma tan ruda, tenía razón.
Era consciente de que cualquier persona que se preocupara mínimamente por él le recomendaría que luchara por arreglarlo.
Que a lo mejor Benji era la persona que había llegado a su vida para sacarle del agujero en el que llevaba metido tantos años.
—Estoy acojonadísimo —confesó Leo—. Después de lo de Yoli, ¿qué va a pensar la gente?
—Pues pensarán que le das a todo, tampoco tienes que ir dando explicaciones.
—Joder, Santi… Estoy hablando en serio. Ya sabes que me gusta ser discreto.
—Qué pesadilla con la discreción… No es asunto de nadie que te gusten las pollas. Y a ti te tiene que resbalar lo que piensen.
Leo negó con la cabeza mientras sonreía.
—No se puede hablar contigo en serio —le reprochó, aunque agradecía enormemente que su amigo le hablara tan claro y, de alguna manera, aliviara el drama que envolvía su vida.
—Vale, perdona. Es que no me gusta verte así —contestó esta vez más serio. Posó una mano sobre el hombro de Leo y lo apretó cariñosamente—. Quiero que seas feliz, y ojalá sea con Benji. Teníais una química bestial. Y yo tenía mis propias fantasías internas con vosotros.
Leo volvió a reír, esta vez con más ganas.
—Creo que no eres el único… —fijó la mirada en el vaso—. ¿Tú crees que querrá volver?
—¡Claro! ¡Yo volvería contigo una y otra vez! —bromeó, arrancándole otra carcajada.
—Gracias por intentar animarme…
—No me des las gracias, soy tu colega —le acercó el vaso en señal de brindis, chocaron los vidrios y bebieron con ganas—. Y no vuelvas a tardar tanto en contarme algo tan importante, hijoputa.
Leo se disculpó entre risas.
Continuaron haciéndose compañía durante un buen rato mientras el bar se iba quedando cada vez más vacío.
No volvieron a mencionar el tema, pero Leo lo tuvo presente todo el tiempo. Se veía con la fuerza y el ánimo suficientes como para intentarlo. No sabía ni por dónde empezar, pero lo haría: tenía que hablar con Benji y no podía dejarlo para más tarde.
Cuando Benji miró el reloj, eran ya las dos de la mañana.
El tiempo junto a Alberto había pasado volando.
Aunque sabía que tendría que madrugar al día siguiente, no quería volver al hotel.
Solo quería que el tiempo se detuviera en ese mismo instante.
Quería permanecer junto a su amigo, sin problemas ni preocupaciones.
Simplemente los dos riendo, recordando el pasado y compartiendo un precioso momento.
Inevitablemente, la hora de vuelta llegó. Allí, en la misma recepción en la que se habían encontrado horas atrás, se prometieron que intentarían verse más a menudo. Benji se quedó esperando a que su amigo se montara en el taxi.
Fue directo a la cama. Había sido una gran noche, sin duda. No podía permitirse perder el contacto con ese amigo que había sido tan importante y decisivo en su vida.
Con ese dulce pensamiento, se quedó profundamente dormido. Soñó con Alberto. Con el momento en que le contó que era gay. En su sueño, se terminaron besando con pasión, pero, cuando se separó de él, vislumbró con claridad su rostro.
No era Alberto.
Era Leo, con su preciosa sonrisa, observándolo con amor.
Despertó furioso por haber soñado con él, y a la vez tremendamente apenado por lo mucho que lo extrañaba.
Alargó el brazo para mirar la hora en su móvil y, por costumbre, entró a la aplicación de chat.
Un arrebato masoquista se apoderó de él y buscó la conversación de Leo para mirar su foto.
De repente, se detuvo cuando vio el indicador «Escribiendo...
». Se le cortó la respiración. Esperó con el corazón acelerado, como si toda la noche dependiera de ese mensaje, pero, al final, aquel «Escribiendo... » desapareció.
No llegó ningún mensaje.
Benji dejó el teléfono sobre la mesilla, sintiendo el vacío de las palabras que Leo no se había atrevido a escribir.