Están lloviendo hombres 25
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Leo caminaba con paso perezoso por los pasillos del hospital. Se peinaba el negro cabello con los dedos a la vez que emitía un suspiro de resignación. Se le cerraban los ojos solos y volvía a abrirlos lentamente. Trabajar en fechas festivas siempre se hacía pesado.

Había aguantado gran parte de la mañana como había podido, pero al llegar el mediodía ese atontamiento habitual se le acentuaba más de lo normal.

Necesitaba un segundo café o, directamente, una bomba de infusión de cafeína, si no caería en redondo de un momento a otro.

Pedro lo avisó de que estaba en la cafetería, así que no se lo pensó y se dirigió a reunirse con él.

Cuando llegó, lo avistó enseguida junto a otros compañeros.

—Dichosos los ojos, no se te ha visto el pelo en toda la semana —dijo Pedro.

—Estaba ocupado…

—Cuesta mucho trabajar estos días —opinó un compañero de Pedro, también urólogo.

—¡Vaya flojos estáis hechos! —se burló Pedro.

—Claro, Pedro, porque tu trabajo es igual de estresante que el mío —le picó Leo.

—Golpe bajo —murmuró divertido otro compañero neumólogo.

—No vayas por ahí o te arrepentirás —le amenazó Pedro con un golpe en el brazo y Leo sonrió orgulloso por haberlo dejado fuera de combate—. Bueno, ¿alguna novedad?

—Ninguna. Mis padres estuvieron por aquí.

Te mandan saludos. Por lo demás, no hay mucho que contar —respondió Leo, intentando recordar si había pasado algo medianamente interesante en esos días.

Por desgracia, lo único de interés que ocurría en su vida no podía contarlo delante de aquellas otras dos personas, porque todo tenía que ver con Benji.

—Yo tampoco tengo mucho que contar, salvo que tuve guardia el veinticinco y fue horrible —respondió el neumólogo—. Todos los abuelos se pusieron de acuerdo para descompensarse y los de Urgencias se pasaron la noche llamándome. Una mierda, vaya.

—Pero ¡qué dices! Si eso es lo que yo llamo una guardia divertida… —bromeó Pedro.

Mientras reían y se burlaban de algunos médicos de Urgencias, otro grupo entró en la cafetería. Leo los reconoció al instante: eran los cirujanos.

—¿Habéis visto a Cristóbal? —dijo el compañero de Pedro en un murmullo—. ¿No creéis que está cambiado?

—¿A qué te refieres? —preguntó Pedro.

Leo se giró para mirarlo y supuso que se refería al estilo del hombre.

—A su peinado, a su ropa, a todo. Dicen que o ha cortado con la novia, o le está poniendo los cuernos —se echó a reír—. Un tío no cambia de repente así porque sí. Eso es señal de soltería o adulterio.

—Tienes razón, parece como si se estuviera cuidando más —opinó el otro.

—Qué tontería, yo me cuido y no por eso voy buscando a otra que no sea Paula —dijo Pedro, pasando sus manos con gracia por su cabello y ajustándose la coleta.

—Tú no te cuidas, Pedro. Ese tío está hecho un metrosexual y tú un panoli —contestó su compañero.

Pedro lo miró con desprecio—. Aunque supongo que algo de razón tienes —añadió, girándose hacia Leo—.

Tú lo dejaste con Yoli y no diste ningún cambio radical —de pronto, todas las miradas se clavaron en él—. Perdona, Leo.

—¿Perdón por qué? Podéis hablar de ella lo que queráis. Hace años que lo dejamos —respondió con tranquilidad. No le molestaba hablar de su exmujer. Lo único que le ponía de los nervios era cuando la gente empezaba a preguntarle si pensaba volver con ella.

—Oye, ¿y qué tal con ella? A veces os vemos juntos… ¿Hay intención de volver?

Estupendo, no fallaba nunca. Vio cómo Pedro lo miraba de reojo y trató de sonreír.

—No, solo somos amigos.

—¿Seguro? O es que no quieres decirlo… —el urólogo le dio un codazo divertido.

—Seguro —replicó, esta vez molesto—. No tenemos intención de volver.

—Es una pena. Es una tía de puta madre.

—Vamos, tíos, dejad a Leo en paz. Si la cosa no funcionó, no hay que darle más vueltas —Pedro trató de mediar.

Un silencio incómodo se adueñó de la pequeña reunión.

Leo suspiró. Intentaba calmarse porque no quería discutir con nadie, pero le repateaba cuando la gente daba su opinión sobre su relación con Yolanda.

¿Qué más les daba a ellos? ¿Se creían que él no era consciente del pedazo de mujer que era Yoli?

¿De lo difícil que era encontrar a alguien así?

Guapa, simpática, graciosa, fiel, trabajadora.

Perfecta. Él la conocía mejor que nadie.

Pero, claro, nadie sabía que ni Yoli, ni ninguna otra mujer, podría hacerle feliz.

Se terminó el café del tirón y se levantó, provocando un chirrido desagradable con la silla.

—Me vuelvo ya —dijo sin mirar a nadie, aunque notó la mirada de Pedro clavada en él.

—Ya la has cagado, macho… —escuchó el susurro del neumólogo conforme se iba.

Cuando estaba a punto de salir de la cafetería, alguien lo agarró del brazo.

—Oye —era el compañero de Pedro, que había ido tras él. A lo lejos, los otros dos los miraban con atención—. No te molestes, tío, no quería hacerte sentir mal.

Leo sonrió con sinceridad.

—No te preocupes, no estoy enfadado —dijo sin apenas mirarlo, mientras observaba a Pedro sin dejar de sonreír—. Es solo que… no tenéis ni idea de nada.

Poco antes de terminar la jornada había conseguido recuperar su particular buen humor. Particular porque, en realidad, la gente seguía viéndolo serio y formal; sin embargo, en su interior, se sentía en paz y había olvidado la tontería del café.

Quizás Benji, si hubiera estado con él, sí habría notado el cambio, porque ya lo conocía mejor que nadie. Aunque su boca permaneciera en una línea recta y sus ojos parecieran témpanos de hielo, Benji lograba discernir cuándo estaba abierto a bromas y cuándo no.

No lo había visto en todo el día. Seguramente en la planta de Cardiología también tendrían mucho lío, pensó mientras terminaba unos informes en la sala de trabajo. O quizás no, porque, de pronto, la puerta se abrió y escuchó a sus espaldas su característica y melosa voz.

—¿Dónde está mi internista favorito?

—Trabajando, y me ha dejado el recado de decirte que no lo molestes —contestó Leo sin mirarlo, aunque sonriendo.

—Eres un capullo —se acercó hasta él y se sentó en la mesa con las piernas bien abiertas, junto al ordenador que usaba Leo—. Eso suena muy Leo. ¿Quién ha dicho que seas mi internista favorito?

—¿Y quién te ha dicho que puedes sentarte en la mesa? Venga, venga, fuera… —le apuró, dándole pequeños golpes con el dorso de la mano sobre el muslo—. Y claro que soy tu internista favorito, no hace falta que me lo diga nadie.

—No estés tan seguro —se bajó de la mesa de un salto—. Hay muchos otros que me encantan. Como Lucas.

Leo dejó lo que estaba haciendo, se giró lentamente y lo miró con su peor cara.

—Tus bromitas hacen que me descojone vivo.

Benji le guiñó un ojo y Leo aflojó la expresión.

—Está bien, dejemos las bromas. Quiero hablar contigo —dijo de repente con una voz tan neutra que a Leo le extrañó.

En el trabajo estaba acostumbrado a su sarcasmo, a su tono juerguista o, en su defecto, a su tono imperativo y agresivo.

Las pocas veces que lo había oído hablar así, era porque realmente se trataba de algo serio.

—¿Sobre qué?

—Sobre mis padres.

Se miraron unos segundos, casi sin pestañear.

—¿Y bien? —le animó Leo a continuar.

—Quieren saber quién eres.

—Ya saben quién soy —fue su rápida respuesta.

—No me tomes el pelo, sabes a lo que me refiero —respondió Benji aburrido. Leo suspiró y se llevó una mano a la cara—. Estuve hablando con ellos y, la verdad, me pareció justo. Parece que los estoy engañando y ellos solo quieren saber quién es mi novio.

—No los engañas: ocultas información.

—Leo…

—Benji, ¿me estás pidiendo que me presente en tu casa y diga: «queridos suegros, además de su tutor, soy el novio de vuestro hijo»? ¿Y luego qué? ¿Habrá pedida de mano oficial?

—No, pero no estaría mal —se cachondeó Benji con una risa, pero Leo seguía serio—. Bueno, lo que quiero decirte es que, al menos, me gustaría decirles que estamos juntos. Ellos no van a decir nada, pero entiende que saben que tengo pareja y tienen curiosidad por saber quién es.

Leo apretó los labios, nervioso.

—Es que no sé para qué se lo cuentas…

—¡Leo, joder! —exclamó Benji enfadado—. Duermo en tu piso muchísimas noches. Cuando me preguntaron una vez, no pude mentirles. Pero, claro, como ya no vives con tus padres, no tienes ni puta idea de lo que es…

Benji dio un manotazo al aire y se alejó, dejándose caer sobre una silla con los brazos cruzados.

Leo bajó la mirada, dejó las gafas sobre la mesa y se levantó para acercarse a su chico de preciosos rizos.

No había sido comprensivo con Benji. Sabía el tipo de relación que tenía con sus padres e imaginaba cómo debía sentirse…

Pero añadir más personas a la lista de quienes conocían su secreto lo inquietaba.

Cuando estuvo a su lado continuó observándolo, a pesar de que Benji lo evitaba.

Su corazón, no sin esfuerzo, le dijo que tenía que intentarlo.

Que aquel paso, en realidad, era el más fácil que podía dar hasta ahora.

Al fin y al cabo, lo peor que podía ocurrir era que a los padres de Benji les molestara que un hombre divorciado de una mujer y casi diez años mayor que su hijo se lo estuviera tirando día sí y día también.

Casi nada, vamos.

Por lo demás, confiaba en su discreción, que era lo que más le preocupaba.

Se sentó junto a él y le acarició la pierna unos segundos, vigilando la puerta de reojo.

—Cariño… —sabía lo mucho que le gustaba que lo llamara así, pero no reaccionó—. Está bien. Lo haré.

Benji giró bruscamente la cabeza y lo miró confundido, como si no hubiera oído bien.

—No tienes que hacer nada, solo le diré a mis padres que eres tú y…

—No. Iré a tu casa un día.

Benji lo miró con cara de imbécil.

—¿Estás de coña? —Leo negó—. ¿En serio?

—Muy en serio. Y no me lo preguntes más veces o me arrepentiré.

Benji empezó a reír como loco.

—Dios, mi madre va a flipar cuando se lo diga.