29
Benji avanzaba por el pasillo del hospital mientras charlaba con Nico por el móvil, rumbo a la quinta planta.
Su tutor de Cardiología estaba saliente de guardia y el resto de adjuntos habían desaparecido o le hacían el vacío a propósito, así que se fue de allí algo enfadado. Eso de que en cada servicio ignoraran a los residentes que no fueran suyos parecía algo universal.
Le había mandado un mensaje a Leo para preguntarle si podía echar la mañana con él, pero no le había contestado. Aun así, para no estar dando vueltas sintiéndose un inútil, decidió presentarse allí. Lo encontró dentro de una habitación y esperó a que terminara.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Leo al salir.
—Sí, hola a ti también… Morales está saliente y nadie quiere acogerme. O me quedo contigo o me voy a casa.
Leo miró a su alrededor, suspiró y aceptó.
Benji lo acompañó hasta que terminó de pasar planta y el tiempo se le pasó volando.
Echaba de menos la familiaridad de su servicio: los adjuntos que se cruzaban y lo saludaban con cariño, el equipo de enfermería que se alegraba de verlo por allí…
incluso las cosas más insignificantes, como la disposición del mobiliario o algún detalle decorativo colgado en el control de enfermería.
Y también echaba de menos la compañía de Leo por las mañanas, aunque no estaba especialmente hablador.
Era como si, de pronto, dos personalidades se hubieran adueñado del cerebro de Leo: el cariñoso de siempre fuera del hospital; el callado y distante dentro de él.
Buf. Paciencia.
Leo llevaba el busca esa mañana y lo llamaron desde Urgencias para que valorara a un paciente.
Mientras caminaban por el pasillo que conectaba ambos pabellones, Benji se quedó mirándolo desde atrás.
Leo iba serio, callado, con ese porte que tanto le gustaba.
En un movimiento reflejo, le acarició el cabello.
—Benji, para —se quejó Leo, apartándose de forma brusca y vigilando a su alrededor.
—Joder, que solo te he tocado el pelo… No seas paranoico. Aquí no hay nadie.
—No quiero que me toques en el hospital, ya lo sabes —susurró sin mirarlo.
Puso los ojos en blanco.
—Tienes el pelo un poco largo. ¿Quieres que le diga a Nico que te reserve una cita?
—No.
—Vale —Benji resopló y lo miró con rabia. Para él, aquel día estaba siendo de lo más entretenido y, sin embargo, tenía la sensación de que solo estaba incordiando a Leo—. Conmigo no te pongas gilipollas, ¿eh? Que luego bien que se te cae la baba cuando estamos solos.
Leo frenó sus pasos y giró lentamente.
—No hagas esos comentarios, por favor. Podría oírte alguien.
—Pues que me oigan —añadió en tono desafiante—. Estoy harto de que solo pueda hacer ciertas cosas cuando a ti te dé la gana.
Leo resopló, giró sobre sus talones y continuó camino a Urgencias sin responder. Benji lo seguía de mala gana y con las manos metidas en los bolsillos, preguntándose cuánto tiempo más tendría que aguantar a aquel Leo frío y distante que estaba de vuelta.
Leo apenas atendía a la reacción de Benji. Mientras se adentraba en la caótica zona de Urgencias, pensó que el desorden en su mente era incluso mayor que el que tenía ante sus ojos.
En los últimos días se le habían acumulado situaciones que habían agravado su estado emocional: Carmen los había pillado; Lucas había soltado un comentario fuera de lugar; y, para rematar, sentía demasiadas miradas encima de él.
Por no hablar de los dos incidentes que había vivido en la última semana.
Sentía que algo se le estaba yendo de las manos y eso no le terminaba de gustar.
El primer incidente sucedió el sábado anterior, cuando había quedado con Benji para cenar en un bar de tapas.
Habían escogido una zona poco frecuentada en busca de un poco de intimidad y Leo se relajó más de la cuenta.
Escuchaba con atención una historia que le contaba el joven sobre sus últimas peripecias en una guardia, con esa gracia que lo enamoraba, y no podía evitar mirarlo con una cariñosa sonrisa que solo hacía acto de presencia cuando estaban solos.
Le pasó la mano por la mejilla para quitarle una pestaña y fue entonces cuando vio a un residente del hospital pasando justo frente a la terraza.
Durante unos segundos sus miradas se cruzaron y Leo se quedó helado.
Estaba seguro de que ese chico se había dado cuenta de su cara de embobado y su tierno gesto con la mano.
El segundo había ocurrido hacía dos días, durante una guardia.
Esperaban el ascensor creyendo que estaban solos cuando Benji se le acercó más de la cuenta y le acarició la mandíbula con cariño.
En ese momento apareció un celador empujando una camilla.
Aunque Benji se separó al instante, el trabajador lo vio.
Después, tuvieron una pequeña discusión en el ascensor.
Leo le reprochó su actitud y acabó pidiéndole que se cortara un poquito, recibiendo por respuesta un bufido y una mirada de fastidio.
Quizás estaba sobrepensando todo, pero lo único que tenía claro era que debían volver a la prudencia.
A cuando todo estaba bajo control: él podía disfrutar de Benji en la intimidad y, mientras tanto, seguir proyectando a los demás la imagen discreta de siempre; pero cada vez le estaba costando más disimular.
Bastaba un gesto o una mirada ajena para que la cobardía se adueñara de su cuerpo y solo pensara en proteger esa doble vida que tanto le había costado construir.
Y que tanta seguridad le daba.
Benji era la única persona con la que podía ser él mismo: sin filtros, sin velos, sin máscaras.
Lo amaba de verdad. Pero había momentos, y últimamente demasiados, en los que las dudas lo atormentaban como fantasmas del pasado.
El miedo, la vergüenza, la mentira… viejos conocidos que ya no sabía si eran suyos o heredados, y que amenazaban con empujar a Benji a un rincón y quedarse a vivir en su lugar.
Benji desconocía esa lucha interna que mantenía, porque Leo temía tanto exponer su relación como confesarle sus miedos y perderlo. Y esa contradicción lo mantenía acorralado, incapaz de elegir un camino sin sentir que traicionaba al otro.
¿Qué pensarían los demás si supieran que aquel hombre divorciado, reservado y aparentemente inalcanzable, en realidad era gay? Y peor aún: que estaba saliendo con su residente.
Menudo escándalo.
Caminaba por los pasillos exhausto. Estar tan pendiente de no parecer demasiado amigable con Benji le estaba cansando más de lo que había imaginado. Toda esa mañana había tenido la sensación de que la gente los observaba con una curiosidad especial.
Había conseguido esquivar a su residente con un rápido «tengo que volver arriba», aprovechando que un compañero lo entretenía.
Era consciente de que se estaba comportando como un auténtico gilipollas y que Benji lo interrogaría a la mínima de cambio, pero no quería tener ese tipo de conversación allí en el hospital.
Esperaría a esa tarde, cuando se vieran en su casa, para decirle que tenían que echar un poco el freno.
Benji no estaría muy de acuerdo, pero tendría que comprenderlo.
Se llevó una mano a la frente: el dolor de cabeza que tenía desde que despertó seguía ahí. Necesitaba una pastilla cuanto antes, pero primero tenía que imprimir un informe.
Y eso era lo que iba a hacer cuando, al empujar la puerta de una sala de trabajo, divisó dentro al mismo residente del otro día. Aquel que, estaba más que seguro, los había visto a Benji y a él compartir una bonita velada nocturna.
Volvió a entornar la puerta. No quería entrar y ni siquiera sabía por qué.
Afinó el oído: el chico hablaba con otra persona.
Lo más seguro es que tardara en salir. Por un momento sopesó si no sería mejor volver más tarde, pero…
¿no era mejor dejarse de tonterías? Debería entrar a coger lo que necesitaba, con actitud firme, y luego irse, sin más.
Ya era mayorcito como para andar jugando al escondite.
Cuando ya estaba decidido a entrar con toda la determinación del mundo, una frase lo paralizó.
—Oye, tú sabes que Benji es gay, ¿no?
Leo se quedó de piedra y se mantuvo oculto tras la puerta. Por el tono de voz, imaginó una juguetona sonrisa en el rostro del residente.
—Sí, ¿y qué? —contestó el otro.
Miró disimuladamente por la rendija de la puerta: también era compañero del mismo año de Benji.
—Pues que el sábado lo vi cenando con su tutor.
Mierda, mierda y más mierda.
—¿Con Escrivá? —exclamó el otro bastante extrañado.
—Sí. Qué raro, ¿no? Quiero decir, ¿quién coño cena solo con su tutor un sábado por la noche?
Leo cerró los ojos. Su corazón iba a estallar.
Que se callaran de una vez, que no hicieran suposiciones y, por encima de todo, que no extendieran ningún rumor. Pero eso era un caso perdido: en el hospital, una vez surge un cotilleo, termina enterándose hasta el celador.
Bueno, el celador también los había visto.
Todo mal.
—Yo qué sé, igual se llevan muy bien.
—O igual… —dejó la frase en el aire y empezó a reír. El otro soltó una carcajada.
Leo imaginó al residente poniendo caras, haciendo gestos… Sintió un calor en la nuca.
—¿Qué dices, tío? Eso sí que no. Ni de coña, vamos.
—¿Por qué no? Escrivá se divorció, ¿no? Igual ahora se ha pasado al otro bando —se escucharon risas—. Solo los vi de pasada, pero estaban todo el rato sonriéndose como dos tortolitos.
—Imaginaciones tuyas…
—Que no… A ver, las cosas como son: Escrivá es el típico tío que gusta. Y Benji más de lo mismo. ¿Por qué no se iban a atraer? A lo mejor Benji lo ha arrastrado al lado oscuro. Ya sabes, el roce hace el cariño… Hacen buena pareja, si lo piensas.
—Estás fatal. Pero la verdad es que sería todo un bombazo. Tengo que preguntarle a Tomás si ha notado algo raro…
Leo no lo aguantó más. Ya había escuchado suficiente. Solo quería alejarse de allí lo más rápido posible. A la mierda el informe y a la mierda todo. Sabía que era cuestión de tiempo que aquella clase de cotilleos sobre él empezaran a circular rápidamente.
Llegó hasta la azotea. El cielo estaba nublado.
Se apoyó en la pared y se centró en sus reacciones físicas: tenía una leve taquicardia, las manos le sudaban, le dolía el estómago. ¿Cuánto tiempo hacía que su cuerpo no reaccionaba de esa manera? Era desagradable.
Recordó la cena del sábado: ese día sí que estaba relajado. Al menos, hasta que los vio aquel residente. ¿Por qué no podía quedarse con Benji en una burbuja para siempre?
Esa tarde tendría que hablar con él y, por primera vez, no sabía si sería capaz de decirle lo que de verdad quería: no te enfades, pero necesito frenar; no voy a ser justo, pero te pido que retrocedas por mí; te quiero, pero tengo miedo.
Se pasó una mano por la cara y respiró hondo, intentando recomponerse. Tenía que volver al trabajo, aunque lo único que quería era desaparecer un rato más.