23 #3
Nico rio eufórico por la iniciativa de Leo.
A su alrededor se había formado un corrillo que los vitoreaba, entre ellos Pedro y Paula que no podían creer lo que estaban viendo.
También los compañeros de Benji silbaban a la pareja, sin poder ocultar la sorpresa al ver al serio y formal doctor Escrivá en aquella absurda situación.
Entre todos ellos, Benji los miraba con especial ilusión.
Sonreía de oreja a oreja, contento de ver a su querido tutor bailar con su mejor amigo sin preocupaciones.
Sus ojos brillaban de emoción. Sacó su móvil y empezó a grabar el momento.
Desde lejos, su chico de ojos negros le sonreía mientras hacía girar a Nico una vez más.
Cuando Leo se atrevió a acercar aún más sus caderas, Nico se llevó la mano a la boca sin poder contener una risa avergonzada.
—¡Leo le está perreando! ¡Qué fantasía! —exclamó Carmen divertida, mientras daba palmas y los animaba—. ¡Nunca pensé que bailara tan bien! ¡Mira, mira! —le dio un codazo a Sara, mientras señalaba el culo de Leo y silbaba como loca.
—¡Con nosotros también, porfa! —gritaban algunos chicos que suspiraban y soñaban con estar en el lugar de Nico.
—Joder, qué borracho está… —murmuró Benji para sí mismo, aguantando la risa.
—¡Ahora con el cumpleañero! —gritó de repente Nico, se acercó a Benji y lo cogió de la mano para arrastrarlo al centro.
A Benji se le descompuso la cara y tiró un poco hacia atrás, mostrándose reacio.
No por falta de ganas, sino porque no quería poner a Leo en un compromiso, pero, para su sorpresa, vio que su tutor le extendía la mano con una tímida sonrisa.
Sus ojos verdes lo miraron con duda y echó un vistazo atrás para fijarse en todos los presentes que lo animaban a aceptar.
Carmen no paraba de gritar «¡Venga, vamos! ». Alberto le guiñó un ojo cómplice.
Al final, cogió su mano y Leo le hizo dar una vuelta sobre sí mismo para después agarrarlo de la cintura y comenzar a bailar, tal y como acababa de hacer con Nico.
—¡Vaya! Nunca pensé que bailarías conmigo con este público… —dijo Benji, extasiado.
—Ya ves, estoy cambiando…
Benji sonrió con chulería y agarró a Leo de las manos, quien se dejó guiar por él hasta que la canción terminó. Todos estallaron en aplausos y silbidos.
Leo estaba muerto de vergüenza, pero con el corazón desbocado al ver a Benji tan feliz.
Carmen, Sara y Estefi se acercaron para decirle que bailaba muy bien, que tenía que desmelenarse de esa manera más veces y que ahora tenía que bailar con ellas, mientras él reía ruborizado e intentaba escapar de la encerrona.
En ese momento, vio al de ojos verdes dirigirse al baño.
Sin pensarlo demasiado, se disculpó con ellas.
Las chicas rieron cuando lo vieron ir detrás de Benji, pero Nico se apresuró a decir algo para desviar la atención.
Leo ni se preocupó. Estaba desinhibido y solo quería sentir la suavidad de los labios de su residente.
Mientras tanto, Benji ya se cerraba la cremallera del pantalón cuando escuchó unos golpes en la puerta.
—¡Ocupado! —exclamó. Los golpes insistieron—. ¡Ocupado, coño! —abrió la puerta y…
Leo le empujó dentro y volvió a cerrar, atrapando su boca en un húmedo beso y acorralándolo contra la pared.
—¿Qué coño haces meando aquí? —preguntó Leo sobre sus labios.
Benji soltó una risa.
—Es por costumbre, aquí no me gusta mear en los urinarios —Leo frunció el ceño sin entender—. Vengo a mear, no a que me miren la polla. Eso es solo un privilegio para los elegidos.
—Entiendo… —Leo volvió a besarlo—. Pero yo creo que en realidad me estabas esperando.
—Creído —Benji lo rodeó con sus brazos y lo apretó contra él.
Leo se hundió en su cuello—. Leo… ¿Has venido detrás de mí y los has dejado a todos allí?
—la cabeza de Leo se movió en forma de asentimiento, sin dejar de besar su piel.
Benji soltó una corta carcajada—. Entre el bailecito y esto van a sospechar…
—la mano de Leo apresó su entrepierna y le provocó un ahogado gemido.
—Si no ven nada, no podrán asegurar nada. Me moría por besarte y me ha parecido el mejor momento. Ya estaba harto de ver cómo todos babeaban por ti y yo no podía ni siquiera tocarte.
—Ah, sí. Ya me he dado cuenta de tus celitos…
—Pues sí, estoy celoso, ¿pasa algo? —respondió Leo, y el de ojos verdes negó con la cabeza, sonriente—. ¿Y si nos quedamos aquí besándonos?
—Claro que sí, Leo, una idea cojonuda.
—Besándonos o… ya sabes… —comenzó a desabrocharle el pantalón.
—Ya hemos follado esta tarde —rio entre dientes e intentó apartarse.
—Contigo siempre tengo ganas —Leo intentó colar su mano dentro de los pantalones.
Benji, aunque estaba excitado, le apartó la mano.
—Y yo… Pero no ahora. Manda huevos que sea yo el que te tenga que parar los pies.
—Yo también puedo tener mis momentos de locura, ¿no? —se quejó, y Benji entrecerró sus ojos.
—Tú lo que estás es cieguísimo.
Leo rio con ganas y lo miró con ternura.
—Te vienes ahora a dormir conmigo, ¿no?
—Eso ni se duda —respondió Benji, y le dio un dulce beso.
Salieron del baño intentando recomponerse. Benji fue primero y Leo esperó un minuto antes de aparecer, como si nada. Algunos residentes los observaron con curiosidad, pero Nico, tan eficaz como siempre, desvió de nuevo la atención:
—¡Ya son las doce! ¡Un brindis por el cumpleañero!
Entraron en el piso de Leo a empujones, quitándose las chaquetas con prisa.
Benji reía ligeramente entre beso y beso, atrapado en la arrebatadora sonrisa que Leo le dedicaba y en aquella intensa mirada que parecía querer devorarlo.
Fueron directos a la cama y usaron sus labios para darse placer, recorriendo cada parte sensible de sus cuerpos.
Se besaron y se abrazaron sin prisa, haciendo el amor como si fuera la primera vez, con la misma pasión y el mismo deseo.
Unas veces era un encuentro más romántico y en otras, como aquella noche, era la lujuria la que se imponía; pero en todas ellas el brillo de sus ojos tenía la misma intensidad y el mismo color: el del amor.
Benji había notado que Leo estaba cada vez más relajado. A veces salían a cenar juntos, y en alguna ocasión incluso había accedido a acompañarlo al pub de Juanca, solo por verlo feliz. La mayoría de esas noches terminaban durmiendo juntos.
Había perdido la cuenta de cuántas veces habían hecho el amor. Aprovechaban cualquier momento para desnudarse y entregarse de esa forma tan callada, pero tan intensa. La pasión entre ellos era arrolladora: el roce del cuerpo de Leo contra el suyo, su aroma, sus manos recorriéndolo sin prisa…
Benji estaba convencido de que Leo sentía lo mismo. Parecía transformarse cuando estaban solos y eso, para el de iris verdes, era una prueba irrefutable de lo que ya intuía: Leo había caído completamente rendido a sus pies, igual que él a los suyos.
En sus momentos a solas fueron descubriéndose poco a poco.
Coincidían en las películas, incluso en su género preferido, y, aunque con la música no siempre estaban de acuerdo, a ambos les divertía curiosear en los gustos del otro.
A veces salían a correr juntos porque Leo adoraba entrenar; Benji no mantenía esa disciplina, pero disfrutaba acompañándolo.
Además, para Benji era todo un espectáculo sentarse en el sofá mientras Leo se dedicaba a hacer flexiones.
También cocinaban juntos: Leo, el chef, y Benji, su pinche de cocina perfecto.
Mantenían conversaciones sobre teorías absurdas sobre el futuro, sobre esas conspiranoias que tanto les maravillaban y sobre debates tontos que se alargaban más de la cuenta.
Benji siempre hacía bromas y a Leo le encantaba que le hiciera reír.
Leo contaba historias y Benji escuchaba fascinado.
Cuando discutían —porque también discutían—, Benji siempre era el más pasional e impulsivo, pero el carácter reflexivo de Leo hacía que encontraran siempre un punto de equilibrio.
Incluso tenían ya sus propias bromas internas.
Habían construido un pequeño mundo compartido.
Leo se acurrucó junto a Benji, apoyó la cabeza en su pecho y escuchó el latido de su corazón, acelerado tras el esfuerzo. Con ternura, le besó el pecho y bajó su mano en una caricia hasta posarla en su cintura.