30
Cuando Benji cogió su coche para ir a casa de Leo, tuvo un mal presentimiento. No quería darle muchas vueltas, pero no podía evitar pensar que Leo estaba actuando de forma extraña. Bueno, extraña no: extrañísima.
Aparte de su radar para detectar gais a su alrededor, tenía otro para captar los malos rollos.
Esa mañana había sido determinante. Durante la jornada laboral había soportado a un esquivo y huidizo Leo que se deshacía de él siempre que podía.
Esa actitud, además de preocuparle, empezaba a cabrearle bastante.
Incluso se estaba planteando que quizás Leo llevaba comportándose así más días de los que pensaba, solo que no lo había notado porque estaba rotando fuera.
Sentía cómo su relación había retrocedido hasta lo que eran al principio y eso no le hacía ninguna gracia. Y menos gracia le hacía teniendo en cuenta que hasta hace nada estaban planeando su regalo: un fin de semana juntos.
Quizás eso era lo que necesitaban: unos días lejos del trabajo para centrarse en ellos y en nadie más.
A veces, temía que todo se estropeara por el secretismo de su relación, pero entonces se recordaba a sí mismo lo paciente que estaba siendo y no creía que Leo tuviera ninguna queja. A pesar de que lo clandestino no iba con él, pensaba que merecía la pena, solo por Leo.
Qué complicado era todo.
Cuando Leo abrió la puerta, Benji se sorprendió al ver la cara tan larga que tenía. Su rostro contraído y la tensión en sus hombros lo decían todo.
Benji frunció el ceño, aunque sonriendo. Sonriendo y muerto de preocupación.
—¿Qué coño te pasa con esa cara? —preguntó al entrar. Como siempre, dejó su chaqueta en el sofá y fue a darle un beso, pero Leo no se lo devolvió como esperaba.
—¿Cómo estás? —preguntó a su vez Leo.
Benji lo miró con detenimiento y lo observó alejarse hacia la cocina en busca de un vaso de agua.
—Yo bien, pero tú parece que no…
Leo lo miró por encima del vaso mientras bebía.
—¿Qué pasa, Leo? —volvió a preguntar, más intranquilo.
El mayor dejó el vaso sobre la encimera y arrugó el entrecejo.
—Nada, es que… Tengo que hablar contigo.
—Joder, qué mal suena eso —Benji soltó una carcajada tensa. Leo no se inmutó—. A ver, habla de una vez.
—Benji… —inspiró profundamente—. No me siento bien últimamente.
Benji guardó silencio unos segundos, fijándose en cómo Leo arrugaba ligeramente la frente.
—¿Es por lo de Carmen? —resopló agobiado y se sentó en el sofá.
Leo lo miró con desasosiego y fue a sentarse junto a él.
—Ya te he dicho que por ella no tienes que preocuparte —continuó Benji.
—No es solo eso. Es… todo —dijo, con la mirada fija en un punto de la pared, como si estuviera pensando qué era ese «todo».
—¿Qué es todo ? —inquirió Benji con la ceja alzada.
Leo se frotaba las manos con lentitud, pero sus dedos temblaban.
—Todo. Tu familia, tus amigos… La gente del hospital.
—¿La gente del hospital? —Benji no entendía nada y el corazón le latía a mil por hora—. O te explicas mejor o no sé qué cojones intentas decirme.
—Nos han visto, hablan de nosotros. Lo he escuchado con mis propios oídos.
—¿Y qué?
—¿Cómo que «¿Y qué?»? —preguntó Leo incrédulo—. Sabes que no estoy preparado.
—Yo creía que te estabas relajando un poco.
—Y lo estaba haciendo, de verdad, pero estos días he notado como si la realidad me hubiera dado una bofetada en la cara. Se me han acumulado demasiadas cosas.
—O sea que de repente vuelves a tener miedo de que te vean conmigo. Perfecto, Leo… —Benji se echó hacia atrás, soltando una corta carcajada sarcástica, y desvió la mirada.
—Benji… No es tan sencillo.
—Sí que lo es —contestó precipitadamente, girándose para clavarle los ojos con enfado—. No, si el estúpido soy yo por pensar que ibas a cambiar. Creía que después de todos estos meses podrías permitirte ser feliz, que se acabarían las mentiras. Ya veo que no.
Lo sabía. No se había equivocado. Leo volvía a sentir vergüenza, solo que esta vez era peor, porque ya no era solo ese temor absurdo de mostrarse a los demás, sino también de dejar que lo vieran a su lado.
Lo miró consternado. Quería comprenderlo porque sabía que sacar a alguien de ese pozo de irracional vergüenza era difícil, pero a la vez se sentía tremendamente dolido por aquella conversación inesperada.
Era como si estuviera en el punto más alto de una montaña rusa y Leo le estuviera obligando a bajar a una velocidad vertiginosa.
Aquella tristeza empezó a mezclarse con indignación.
Leo hablaba, decía muchas cosas. Pero no terminaba de concretar nada.
Leo había sentido cada palabra como un cuchillo. La conversación iba peor de lo que esperaba y ahora no sabía cómo seguir.
—Cuando estamos juntos estoy bien, eso no ha cambiado… —posó una mano en el muslo de Benji.
—Leo, no me vaciles —Benji lo interrumpió con rabia y apartó la pierna para deshacer el contacto—. Hemos salido a comer, a cenar, de fiesta. Has conocido a mis padres, a mis amigos. Me has dicho que me quieres. Nos íbamos a ir de viaje. No me vengas con esto ahora, por favor, ¿a qué estás jugando?
Tensó la mandíbula al ver cómo Benji le relataba todos los pequeños pasos que había dado, casi por inercia, sin sentirse forzado ni obligado a ello.
—No te he dado ningún motivo para que te quejes —añadió—. Te estoy respetando y estoy aguantando por ti como nunca antes había hecho por nadie, pero yo no puedo controlar lo que hablen los demás. ¿Qué quieres que haga?
—No lo sé —admitió Leo con la mirada baja.
—Es que lo que me dices es normal. Te estás soltando, ¿qué esperabas? Es normal que la gente note cosas, pero pensé que te habías hecho a la idea. No me has dicho nada de esto antes. Tienes que dejar de pensar en el qué dirán.
Leo alzó la vista. Esos penetrantes ojos del color de la esmeralda, los que tanto le gustaban, ahora lo miraban con temor. Era como si le hubiera transmitido sus propias dudas a Benji. Le partió el corazón verlo así.
—Te avergüenza estar conmigo —soltó Benji.
—No…
—Sí, es eso.
—No, pero me siento expuesto y me ha entrado vértigo. Toda mi vida he sido una persona reservada, discreta, invisible. Cuando he visto que todo se podía ir a la mierda, me he asustado. Y no quiero esto, en este momento.
—¿Que no quieres qué? Joder, Leo. Es que ahora mismo no sé ni qué decirte. No me puedes tener escondido para siempre. Eso lo sabes, ¿no?
—He dicho que no puedo con esto ahora.
—¿Que no puedes con qué ahora? —Leo guardó silencio y Benji resopló—. Vamos a ver… Me estás poniendo de los nervios. Háblame claro. ¿Te has agobiado? ¿No quieres estar conmigo? ¿Quieres dejarlo?
Sintió su corazón romperse cuando escuchó esas palabras. Él no quería dejar a Benji, solo necesitaba un poco más de tiempo. Solo un poco. Completamente en pánico, se quedó en silencio. De nuevo sentía el bloqueo. Su cuerpo empezó a transpirar y le hormiguearon las manos.
De pronto, era como si tuviera que elegir entre una vida con Benji en un mundo que le asustaba, o una existencia vacía sin él.
Se sintió la peor persona del mundo. Estaba jodiendo a quien más había querido en toda su vida.
No quería arrastrarlo con él a una vida infeliz, a su refugio secreto en el que no había sitio para la total libertad.
No quería que se sintiera amarrado a la puerta de su armario por obligación. Pero tampoco quería perderlo.
La pierna de Benji se movía en un tic nervioso. Leo sentía sus verdes ojos fijos en él, pero no se atrevía a mirarlo.
—Vale, ya lo he pillado —Benji se levantó de forma brusca, dispuesto a irse.
—Benji —Leo lo agarró de la muñeca, pero el joven apartó su mano lentamente hasta soltarse—. No seas impulsivo. No he dicho nada de eso.
—No, pero tampoco has dicho lo contrario.
Estás consiguiendo que me dé cuenta de que soy yo el que no está a gusto —sentenció con la voz quebrada.
Leo palideció—. Yo te quiero y quiero estar contigo, pero no puedo estar pendiente de si un día te sientes valiente y al otro estás cagado de miedo.
Así no sé si me merece la pena. No estás pensando en cómo me siento yo.
¿Crees que me merezco que me trates así, como esta mañana? Lo siento, pero no.
—Oye, espera. No saques conclusiones precipitadas.
—No son conclusiones precipitadas, es precisamente lo que me acabas de decir: que no estás bien… Pues cuando te aclares y tomes una decisión, me avisas —Benji cogió su chaqueta y se dirigió con paso firme a la puerta.
—¿Dónde vas? —Leo se levantó de golpe para intentar detenerlo.
—A mi puta casa.
La puerta se cerró con un golpe seco.
Leo se dejó caer en el sofá y se llevó las manos a la cara.
Una herida empezó a abrirse en su pecho, más grande incluso que su temor a la exposición pública. Era un dolor nuevo para él.
Uno que habría preferido no tener que conocer nunca.
Benji cruzaba a grandes zancadas los jardines que rodeaban el edificio mientras cogía su móvil del bolsillo, con las manos temblando y el ceño fruncido. Marcó un número y esperó un par de tonos hasta que Nico descolgó.
—«¡Hola, rey!»
—¿Dónde estás?
—«En la pelu, ¿por?»
—¿Has terminado? ¿Cuándo cierras?
—«Pues… Ya no tengo a nadie más apuntado, pero cierro a las ocho, como siempre…»
—Necesito verte —lo interrumpió.
—«¿Ha pasado algo?»
—Te explico cuando te vea, pero tiene que ser ya.
—«Está bien, cierro ahora mismo. Vente a casa».
Cuando Nico abrió la puerta de su casa para recibir a Benji, apenas pudo verle la cara, porque irrumpió a toda velocidad y sin decir ni una palabra.
Cerró la puerta con lentitud, sin dejar de observar a su amigo: tenía la expresión contrariada y los ojos enrojecidos, y daba vueltas sobre sí mismo. Al final, se sentó en el sofá.
—Cariño —Nico se acercó y su amigo le lanzó una fugaz sonrisa desganada—. A ver, cuéntame, ¿qué ha pasado?
—Es Leo —contestó, con la mirada al frente y la pierna derecha subiendo y bajando sin parar en un movimiento nervioso. Sus cejas se movían rápido: las arrugaba, las alzaba, volvía a arrugarlas…
Nico lo miró extrañado.
—¿Qué pasa con Leo?
—Creo que me ha dejado. O no, no lo sé. No estoy seguro. Pero estoy cabreado.
—Pero ¿qué dices, corazón?
—Lo que oyes.
Nico permaneció en silencio. No sabía bien cómo reaccionar. Benji parecía enfadado, pero también dolido. Sus ojos lo delataban: había estado llorando. Ni siquiera recordaba si alguna vez Benji había llorado por un hombre.
Le rogó que se tranquilizara y que le explicara bien qué había pasado, así que Benji procedió a contarle la conversación con todo detalle.
—No me suena exactamente a ruptura, no ha dicho que quiera dejarte. Suena a típica peleílla de parejas…
—Nico, por favor… —respondió Benji hastiado—. Me da igual a lo que suene: tiene dudas, eso está claro. Y escucharlo hablar de esa manera me ha dejado destrozado. Estaba yo muy feliz en nuestra islita particular…
—Cariño… —Nico le agarró la mano—. Tranquilízate. A lo mejor ha sido un pronto y se le pasa.
—Da igual. Te digo que estoy enfadado. No quiero ni verlo ni hablar con él.
Nico apretó los labios. Conocía de sobra esa impulsividad suya y a veces temía que le jugara malas pasadas.
—¿Es verdad eso de que hablan de vosotros en el hospital?
—Yo no he oído nada, pero no me extrañaría. En el hospi es inevitable. Aquello es un hervidero de cotilleos —Benji bajó la mirada y, tras unos segundos, apretó la mandíbula—. ¡Joder! —le soltó un golpe con el canto del puño a uno de los cojines y Nico abrió los ojos como platos.
—Maricón, contrólate un poquito que te lo cargas… —le pidió con una risilla nerviosa mientras le arrebataba el cojín y lo colocaba tras él.
—Lo siento —se disculpó y suspiró con fuerza—.
Cuando entré al coche tuve que esperar un rato hasta calmarme, pero seguía de los nervios hasta conduciendo.
No sé cuántos golpes le he metido al volante, y casi me como una moto cuando me he saltado un semáforo sin darme cuenta —Benji le dirigió una triste sonrisa.
—Mi rey, no te fuerces a sonreír… Sé que has estado llorando.
—Pues sí, no te voy a engañar. Pero se acabó. Ya no lloro más. Ahora solo tengo una mala leche…
—Ay, cariño, qué diferentes somos. Cuando pasó lo de Elías, me puse a llorar desconsoladamente delante de media calle Larios —comentó Nico con gracia, llevándose una mano a la mejilla—. ¿Por qué no lo llamas mañana? Estaréis los dos más tranquilos.
—Paso. Él es el de las dudas, no yo. Cuando quiera decirme algo, que venga.
Y encima nos íbamos ahora de congreso, luego íbamos a reservar el viaje…
Qué mierda —se frotó un ojo con insistencia—.
¿Sabes? Por un momento pensé que por fin había encontrado a alguien especial, como esas tonterías que tú me contabas siempre.
Imaginé que a partir de ahora todo sería así: salir juntos, tener citas, ir a su casa, ver pelis, comer su puta comida asiática favorita —su voz tembló.
Nico solo lo observaba compungido, a punto de echarse a llorar—. No me mires así, por favor…
—Es que estás corriendo demasiado. Hablas como si todo hubiera terminado.
—Pues porque él lo decide todo: siempre tiene que ser todo como, cuando y donde él diga.
Estoy harto. Pensaba que pronto llegaría el día en que saldría conmigo abiertamente, pero ya ves que no es así.
Y aunque me convencía a mí mismo de que podía aguantar el tiempo que hiciera falta, en realidad todo se me estaba haciendo más largo que una guardia de Urgencias —bromeó con amargura.
—Anda, ven… —Nico extendió sus brazos, fijándose en los ojos de su amigo. El verde de sus iris estaba más apagado de lo habitual, y las pequeñas vetas amarillentas que otras veces podían vislumbrarse, no relucían.
Benji se abrazó a él con fuerza y Nico se limitó a sostenerlo.
Mientras su amigo soltaba unas lágrimas sobre su hombro, él se quedó pensativo, con la mirada perdida, acariciándole los rizos y preguntándose qué estaría pasando por la cabeza de Leo.