Están lloviendo hombres 25 #2
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—Flipar es lo mejor que puedo esperar de ellos —dijo Leo con humor, aunque en el fondo estaba cagado de miedo. Pero tenía que reunir fuerzas y comportarse como el hombre maduro que era.

De verdad esperaba que la reacción de los padres de Benji fuera buena. Si eso no salía bien, empezaría a considerar la opción de tirarse por un puente y desaparecer para siempre. No estaba acostumbrado a esos líos ni sabía desenvolverse bien en ellos.

Su vida se había convertido en un auténtico embrollo y ya no había nada ni nadie que pudiera desenredar aquella maraña de complicadas y absurdas situaciones.

Cuando Leo entró en el pub de Juanca, muchos hombres posaron la vista sobre él. Esa noche Benji tenía guardia, así que aprovechó para quedar con aquella persona que poco a poco se había convertido en su mejor consejero.

Aún no se terminaba de acostumbrar a ir a aquel lugar, pero era algo imprescindible para su «Salida del armario paso a paso, por Leonardo Escrivá».

Es el título que Nico le había puesto; aunque, a veces, le gustaba cambiar la firma por «el doctor “Noestoybueno”».

De momento lo llevaba bien, porque los pasos que había dado no implicaban a gente de su entorno.

Cuando llegara el momento de enfrentarse a conocidos, ya se vería.

Nico, desde la barra, movió el brazo en su dirección para hacerse notar.

—Pensé que llegaría antes que tú —Leo le dio dos besos y se sentó a su lado. Juanca se acercó hasta él y se saludaron con un abrazo a medias por encima de la barra—. ¿Qué pasa, tío?

—Me alegro de verte. ¿Has venido a hacerle compañía a este personajillo? —preguntó Juanca sonriente. Leo asintió—. ¿Qué te pongo?

—Una cerveza —le pidió y, cuando el camarero se alejó, vio cómo Nico lo seguía con la mirada—. ¿Y esa cara? ¿Ha habido ya besito o no?

Nico chasqueó la lengua.

—¡Pero qué pesados sois! No tengo suficiente con el ricitos para que tú también me des el coñazo… —Leo le hizo una caricia en la barbilla y le arrancó una sonrisa—. Bueno, ¿a qué se debe tu llamada?

—Sabía que estarías libre y necesitaba salir un rato.

—Ya, y por eso te has presentado aquí con lo poco que te gusta. ¿Te crees que soy tonto? Tiene que ser algo serio. Cuéntame —dijo, apoyando la cabeza sobre su mano.

Leo se giró momentáneamente. Sus ojos viajaron rápido de una cara a otra, confirmando que no conocía a nadie y que estaba en un espacio seguro.

—He tenido un día de mierda. Muy agobiante.

—¿Trabajo?

—No precisamente.

—Dime, corazón, soy tooodo oídos.

Leo se tomó un tiempo para beber mientras ordenaba sus ideas. Eran tantos y tan dispares los temas que se entrelazaban en su mente, que parecían un ovillo de lana… Pero uno muy mal devanado.

—Para empezar, resulta que los padres de Benji quieren conocerme —empezó a relatar—.

Y, claro, ¿qué voy a hacer? Pues presentarme como es debido, como una persona madura, pero eso no quita que me dé miedo.

Lo voy a hacer por él, pero no creo que eso sea respetar mi tiempo como acordamos, ¿no?

No sé, digo yo. Casi me lo ha impuesto. Que sí, que es gente de confianza, pero siguen siendo sus padres.

No sé si estoy preparado, pero ya he aceptado y no puedo hacer otra cosa.

Y tengo miedo de cagarla —al terminar su discurso, dio otro sorbo—. Di algo, ¿no?

—Lo siento, me he quedado demasiado embobado viéndote divagar en voz alta tú solito rodeado de «peros». Creo que es la primera vez que te oigo hablar tanto tiempo seguido —bromeó—. Ay, cariño, esto de ser tu confidente y el de Benji es un quebradero de cabeza.

—¿Ya lo sabías?

—Pues claro, me llamó Benji anoche. Estaba acojonado por tu reacción, pero esta mañana me mandó un mensaje y me dijo que te lo habías tomado relativamente bien —Leo soltó una risita—. Siempre estoy escuchando dos versiones. Me dan ganas de ataros y tiraros por un acantilado, maricones.

—¿Sabes? Odiaba esa palabra hasta que empezaste a llamarme así. Cuando viene de ti, me gusta cómo suena.

—Yo también la odié durante mucho tiempo, pero ahora me la he apropiado. Maricón —le guiñó un ojo y Leo sonrió.

—Bueno… Siento que nos tengas que aguantar a los dos, pero ya sabes que me encanta recurrir a ti. Me gusta oír tus consejos porque siempre terminas haciéndome reír, que la mayoría de las veces es lo único que necesito.

Aquel ataque de sinceridad hizo que Nico sonriera con ternura, y palmeó la espalda de Leo.

—Esta vez lo único que puedo decirte es que no te preocupes: sé tú mismo y punto.

—¿Solo eso?

—¿Y qué te digo, corazón? Eres un hombre bueno y serio, el mejor novio que Benji podría haberse echado. El yerno ideal. Les encantarás.

—El problema es que ya me presenté una vez. Cuando vean al tutor barra novio de su hijo, no sé cómo van a reaccionar.

—Ah, sí, el incidente de la feria —Nico rio—. En serio, Leo, no te comas la cabeza. Tengo un buen presentimiento —dijo, como pavoneándose de su sexto sentido. Leo asintió, bebió de nuevo y bajó la mirada—. ¿Algo más…?

—Sí. Estos días parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo para darme sermones acerca de mi vida privada —dijo Leo con rabia. Nico lo miró con interrogación y se apresuró a aclarar—. Yoli.

—Uy, tema delicado… —murmuró Nico, irguiéndose en el taburete como si así pudiera afrontar el tema con mayor entereza.

—Son gilipolleces, lo de siempre. Pero odio que me vengan con ese rollo.

Que si hay que ver lo buena pareja que hacíais, que si era una mujer estupenda.

Y luego están los «¿por qué no volvéis?».

Qué pesadilla. Mi madre igual, habla de ella como si nada hubiera pasado.

Han pasado años, ¿por qué la gente no puede olvidarse del tema como he hecho yo?

Parece que solo era feliz cuando estaba casado, qué sabrán ellos… —dio un largo trago a la cerveza.

—Cariño, es normal —dijo Nico con tono comprensivo—. Desde que te divorciaste no se te ha conocido ninguna mujer, ni siquiera un rollito. Puedo entender que los demás piensen que sigues enamorado de ella, sobre todo si os seguís viendo y la gente lo sabe, ¿no crees?

—Supongo.

—La gente siempre necesita algo de lo que hablar.

Y tu madre… Bueno, las madres son como son.

Ella solo piensa en tu estabilidad y tu felicidad.

Tu madre ve que vives solo, que tus amigos están emparejados, y que tú te vas «quedando atrás» —hizo el gesto de comillas con los dedos—.

Seguramente también le tenía mucho cariño a Yoli, y si juntas unas cosas y otras…

No puedo criticarla por decirte eso. La entiendo perfectamente.

—Si lo dices así, suena lógico.

—Todo lo que digo es lógico, bonito.

—Aun así, sigue jodiéndome mucho que la gente meta las narices donde no deben. No saben nada de mi vida.

—Tienes toda la razón. Y, en tu caso, ese malestar se magnifica porque sí que tienes una vida privada maravillosa, pero eso solo lo sabes tú. Si supieran la verdad, no dirían nada sobre Yoli.

—No, qué va, tendrían algo mucho más interesante de lo que cotillear —espetó en una corta carcajada irónica—. Sálvame Deluxe versión hospital.

—Al menos sería la verdad —Nico se encogió de hombros, y Leo lo miró con fastidio mientras se llevaba el botellín de cerveza a los labios—.

Y tu madre entendería por fin tu falsa soledad.

Que no te estoy reprochando nada, ¿eh? Comprendo que te jodan sus comentarios.

Tienes todo el derecho a quejarte y a querer mantener tu vida personal al margen; pero, si algún día te decides, todos comprenderán por fin tu vida y tu persona.

Todos entenderán por qué Leo, ese médico tan guapo, tan apuesto y tan codiciado, se mantenía fuera del alcance de todas —terminó por decir, imitando el tono de voz de un narrador de películas.

—Porque está enamorado de un niñato estúpido —respondió, divertido por la explicación de Nico.

—Exacto. Seré tu madrina de salida del armario —dijo, moviendo los hombros con los brazos en jarra y una sonrisa orgullosa.

—Las salidas del armario no tienen padrinos.

—La tuya tendrá porque lo digo yo —sentenció, frunciendo el entrecejo—. Te voy a apadrinar, pequeño maricón.

Leo le dio un empujón, se echaron a reír y continuaron hablando, olvidando por un momento los temas serios.

No quiso pensar más en ello. Ahora solo tenía que concentrarse en una única cosa, lo suficientemente importante como para dejar a un lado el resto de sus preocupaciones: su presentación oficial a los padres de Benji.

Y a Leo no le daba ninguna vergüenza admitirlo: estaba acojonado.