Están lloviendo hombres 31
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No volvieron a hablar.

Ni una llamada, ni una mirada. Durante los días siguientes, Benji evitó encontrarse con Leo en el hospital y lo consiguió con éxito.

Las visitas fugaces que antes hacía al Servicio de Interna se habían reducido a cero.

A veces coincidían en la cafetería, pero no se dirigían la palabra.

Ni siquiera un gesto o un saludo automático.

Hablaban el idioma del silencio con una fluidez cruel.

¿Qué podía hacer? Benji estaba dolido. Pensó que Leo tomaría la iniciativa y se retractaría, pero no había tenido noticias suyas.

Empezó a pensar que Leo quería tenerlo fuera de su vida, y eso dolía más que cualquier palabra dicha en caliente.

Mucho más. Porque confirmaba lo que él tanto temía: que, para Leo, todo lo que habían compartido no era lo suficientemente importante como para arriesgarse.

Era consciente de que no podía forzarlo a hacer nada que no quisiera, pero, la verdad…

se había ilusionado. Pensaba que su esfuerzo por mantener la relación oculta se vería recompensado algún día.

Que Leo estaba empezando a aceptarlo, a aceptarse, a vivir de verdad.

Pero, al oírlo hablar una vez más sobre el miedo que experimentaba a sentirse expuesto, se dio cuenta de que ya no se conformaba con los momentos a solas.

Si Leo quería esconderse, que se escondiera. Pero él no iba a meterse en un armario en el que nunca había estado. Ni de broma.

Se estaba planteando seriamente pedir un cambio de tutor. Por el momento, como rotaba fuera, lo sobrellevaba. Pero en unos meses tendría que volver y, si nada cambiaba, no podría soportarlo. Trabajar con Leo mientras fingían que no había pasado nada entre ellos sería una tortura silenciosa.

Ni que decir tiene que todo el mundo se dio cuenta de aquel cambio tan radical. Habían pasado de ser compañeros inseparables a tratarse como completos desconocidos.

Y ese contraste cantaba demasiado.

Benji llegó a las ocho al hospital, pero en lugar de dirigirse a la planta de Cardiología, acudió a la sesión matutina de su servicio. Solo quedaban dos semanas para el congreso y Alfredo quería comentarles algo.

—¿Qué te pasa con Escrivá? —preguntó Carmen, sentada a su lado.

Obviamente se había dado cuenta. Normal. Seguro que hasta el camarero de la cafetería se había coscado.

—Nos hemos peleado.

—¿Cómo? —preguntó ella atónita. Benji se encogió de hombros.

—Que se acabó. Igual pido un cambio de tutor, espero que se pueda. Supongo que él estará de acuerdo.

Los labios de Carmen formaron una línea recta y alzó las cejas.

—¿Qué dices? ¿Tan fuerte ha sido? ¿Qué ha pasado?

Por suerte, Alfredo Santoyo le salvó el pelo. No era el mejor momento para contarle a Carmen que Leo había decidido acobardarse. Además, conociéndola, seguro que se sentiría culpable. Y lo de Carmen no era más que una parte pequeña de un problema mucho mayor.

—Atended un momento —Alfredo alzó la voz y el murmullo disminuyó hasta que la sala quedó en silencio.

Benji le susurró a su amiga un «luego te cuento»—.

Ha costado un poco, pero ya tenemos asegurada la financiación para el Congreso Nacional —unos cuchicheos por parte de los presentes interrumpieron el discurso del jefe unos segundos—.

Así que Belén, Carlos, Benji, Carmen, Lucas y Tomás: quedaos luego un momento, que os tengo que dar el contacto de Sergio. Él gestionará los billetes de tren.

Desde el otro extremo de la sala, Lucas le dedicó una sonrisa tímida que Benji se esforzó en devolver.

Alfredo bromeó con que el resto tendría que quedarse a trabajar el doble, lo que provocó unas risas generalizadas.

Benji apenas se inmutó. Estaba distraído y atrapado en sus pensamientos. Le vino a la cabeza que Leo había pedido asistir al congreso, en parte para pasar tiempo con él, pero después de todo lo que había sucedido esperaba que se hubiese echado para atrás. Por favor.

—Y de adjuntos… —continuó Alfredo. Benji cerró los ojos y cruzó mentalmente los dedos, suplicando para no oír su nombre—. Santi, Laura, Óscar y Leo.

No pudo evitar soltar un resoplido cargado de rabia al escucharlo. Carmen, a su lado, lo miró de reojo con sorpresa.

El jefe siguió comentando algunos detalles y anunció que le había pedido al tal Sergio que intentara reservar el viaje de vuelta el domingo para que pudieran aprovechar una noche más en Madrid.

El entusiasmo de todos contrastaba con la desgana de Benji.

Alzó la vista y, sin querer, sus ojos se cruzaron con los de Leo: lo miraba fijamente. Muy fijamente. No supo descifrar el significado de esa mirada, pero apartó la vista con hastío y trató de fingir indiferencia.

—Bueno, al menos podré quedar con Alberto —le dijo a Carmen.

—¡Qué guay! Estaba loca por ir a Madrid… Hace años que no voy —dijo emocionada, pero al ver la mirada vacía de Benji bajó el tono y le acarició el brazo con cariño—. Oye, cuando quieras hablamos y me cuentas qué ha pasado, ¿vale?

Benji asintió agradecido y cogió su móvil para escribirle a Alberto. A los pocos minutos, su móvil vibró. «De putísima madre. Tengo ganas de verte». Sonrió al leer el mensaje.

Ver a Alberto también le ayudaría a olvidar todo lo malo. Quería creer que, poco a poco, todo mejoraría y podría volver a su vida anterior. O algo parecido.

La calma no había vuelto a la vida de Leo. Se sentía como si se hubiese aturullado de pensamientos negativos. Tenía un ruido constante en su cabeza.

Mientras conducía de vuelta de hacer unas compras, escuchó una famosa canción en la radio que hablaba de alguien atrapado entre el deseo, la vergüenza y el temor al juicio de los demás.

Era como si esas dos chicas estuvieran hablando en su nombre. Echaba de menos a Benji pero, al final, el miedo había ganado el pulso a su corazón. Otra vez. Siempre igual.

Cuando habló con él, jamás pensó que todo terminaría torciéndose de esa manera.

Leo solo quería sincerarse y hablarle de su incertidumbre…

Una incertidumbre que era la primera vez que experimentaba, porque nunca antes había iniciado una relación seria con un hombre.

En ese momento se sintió presionado por la respuesta de Benji, obligado a ir hacia delante sin tener en cuenta sus sentimientos. No se sintió comprendido.

Cuando estaba soltero y en el armario, él tenía el dominio de la situación. Quizás era una vida de mierda, pero era muy cómoda y, para él, era lo normal: llevaba demasiados años viviendo así y estaba acostumbrado a esa rutina. Ahora, esa comodidad se había tambaleado, y sentía miedo.

Y no era un miedo cualquiera. Era un miedo antiguo, heredado y arrastrado desde su juventud.

Era el miedo de un adolescente que aprendió a mirar a los chicos de reojo, a reírse con bromas que no le hacían gracia, a forzar sonrisas para no despertar sospechas.

Un adolescente que había tenido que escuchar comentarios hirientes sobre personas que sentían como él.

Ese miedo nunca se había ido, solo había aprendido a llevarlo bien.

Hasta ahora.

De repente, alguien le había sacado de su escondite con ternura, con deseo, con naturalidad. Y eso, el pasar de la sombra a la luz, le daba más vértigo que cualquier hipotético ataque externo.

Al principio no entendió la reacción de Benji.

No entendía por qué se había enfadado tanto y había dejado de hablarle, cuando lo único que había hecho era abrirle su corazón.

Pero, después, lo comprendió. Para Benji, estar con él suponía dar pasos atrás en su propia vida.

Era ocultarse y, en el fondo, valorarse menos.

Algo que no se merecía. Por eso, aunque le doliera, la idea de que lo mejor para ambos era estar separados empezó a gestarse en su cabeza.

Benji podría seguir adelante libremente, a su manera, y él regresaría a esa comodidad que tanto conocía y tanto le gustaba.

Pero de sentirse cómodo, nada. Se encontraba cada vez peor.

Se sentía como una marioneta. Iba al trabajo, hablaba con sus compañeros, incluso sonreía…

pero todo era un teatro. Su cuerpo se movía sin ganas y su mente siempre terminaba pensando en él.

Siempre. En su risa escandalosa, en sus besos, en su mirada.

En esa forma tan suya de llamarlo «Leo», como si su nombre sonara especial pronunciado por él.

Llegó al garaje de su casa, aparcó y apagó el coche. Estuvo unos minutos dentro, en silencio, mirando a través del parabrisas sin fijarse en ningún punto definido. Con esa presión permanente que tenía en el pecho desde hacía días. Se bajó lentamente y cogió las bolsas de la compra.

Dentro del ascensor le vinieron a la mente decenas de imágenes.

Benji ayudándole con bolsas de la compra tras volver del supermercado.

Benji buscando en el móvil cuál sería la mejor película para ver ese día.

Benji contándole alguna anécdota graciosa del trabajo.

Benji lanzándose a sus labios, impaciente por llegar al piso.

Tragó saliva, cerró los ojos y los masajeo con sus dedos.

Cuando salió del ascensor, se encontró con una visita inesperada.

—¿Cómo has entrado? —preguntó Leo sin saludar a Pedro.

—Entré con un vecino. Pensé que no querías ver a nadie y que por eso no contestabas. Estaba a punto de echarte la puerta abajo.

—Estaba comprando.

—Ya… —Pedro miró primero las bolsas y luego a él—. ¿Cómo estás?

Leo no respondió, suspiró levemente y abrió la puerta.

—Pasa, anda.

Su amigo lo siguió en silencio.

—¿Cómo estás? —repitió Pedro. Se sentó en el sofá y se quedó mirándolo.

Leo soltó en la mesita de la entrada las llaves, la cartera y el móvil. Luego dejó las bolsas en la encimera de la cocina y empezó a sacar la compra. Lo hacía con una lentitud desesperante y tardó en contestar.

—Normal.

—No estás normal, Leo. Estás fatal.

—Es lo mejor para los dos —dijo enseguida, mientras iba colocando con parsimonia lo que había comprado en la nevera y en los armarios de la cocina.