Están lloviendo hombres 32
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Cuando Benji bajó del tren y puso pie en tierra firme, percibió el contraste entre aquella ciudad y la suya.

Las estaciones de tren siempre están abarrotadas; en ellas todo es acelerado y estresante.

Aun así, la que había dejado atrás, en Málaga, se veía mucho más tranquila en comparación con aquella.

Incluso el frío era muy diferente: a finales de febrero, la temperatura en la capital era mucho más baja que en su ciudad natal.

A pesar de que no iba a Madrid desde que era adolescente, recordaba a la perfección la inmensa estación de Atocha: los andenes infinitos, los pasillos con sus tiendas y cafeterías, el hermoso jardín tropical. Maleta en mano, se detuvo un segundo para admirar la escena.

Carmen se colocó a su lado.

—Qué ganas tengo de llegar al hotel —comentó animada—. He leído que tiene como treinta plantas.

—Sí, está genial. Siempre reservan allí —explicó Belén con la misma ilusión.

—Seguro que nos encontraremos allí con más asistentes del congreso. Tienen una especie de convenio o algo así —dijo Carlos.

Benji oía la conversación, pero iba más pendiente de la gente con la que se cruzaba que de otra cosa.

Se acercó a Lucas, que caminaba distraído, y le dio un toque en el brazo para llamar su atención.

Hablar con él le ponía de buen humor. Además, el tonteo inocente de Lucas también le entretenía y le hacía olvidar. Aunque fuera un rato.

—No pisaba Madrid desde el Bachillerato, tío —dijo Benji, justo cuando su móvil vibró. Sonrió al ver que se trataba de Alberto.

—Tendremos que hacer turismo en los ratos libres, ¿no? —sugirió Lucas, pero Benji iba absorto en la lectura del mensaje.

—Perdona —se disculpó tras guardar el teléfono—. Era mi amigo, es que el viernes voy a quedar con él. ¿Qué decías?

—¿Cuál amigo? —preguntó Lucas—. ¿Ese que vino a tu cumpleaños?

—Sí. Bueno, ¿qué me decías? —insistió, obviando el repentino interés de su amigo.

—Que podríamos hacer turismo, si hace tanto que no vienes. Yo vine hace poco y conozco sitios buenos para comer y salir.

—¿Y si nos vamos de fiesta por Chueca? Los dos solitos.

Lucas enrojeció al instante y rio de forma nerviosa.

—¿A Chueca los dos? —balbuceó, frunciendo el ceño entre divertido y avergonzado.

—Es broma… —Benji lo rodeó por el cuello y lo atrajo hacia sí. El gesto le salió solo.

Cuando un chico tan tímido actuaba de esa manera no podía evitar seguirle el rollo. Y más si era tan guapo.

Y, aún más, si se sentía tan despechado.

Era de noche cuando por fin llegaron al hotel. El grupo arrastraba las maletas por el vestíbulo, exhaustos después de un largo viaje y de una cena rápida cerca de la estación.

La mayoría solo quería ducharse y dormir, aunque algunos propusieron salir a tomar algo. Benji, agradecido por tener una habitación individual, prefirió irse directamente a descansar.

Mientras se dirigía al ascensor, vio de lejos a Santi, Laura y Leo esperando. Los dos primeros lo saludaron; su tutor apenas le devolvió la mirada.

Entraron los cuatro. Laura charlaba animadamente, como si no notara la tensión que se respiraba entre él y Leo.

Leo mantenía la cabeza gacha y Benji se quedó mirando el techo, fingiendo encontrar algo fascinante allí.

Al cabo de un momento miró a Santi de reojo y lo sorprendió observando primero a Leo y luego a él.

Laura y Santi se bajaron en su planta y se quedaron solos.

Genial.

Durante unos segundos, el único sonido fue el zumbido suave del ascensor. Benji sintió cómo el aire se volvía más denso. Incómodo. Pesado.

—¿Vas a seguir así mucho tiempo? —preguntó Leo en voz baja, sin mirarlo.

Benji apretó el asa de su maleta. Su corazón latía rápido, desconcertado por el atrevimiento de Leo. Y angustiado al oír su voz. Joder, cómo la echaba de menos.

—¿Así cómo? —replicó Benji, cruzándose de brazos.

—Como si no me conocieras.

—¿Y qué quieres que haga?

Leo levantó la mirada hacia él. Fue fugaz, pero el contacto visual se le hizo doloroso. Su tutor volvió a bajar la mirada y susurró:

—No lo sé.

El ascensor se detuvo y la puerta se abrió antes de que pudieran decir nada más. Benji agarró la maleta y salió con las manos temblando.

No quería pasar aquellos días enfadado por su culpa, así que respiró hondo y se prometió que se centraría en aprender mucho y en conocer a nuevos compañeros de profesión.

Tenía que cambiar el chip, y la habitación se lo puso fácil: cuando entró, se le escapó un «Me cago en la puta».

Era espaciosa y elegante. La cama era enorme.

Había un escritorio, un sillón reclinable y un sofá de dos plazas.

Una gran pantalla plana colgaba de la pared frente a la cama, y había un armario empotrado más grande que el de su casa.

Aunque, sin duda, lo mejor era el gran ventanal y las vistas de la ciudad.

Sobre una mesita le habían dejado una bandeja con unos chocolates y una pequeña botella de cava, junto a una tarjeta que rezaba: «Gracias por elegirnos».

No pudo evitar coger su móvil y empezar a hacer fotos para mandárselas a Nico.

Mientras aguardaba la respuesta de su amigo, descubrió el cuarto de baño: moderno e igualmente elegante, y con una bañera en la que cabían perfectamente dos personas.

Volvió a fotografiarlo todo y a enviárselo al rubio, que enseguida se conectó: «Te odio, deberías haberme llevado de acompañante», había escrito.

Benji le prometió intentar arreglarlo para la próxima vez.

Cuando terminó de inspeccionar hasta el último cajón de la habitación, se dejó caer sobre la cama, exhausto. Aunque pareciera algo tonto, el lujo del hotel había conseguido distraerle. Un poquito, al menos.

De repente, su móvil vibró. Pensaba que sería Nico de nuevo, pero era una foto que le había enviado Lucas.

Cuando la abrió, no pudo evitar soltar una gran carcajada.

En la imagen se veía a Lucas y Tomás, que habían terminado compartiendo habitación, con los ojos y la boca bien abiertos en expresión de asombro.

Mostraban la misma botella de cava que le habían dejado a Benji como si fuera un trofeo.

«¿Vais a abrirla?», preguntó Benji. Volvió a abrir la foto. A pesar de que solo se les veía de cuello para arriba, podía imaginar que Lucas estaba sin camiseta.

«Qué va, estamos reventados. Mañana, a la hora que sea», contestó Lucas. Seguidamente le llegó un mensaje de voz en el que reconoció a Tomás gritando: «¡Mañana fiesta!».

Benji volvió a escribir: «Hecho, mañana por la noche antes de salir».

Tras una ráfaga de emoticonos de bebidas alcohólicas, cerró la aplicación y abrió la galería de fotos donde se había guardado la imagen. Se detuvo a observarla.

Lucas era demasiado guapo. Siempre lo había pensado, pero ahora que lo veía tan vulnerable y encaprichado con él, parecía que le resultara más atractivo que nunca. Su forma de tontear, tan inocente y tan inesperada, le despertaba mucha curiosidad.

No terminaba de entenderlo, pero le agradaba el juego. Le distraía. Y eso era lo que necesitaba.

Por un instante, al pensar en la cantidad de veces que había coqueteado así con un hombre, bajó la guardia y Leo se coló en sus pensamientos. Solo fueron unos segundos, porque pronto trató de pensar en otra cosa. Leo no iba a estropearle esos días.

—Se me cierran los párpados solos… —susurró Lucas.

Benji, sentado a su lado, rio en voz baja.

Lucas parecía que iba a quedarse dormido en cualquier momento, y la comodidad de aquellos sillones no estaba ayudando mucho.

De fondo, un médico residente vasco hablaba sobre no sé cuántos tipos de insulina.

Sería un tema interesante si no fuera porque habían dormido poco y porque el tono de voz del ponente resultaba soporífero.

—Venga, aguanta, que solo son las once —intentó animarlo, pero, en ese momento, se le escapó un bostezo.

—Tú también te estás quedando dormido…

Benji se giró al oír su risa. Una risa tontorrona y coqueta. Lucas seguramente se había dado cuenta de cómo había sonado, porque alzó la comisura de los labios levemente. Como si no supiera dónde meterse.

—Bajad el volumen un poco —los regañó Carmen, sentada al otro lado de Benji.

Los dos rieron y la miraron con disculpa.

Benji miró distraído a su alrededor. Encontró a Leo sentado un par de filas delante, escribiendo algunas notas en una libreta.

Podía verlo perfectamente por los asientos escalonados.

Se quedó mirándolo un segundo de más, casi sin darse cuenta, fijándose en la forma en que escribía y en ese gesto concentrado tan suyo.

Le resultaba tan familiar que, por un momento, se le encogió el pecho.

Luego, sintió un poco de rabia. « Qué aplicado… Seguro que está escribiendo “nota mental: no liarme con compañeros de trabajo” », pensó, con un sarcasmo defensivo que dolía.

A los pocos minutos, la soporífera conferencia terminó y dio paso al descanso para el desayuno. En una de las salas habían colocado unas mesas con dulces y bocadillos salados, y unos cuantos camareros se encargaban de servir a los asistentes café, té o zumo.

Benji apareció con un café en una de sus manos y tres dulces en la otra.

—¿Todo eso es para ti? —rio Carmen al verlo llegar con apuro, haciendo equilibrio para que no se le cayera nada.

—Todo para mí.

—Pues no sé dónde lo metes… —respondió ella, pellizcándole en el costado.

Benji dio un respingo por las cosquillas que le había provocado y chocó sin querer con Lucas, lo que provocó que derramara parte de su zumo.

—Hostia, tío, perdón.

—Nada, no te preocupes. Solo se ha caído al suelo —Lucas le sonrió para tranquilizarlo y se miró la ropa con atención—. No me he manchado.

—Es que la cabrona esta me ha hecho cosquillas… —se quejó Benji mientras la señalaba con la cabeza. Carmen reía con burla.

—Vaya blandengue estás hecho —se burló también Lucas.

—Ya, ahora me dirás que tú no tienes cosquillas… —murmuró con una mirada traviesa, mientras dejaba sus cosas sobre una mesa.

Lucas lo vio venir y trató de esquivarlo, pero Benji fue más rápido y le pellizcó igual que había hecho la granadina con él.

— Illo , ¡que se me cae otra vez el zumo! —rio Lucas, tratando de alejarse.

—¿Quién es el blandengue ahora? —le retó Benji, que continuó pinchándole con una enorme sonrisa. Lo sujetó un segundo por el brazo para que no escapara.

Carmen los observaba divertida, pero al momento se quedó muy quieta.

Benji, manteniendo el agarre, siguió la dirección de su mirada y vio a Leo unos metros más allá, observándolo muy serio.

Volvió la cabeza con rapidez, frunciendo el ceño.

Hasta Lucas parecía haberse dado cuenta del gesto de su tutor.

—Va, parad, que parecéis críos —dijo ella, metiéndose entre los dos.

Benji soltó a Lucas y le dio una colleja amistosa. Su amigo se bebió lo que quedaba de zumo del tirón y, antes de ir a por algo de comer, lo miró una última vez como si estuviera escondiendo alguna intención.

—Nene, ¿estás tonteando con Lucas o me lo parece? —preguntó Carmen escandalizada.

—Es él quien tontea conmigo…

—No, eres tú, Benji —replicó ella divertida.

—Pero empezó él. Yo solo juego a seguirle el rollo. Estoy despechado y me viene bien.

—Sabes que tiene novia, ¿no? —Carmen arqueó una ceja.

—Ya, pero parece que no le importa mucho. Desde que se enteró de que soy gay se me ha pegado como una lapa y lo sabes —ella asintió—. Y me mira con ojitos de cordero degollado… No soy de piedra.

—Qué tierno —bromeó ella entre risas—. Pues a Leo no le ha hecho ninguna gracia. Cuando os estabais prácticamente metiendo mano, ha mirado con una cara de funeral…

—¡No nos estábamos metiendo mano! —la corrigió, con una repentina incomodidad por la afirmación de su amiga—. Y no creo que nos mirara así. Ni de coña.

—Que sí. Tú también lo has visto… ¿Por qué no hablas con él?

—Carmen… —suspiró Benji—. Quiero disfrutar del congreso y pasármelo bien. No quiero pensar en él, ¿vale?

Carmen no quiso insistir más. Se limitó a encogerse de hombros.

Benji miró de soslayo a Leo, que charlaba con Santi. El jueguecito de miradas empezaba a resultarle insoportable.