21
Nico paseaba por el centro histórico de la ciudad. Era sábado, pasaban las nueve de la noche y ya pensaba en volver a casa.
Benji tenía guardia en el hospital y su querido Elías le había dado plantón en el último momento, con la excusa de que le había surgido un compromiso familiar.
Como Nico sabía que siempre tenía asuntos importantes, muchos de ellos relacionados con esa empresa familiar que tanto dinero le daba, se tragó las ganas de dramatizar por verse más plantado que un clavel y no protestó.
En su lugar, se desquitó yéndose de compras.
Si al menos Benji le hiciera compañía, sería diferente.
Era una auténtica mierda cuando su amigo tenía que trabajar los fines de semana.
Después se paró a pensar en que quizás Benji también le habría puesto una excusa, teniendo en cuenta que prácticamente no se hablaban desde que habían discutido en su casa.
Suspiró mientras balanceaba la pequeña bolsa que llevaba colgada del antebrazo, con la mano estirada, sin dejar de fijarse en los escaparates que iba dejando atrás.
Se sentía fatal desde el día en que había discutido con Benji, ya que pocas veces habían tenido ese tipo de disputas tan fuertes y, mucho menos, por un hombre.
Sabía que solo se preocupaba por él. Lo sabía mejor que nadie. Pero en el momento en el que puso en duda las buenas intenciones de su nuevo amor, se cegó de rabia y no supo reaccionar de otra manera. Quizás porque, en el fondo, él también había dudado alguna vez.
Había dudado de Elías, de la relación que mantenían, de adónde iba todo aquello. ¿Era realmente su príncipe azul? Sí que lo colmaba de regalos, pero nunca le había hablado de sentimientos. Le había dicho que era estupendo, maravilloso, un bombón y una fiera en la cama. Pero aparte de eso, nada.
Él sí que le había dicho que estaba enamorado. Se le escapó una vez tras una grata sesión de sexo. Elías se había limitado a sonreírle y a abrazarlo.
¿Cómo no enamorarse de él? Quizás no fuera el más romántico ni tuviera un cuerpazo de gimnasio, pero tenía unos ojos oscuros que quitaban el hipo y un gran sentido del humor. Nico estaba prendado de su personalidad, porque a él, lo que más le enamoraba, era que le hicieran reír.
El día que Benji le había insinuado que quizás su hombre no era tan honrado como parecía, que lo había visto coquetear con otro, fue como si un océano de inseguridades se abriera ante él y lo absorbiera por completo, hasta hundirse y ahogarse.
Y aunque le sentó como una patada en el culo el aviso de su amigo, le hizo pensar.
Así que trató por todos los medios de verse con Elías para confirmar que Benji estaba equivocado. Solo quería verlo, abrazarlo y que le repitiera una y otra vez lo fantástico que era. Pero al final no pudo.
Y justamente ese sábado, cuando parecía que por fin podría entregarse a los brazos de su amado, él se iba de cena familiar. Mientras, su mejor amigo le contestaba con escuetos monosílabos por el chat del móvil.
Definitivamente, aquella noche no podía ir a peor.
Tenía que hacer las paces con Benji cuanto antes, pedirle perdón por su comportamiento y dejarse de tonterías, pero tendría que esperar al día siguiente.
Recordó las cosas tan feas que había dicho sobre Leo y sintió una enorme punzada en el corazón, porque aquel hombrecito que parecía una mezcla entre un supermodelo y un simple funcionario perdido en la vida empezaba a importarle demasiado.
Tenía que disculparse por muchas cosas.
Nico quería llegar cuanto antes, comprar el menú más grande de la hamburguesería que había de camino a casa, recogerse el pelo en un moño con la pinza más hortera y cutre que tuviera, quedarse en calzoncillos y ponerse hasta arriba de comida mientras veía alguna peli.
Quizás aquella comedia española tan mala en la que casi todos los protagonistas eran unas locas, o quizás se decidiera por el tópico de los vaqueros, su favorita.
Sí, esa le gustaba más: él siempre había sido más de drama que de otra cosa.
Estaba decidido: la vería por séptima vez y, como siempre, terminaría llorando.
Mientras pensaba en la película, acortó camino por una perpendicular a calle Larios.
Y entonces lo vio.
Nico iba distraído, sin fijarse a su alrededor. Únicamente procuraba no chocar con nadie y ya había oscurecido.
Pero aun así lo vio.
Allí estaba él. Elías, sentado en una terraza de un típico bar malagueño de tapas.
Y con otro. Sus pies frenaron y su entrecejo se frunció por la confusión.
¿Esa era su cena familiar? ¿Y quién era ese?
¿Un primo? Pensaba inocente, aunque su corazón ya había empezado a latir de forma irregular, como si le susurrara con cada sístole que no, que eso no era una cena familiar.
La boca se le secó y la bolsa que colgaba alegremente de su codo resbaló con violencia cuando dejó caer el brazo, sujetándola en el último momento por los dedos.
La mínima esperanza que guardaba de que aquel tipejo fuera un hermano, un primo, o qué sabía él, se esfumó cuando el susodicho se acercó a su querido Elías con una tonta sonrisa.
Unos sudores fríos empezaron a correrle por las manos, una enorme bola ascendió hasta su garganta y parpadeó con insistencia. Su cerebro no reaccionaba y no quería creer lo que estaba viendo, pero el colmo fue cuando los vio besarse.
Su Elías, su príncipe azul, su amor, siendo besado por otro. Y disfrutándolo.
Una parte de su corazón se quebró en ese momento. Aquello tenía que ser una ilusión. Aunque el dolor que su corazón sentía, como si alguien se lo estuviera estrujando con saña, le decía que era real.
Tuvo ganas de llorar, muchísimas ganas.
Pero no podía hacerlo. No todavía.
El orgullo se apoderó de él y sus pies se movieron con decisión.
Alzó la barbilla, caminó con su típico contoneo, de nuevo sujetando la bolsa con el hueco del codo y la mano alzada, y, haciendo el mayor esfuerzo de su vida por no echarse a llorar allí mismo, se plantó frente a la mesa del par de tortolitos hijos de puta, con pose digna y resuelta.
—Hola, cariño —saludó. Se rodeó la zona del estómago con su brazo izquierdo y apoyó el codo derecho sobre este, moviendo sus dedos con ligereza a modo de saludo.
Como era evidente, el beso fue interrumpido y Elías palideció, mirándolo con horror—.
Ay, por favor, ni que hubieras visto un fantasma, ¿tan feo estoy hoy? —actuó, atusándose la melena.
—Nico…
—¿Qué? ¿Cómo van los negocios? —preguntó con malicia—. Veo que bastante bien. El diálogo está siendo todo un éxito.
—Nico, no montes ninguna escena —Elías miró de reojo al resto de mesas.
—¿Pero qué escena, querido? —rio con falsedad.
El acompañante lo miraba con vergüenza—.
Solo pasaba por aquí y, al verte, pensé que era un buen momento para decirte que al final mañana no podemos comer juntos, porque me ha surgido una comida de negocios —dijo con retintín, rezando para que no le fallara la voz justo en ese momento en que ya estaba a punto de irse.
Quería alejarse con la misma dignidad y determinación con la que había llegado—.
Ya no os entretengo más. Hasta nunca, Elías —después, se dirigió hacia el otro chico—.
Que te vaya bien, bonito, a lo mejor tú tienes más suerte con este hijo de puta.
Y se volvió con un dramático movimiento de cabeza que hizo que su pelo ondeara en el aire. Caminó lo más rápido que pudo sin que se notara que lo único que quería era echar a correr.
No lo aguantó más y, a unos veinte metros de haber dejado atrás al traidor, comenzó a sollozar. Algunas personas lo observaban, así que se adentró en una callejuela para poder desahogarse con algo de intimidad.
Una vez más se habían reído de él. Había vuelto a ser el estúpido que se dejaba engatusar por cualquiera para que después lo usaran como un trapo y lo dejaran tirado. De nuevo, se había encariñado de un miserable.
Buscó con urgencia un pañuelo en su pantalón y se secó las lágrimas.
Después se sonó la nariz con fuerza, pero llevaba tanto rato llorando que tenía demasiados mocos para un pañuelo tan pequeño, así que al final terminó secándose con el dorso de la mano.
Se puso perdido. Al menos, también había pringado la pulsera de Elías.
La puta pulsera. Tenía ganas de romperla y de tirarla por ahí, pero milagrosamente tuvo el mínimo de sangre fría para pensar que iba a ser una estupidez.
Además, también llevaba aquel cinturón tan bonito que le había regalado, y aquella rebeca de punto tan suave y de una famosa marca.
Así que, puestos así, no era plan de despelotarse en la calle.
Ya en su casa se encargaría de mandarlo todo a la mierda.
Con suerte, hasta sacaría dinero de todo eso.
Resopló casi sin fuerzas y se apoyó contra la pared del solitario callejón. Necesitaba a Benji. Necesitaba su abrazo e incluso su típico «te lo dije», ese que tanto dolía pero que tanta razón llevaba. Se frustró porque no podría verlo hasta el día siguiente.
Ya no quería volver a su piso vacío, ya no quería estar solo y ver un drama en la televisión.
Bastante drama tenía ya en su vida. Se irguió, carraspeó, se secó las últimas lágrimas de las mejillas y se peinó con las manos.
Su estado era deplorable, tenía los ojos hinchados y su ánimo estaba por los suelos.
Pero él era Nico.
Nico, la divinísima diva, la reina del baile y de la noche, el hombre por el que tantos suspiraban.
El que, nada más pisar cualquier local, hacía que todas las miradas se volvieran hacia él.
El que recibía halagos a cada paso que daba.
Él podía conseguir a quien quisiera y ningún gilipollas valía la pena tanto como para amargarlo.
Así que, llevado por un repentino ataque de soberbia y dignidad, decidió que esa noche conseguiría borrar de su piel el molesto olor a Elías que llevaba impregnado desde que lo había conocido.
Y caminó hasta el lugar donde sabía que podría encontrar lo que buscaba.