Están lloviendo hombres 22 #2
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—Whisky-cola —la cabeza de Juanca se volvió bruscamente hacia él. Nico le dedicó una sonrisa traviesa—. Es broma. Ponme solo una cola.

—Ya te iba a matar… —respondió. Le puso el refresco por delante y se sirvió otro—. Entonces estás bien, ¿no?

—Sí. Cuando me dieron el alta, Benji me acompañó a casa. Me dijeron que bebiera mucha agua y poco más. Esta mañana ya he estado trabajando, vaya. Solo ha sido un susto.

—No digas «solo». Cuando te vi con esa mala cara y los ojos vueltos hacia atrás me iba a dar algo. Vamos, que iba a caer yo detrás de ti.

Nico se llevó una mano a la cara.

—Tenía que estar guapísimo, vaya… Lo siento mucho.

—No tienes que sentir nada, Nico.

—Sí tengo que hacerlo. Me porté mal contigo y encima te la lie en el pub, que hasta tuviste que dejar tu trabajo por mí.

—Por eso no tienes que disculparte, en ese momento eras mucho más importante que mi trabajo —dijo con aire seguro, y de repente Nico se acordó de las palabras de Benji.

Eso del cariño especial.

—Gracias…

Nico le dio un sorbo a su refresco, tratando de no ponerse a elucubrar sobre aquello ahora. Juanca lo imitó.

—No sé qué pasó el sábado, pero quiero que sepas que puedes contar conmigo para lo que quieras —dijo Juanca.

Nico clavó sus pupilas en él. Acordarse de Elías hizo que tuviera ganas de llorar de nuevo.

—Fue por Elías —se le quebró la voz al nombrarlo—. ¿Te acuerdas de que te dije que lo había dejado? Pues así fue. Pero porque me lo encontré liándose con otro —la mandíbula de Juanca se tensó—. Y fíjate qué gilipollas soy, que no se me ocurre otra cosa que emborracharme hasta casi matarme.

—Nico…

—Ya. Sé lo que me vas a decir: que yo no tengo la culpa, que el capullo es él…

—No, iba a preguntarte dónde vive para ir a meterle una paliza —respondió muy serio, y Nico se echó a reír.

—Estás chalao …

—No estoy chalao , solo que no permito que le hagan daño a las personas que me importan.

No te voy a dar el discurso sobre que vales mucho y que tienes que olvidarlo todo, porque tú eres un chico listo y lo sabes de sobra.

Solo quiero pedirte que no vuelvas a hacer ninguna estupidez como la de la otra noche. Por favor.

Nico lo miró arrepentido y asintió.

—¿Me lo prometes? —insistió el mayor.

—Te lo prometo —respondió, y vio cómo Juanca le acercaba su dedo meñique sobre la barra—. ¿En serio? Esto lo hacen los niños pequeños, corazón…

—Si no, no me lo voy a creer —dijo en tono juguetón, así que Nico finalmente cedió y entrelazó su dedo meñique con el suyo.

El contacto, aunque mínimo, fue cálido y dulce.

—Ya está, ya puedes creértelo —Nico retiró rápidamente la mano y bebió de su vaso para ocultar lo colorado que se estaba poniendo.

Con el desparpajo que siempre mostraba, de repente se sentía cohibido por Juanca.

Seguro que era por las ideas estúpidas que Benji le había metido en la cabeza.

¿Cómo iba a tener Juanca interés en él? Él era un hombre maduro, atractivo, dueño de un local por el que pasaban cientos de hombres cada semana.

Tenía una profesión que invitaba a conocer gente, ¿por qué se iba a fijar precisamente en él?

Juanca, sin decir nada, se acercó al ordenador y empezó a rebuscar. La música rock se cortó de forma abrupta y unas notas al piano sonaron.

—No puede ser… Qué tonto eres —Nico estalló en risas.

Juanca le guiñó un ojo y se sentó en un taburete junto a él.

—¿Qué? ¿Acaso no te gusta?

—Claro que me gusta, esta canción es divina.

—Y te pega mucho, porque a ti también te miran todos.

Nico sonrió, pero tuvo que bajar la mirada para reprimir unas lágrimas que amenazaban con salir.

—He sido un estúpido. Y he quedado como un tonto para todos.

—Eso no es así —Juanca le agarró la mano y la apoyó sobre su muslo, sin soltarla—. Tú no has quedado como un tonto. Es ese hijo de puta el que se va a llevar un buen guantazo, ya te lo he dicho —se le llenó la boca al decirlo y Nico rio con ligereza, casi sin fuerzas—. No te rías, es la verdad.

—Creo que se va a llevar palos de parte de todos.

—Él se lo ha buscado… Bueno, ¿qué? ¿Quieres bailar?

Nico negó con la cabeza, aunque sonriendo.

—Venga, estamos solos. ¿Por qué no hacemos un poco el tonto? —Juanca se puso en pie y tiró de su mano, conduciéndolo hasta el centro de la pista.

De pronto, Nico fue consciente de que era la primera vez que bailaban juntos.

—A lo mejor es cierto que todos me miran, pero nadie me toma en serio. Al fin y al cabo, ¿quién iba a enamorarse de una maricona afeminada como yo? —rio con ironía.

Juanca lo contempló serio.

—Ese tipo de comentarios homófobos no te pegan, Nico… Déjame decirte algo —lo agarró de la cintura y Nico se tensó.

Juanca estaba muy diferente ese día. Se fijó en él: en su pelo corto y castaño, en aquella sonrisa tan amplia enmarcada por una perilla muy cuidada. En esos oscuros ojos que lo miraban con admiración, rodeados de unas pequeñas arrugas de expresión que lo dotaban de un aire maduro.

—Eres joven, eres guapísimo, tienes carisma, eres leal y sincero. Eres el chico con el que todo el mundo sueña.

—Ya, ya… —rio avergonzado—. Para con los piropos.

—Solo digo la verdad. Te envidio, me encantaría volver a tener tu edad y ser como tú, tan alegre y tan maravilloso. Todo el mundo te quiere y te admira, Nico.

—Tampoco es que seas tan viejo, rey mío —dijo, haciendo caso omiso a los halagos.

—Sí lo soy, mira: ya tengo arrugas en los ojos.

—Eso no son arrugas de verdad, salen de reírse. Mira, yo también tengo aquí un poco —Nico se señaló la frente.

—Si tú lo dices…

—Y tienes unos ojos preciosos —confesó Nico—. Siempre me han parecido muy de Richard Gere.

—Richard Gere tiene casi treinta años más que yo, ¿no me acabas de decir que no soy viejo?

—Tonto, Richard Gere cuando era joven. Y hablo de tus ojos.

—O sea, que tengo los ojos pequeños.

—¡Ay, maricón! Todo lo entiendes mal —replicó enojado, dándole un manotazo en el hombro.

Juanca rio divertido.

—No te enfades, es que no estoy acostumbrado a que me halagues de esa forma. Solo estoy bromeando, quería hacerte reír…

Todas las lágrimas que había estado aguantando hasta ese momento le traicionaron y comenzaron a correr por sus mejillas.

—Oye… No llores.

—Lo siento —susurró Nico, abrazándose a él con fuerza.

Juanca le devolvió el abrazo y dejó de bailar, limitándose a consolarlo. Durante unos minutos, Nico lloró contra su hombro mientras Juanca le acariciaba la espalda y el cabello, despacio, sin decir nada.

Al poco, se separó algo más calmado.

—¿Estás mejor?

—Sí… Gracias. Te he mojado la camiseta —rio de forma entrecortada por la llorera.

—Da igual.

Juanca le secó las lágrimas con los dedos.

—¿Sabes? Aunque me ocurran cosas malas y me hagan daño, al final siempre sigo adelante y nunca dejo de quererme, como en la canción que me has puesto.

—Como toda una diva —sentenció Juanca.

—Tendrías que haber visto la cara que puso Elías después de la que le monté.

—Viniendo de ti me lo imagino todo muy dramático, muy irónico y muy digno.

—Has dado en el clavo —rieron juntos y se miraron a los ojos—. Tengo que salir de casa y comerme el mundo, como en la canción. Bueno, yo no me voy a poner tacones, no es mi estilo…

—A ti no te hacen falta tacones, ni maquillaje, ni lentejuelas para brillar más que nadie.

Nico volvió a abrazarlo con fuerza en un acto impulsivo.

—Gracias, Juanca… —susurró.

Justo entonces la puerta se abrió. Luis acababa de llegar.

—¿Interrumpo algo? —preguntó con sorna, pasando de largo para meterse tras la barra, dejar sus cosas en un rincón y empezar a vaciar el lavavajillas.

Se miraron ruborizados y se separaron lentamente, sin dejar de sonreírse.

—No interrumpes nada, cariño —Nico se acercó a la barra—. Solo he venido a disculparme por lo del otro día.

—No pasa nada. Lo importante es que estás bien, ¿no?

Asintió y Luis le guiñó un ojo.

—Me voy a ir ya y os dejo abrir tranquilos.

—Ten cuidado al volver —dijo Juanca.

—Que sí, que sí…

—Te llamaré —prometió el mayor, y lo besó en la mejilla con mucho cariño.

Nico se despidió con la mano y salió rápidamente del local.

Era la primera vez que Juanca lo besaba con tanta ternura y la primera vez que se despedía de él diciendo «Te llamaré».