24 #2
Leo negó con la cabeza, sonriendo con un deje de exasperación, y volvió al comedor para continuar con la celebración de aquella noche navideña. A ser posible evitando cualquier tipo de conversación comprometida.
Después de darse los regalos y de beber unas cuantas copas de champán, sus tíos y primos se marcharon y volvieron a quedarse los cinco solos. Recogieron la cocina y el salón, y se retiraron a dormir.
Leo se dejó caer en el sofá, exhausto, y cogió su teléfono. Entró en la galería y empezó a repasar las fotos que tenía con Benji. La sonrisa volvió a su rostro conforme iba deslizando el dedo, haciendo zoom de vez en cuando en su residente.
Como un adolescente empanado.
Justo en ese momento, Rafa apareció para coger un vaso de agua de la cocina. Bloqueó el teléfono rápidamente e intentó disimular, pero vio a su hermano sonreír de lejos mientras se servía. Mierda, otra vez.
—Oye, Leo… —empezó a decir Rafa, acercándose.
—Rafa… No insistas.
—¿Por qué tanto misterio? —se apoyó en el reposabrazos del sofá. Leo bufó y su hermano chasqueó la lengua—. Vale, vale. No me pongo pesado.
—Eso.
—Pero ya sabes que me puedes contar lo que quieras, no se lo voy a decir a papá y mamá si no quieres. Quedará entre nosotros. Puedes confiar en mí, como siempre.
Leo levantó las comisuras de los labios levemente, con algo de culpa. Su hermano se levantó y se retiró a su habitación.
Se tumbó, dejando escapar un largo suspiro y con la cabeza hecha un lío. De nuevo sentía ese bloqueo, ese deseo de sincerarse con su hermano frenado por el temor a su reacción.
Deseó que Rafa se olvidara de todo para poder seguir con su vida de siempre, como hasta ahora. Nadie sabía nada y, hasta que él decidiera lo contrario, todo debía continuar igual.
Últimamente Benji pensaba mucho en los suyos. Quizás fuera por las fechas, ya que para él la Navidad era una fiesta muy familiar. Consideraba a Leo como parte de ese núcleo, pero eso solo lo pensaba él. El resto ni siquiera lo conocía.
Bueno, sus padres lo conocían como su tutor.
Nada más. Seguramente no se imaginaban lo importante que era esa persona que, una noche de verano, se presentó en casa empapado por la lluvia junto a él.
Y eso le dolía. Respetaba con paciencia la decisión de Leo, pero no podía evitar sentirse mal por ocultarles tantas cosas a sus padres.
Además, le hacía un poquito de ilusión contárselo a ellos.
Esa noche, Benji ayudaba a su madre a preparar la cena. Miró el reloj. La familia de Leo estaría ya en mitad del viaje de vuelta. Eso quería decir que por fin podría verlo fuera del trabajo. Menos mal, porque los últimos tres días había estado algo decaído.
Cogió su móvil para preguntarle a Leo cuál era el plan para el día siguiente.
—Pásame la fuente, Benji —dijo Marta.
Benji guardó el móvil con prisa y, mientras se la entregaba, se dio cuenta de que su madre lo miraba de esa forma tan suya. Mirada de madre. Mirada de «sé que te pasa algo y no me lo dices». Estaba seguro de que ella había notado su estado de ánimo esos días, pero pensaba que no iba a preguntar.
Obviamente se equivocó, porque, esa noche, mientras cenaban y sin previo aviso, lo abordó por sorpresa.
—Benji, cariño, ¿cuándo conoceremos a tu chico? —la directa pregunta de su madre provocó una corta carcajada en Marga, su hermana, y un casi atragantamiento por parte de Benji, que justo en ese momento se llevaba a la boca una cucharada de arroz blanco.
Alzó la mirada, atónito.
—¡Mamá! —se quejó, limpiándose los pequeños granitos de arroz que se habían quedado pegados a sus labios. Perfecto: no solo sabía que le pasaba algo, sino que, además, tenía que ver con el «hombre misterioso», como ella lo llamaba. Madre tenía que ser—. Ya hemos hablado de esto.
—Sí, y siempre me das largas.
—Marta, no insistas —dijo su marido.
—¡Qué poca consideración tenéis conmigo! —protestó, dramatizando como buena madre mediterránea.
—Di que sí, mamá, yo también quiero conocerlo —la apoyó Margarita.
—Tú cállate, enana —Benji la fulminó con la mirada.
—La enana ya va a la universidad —replicó ella.
—Mamá, mi novio no ha salido del armario —continuó él, ignorando a su hermana—. Ya te conté el tipo de relación que tenemos.
—¡Pero somos nosotros! Ni que fuéramos a decir nada por ahí —resopló con indignación. Le faltaba cruzarse de brazos como una niña pequeña.
—Ya, pero…
—¡Ni siquiera sé cómo se llama! —se quejó, y esta vez el tono de su voz y el golpe que dio con la servilleta en la mesa denotó que estaba enfadada de verdad.
Marga dejó de reír y Julio suspiró—. No sé quién es, ni a qué se dedica, ni qué tipo de persona es.
Y vais en serio, ¿no? Hasta ahora me decías que era «alguien con quien quedabas» y hoy ya lo estás llamando «novio».
Benji la miró con tristeza.
—Se podría decir que sí vamos en serio.
—Pues con más razón. Sé que no es asunto mío con quien andes, y no te estoy pidiendo que lo traigas a casa o que hagas una presentación en sociedad, ¡por favor!
—alzó los brazos, como si la idea de tanto protocolo le pareciera disparatada—.
Pero es que no entiendo por qué este secretismo de repente, nunca has sido así.
Solo quiero que me digas: pues se llama Fulanito y estudia tal o trabaja en lo que sea.
—Una foto tampoco estaría mal —se atrevió a opinar Marga, pero nadie la reprendió por meterse en la conversación.
Benji observó con insistencia a su padre, que había permanecido en silencio todo ese tiempo, esperando a oír su opinión.
—Estoy de acuerdo con tu madre —Julio se encogió de hombros—.
Llevas cuatro meses durmiendo fuera de casa casi todos los fines de semana, y vas arriba y abajo con alguien que ni siquiera sabemos quién es.
Es tu vida, eres mayorcito y no tienes por qué contar nada que no quieras; pero, si es una relación formal, nos gustaría saber algo de él.
Más que nada porque con nosotros siempre ha sido así, sin secretos, y esto nos choca un poco.
Es nuestra opinión, ya tú haces lo que quieras.
Benji se quedó sin palabras. Había estado tan inmerso en mantener su relación oculta que, más allá de su propio deseo de contárselo a sus padres, no se había parado a pensar realmente en cómo se sentirían ellos.
Y, pensándolo bien, algo de razón llevaban.
Una cosa era tener líos esporádicos y otra tener una pareja durante meses.
Dormir tantas veces fuera de casa no había ayudado precisamente a ocultarlo.
Lo peor era que ya lo conocían, solo que no lo sabían.
—Hoy no, mamá —contestó finalmente—. Voy a comentárselo y ya os diré.
—¿Acaso le tienes que pedir permiso? —preguntó Marta, alzando una ceja.
Benji tardó unos segundos en contestar.
—No, pero es complicado.
—Cariño, déjalo —intervino Julio—. Ya te ha dicho lo que va a hacer.
Pero Marta no parecía muy conforme.
El resto de la cena transcurrió en silencio, únicamente con el murmullo del televisor de fondo. Benji permaneció pensativo. No quería discutir con su familia y empezaba a sentir que la clandestinidad de su relación debía tener un límite.