Están lloviendo hombres 22
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Cuando Nico despertó, supo dónde se encontraba al instante. Y eso que no era como el típico cliché de película en el que el protagonista despierta en una habitación blanca e impoluta que casi ciega por la claridad.

Se encontraba en una sala y, sí, era blanca, pero un blanco ya gastado por el paso del tiempo, casi grisáceo.

Decenas de pitidos resonaban a su alrededor, unos más agudos que otros.

Con los ojos aún entrecerrados volvió la cabeza hacia la izquierda: una señora mayor, tumbada en una cama, vestía un ligero camisón de tela y dormitaba plácidamente.

A su derecha, un hombre de unos cincuenta años mantenía los ojos abiertos y observaba el techo.

Tenía la cabeza, un brazo y una pierna vendados.

Nico miró su propio brazo, donde tenía una vía colocada por la que entraba un líquido transparente.

—¡Se ha despertado el de la cama doce! —escuchó decir a una enfermera que se acercó rápidamente—. No te muevas, que ahora viene el médico a verte.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, aunque tenía una ligera sospecha de por qué estaba en el hospital. Recordaba que había estado en el pub de Juanca y que se le había ido la mano con la bebida.

—Has tenido un coma etílico —le informó la enfermera—, pero no te preocupes. Quédate tranquilo, enseguida viene el médico.

Nico cerró los ojos con pesadez y suspiró. Esta vez la había liado, pero bien.

Escuchó unos pasos y volvió a abrir los ojos.

—Nicolás Gandía, ¿no? —escuchó una grave voz a su lado. Un hombre mayor de frondosa barba cana y vestido con el pijama del hospital se había acercado. Nico asintió—. ¿Cómo se encuentra?

—Tutéeme, por el amor de Dios —Nico tragó saliva con dificultad—. Tengo la boca seca.

—Ahora te damos un poco de agua. ¿Sabes lo que ha ocurrido? —Nico volvió a asentir—. Bien. Te hemos puesto un suero y has evolucionado bien. Solo tienes que descansar un poco más. Por suerte no ha ido a peor.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—Unas cuatro horas.

—¿Estoy en el Regional?

El médico sonrió con complicidad.

—Sí, ya me han dicho que eres amigo de Benjamín. Está en la consulta, pero ya le hemos avisado y vendrá en un momento, ¿vale? Ahora descansa.

—Gracias, doctor —susurró con un hilo de voz.

El médico le dio un apretón cariñoso en el brazo y se alejó.

Nico sintió ganas de llorar. Era la primera vez en su vida que la había cagado tanto, pero tanto, tantísimo.

Y casi no podía soportar la vergüenza. ¿Cómo había llegado a eso?

Jamás se había pasado tanto con la bebida.

Vergüenza era una palabra que se quedaba muy corta en comparación con lo que sentía en esos momentos.

Apenas un par de minutos después apareció Benji casi corriendo. Llegó jadeando por la carrera.

—¡Nico! —exclamó en tono bajo. Se sentó en un lado de la cama, con el rostro descompuesto, y le sostuvo la mano entre las suyas—. ¿Cómo estás? Joder, Nico, qué susto me has dado.

—Eh, que estoy bien…

—Casi me muero cuando he visto que quien llegaba en la ambulancia eras tú.

—Ay, que me estás quitando el cacharro este —dijo, refiriéndose al pulsioxímetro que tenía en un dedo de la mano. Benji le cogió la mano con más suavidad y se lo recolocó con cuidado.

—¿Qué ha pasado, Nico? Creía que hoy te ibas a ir a casa a descansar.

Los ojos de Nico se cristalizaron.

—Soy un estúpido, Benji… —sollozó—. Es Elías. Estaba con otro. Los vi besándose —siguió contando con dificultad, con el tono de voz grave y monótono. Notó la tensión en el cuerpo de Benji—. Se me fue la cabeza y me puse a beber como loco. Encima no había comido nada, se me juntó todo y…

Nico se fijó en cómo Benji apretaba los puños y dientes, como si estuviera a punto de darle una patada a la cama, al aparato de monitorización o a cualquier cosa que tuviera a mano.

—Será hijo de puta…

—Déjalo, Benji. No merece la pena —las lágrimas rodaron por sus mejillas y Benji se las secó con cariño—. Es un hijo de puta, pero que yo esté aquí es culpa mía. Me siento tan mal…

—Eso no te lo voy a negar, y ya te regañaré como te mereces cuando estés mejor —bromeó—. Pero eso no quita que tenga ganas de meterle una buena hostia.

—Qué vergüenza, Benji. Me he comportado como una estúpida quinceañera cegada, creyendo que por fin había llegado mi príncipe azul. Y al final resultó ser otro príncipe gris.

—No, ni siquiera era un príncipe. Era una rana asquerosa y fea.

Nico rio suave, aún con lágrimas cayendo.

—Sí, de las más asquerosas, además —miró hacia abajo. Le entraron más ganas de llorar al pensar que, a pesar de la discusión, Benji volvía a ser el de siempre—. Siento mucho lo del otro día, tenías razón y yo no te quise escuchar. Me siento una mierda…

—Nico, no tienes que pedirme perdón ni sentirte avergonzado. Lo importante es habernos enterado a tiempo. Más tarde habría sido peor.

Se quedaron en silencio unos segundos.

—Entonces, ¿llegué en la ambulancia?

—Sí. Con Juanca.

Nico abrió los ojos y, como si al nombrarlo se hubiese abierto una puerta en su cerebro, recordó de golpe todo lo que había ocurrido esa noche con claridad. Le había gritado a Juanca y le había hablado fatal.

—Juanca…

—Está en la sala de espera, no ha querido irse.

—¿Sigue aquí?

—Sí. Ya le he dicho que acabas de despertar, pero que tenía que esperar para entrar. Ahora le digo que pase. Se supone que no puede, pero haré la vista gorda.

—No —se apresuró a pedir casi con súplica—. Que no venga.

—¿Por qué? —preguntó Benji confundido.

—No quiero que me vea así —se le ocurrió decir.

En realidad, no quería verlo porque estaba demasiado abochornado después de lo mal que se había portado con él.

Que lo hubiese acompañado al hospital y se hubiera quedado esperando por él, aun teniendo el pub abierto, no hacía más que empeorar su sentimiento de culpabilidad.

—Qué tontería, Nico. Juanca está muerto de preocupación. Ahora viene.

—Benji, por favor. Es que… he sido un cabrón con él. Y no quiero excusarme en que fue el alcohol, pero de verdad estaba tan borracho que no sabía lo que hacía, y le dije cosas muy feas… Me porté fatal.

—Juanca no te guarda rencor —dijo Benji. Nico entendió que su amigo ya estaba al tanto de todo—. Sabes que haría cualquier cosa por nosotros, es un amigo más… y a ti te tiene un cariño especial.

Nico frunció los labios y se sonrojó.

—¿Un cariño especial?

—Sí… —Benji arqueó las cejas.

—Anda ya. Si Juanca es el madurito perfecto. Y yo una estúpida .

—Yo no voy a hablar más. Tendrás que preguntarle a él.

—Bueno… Te prometo que mañana o pasado iré a verlo para darle las gracias y que en cuanto me den el móvil le escribiré. Pero ahora no… No dejes que me vea. Necesito pensar bien qué decirle, por favor.

—Está bien —accedió al final—. Ahora se lo diré. Dejó a Luis encargado de cerrar el pub, así que no te preocupes y no pienses que has sido una molestia.

—Eso espero… Dile de mi parte que se vaya a casa a descansar, por favor. Y que muchas gracias por haberse quedado aquí por mí —sintió un agradable calor en su corazón y sonrió con sinceridad por primera vez desde que había abierto los ojos—. Y que lo siento mucho.

Benji le acarició el rostro y se puso en pie.

—Tengo que volver a la consulta, pero me voy a pasar por aquí de vez en cuando, ¿vale? Y cuando termine el turno vengo a hablar con esta gente por si ya te puedes ir. Espero aquí contigo hasta entonces y te llevo a casa, como si es a mediodía.

—De verdad, si no fuera porque ya no te puedo ver de otra forma después de tantos años, me casaría contigo —bromeó.

—No hará falta que nos casemos, me sé de alguien que te trataría igual o mejor que yo, si te dejaras… —Benji le guiñó un ojo y Nico lo miró desconcertado—. Descansa.

Nico cerró los ojos de nuevo y respiró tranquilamente hasta quedarse dormido.

No quiso esperar más y apenas un par de días después se decidió a ver a Juanca.

Le debía una buena disculpa, que además era doble: una por haberse comportado tan mal y haber sido tan grosero, y otra por haberle causado las molestias de tener que acompañarlo al hospital.

Incluso quizás pidiera una tercera disculpa por el numerito que montó antes de terminar desfalleciendo.

Cerró la peluquería antes de tiempo, se cambió de ropa y, poco después, ya estaba frente a aquella gran puerta azul marino que se veía demasiado diferente a como relucía por la noche. Cogió su móvil para ver la hora y vio tres llamadas perdidas de Elías.

Menudo gilipollas, estaba loco si pensaba que iba a cogerle el teléfono.

Apenas eran las ocho de la tarde. Quedaba cerca de una hora para que Juanca abriera las puertas, pero Nico sabía que estaría dentro preparando el pub para tenerlo a punto para la noche. Inspiró hondo un par de veces y empujó la puerta que, tal y como esperaba, estaba abierta.

Unas luces amarillentas iluminaban todo el pub y un suave rock clásico envolvía el lugar a un volumen bajo. El local lucía de una forma muy diferente, tanto visual como acústicamente.

El ruido de la puerta alertó a Juanca, que estaba sentado frente a la barra con un bolígrafo en la mano.

—¡Nico!

Caminó tímidamente hacia él. Juanca parecía contento y, a la vez, nervioso.

—Hola…

Quiso decir algo más para saludar, pero los fuertes brazos de Juanca lo rodearon en un cariñoso abrazo que lo dejó sin palabras.

—¿Cómo estás?

—Bien… supongo.

El mayor se separó y lo miró con los ojos brillantes.

—No sabes cuánto me alegro. Quería verte o hablar contigo, pero Benji me dijo que esperara a que tú lo hicieras.

—Sí, se lo pedí yo.

—¿Por qué? Estaba muy preocupado por ti…

—¿Puedo tomar algo?

—Claro. Ven.

Juanca caminó hacia la barra a paso rápido. Nico se sentó en uno de los taburetes y curioseó las hojas que había allí: era una larga lista de bebidas, con los precios y las cantidades a un lado, y también había una pequeña libreta, junto a una calculadora, donde Juanca estaba haciendo unas cuentas.

—Parece mi lista de potingues de la peluquería.

—Mañana viene uno de mis proveedores y le tengo que dar el próximo pedido —explicó mientras echaba un par de hielos en el vaso—. ¿Qué te pongo?