23 #4
—¿Eres consciente de que has bailado conmigo delante de todos? —dijo Benji de repente.
—Ya me estoy arrepintiendo… —contestó Leo divertido, y recibió un manotazo en el brazo—. ¡Ay!
—Alberto lo sabe —confesó Benji con temor.
—Joder, Benji…
—Yo no he dicho nada, se ha dado cuenta él solito. Creo que me conoce demasiado bien.
—Menos mal que no trabaja en el hospital… —murmuró Leo, obviando la extraña incomodidad que le había provocado esa última frase.
—Me habría guardado el secreto igualmente, es un buen amigo.
—Ya… Muy buen amigo, ya lo sé —el mayor alzó las cejas con ironía. No pudo evitar sonreír ante la expresión de Benji de no haber roto un plato en su vida.
—Te echo de menos estos días —dijo Benji.
Desde que había comenzado el mes, Benji había empezado a rotar por el Servicio de Cardiología junto al doctor Morales, y después tenía programada otra rotación diferente.
No se verían mucho por las mañanas durante un tiempo.
Para colmo, ajustar las guardias para coincidir era cada vez más difícil debido a la cercanía de las Navidades: todo el mundo tenía planes y cambiar un día por otro era complicado.
—Bueno, así me coges con más ganas después, ¿no?
—Supongo que sí —respondió Benji, y alzó su brazo para acariciarle el cabello—. En el fondo tú también me echas de menos.
—Muy en el fondo.
—Estúpido —soltó una risa, y Leo le dio un cariñoso mordisco en el pezón—. Gracias por la fiesta, ha sido genial.
—Para que te quejes de novio.
Benji se apartó un poco con una divertida expresión interrogativa. Leo sonreía con complicidad: llevaba tiempo pensando en nombrar esa palabra que por fin definía la relación que mantenían.
—¿Ahora somos novios? —bromeó Benji.
—Mira que eres tonto… Claro que lo somos —respondió, con el corazón latiéndole con fuerza. Benji lo besó—. Espera.
Leo se puso en pie, desapareció por la puerta unos segundos y volvió rápidamente con un sobre en la mano. Sin embargo, la mirada de Benji estaba fija en otros rincones de su cuerpo más llamativos.
—Qué bien luce eso con ese cuerpazo…
—¡Eh! Estoy aquí arriba —bromeó Leo, tapándose la entrepierna con el sobre. En él se podía leer «BENJI», escrito con rotulador negro. Se sentó en la cama y se lo entregó—. Ábrelo, es tu regalo.
—¿Mi regalo? —la mirada de Benji se iluminó. Se incorporó hasta quedar sentado y abrió el sobre con rapidez.
Leo lo observaba con una suave sonrisa, a la espera de su reacción.
—«Vale por un fin de semana en el destino que quieras y cuando quieras, solos tú y yo» —leyó en voz alta, y el gesto le cambió a la total estupefacción—. ¿Esto va en serio?
—Iba a reservarlo ya, pero pensé que era mejor elegir juntos una fecha que nos viniera bien a ambos. Así podrás elegir el lugar que más te guste.
—Mientras sea contigo, me da igual el sitio —contestó, sin poder dejar de sonreír.
—Lo vamos hablando, ¿vale? Tú solo dime cuándo y dónde, y yo me encargo de todo.
—Vale —Benji volvió a mirar el papel y se centró en él. Parecía estar releyéndolo una y otra vez—. ¿A qué hora llegan mañana tus padres?
—A mediodía. Se quedarán hasta el veintiséis, así que hasta entonces…
—Lo sé, no podremos vernos.
—Lo siento… Aún no estoy preparado.
—No te disculpes, lo entiendo.
Se hizo un silencio entre los dos. Leo se sentía culpable porque, aunque había dado pequeños pasos, aún le comían los miedos por dentro. Para él, aquello era un cambio demasiado radical en su vida que no podía dar de un día para otro.
No solo temía la reacción de las personas a su alrededor, sino que encima tenía que pensar bien cómo le iba a decir a sus padres y a su hermano, a la hermosa edad de treinta y cuatro años, que les había ocultado todo ese tiempo que era gay.
A veces temía que Benji se cansara de toda aquella clandestinidad, pero por más que lo intentaba, aún no se sentía capaz de dar el gran paso.
—También viene mi hermano Rafa con su mujer —continuó Leo, tratando de aplacar el desasosiego que, de repente, se había instalado en su corazón.
—Joder… ¿Y se van a quedar todos aquí?
—Sí. Mis padres en esta cama, Rafa y Noelia en el cuarto de invitados, y a mí me tocará dormir en el sofá.
—Espero que cambies las sábanas antes o tus padres dormirán sobre nuestros restos.
—Eres un asqueroso.
—¡Oye! Solo pienso en el bienestar de mis suegros…
A Leo le dio un vuelco el corazón al oír la palabra «suegros». Le encantó cómo sonaba e imaginó un mundo en el que se liberaba de sus cadenas y represiones.
—Benji… —murmuró. El joven, que miraba el sobre distraído y sonriente, alzó la vista hacia él. Leo acarició su rostro con mucha ternura—. Te quiero.
La sonrisa de Benji se borró de golpe. Permaneció muy serio unos segundos y parpadeó, sorprendido, pero enseguida reaccionó: primero apareció una sonrisa tímida y luego se ensanchó por completo. Acarició la mejilla de Leo.
—Eso sí que es un regalo de cumpleaños… —respondió radiante—. Yo también te quiero. Muchísimo.
Leo observó con detenimiento sus iris verdes, y soñó con perderse en ellos para siempre.
Después, sellaron aquella nueva confesión con un suave beso.