26 #2
Mientras tanto, en la mesa, el tema de conversación había cambiado por completo. La madre de Benji estaba aprovechando que se habían quedado solos para adentrarse en un terreno más espinoso.
—Benji nos contó que nadie sabe que estáis juntos.
Leo asintió, algo tenso.
—Solo un par de amigos.
—¿Y tus padres? —quiso saber Julio.
Tardó unos segundos en contestar.
—Mis padres no saben nada. En realidad, casi nadie sabe nada.
Marta tensó la boca, gesto que Leo notó. La vio mirar a su marido de reojo, luego al mantel, y después le sonrió.
—Supongo que, después de este tiempo, ya conocerás a Benji muy bien y sabrás cómo es.
Él se siente muy libre y no le gusta esconderse.
Mantener una relación en secreto no le va.
Si lo está haciendo, seguramente es porque va muy en serio contigo —negó levemente con la cabeza y desvió de nuevo la mirada unos segundos a su marido—.
Un día, de buenas a primeras, nos soltó que le gustaban los chicos.
Todavía lo recuerdo ahí —señaló a un punto de la habitación y soltó una risita—, tieso como una alpargata.
No sé si pensaba que nos lo íbamos a comer.
Pero, a pesar de que se le veía nervioso, ni siquiera esperó a que dijéramos algo.
Dijo: «Y ahora me voy con Nico a Torremolinos» y salió por la puerta escopetado.
—Al día siguiente le dije que no volvía a irse de fiesta sin decirnos antes a qué hora pensaba volver y cómo iba a ir —bromeó Julio, y tanto Marta como Leo rieron—. ¡Con lo peligrosa que es esa carretera de noche!
—Siempre hace lo que le da la gana. Contigo será igual, ¿no? —preguntó ella, mirándolo con una mezcla de afecto y picardía.
—La verdad es que sí.
Marta hizo una pausa y continuó hablando sin perder la sonrisa.
—Creo que, aunque quisiera aparentar que le resbalaba todo, tenía un poco de miedo de nuestra reacción, y por eso salió corriendo.
Su amigo Nico tuvo una mala experiencia con sus padres, ¿sabes?
Quizás por eso Benji dudó. Pero creo que hoy en día nadie debería sentir miedo o vergüenza por amar, ¿no?
Todos deberíamos poder decir quién nos gusta sin tener que pedir permiso o disculparnos por ello.
Bastante complicada es ya la vida como para que, encima, no podamos tener libertad para relacionarnos.
Es cuestión de respeto, pero también de derechos —sentenció, gesticulando como si estuviera dando un discurso.
—Cariño… —Julio soltó una risita, y se dirigió a Leo—. No le hagas caso. Va a la manifestación del Orgullo todos los años y aprovecha la mínima para soltar el discurso.
—Pero es así, ¿o no? —ella lo miró con intención.
Leo asintió, mientras la imaginaba gritando y reivindicando entre la multitud.
—Claro que sí… —respondió Julio—. Nosotros siempre hemos intentado educar a Benji para que fuera él mismo, con nosotros y con todos.
—Leo, te cuento esto porque quiero lo mejor para mi hijo —se sinceró Marta.
Leo sabía qué quería decir con esas palabras.
Los padres de Benji, razonablemente, sabían que su hijo no sería del todo feliz hasta que su relación no fuera libre.
Y él, últimamente, pensaba mucho en ello, pero aún no sabía cuándo se sentiría capaz.
¿Y si tardaba meses? ¿O un año? ¿Se hartaría Benji?
¿Se ganaría el rechazo de sus padres por hacerle pasar por aquello a su hijo?
Suspiró con disimulo. Aquello había sido una encerrona en toda regla. Marta lo miró, como midiendo su reacción, hasta que finalmente se decidió a intervenir de nuevo.
—La verdad es que me gustas mucho, pero muchísimo, para él.
—Y a mí —coincidió Julio.
Leo sonrió ligeramente, con gratitud, y apartó los ojos unos segundos. A pesar de la inquietud y del momento emboscada, se sentía agradecido y aceptado. Por un instante, se preguntó si sus padres se comportarían con la misma naturalidad cuando llegara el momento.
Marta estiró el brazo sobre la mesa y su mano encontró la de Leo, envolviéndola en un gesto cálido y maternal.
—Bienvenido a la familia, Leo.
Al rato, Benji llegó al salón y se sentó en el sofá junto a Leo. Entre risas, deslizó su dedo por la frente del mayor para quitarle un pequeño hilacho que parecía del jersey. Leo sonreía, algo tímido y avergonzado, y Marta los observaba con cariño.
—Mira que lo sabía. Siempre supe que te echarías un novio tranquilito.
—Mamá, por Dios…
Leo reprimió una sonrisa.
—Leo, cariño, se te ve muy bueno —continuó Marta—. No dejes que te maneje como quiera…
—Vale ya, mamá —se volvió a quejar Benji entre risas.
—Lo intentaré, Marta —respondió Leo con un guiño.
Benji le dio un manotazo en el brazo y cogió su móvil.
—Dice Nico que si queremos salir un rato luego. ¿Qué le digo?
—Benji, que tengo guardia mañana…
—¿Tienes guardia en Nochevieja? —se entrometió Marta, poniendo cara de fastidio.
Leo asintió. La mujer se sentó en un sillón aparte y apoyó la barbilla en su mano—.
Qué mal, aunque supongo que los médicos os tenéis que acostumbrar a eso.
Nosotros ya nos vamos haciendo a la idea de que Benji nos faltará en algunas reuniones familiares, qué pena…
Benji fingió ofenderse por el tono sarcástico de su madre, y Leo no pudo evitar sonreír ante la escena.
—Bueno, mis padres y mi hermano ya no viven aquí, así que no pasa nada. Ya nos vimos en Navidad —contestó Leo.
—¿Y qué vas a hacer en Año Nuevo? —preguntó de repente Benji.
—No sé. Nada.
—¿Comerás solo en Año Nuevo? ¡De eso nada! —exclamó de repente Marta, y se giró hacia su marido que entraba en ese momento por la puerta—. ¡Julio! Pasado mañana hay que poner un plato más, Leo come con nosotros.
—¿Qué? ¡No, no! —Leo se irguió en el sofá, riendo con nerviosismo—. Son fiestas familiares. A mí no me importa comer solo, ya estoy acostumbrado.
—Eso sería otro año, este año estamos nosotros contigo y comerás con nosotros.
—Si no le haces caso hará todo lo posible para que ardas en el infierno —bromeó Benji al ver a su madre hecha una energúmena. Ella entrecerró los ojos, más aún cuando vio que su marido también reía ante el comentario de su hijo.
—Comeremos los cinco juntos —sentenció Marta, dándose una palmada en el muslo—. Tú mismo lo has dicho, son fiestas familiares.
Ella le sonrió y Leo bajó la mirada, reprimiendo una risa al recordar sus palabras unos minutos antes: «Bienvenido a la familia» . Su corazón vibró con una emoción nueva: una familia que lo sabía todo y con la que, por fin, podía ser él mismo.
Le golpeó una sensación de culpa, como si estuviera traicionando a sus padres y a su hermano. Intentó no pensarlo demasiado, pero un nudo empezó a apretarle el estómago.
—Vendrás, ¿no? —insistió Marta.
Tenía que reconocer que estaba encantado con la idea.
Al final, no tuvo otra que aceptar.