27
Leo fue arrastrado por Benji, a pesar de que no le hacía mucha gracia salir teniendo guardia al día siguiente, pero era incapaz de negarse a esa mirada lastimera que esos ojos verdes le dedicaban siempre que le pedía algo.
Empezaba a recordarle a Pedro, y se preguntó si el problema lo tendría él, que siempre se dejaba enredar por aquellos que le importaban.
Aun así, aunque habría preferido descansar en casa, estaba eufórico por cómo había salido todo y quería estar con Benji un rato más.
Así que, al final, allí estaban: en el pub de Juanca.
—Entonces, ¿estamos celebrando la aceptación de Leo en la familia Rosal Jiménez? —preguntó Juanca.
—¡Ay, cuánto me alegro! —exclamó Nico casi chillando.
—Enhorabuena, Leo —dijo Luis, divertido con la situación.
—Venga ya… Tampoco es para tanto. Estaba más que claro que todo iba a ir bien, soy un partidazo —chuleó Leo.
—¡Pero qué engreído! Si es que todo lo malo se pega… —dijo Nico, mirando a Benji de reojo.
—¡Eh! ¿A quién llamas engreído? —protestó Benji, y Leo se echó a reír mientras lo rodeaba con su brazo por la cintura, acariciándolo suavemente con los dedos.
—¡Por la parejita de oro! —clamó Nico, alzando su vaso.
Todos imitaron el gesto y bebieron. Tras el sorbo, Benji y Leo se dieron un pico en los labios, incapaces de ocultar su felicidad. Leo estaba entusiasmado y, esa noche, ni siquiera vigilaba a su alrededor como solía hacer.
Nico los observaba sonriente, apoyando la cabeza en su brazo, cuando sintió que alguien le peinaba con los dedos. Al enderezarse, vio a Juanca echado sobre la barra, sonriéndole con dulzura.
—Vienes muy guapo, como siempre.
Nico soltó una corta risita y lo miró con vergüenza.
—Tú también estás muy guapo.
—¿Con la camiseta del bar? —preguntó, señalando su camiseta gris con el logo del pub en el pecho.
—Sí, con la camiseta del bar. Sigue haciéndome eso, que me estabas haciendo cosquillas… —le pidió en tono meloso, dejando caer su melena sobre el hombro.
Juanca volvió deslizar sus dedos por su cabello. Tras unos segundos, sin decir nada, se irguió y se alejó, no sin antes lanzarle una arrebatadora sonrisa.
Nico lo miró fijamente mientras atendía a un grupo de personas.
Aún recordaba el primer día que Benji y él entraron allí.
Nico tenía veinte años por aquel entonces y Juanca se le hacía inalcanzable.
Superaba ya los treinta y siempre lo veía charlando con todos, sonriéndoles de forma encantadora mientras servía bebidas, recibiendo algún que otro teléfono escrito en una servilleta.
El tiempo había hecho que entablaran una amistad y Nico comprendió, erróneamente, que Juanca los veía como a dos jovencitos a los que tenía que cuidar y por quienes sentía cariño.
Ahora sabía que se había equivocado.
Definitivamente, pronto le diría algo. Lo tenía más que decidido. Y lo primero que haría sería eliminar esa aplicación de móvil que tan buenos momentos le había dado, pero que siempre borraba cuando quería empezar una relación monógama con alguien.
—¿Qué haces tan sonriente? —preguntó Benji, curioseando la pantalla del móvil de Nico. Leo, a su lado, también se asomó.
—Voy a borrar esta mierda, ya no me sirve —dijo muy orgulloso, señalando una aplicación que tenía por logo una máscara amarilla sobre fondo negro—. Voy a abrirla por última vez, así os enseño los últimos tíos con los que hablé. ¡Estaban superbuenos!
—¿Por ahí conocías a tíos? —preguntó Leo inocente. Nico y Benji levantaron su mirada muy lentamente hacia él—. ¿Qué?
—¿No sabes qué es, corazón? —Nico, incrédulo, contenía la risa.
—Qué va, este se quedó anclado en los 2000, en el chat de Terra —se cachondeó Benji y miró a Nico con burla—. «Discreto34».
—Já… Já… —se quejó Leo, y le lanzó una mirada enfadada por haber revelado su secreto. Los dos más jóvenes casi lloraban de la risa—. Os podéis ir a la mierda.
—¿«Discreto34»? ¿En serio? ¡Ay, maricón! —Nico se partía de risa mientras Leo se moría de vergüenza—. ¿Y cada año ibas cambiando el número?
—¿Perdona? ¿Crees que… —Leo se asomó a la pantalla—, …«elnico_rubito» es muy normal? Es el típico nombre que se pondría un cani.
—¡Soy un cani de barrio! ¿¡Qué pasa!? —exclamó, haciendo aspavientos con los brazos e intentando parecer alguien peligroso—. «Discreto34» suena a típica foto de abdominales de marica de gimnasio que no quiere enseñar la cara.
—¡Serás…!
—Dejémoslo en que los dos os habéis puesto nombres ridículos y ya está, qué poca imaginación… —sentenció el de ojos verdes para frenar aquella estúpida discusión, pero entonces se dio cuenta de cómo los otros dos lo observaban escépticos—. ¿Qué? Mi nick es original.
—Muy original… —soltó Nico—. «Benjiprice», y luego te cabreas cuando la gente te hace bromas…
Los tres rompieron a reír a carcajadas, mientras Nico les mostraba las fogosas conversaciones que había mantenido en esa aplicación.
Leo, por un momento, observó la escena como si perteneciera a una película y sintió un calor en el pecho: Nico contaba sus aventuras con ilusión; Juanca se acercaba de vez en cuando para intervenir con humor; Luis opinaba sobre las fotos con una sonrisa; Benji reía escandalosamente y lo miraba con esa complicidad única que compartían.
Se sintió verdaderamente a gusto cuando reconoció que aquello también era una familia.
Al poco rato decidieron irse. A Leo le esperaba una dura guardia de veinticuatro horas al día siguiente, y, si ya de por sí era un fastidio, ese año la desgana estaba clínicamente desatada.
Le habría gustado pasar la noche con Benji.
Al final, recibiría el año 2015 con el pijama del hospital en lugar de ropa elegante; con una taza de café, en vez de una copa de champán; y solo, sin su ángel de ojos verdes.
Le consolaba pensar que, al menos, al salir de la guardia comería con él. Y con su familia.
Cuando salieron del local, el frío los recibió de golpe. Aunque no eran temperaturas tan bajas como en el resto de España, hacía mucha humedad y corría una fría brisa que hacía que la sensación térmica fuera menor. Era lo que a los malagueños les gustaba definir como «un frío que cala los huesos».
—¡Hostia puta, qué frío! —exclamó Benji con una risa nerviosa, frotando sus manos con energía para entrar en calor.
Leo, con gesto alegre, extendió las suyas.
—¿Te las caliento?
—¿Aquí? ¿En mitad de la calle?
Asintió, no sin antes echar un vistazo furtivo para vigilar que no hubiera demasiada gente cerca. Tras realizar un barrido rápido, le apremió con las manos, que seguían extendidas.
—Estás borrachillo… —rio Benji.
—Solo tengo el puntito de las cervezas.
Envolvió las manos de Benji y las frotó con suavidad.
—Ay, venga, cariño, ¡dale un morreo! —bromeó Nico.
Benji negó con la cabeza.
—Me siento más que satisfecho con esto —dijo.
Leo, con un brillo en los ojos, guio las manos del de ojos verdes para que lo abrazara por la cintura, calentándolas dentro de su abrigada chaqueta.
Nico se alejó un poco, como si quisiera dejarles intimidad.
—Qué osado —bromeó Benji con expresión socarrona, susurrándole cerca del rostro.
Leo se alejó unos centímetros, entrañablemente nervioso.
—Echa el freno, poco a poco… —dijo, mirando y vigilando más allá de la espalda de Benji—. Me lo he pasado muy bien hoy. Y la comida en tu casa ha sido espectacular. Tus padres son geniales.
—Me alegro —Benji sonrió satisfecho, entrecerrando sus ojos, con esa expresión que hacía temblar a su imperturbable tutor.
Leo suspiró y le devolvió la sonrisa, pensando en lo mucho que le tentaba ese niñato insolente y encantador.
—Nico… —Benji se asomó sobre su hombro, pero, de pronto, esa sonrisa tan bonita se esfumó.
Y se hizo el silencio.
Benji sacó las manos de la chaqueta con un gesto brusco y, sin mirarlo, su gesto se transformó en preocupación.
Leo palideció antes de girarse siquiera. Se le heló la sangre. Solo por la reacción de Benji, ya sabía lo que había pasado.
Alguien los había visto.
Escuchando únicamente el sordo latido de su corazón, Leo se giró.
Allí, a pocos metros, distinguió a Carmen acompañada de un chico.
Tenía los ojos desorbitados, con una mezcla de sorpresa y desconcierto.
Apenas duró un segundo, porque enseguida se volvió bruscamente y empezó a caminar deprisa, casi corriendo, tirando del brazo de su acompañante.
—Joder… —murmuró Leo. Se le taponaron los oídos y tragó con dificultad.
Se frotó los ojos con culpa. ¿Qué coño esperaba que pasara si llevaba semanas bajando la guardia?
—Mierda —masculló Benji, con un nudo en la garganta.
Sin pensarlo, echó a correr tras ella. El corazón le latía con fuerza, no tanto por la carrera, sino por la situación que iba a tener que afrontar—.
¡Carmen! ¡Carmen! —exclamó, pero ella hacía caso omiso y no se detenía, a pesar de que su chico miraba hacia atrás extrañado y tiraba de ella, intentando frenarla.
Finalmente, Carmen paró en seco y Benji la alcanzó—. Joder, cómo corres…
—Hola… —saludó ella, algo cohibida. Miró de reojo a su chico—. Dani, este es Benji.
—¡Coño, Benji! Carmen me ha hablado un montón de ti. Ya era hora de conocernos, ¿no? —Dani lo saludó alegremente, sin captar la tensión del momento.
Benji trató de sonreír, pero la verdad era que no estaba para perder el tiempo con presentaciones, por muchas ganas que él también tuviera de conocer al novio de su amiga.
En ese instante solo podía pensar en dos cosas: la primera, que Carmen podría estar ofendida por haberle ocultado ese secreto; la segunda, la reacción que tendría Leo después de lo que era una pillada en toda regla.
Eso, sin duda, iba a ser lo peor.
—¿Por qué has salido corriendo? —preguntó Benji. Ella no contestó—. ¿Qué has visto? —insistió.
—Lo suficiente…
Benji se llevó las manos a la cara y sintió cómo le trepaba una desagradable sensación de agobio por el cuerpo. Miró hacia atrás con miedo: Leo se había sentado en un escalón con la cabeza gacha. Parecía hundido. Nico hablaba con él mientras le pasaba una mano por la espalda.
Carmen siguió la mirada de Benji y vio la escena a lo lejos.
—Siento haber salido corriendo —se mordió el labio—. Pensé que era mejor hacer como que no os había visto.
—¡No! ¿Por qué? Es decir… Joder, Carmen. No sé qué decir…
Benji se pasó una mano por el pelo con desesperación. Todo estaba sucediendo demasiado rápido.
—¿Alguien puede explicarme qué pasa? —preguntó Dani, mirando a cada uno con expresión confusa.
Carmen guardó silencio y miró a Benji, como pidiéndole explicaciones. Él, aún con la respiración agitada, tragó saliva.
—Estoy saliendo con mi tutor —miró con cautela a la chica, que aún parecía estar asimilándolo—, pero Carmen no lo sabía.
Hasta ahora. No quería ocultártelo, Carmen, créeme…
pero nadie sabe lo de Leo. Casi nadie, en el hospital solo lo saben Pedro y Santi.
Y, aun así, creo que Santi ni siquiera sabe que estamos juntos.
—¿Santi? Ese es tu tutor, ¿no? —exclamó Dani emocionado, mirándola como si estuviera viviendo una escena de telenovela. Ella seguía muda.
—¿Estás enfadada? —preguntó Benji con miedo.
—No, para nada. Pero no me lo esperaba… o sí. A veces os comportabais raro, como en tu cumpleaños —levantó las comisuras de sus labios levemente y Benji suspiró aliviado—. Dios, estás saliendo con Escrivá. ¿Desde cuándo?
—Es una historia larga, pero te la cuento otro día.
—Pues sí, con pelos y señales. Me lo debes por habérmelo ocultado —Carmen había recuperado su tono jocoso y sonreía con incredulidad—. Ahora mismo estoy flipando. Qué fuerte, qué fuerte…
—Es un secreto, Carmen. No es por mí, es por él. Por favor.
Justo en ese momento, una sombra apareció a la derecha de Benji.
—Hola, Carmen —era Leo. Su voz sonó apagada.
Ella lo miró avergonzada y Benji lo entendió. Leo y ella no solían hablar mucho y, de repente, se había enterado de un gran secreto.
—Hola, Leo. Tranqui, soy una tumba —sonrió con suavidad, pero Leo la miraba preocupado y con el cuerpo en tensión—. De verdad, confía en mí.
—Gracias —fue lo único que respondió.
—Bueno… Supongo que tenemos que irnos —Carmen miró de reojo a su novio y este asintió. Luego, se dirigió a Benji con cariño—. Me alegro de veros. Espero que tengáis una feliz entrada de año.
Benji se quedó mirando en silencio cómo la pareja se alejaba calle abajo. El viento helado le golpeó en la cara de nuevo. Tenía las manos congeladas, y sintió una punzada en el pecho al recordar que, minutos antes, Leo y él se sonreían mientras el mayor le ofrecía su calor.
Estaba aterrado. Por primera vez alguien los había pillado desprevenidos. El mayor temor de Leo. Cuando miró a su lado, vio su ceño fruncido.
—Ella no va a decir nada, créeme. Es una buena amiga.
—Lo sé —contestó Leo con rapidez, pero su voz estaba llena de incertidumbre—. No es eso lo que me preocupa. Me preocupa que me he dejado llevar. Ha sido culpa mía, por no tener cuidado.
Benji bajó la mirada. Eso le había dolido un poquito. Temía haber dado veinte pasos atrás, después de los escasos cinco que Leo había logrado adelantar.
Nico se acercó a ellos con prudencia.
—¿Todo bien?
—No lo sé… —dijo Benji.
Menuda mierda. ¿De verdad ese iba a ser el final de aquel día que había empezado tan bien?
Leo miró a Benji. Al verlo tan dubitativo, se le partió el corazón. El mismo corazón que, de vez en cuando, decidía echarse un pulso con su cerebro. Justo como estaba sucediendo en ese momento. Odiaba esa sensación.
A pesar de las bajas temperaturas, sentía un sudor frío recorrer su cuerpo. El corazón le bombeaba con fuerza.
—Todo bien —se forzó a sonreír.
Cuando aquellos ojos verdes, llenos de vacilación, se posaron en él, asintió con la cabeza. De alguna manera debía tranquilizar a Benji, aunque él tuviera un remolino de dudas arrasando su interior.
Finalmente, iniciaron el camino de vuelta a casa con aparente calma. Aunque los tres charlaron de manera cordial durante el trayecto, los nervios que se habían instalado en el pecho de Leo no parecían dispuestos a desaparecer tan fácilmente.
Mientras caminó junto a ellos, no pudo evitar vigilar a su alrededor más de lo habitual, hasta que sus caminos se separaron.