26
Era una mañana soleada de invierno. A la sombra, corría una fresca brisa que hacía necesario el uso de una chaqueta; al sol, casi se pasaba calor.
Algunos ciudadanos aprovechaban el buen tiempo para pasear.
Otros hacían deporte: corrían por el paseo marítimo o recorrían la ciudad en bicicleta.
Algunos arriesgados, en su mayoría turistas, tomaban el sol en la playa, aunque pocos se atrevían a meterse en el agua.
Podría ser un día cualquiera, pero no era así.
Al menos no para Leo.
Tan solo habían pasado tres días desde la conversación con Benji, pero había decidido que era mejor quitarse esa presión de encima cuanto antes.
Se dirigía a su casa inmerso en mil y un pensamientos. Por el camino, repasó mentalmente hasta cinco veces las palabras que usaría para presentarse.
Aprovechaba los escaparates de las tiendas para mirarse de reojo y corroborar que había elegido el atuendo adecuado. Se había decidido por unos vaqueros, una camisa bien remetida por dentro, un jersey fino y su chaqueta de cuero negra.
Quería ir bien arreglado, pero con un toque informal. Serio, pero juvenil. Clásico, pero moderno.
Se estaba comiendo demasiado la cabeza con algo tan simple como la ropa. Si seguía así, terminaría tirándose de los pelos por cualquier cosa.
Cuando llegó al portal de Benji, miró el reloj. Llegaba con cinco minutos de antelación. «Estoy abajo, ¿llamo? Responde tú al porterillo que me va a dar un infarto», le escribió.
Para ser sincero, estaba exagerando un poco.
Sí que estaba nervioso, pero mucho menos de lo que había previsto.
Esos días había hecho una especie de terapia interior para convencerse de que no pasaba nada, de que no tenía nada que temer por dos motivos: el primero, que los padres de Benji eran de confianza y guardarían su secreto el tiempo que hiciera falta; el segundo, que lo más seguro era que diera buena impresión.
Cuando el ascensor llegó al piso correspondiente, Leo salió de él mucho más calmado, no sin antes retocarse el pelo una vez más frente al espejo. Caminó lentamente hasta la puerta y, una vez frente a ella, cerró los ojos y susurró para sí mismo con la intención de animarse:
—Vamos.
Se colocó bien la chaqueta y pulsó el timbre. Benji abrió al momento y, tras repasarlo de pies a cabeza, sonrió.
—Estás muy guapo… —le dio un breve beso en los labios y susurró—. ¿Nervioso?
—Un poco, pero vengo dispuesto a ganarme el «sí» de los suegros —bromeó. Entró y miró alrededor, inquieto.
—Están todos en el salón. Mi madre se había empeñado en recibirte ella, se ha mosqueado cuando la he echado —soltó una risita—. Te aviso de que aún no les he dicho quién eres…
Y, sin darle tiempo a replicar, lo agarró de la mano con fuerza y tiró de él hasta el salón.
A Leo no le dio tiempo a fijarse en la mesa tan bonita que habían preparado ni en los pequeños aperitivos que ya reposaban sobre ella.
La expresión de los padres de Benji, sentados en el sofá, captó toda su atención: Marta fruncía el ceño y Julio tenía las cejas levantadas.
Marga, sin embargo, se cubría la boca para ocultar una risa.
Benji rompió el silencio:
—Pues este es Leo. Mi novio.
Le entraron ganas de meterle un guantazo por aquella presentación tan pobre. ¿Era lo único que pensaba decir? ¿Sin más explicaciones? Haciendo acopio de toda su entereza, carraspeó levemente y se soltó de su mano para acercarse a saludar con su mejor sonrisa.
—Bueno, ya nos conocemos. Me alegra volver a veros.
Le tendió una mano a Julio y le dio dos besos a Marta, que había cambiado su expresión de confusión por una de estupefacción total.
—¿Cómo que «volver»? —preguntó Marga confundida.
—Tú eres Margarita, ¿no? Encantado —y la saludó también con dos besos.
Leo volvió a situarse junto a Benji. Con timidez, observó sus expresiones confusas. Julio se acariciaba el mentón y miraba de reojo a Marta, que se había llevado una mano al pecho de forma teatral.
Maravilloso. Todo iba sobre ruedas.
—Pero, Benji, entonces nos mentiste… —dijo al fin ella, dramáticamente escandalizada.
—¡Explicádmelo, por favor! —se quejó la más joven de la familia.
—Tu hermano llegó a casa con él un día de feria que tú no estabas y nos dijo que era su tutor del hospital —soltó Marta en un reproche, señalándolos con la mano y dándose un manotazo en el muslo. Luego, miró de reojo a su hijo, esperando una explicación.
—No os mintió, es cierto. Soy su tutor, pero también su novio —intervino Leo. Desde luego, no sabía de dónde le había salido toda esa valentía de repente.
Después de esa explicación que, aunque era la verdad, había sonado demasiado absurda, lo único que se escuchó fue una pequeña risa de Margarita y un «qué fuerte» que no pudo reprimir.
—Siento no habéroslo dicho antes —dijo Benji.
—Madre mía… —Julio suspiró.
—Benji, por Dios, ¿tenías que liarte con tu jefe?
—Técnicamente no es mi jefe, mamá —Benji puso los ojos en blanco y luego miró a Leo con gesto temeroso, quizás esperando que estuviera demasiado cortado por la situación y a punto de salir corriendo. Sin embargo, Leo solo tenía ganas de reír—. ¿Y a ti qué te pasa?
Leo negó con diversión.
—Bueno, ¿nos sentamos en la mesa? La comida ya está lista —intervino Julio, como si quisiera aliviar el momento. Se acercó a Leo y le palmeó en la espalda—. ¿Qué quieres, Leo? ¿Cerveza?
—Claro, gracias.
—Vaya, así que tu novio es también tu tutor de la residencia… —canturreó Marga mientras tomaba asiento junto a su madre—. ¿Estás seguro de que no está contigo por conveniencia, Leo?
No pudo evitar reír por la ocurrencia de la chica.
—Espero que no.
—Marga, deja de decir gilipolleces —la regañó su hermano.
—¡Benji! No le hables así a tu hermana —exclamó su madre.
Marga le enseñó a su hermano el dedo corazón. Benji le tiró la servilleta a la cara y los dos empezaron a reír.
—No sé qué has visto en mi hijo, se te ve un hombre serio —le dijo Marta a Leo con expresión incrédula, pero luego le guiñó un ojo con complicidad.
—Yo tampoco lo sé —se atrevió a seguirle la broma.
Marta soltó una carcajada, claramente divertida por su sentido del humor.
Leo se alegró y la miró con interés. Su risa le recordó mucho a la de Benji, un poco basta y escandalosa.
Prácticamente todos sus gestos se parecían, hasta su personalidad.
Corroboró, una vez más, que Benji había heredado esa forma de ser tan espontánea y adorable de ella.
Julio apareció con unas latas de cerveza y se sentó en un extremo de la mesa. En lo físico, Benji se parecía mucho más a su padre, aunque el color de ojos era el de Marta.
—Bueno, supongo que preguntarte a qué te dedicas es una estupidez —bromeó Julio mientras abría una de las latas y le servía.
Leo asintió entre risas. Ahora estaba mucho más relajado al comprobar que, después del esperable impacto inicial, los padres de Benji parecían estar a gusto.
—¿Cuántos años tienes, Leo? —quiso saber Marta.
Leo apretó los labios y carraspeó levemente.
—Treinta y cuatro.
A Marta se le iluminaron los ojos.
—Justo lo que necesita el chulo de mi hijo: alguien maduro que le pare los pies de vez en cuando.
—Mamá… —Benji se llevó una mano a la cara.
Julio reía por las ocurrencias de su mujer.
—¡Joder! Te saca… —Marga hizo un rápido cálculo mental— ¿diez años?
—Nueve —la corrigió su hermano.
—Nueve años y nueve meses —volvió a corregir Leo.
Leo notó un golpecito en su rodilla y vio a Benji lanzándole una mirada cómplice, como si estuviera feliz de verlo tan integrado. Le devolvió una sonrisa.
La comida transcurrió en un ambiente muy agradable.
Los padres de Benji hacían muchas preguntas y Leo respondía encantado, a la vez que también se interesaba por la vida de la familia.
A veces, se limitaba a observar a los otros cuatro charlar, reír y compartir con él historias, y eso fue lo que definitivamente terminó por hacerle sentirse uno más.
Con lo preocupado que había estado y lo fácil que había sido al final.
La comida terminó y se quedaron unos minutos más charlando, hasta que Benji empezó a recoger. Leo fue a levantarse para ayudar, pero Marta lo frenó con gesto firme.
—De eso nada, Leo, tú sentadito.
—No, mujer…
—Que sí. Benji se encarga de recoger con la ayuda de Marga, ¿verdad? —la mujer miró con intención a sus dos hijos y ninguno pudo hacer el amago de negarse. Aquella mirada era toda una imposición.
Mientras Julio, Marta y Leo seguían conversando sobre el hospital, los dos hermanos se encargaban de recoger toda la mesa y llevar los platos, cubiertos y vasos a la cocina.
—Leo es superguapo —dijo Marga en cuanto se situó a un lado del fregadero, bañando bien el estropajo en jabón.
—¿Has visto? —sonrió altivo.
—Parece un tío genial y hacéis muy buena pareja. Ahora entiendo por qué estás tan contento estos meses… Me alegro mucho.
—Gracias, enana.
Benji la abrazó ligeramente antes de enjuagar los utensilios que ella le iba pasando.
—¿Te irás a vivir con él?
Se echó a reír. En parte porque le había hecho gracia la salida de su hermana, pero también por los nervios que le habían entrado solo de pensarlo.
¿Leo y él viviendo juntos? Si ya discutían por quién se dejaba el tapón del gel de baño abierto.
Seguro que acabarían tirándose los trastos a la cabeza. Era una locura pensar en eso.
—No corras tanto, es pronto. Solo llevamos unos meses juntos. Y ya os dije que, de momento, lo llevamos en secreto… —miró a su hermana con expresión resignada.
—Ah… —ella bajó la mirada—. Cuando te vayas de casa, te voy a echar de menos. ¿Puedes esperar a que termine la carrera, porfa? Si me dejas sola con papá y mamá, estarán encima de mí todo el tiempo.
—¡Qué convenida eres! —él, ocupado con un vaso entre sus manos, le dio un leve empujón con la cadera. Marga se lo devolvió entre risas y continuaron fregando mientras bromeaban.
Benji pensó que, cuando llegara el día en que se fuera de esa casa, ella sería la persona a la que más echaría de menos.