Están lloviendo hombres 21 #2
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21 #2

Juanca se alegró de ver a Nico por allí.

—Whisky —dijo de forma escueta nada más sentarse en un taburete de la barra.

—Buenas noches a ti también —respondió Juanca divertido—. Es temprano, ¿qué haces ya aquí? ¿Hoy vienes solo? —preguntó mientras le servía—. ¿Whisky solo o con cola?

—Sabes que lo bebo siempre con cola —respondió simplemente, evitando contestar a la otra pregunta.

¿Cómo iba a contarle a Juanca que un poco más y no podía entrar por la puerta debido a los cuernos que llevaba encima? ¿Cómo decirle que llevaba casi cuarenta minutos llorando en una de esas asquerosas calles del centro tan escondidas que nadie se preocupaba por limpiar bien?

No tenía tiempo para explicaciones y su orgullo tampoco le permitiría contarlo; le urgía más emborracharse y empezar a zorrear en la pista de baile.

Juanca terminó de servirle y se quedó mirando sus enrojecidos ojos.

—¿Qué? —preguntó Nico.

—¿Ha pasado algo?

—¿Qué va a pasar? Que es sábado y tengo ganas de marcha —se encogió de hombros y se bebió medio vaso de un trago.

Juanca, con expresión atónita, se alejó para atender a un chico que lo reclamaba desde el otro extremo. Nico miró hacia allí. El chico en cuestión no estaba mal, quizás intentaría ligárselo más tarde.

Volvió a beber. Ya solo le quedaban un par de sorbos para terminar. Juanca acudió a él en cuanto terminó, con gesto preocupado.

—No bebas tan rápido, Nico, te sentará mal —le aconsejó, pero Nico continuaba observando al chico de la barra que, consciente de las miradas que había empezado a recibir, le seguía el rollo.

—Creo que esta noche voy a ir a por ese —dijo, señalando con descaro.

—¿Qué? ¿Qué pasa con Elías?

—¿Elías? Ya no estoy con él, lo he dejado —contestó sin mirarlo. Juanca entrecerró los ojos y Nico apuró los últimos tragos que le quedaban—. Ponme otra.

—Para el carro un poco, Nico, no me gusta cómo te estás comportando. ¿Me vas a decir qué ha pasado? Porque ha pasado algo seguro.

—¡Qué pesado, joder! —se quejó con un tono de voz que sonó demasiado agresivo. Juanca enmudeció—. Ponme otra copa.

Juanca lo miró mal y le sirvió otro cubata sin rechistar.

Nico agarró el vaso y se acercó al chico.

Charlaba, sonreía y bebía como un cosaco.

Apenas se había bebido la segunda en quince minutos.

El chico, que debía de ser un poco mayor que Nico, parecía encantado con la situación y ya le había agarrado por la cintura mientras seguían hablando.

Nico alcanzó a ver cómo Juanca lanzaba el trapo contra el fregadero con demasiada fuerza, pero no se inmutó.

—¡Juanca, ponme otra, anda!

El camarero se acercó a él con paso decidido.

—A partir de ahora le pides a Luis, que yo no te pienso poner una puta copa más en toda la noche —dijo con aparente calma, aunque terminó señalándole con el dedo.

Luis, que estaba ordenando unos botellines de cerveza justo a su lado, abrió los ojos como platos. Nico lo miró confundido.

—¿Qué te pasa ahora?

—Pasa que tengo mucho trabajo y que no te puedo atender, y que hay más camareros en este local aparte de mí —y, dicho esto, Juanca desapareció por una de las puertas a las que solo podía acceder el personal.

Nico sabía que se había pasado y que Juanca no se merecía que le hablara así, pero esa noche el despecho se había apoderado de él y no podía pensar en otra persona que no fuera él mismo.

Cogió la copa que Luis le había servido, agarró de la mano al chico con el que hablaba y lo arrastró hasta la pista.

El estómago le rugió. Al final no había cenado.

Sabía que no era bueno beber alcohol con el estómago vacío, pero, una vez más, pensó que no tenía tiempo en reparar en «nimiedades» como esa.

Esa noche se estaba convirtiendo en una sucesión de decepciones, cagadas y errores que le pasarían factura más adelante.

Perdió la cuenta de cuántas veces había vuelto a la barra a por otra copa o a por un chupito, siempre atendido por Luis, mientras veía a Juanca observarlo de reojo. Nico se estaba descontrolando más y más, no solo con la bebida sino también con su fogosidad.

Ya le había metido la lengua hasta la campanilla a su primera presa, pero había perdido interés en él y ahora trataba de seducir a dos chicos, de esos con barbita que tanto le gustaban y que muy pronto se unieron a la fiesta.

Nico, riendo como un loco y bailando de forma casi obscena, estaba rodeado por dos hombres que iban a terminar por darse puñetazos para ver quién era el que se lo llevaba a la cama.

Se escapó un momento para pedir otra copa. Hacía rato que había empezado a dolerle la barriga, pero tenía mucha sed y no podía parar de beber.

—¡Luis! ¡Otro whisky-cola!

Luis miró a su jefe como si le estuviera pidiendo permiso. Tardó unos segundos en reaccionar. Nico siguió su mirada y vio a Juanca acercarse con prisa, gesticulando.

—¡Nico! ¡No te vamos a servir más! ¿Vale? ¡O dejas de beber, o te vas a casa!

—¿Me estás amenazando? ¡Ponme la puta copa!

—¡Que no!

—¡Vete a la mierda, gilipollas! —Nico le hizo un gesto despectivo con la mano y se giró para volver a la pista, no sin antes tambalearse un poco.

El colocón que llevaba encima era descomunal.

Cuando llegó, uno de los morenos barbudos de antes lo recibió metiéndole la lengua en la boca casi sin darle tiempo a reaccionar.

El chico del principio se acercó por detrás y lo abrazó, besándole la nuca.

Los tres estaban montando un numerito que no pasaba desapercibido.

Algunos incluso empezaban a rodearlos como si aquello fuera un circo.

Nico, enajenado por el alcohol y el placer que recibía en esos momentos, cerró los ojos y apoyó la cabeza en el hombro del que tenía detrás.

—Soy la reina de la noche… La reina… —susurró.

Estaba muy cansado y la música cada vez se oía más apagada.

¿Por qué estaban bajando el volumen? Era como si la música se alejara, o a lo mejor era él quien se estaba alejando, arrastrado por aquellos chicos.

¿Por qué lo miraba tanto la gente? Porque es la reina de la noche, claro. No pueden evitarlo.

Todo empezó a volverse borroso. Un pinchazo en su cabeza hizo que se le nublara la vista aún más.

Se tambaleó, se soltó de sus acompañantes y dio un traspiés, cayendo y apoyando las manos en el suelo.

Se quedó sentado allí mismo. El suelo estaba frío y pegajoso.

Alguien lo zarandeaba: era el chico del principio, el de la barra.

¡Que lo dejara en paz! Podía levantarse solo.

Podía hacerlo, pero prefería tumbarse y así lo hizo.

La gente hizo un corro alrededor de él.

Alguien acababa de llegar corriendo y estaba gritando. ¿Quién era? ¿Juanca? Todo se había vuelto una nube de ruido en la que no distinguía nada, como si alguien le hubiera tapado los oídos y le hubiese puesto un velo alrededor.

¿Por qué Juanca le estaba pegando bofetadas en la cara? Aunque quizás eran imaginaciones suyas porque, en realidad, no estaba sintiendo nada.

Tenía sueño, mucho sueño. Solo tenía ganas de dormir, así que cerró los ojos lentamente, sin prestar atención a toda esa gente que lo miraba con cara de horror, ni a aquel susurro que le decía al oído una y otra vez: reina de la noche…