Están lloviendo hombres 23 #2
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Leo volvió a dirigirle la mirada y allí estaba, observándolo con picardía. Asintió con discreción, con un revuelo de mariposas cubriéndole el pecho.

Un par de horas después, la fiesta estaba en pleno apogeo.

Nico se había encargado de que no faltara comida, y la gente estaba cada vez más animada.

Aunque al principio se podían distinguir perfectamente los grupos que habían asistido juntos, pronto empezaron a mezclarse.

Era cómico ver a los compañeros de Benji del hospital charlando con sus colegas de fiesta.

Al final todo era un batiburrillo de personas dispares empezando a conocerse.

Benji iba con unos y otros, sin parar quieto, pendiente de que nadie se quedara solo. Estaba feliz y agradecido por la fiesta. Incluso había recibido algunos regalos inesperados. Lucas le seguía de cerca: lejos de cambiar en esos meses, parecía cada vez más enganchado.

En una de esas en las que el de ojos verdes se vio solo, aprovechó para acercarse de nuevo a Leo. Le jodía tener que contenerse tanto siempre que estaban en público, aunque, para qué negarlo, se había convertido en la rutina de su vida.

A ojos de los demás solo eran tutor y residente: dos compañeros que habían terminado siendo buenos amigos.

La gran amistad que habían desarrollado no podían ni querían disimularla.

Sin embargo, bastaba con que alguien se fijara un poco más para darse cuenta de que las miradas y las sonrisas que intercambiaban no eran precisamente las de dos colegas decidiendo qué copa pedirse.

Estaban cargadas de deseo por comerse a besos en el primer rincón que encontraran.

Incluso, a veces, se les escapaba algún gesto más cariñoso de lo normal, como una caricia en el cuello, un apretón cariñoso en el brazo, o un suave roce en el rostro.

Y más en ese momento, cuando el nivel de alcohol en sangre estaba alcanzando cotas tan elevadas que hasta la discreción parecía haberse ido a pedir una copa.

—Tienes ojillos de borracho —canturreó Benji.

—Juanca me está cargando demasiado las copas…

—Porque eres VIP, aunque nadie lo sepa —bromeó—. Qué pena que Santi esté de guardia… —Leo apretó los labios—. Aún no se lo has contado, ¿verdad?

—No…

—¡Benji! —exclamó Alberto, que acababa de llegar a la barra. Alzó una mano hacia Leo a modo de saludo, y este se limitó a alzar la suya en respuesta.

Leo se giró y Benji intuyó que quería dejarles espacio; así que, cuando Juanca le sirvió a su amigo, se apartaron un poco para hablar.

—¿Hasta cuándo estás en Málaga?

—El treinta vuelvo a Madrid, tengo guardia en Año Nuevo —respondió Alberto—. A lo mejor bajo también para el día de Reyes.

—Entonces nos veremos más, ¿no?

—Claro, cuando quieras. Estoy disponible, como si quieres quedar todos los días —aseguró Alberto, pero Benji dudó—. ¿Qué pasa? ¿Tienes muchos compromisos?

—¡No! O sea, algunos. Ya te iré diciendo, ¿vale? —contestó, intentando disimular. Quería pasar algunos días con Leo. Al menos los que pudiera, porque su familia venía a la ciudad y ya le había avisado de que no podrían verse mientras se quedasen en su casa.

—Benji… —Alberto sonrió travieso y el aludido lo miró mientras daba un sorbo—. Dime la verdad. Estás con alguien.

Benji casi escupió la bebida.

—Qué va… —dijo casi en voz baja.

—¿No? Yo creo que sí.

—¿Y tú te has echado ya una novia madrileña?

—Yo sigo con mis rollos de siempre, pero no me cambies de tema. No me mientas.

—¿Por qué crees que miento? —preguntó indignado.

—Porque si no me habrías dicho algo así como: «Qué va, tío, me sigo follando a todo el que pillo» —imitó su tono de voz—.

Y me enumerarías todas y cada una de tus conquistas.

Tú siempre has sido así. Pero te has quedado pillado y has respondido en voz baja, ¿desde cuándo hablas en voz baja, Benji?

Con lo escandaloso que eres —Benji soltó una risita, negó con la cabeza y volvió a beber, evitando contestar—. Cuéntame, joder.

—Nada. Tengo algo, pero es complicado.

—Cuéntame… —insistió Alberto.

—Él es… Ya sabes, el típico tío que sigue en el armario.

—¿Quién es? ¿Está aquí? ¡Dime!

—No puedo, tío.

—Venga, coño, que no se lo voy a decir a nadie —le suplicó.

Benji frunció los labios. Por mucho que le doliera, no podía decírselo.

—¿Sabes? —continuó Alberto—. Por un momento he pensado que estabas con el tío ese de allí, pero Nico me ha dicho que es tu tutor del hospital.

Benji palideció y se giró hacia donde Alberto había señalado con un gesto de cabeza. Leo seguía en el mismo rincón de la barra, charlando con Paula. Cuando volvió a su amigo, Alberto lo miraba con los ojos como platos y una risa contenida.

—¿Qué? —preguntó nervioso.

—¡Es él! —exclamó Alberto. Benji abrió los ojos y miró a su alrededor inquieto—. ¡Es él, joder!

—¡Calla! Baja la voz, por favor.

—Lo siento —se disculpó en un susurro, pero seguía sonriendo—. Benji, no me jodas, ¿es él? ¿Es tu tutor?

Aguantaba la risa como podía. Su amigo lo conocía demasiado bien.

—Alberto, escúchame bien. Si dices una sola palabra, te cortaré la polla. Sí, es él, ¿contento?

—¡De puta madre! Hostia, tío, jamás imaginé que te echarías de pareja a un madurito cañón… Eres todo un seductor, Benji —se cachondeó, dándole un codazo cariñoso en la cintura. Benji soltó una risita—. Joder, con razón me estaba matando con la mirada.

—¿Qué dices?

—Que sí, que lleva toda la noche poniendo caras largas cada vez que hablamos. ¿No le has dicho que solo somos amigos?

—Claro que sí, pero es que es tonto… —dijo con desdén, aunque luego utilizaría esa información para reírse un rato de Leo—. Oye, Alberto, esto es serio. Si se te escapa algo, se acabó.

—Que sí, no te preocupes —le calmó en tono conciliador y dejando atrás cualquier broma—. Estás contento, ¿verdad?

—Mucho. Es un poco raro a veces, pero confío en que la cosa cambie.

—Me alegro —Alberto le dio un achuchón cariñoso—. ¡Digo! El Benji conquistador de tutores… Espero que te ponga buena nota.

Los dos estallaron en risas y chocaron las manos.

Mientras tanto, a lo lejos, Leo los observaba.

¿De qué estarían hablando? ¿Por qué tantas sonrisas?

¿Y tanto toqueteo? Se alegraba mucho de que Benji estuviera en su salsa, pero era la primera vez que estaba experimentando tantos celos irracionales en un solo día.

Entre Lucas, el nuevo perrito faldero; Alberto, el amigo especial; y todos aquellos amigos gais suyos que se lo comían con la mirada cada vez que pasaba por delante…

o eso le parecía a él, que se estaba convirtiendo en el Señor Paranoias.

Y, mientras tanto, él escondido en aquel figurado cubículo rodeado de chaquetas y camisas.

—Doctor Escrivá, ¿es usted nuevo por aquí? —preguntó Nico con voz cantarina, apoyado en la barra.

Leo lo miró divertido y soltó una risita antes de contestar.

—Puede. Ahora es cuando tienes que decirme que sí soy nuevo, porque con lo guapo que soy te acordarías de mí.

Nico rio de forma escandalosa y le dio un codazo cómplice.

—Me meo contigo, Leo. Creo que ese día no se me va a olvidar en la vida.

—Ni a mí, te lo aseguro.

—¿Por qué estás tan apartado y con esa carita, cariño?

Leo negó con la cabeza, como restándole importancia al hecho de llevar más de dos horas esperando por algo que sabía que no llegaría hasta que aquella sala quedara completamente vacía.

—Tengo ganas de quedarme a solas con Benji.

—¡Ay, bonito! Pues díselo.

—No, hoy es su día. Está con sus amigos, tiene que disfrutar.

—No seas buenazo, sé que Benji está deseando estar contigo. ¿Quieres que os prepare un encuentro clandestino? ¿En el baño, quizás?

Leo volvió a reír.

—No hace falta, pero… —Leo buscó a Benji.

Bailaba con Alberto y otros amigos—. A veces pienso que me gustaría estar ahí, bailando con él, como están haciendo todos los tíos de esta sala.

Y cogerle de la mano. Luego pienso en que todos sabrían lo nuestro y aún no estoy preparado.

Así que toca reprimirse. No puedo exigirle nada cuando sé que todo esto es cosa mía.

Nico lo miró con ternura.

—¿Y conmigo quieres bailar?

Leo arqueó una ceja. No sería la primera vez que bailaba con Nico: después de la famosa noche en la Princesa hubo alguna más, pero ese día estaban rodeados de mucha gente conocida.

—Estamos todos borrachos, ¡qué más da! —insistió Nico.

Sin esperar una respuesta, el rubio acudió al ordenador donde estaba la música programada. La canción cambió bruscamente y algunos se volvieron hacia él, confundidos.

Nico se acercó a Leo como un felino, dedicándole una provocativa sonrisa que habría derretido a cualquiera, y empezó a mover los hombros al ritmo de la música.

—ABBA tiene una canción para cada momento de nuestras vidas, cariño.

—¿Esto es ABBA? No lo recordaba tan pastillero.

—En realidad es una versión, pero para el caso es lo mismo —contestó Nico, haciendo un gesto de indiferencia con la mano. Luego le agarró por las muñecas para arrastrarlo hacia la pista—. Vente y escúchala bien, te vas a sentir identificado.

Leo se dejó arrastrar y le lanzó una mirada entre divertida y reprobatoria mientras traducía línea a línea la canción: hablaba de sentimientos completamente nuevos, de celos y de cómo todo lo aprendido hasta entonces dejaba de tener sentido.

Nico tenía razón. Aunque no le gustara reconocerlo, se sentía ridículamente identificado.

El rubio se limitó a sacarle la lengua. Leo sabía que los demás empezaban a mirarlos con curiosidad, asombrados por ver bailar a tan extraña pareja; pero, aunque sintió una punzada de inquietud, decidió ignorarla, impulsado por ese puntito de felicidad que las copas le habían otorgado.

Agarró al rubio fuerte de las manos y lo acercó, sonriendo e iniciando un vaivén que pronto cortó para hacer que Nico girara sobre sí mismo.