Están lloviendo hombres 31 #2
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—Pero si estás hecho una mierda… —se quejó Pedro, señalándolo con la mano—. ¿Y por qué pasas de mí? Ni siquiera me contestas al móvil. No me puedes mandar un mensaje para decirme algo así y luego pasar de mí durante días.

Leo bufó, dejando caer un paquete de fideos sobre la encimera con un golpe seco.

—No tenía ganas de hablar con nadie.

—¿No crees que te has precipitado?

—Yo solo me sinceré, ¿no es eso lo que hacen las parejas? Él es el que se ha enfadado y ha dejado de hablarme. Yo no quería esto —respondió, dándole la espalda.

—Pues para no querer, bien que la has liado. Parece que lo hayas hecho aposta para no ser tú el que deje la relación. Te has colado.

Apretó los ojos. Giró lentamente y se cruzó de brazos.

—Pedro, no estoy para tonterías —replicó con un tono de voz entre herido y enojado—. Me gustaría que todo el mundo dejara de opinar sobre mí por una vez en la vida. Ninguno de vosotros podéis saber cómo me siento. No sois yo.

—Tienes razón, igual no soy nadie para opinar. Pero este nadie fue el primero que te vio llorar en mi cocina con un cubata en la mano, mientras me confesabas que eras gay y que te ibas a divorciar.

Al oírlo, Leo se pasó una mano por la cara con agobio.

—No te enfades conmigo, Leo. Pero te conozco y sé que te estás cerrando otra vez. Huyendo, como siempre… Solo me preocupo por ti.

—Lo sé… Pero no tenéis ni idea. Yo no tenía planeado que pasara esto.

No tenía planeado conocer a alguien, enamorarme y vivir una vida de cuento de hadas.

Yo solo quería estar tranquilo. Trabajar, quedar con mis amigos y llevar mi vida en paz.

No me sentiría cómodo de otra manera. Y Benji…

—hizo una pausa cuando le tembló la voz al pronunciar su nombre—.

Benji es de otra manera. Todavía puede conocer a otra persona más adecuada.

—Benji te quiere a ti —sentenció Pedro.

—Eso es lo que te parece a ti —Leo se acercó y se sentó en el sofá junto a él—. Pero míralo ahora: no quiere ni verme. Y empiezo a pensar que es mejor así. Cuando pase un tiempo, sabrá que esto fue lo mejor que nos pudo pasar.

Pedro permaneció en silencio durante unos segundos hasta que extendió los brazos.

—Dame un abrazo, anda…

Leo se dejó. Sentir aquel fraternal abrazo hizo que se viniera abajo. Se aferró a la chaqueta de su amigo como si no quisiera soltarlo nunca. La respiración se le entrecortó y dejó escapar una lágrima silenciosa.

—Yo siempre te voy a apoyar, hermano —dijo Pedro con suavidad—. Solo quiero que seas feliz. No te voy a negar que toda esta historia con Benji me hacía mucha ilusión… Nunca te había visto tan contento.

—Ya lo sé. No paro de darle vueltas a la cabeza. Me repito una y otra vez que esto es lo que está bien, pero no me he quedado tranquilo. Lo echo de menos. Pero también tengo esta mierda dentro que me aterra. No sé por qué soy así. En ocasiones me odio.

Pedro se separó del abrazo y lo agarró de la nuca con cariño.

—¿Sabes? Aquella vez, en mi cocina, me abrazaste de la misma manera —dijo Pedro—.

Y me alegré mucho de ese paso que diste, pero con el tiempo me di cuenta de que solo había sido medio paso.

Te falta dar el paso entero —alzó una ceja sin dejar de sonreír, pero Leo lo miró con ojos de niño asustado—.

Dale una vuelta. Reposa un poco todo lo que ha pasado durante unos días y reflexiona, aunque puede que sea doloroso.

Luego lo verás todo de otra manera. Y, si en algún momento te hace «clic» la cabeza, habla con él.

—Es que no sé si quiero eso. Me da miedo empezar otra vez y terminar igual.

—No he dicho que lo tengas que hacer por cojones, solo si hace «clic» —aclaró Pedro, chasqueando sus dedos junto a la cabeza de Leo.

—Su amigo Nico me ha mandado un mensaje. Me ha dicho que quiere hablar conmigo, que no puedo tirarlo todo por la borda, pero no sé si quiero hablar con él. Seguro que me echa un sermón…

—Ahora entiendo por qué estás tan enfadado con lo de que todo el mundo decida por ti.

—Parece que todos sabéis mejor que yo cómo tengo que vivir mi vida.

Pedro soltó una risita.

—A mí lo que me parece es que tienes amigos que se preocupan por ti.

Leo curvó la comisura izquierda levemente.

—Supongo que tienes razón.

—Mira, ahora lo ves todo negro y es completamente comprensible.

Pero esto… Esto ya no va de salir del armario.

Va de salir de ti mismo, de dejar de vivir con miedo, porque te has construido una jaula y has cerrado con llave desde dentro.

Tienes que decidir si merece la pena dar ese paso al completo, ya no por él, sino por ti —dijo con una calma que contrastaba con la agitación de Leo—.

Y ya no te voy a agobiar más. ¿Quieres que me quede un rato?

Y te cuento lo que me ha pasado hoy en la consulta, que te vas a mear…

—Pedro le golpeó un brazo con cariño y Leo sonrió decaído.

—Por favor…

Pedro empezó a relatar sus anécdotas del día, exagerando voces y gestos como si estuviera en un monólogo.

Leo lo escuchaba con atención, al principio en silencio, luego esbozando una tímida sonrisa y, poco a poco, se dejó llevar por la naturalidad de esa conversación que aliviaba la pesadez de su corazón.

Esa leve mejoría, ese pequeño espacio de respiro, se lo debía a su amigo: a su presencia, a su apoyo, a su incondicionalidad.

Cuando Pedro terminó de contar su historia, que incluía a un paciente que había escrito «para el pito» en las cajas de los medicamentos que tomaba, Leo soltó una carcajada que no recordaba haber escuchado en su garganta desde hacía días.

—Eres imbécil… —murmuró Leo entre risas.

—Eso no es nuevo —respondió Pedro con un gesto satisfecho, casi paternal.

Mientras la voz de Pedro llenaba el salón, Leo se sintió acompañado y querido. Por un momento olvidó sus incoherencias y contradicciones.

Pero cuando Pedro se tuvo que ir y el silencio volvió a reinar en la casa, Leo sintió ese vacío que lo atormentaba y que no le dejaba en paz.

No era soledad: era ausencia.