Están lloviendo hombres 24
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Frente a la zona de andenes, muchas personas se preparaban para marchar hacia algún otro lugar para pasar las fiestas y otras tantas llegaban desde diferentes puntos del país.

Leo miró su reloj. Marcaba las tres y diez minutos, así que supuso que en breve vería llegar a su familia.

Sus padres eran originarios de Valencia, pero, cuando se casaron, se mudaron a Málaga por trabajo.

Allí nacieron Leo y su hermano mayor, Rafa.

Unos años atrás, poco después de que Leo empezara la residencia y se casara, sus padres decidieron volver a su ciudad natal, aprovechando que allí tenían la posibilidad de un trabajo mejor.

Rafa también se había casado con una barcelonesa y se había ido a vivir con ella a la Ciudad Condal.

Desde entonces, Leo vivía solo en la capital malagueña.

Bueno, primero con Yoli. Y luego solo otra vez, hasta que su angelito empezó a aparecer casi cada fin de semana por su piso.

Consultó su teléfono móvil. Tenía un mensaje de Rafa diciendo que llevaban quince minutos de retraso, pero que ya estaban llegando. Contestó un escueto «Ok» y abrió la conversación con Benji.

«Estoy en el Vialia esperando a mis padres.

El trasbordo en Madrid se ha retrasado, para variar.

¿Y tú?», escribió. Se quedó mirando la pantalla, deslizando su dedo y releyendo las últimas conversaciones con una sonrisa.

Las ingeniosas bromas de Benji, los mensajitos picantes, las gilipolleces de memes que le mandaba.

Bloqueó el teléfono y lo guardó en su bolsillo.

Cuando volvió a mirar al frente, una marabunta de personas salía por la puerta de cristal que separaba el centro comercial de los raíles.

En la pantalla, las letras que anunciaban el tren procedente de Madrid parpadeaban y anunciaban su reciente llegada.

Entre aquel mar de gente distinguió a su familia cargada con bolsas y maletas.

Leo se acercó un poco, sin querer adentrarse en el barullo, y alzó la mano. Isabel, su madre, lo saludó con efusividad.

—¡Cariño! —cuando lo alcanzó, se lanzó a abrazarlo y darle repetidos besos en ambas mejillas, de puntillas. Leo correspondió su abrazo.

—Hola, mamá —dijo. Después, le dio dos besos a su padre, su hermano y su cuñada.

Mientras bajaban al aparcamiento del centro comercial por las escaleras mecánicas, charlaban sobre cómo había ido el viaje y lo cansados que estaban de dar tantas vueltas.

Leo echó un vistazo a su móvil de nuevo.

Benji le había contestado: «Acabo de terminar de comer y voy a descansar un poco.

Después quedaré con Nico, que va a cerrar estos días por la tarde.

Pásalo bien con tu familia, precioso». No pudo evitar sonreír al tiempo que le contestaba con un «Pásalo bien tú también, te quiero».

Otra vez la sonrisita de tonto.

Cada vez le costaba más disimular.

A la mañana siguiente, la casa bullía de actividad.

Isabel iba y venía por la cocina, preparando ya diferentes platos para la cena junto a su marido, Joan.

Noelia acababa de llegar del supermercado con algunas cosas que hacían falta.

Rafa y Leo se encargaban de tenerlo todo a punto: preparar la mantelería, la cubertería, las copas para el vino y el champán, y terminar de envolver algunos regalos…

Leo también le dio un último repaso a la casa para los invitados: unos tíos y primos que vivían en Fuengirola.

La casa se llenó de bromas, de risas, de charlas con su padre y su hermano sobre sus temas favoritos: fútbol, películas, música…

Los había echado mucho de menos. Acostumbrado a su solitaria vida en aquel espacioso piso, tanta compañía, lejos de agobiarlo, le hacía sentir calidez.

Aunque tenía que reconocer que, desde que Benji estaba con él, no se sentía tan solo.

Cogió el móvil y miró las últimas fotos que Benji le había mandado esa misma mañana, frente a un espejo con un jersey diferente en cada una y el mensaje «¿Cuál te gusta más?».

Pensó en lo ridículamente mono que era, pese a toda esa arrogancia de chulo que se gastaba.

De nuevo estaba sonriendo.

Se había vuelto un cursi de mierda.

El timbre de la casa insistía sin descanso.

—¡Que alguien abra! ¡Ha sonado el porterillo! ¡Rafa! —gritó Leo desde la ducha.

—¡Pero si estoy en calzoncillos! —se escuchó desde el cuarto de invitados.

—¡Voy yo! —exclamó Isabel entre risas, y seguidamente se escuchó un taconeo veloz por el pasillo.

Cuando dieron las nueve de la noche de ese veinticuatro de diciembre, la casa brillaba como un anuncio de turrones.

Al lado del gran árbol de Navidad que Leo había colocado en el salón unos días atrás —con la ayuda de Benji—, descansaban unos regalos que más tarde se entregarían.

Ese año no podrían verse el seis de enero, que era cuando realmente les gustaba abrirlos.

De fondo, se oía el anual discurso del Rey de España, al que Rafa trataba de prestar atención. No es que fuera precisamente monárquico, pero siempre le picaba la curiosidad por saber de qué iba a hablar cada año. De vez en cuando hacía algún comentario sarcástico, y su tío discutía con él.

En pocos minutos todos se habían sentado en la mesa del comedor, perfectamente dispuesta, mientras Isabel y Joan acercaban los entrantes y Leo se encargaba de servir el vino y otras bebidas sin alcohol a sus primos pequeños.

La cena discurría de forma amena, charlando sobre los familiares que vivían repartidos en diferentes puntos del país y en el extranjero. La conversación saltaba de anécdotas a carcajadas, y algún que otro comentario pasivo-agresivo típico en ese tipo de reuniones.

—¿Te ha tocado guardia algún día señalado, Leo? —preguntó su tío.

—El treinta y uno.

—Vaya pringao , te has quedado sin Nochevieja —se burló Rafa.

—¿Con quién vas a comer al día siguiente, cariño? —preguntó Isabel con preocupación.

Leo puso los ojos en blanco. Su madre le daba demasiada importancia al día de Año Nuevo.

—Solo.

—¿Solo? Anda ya, con la de gente que conoces aquí…

—Mamá, todo el mundo estará con su familia y yo no quiero molestar. Además, tampoco es para tanto. Lo importante es el día de Navidad.

—¿Por qué no se lo dices a Yoli? No creo que a ella y a su familia los vayas a molestar… —dijo su madre resuelta, mientras cortaba un trozo de carne.

Leo no podía dar crédito. Otra vez lo de Yoli. Parecía el anuncio de « vuelve a casa, vuelve ». Recurrente.

Rafa y Noelia se miraron.

—No voy a comer con la familia de Yoli, mamá…

—Bueno, no te pongas así. Como seguís hablando… Era solo una idea.

—Ya, pero siempre se te ocurre la misma idea —contestó irritado.

—Bueno, bueno, ¿quién quiere más vino? —dijo Rafa, levantándose para coger la botella.

Leo miró a su madre un poco arrepentido por haber respondido tan cortante.

—Entonces por el hospital muy bien, ¿no? —intervino de nuevo su tío.

—Sí, de momento me van renovando el contrato, a ver lo que dura…

—¡Si hasta es tutor de residentes este año! —exclamó Joan orgulloso.

—Eso es genial, Leo —se alegró su tía.

—¿Qué es exactamente «tutor de residentes»? —preguntó uno de sus primos, haciendo reír al resto.

Isabel se encargó de explicarle a su sobrino lo que era. Leo reía junto a sus tíos, pero su cabeza había volado a otro universo donde el niñatillo de Benji era el protagonista.

La vibración de su móvil interrumpió la conversación y, cuando vio el nombre que brillaba en la pantalla, se le escapó una sonrisa.

—Disculpad, enseguida vengo —Leo se levantó ante la divertida mirada de Rafa, y, una vez a solas en su dormitorio, descolgó—. ¿Sí?

—«¿Interrumpo?» —se escuchó la burlona voz de Benji al otro lado.

—Pues sí, acabo de empezar a cenar —respondió con fingida molestia.

—«Entonces te cuelgo».

—Ni se te ocurra —se apresuró a decir Leo. Una preciosa risa se escuchó al otro lado—. ¿Qué tal?

—«En casa de mis abuelos, vamos a empezar ya a cenar. Pero quería llamarte, aunque solo fuera para escucharte un par de minutos».

Leo suspiró, sonriendo levemente.

—Te echo de menos —confesó en un tono cariñoso.

—«Y yo a ti. Y a tu cama. Y a ti en tu cama.»

—Qué romántico —bromeó Leo—. No volveré a decirte cosas así si te vas a cachondear.

—«Dímelas, sabes que me mata ese lado tierno que tienes. Eres como un perrito enfurruñado que en el fondo busca mimos».

—Te estás pasando, cabrón… —contestó entre molesto y divertido.

—«Pero si es verdad… —de repente se hizo un silencio de unos segundos hasta que el vozarrón de Benji retumbó en su oreja—. ¡Ya voy, mamá!»

—¿Podrías gritar lejos del teléfono, por favor?

—«¡Lo siento! —Benji estalló en carcajadas—. Tengo que colgar, te escribo ahora ¿vale? Pásalo bien».

—Y tú, disfruta de la noche —respondió antes de colgar.

Permaneció sentado en la cama durante unos segundos, sosteniendo el teléfono entre sus manos. Intentaba rebajar un poco su estado de felicidad absoluta antes de volver cuando un par de toques en la puerta le sorprendieron.

—¿Leo? —era Rafa, que lo llamaba en un susurro mientras se asomaba por el hueco de la puerta entreabierta—. Se te va a enfriar la carne.

—Ya he terminado —Leo guardó rápidamente su móvil y volvió a su seriedad habitual.

La socarrona sonrisa de Rafa le dio a entender que era demasiado tarde: le había pillado in fraganti con esa expresión de ilusión que ponía cuando creía que nadie lo miraba.

Leo carraspeó y pasó por su lado, pero Rafa se situó delante.

—Espera… ¿Con quién hablabas?

—Con nadie.

—Venga, Leo, ¿te crees que soy tonto?

—Era un amigo.

—Ya… Desde ayer te he notado esa sonrisita de estúpido enamorado cada vez que coges el móvil —canturreó con guasa. Leo suspiró, sabiendo lo que vendría después. Conocía muy bien a su hermano y ese instinto cotilla que lo caracterizaba—. ¿Quién es la afortunada?

Bingo.

—Rafa, no te montes películas. Hablaba con Pedro.

—Claro, claro.

—Volvamos a la mesa —volvió a suspirar.

—Está bien, pero no te libras de mí. Ya hablaremos tú y yo…