Están lloviendo hombres 20
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Quedar con Leo se había vuelto deliciosamente habitual. En el hospital fingían ser simples compañeros de trabajo, pero fuera de él la cosa cambiaba.

¿Besos? En el hospital, ninguno. Leo se lo tenía prohibido y Benji no iba a discutírselo. Si quería seguir con él, tendría que ser comprensivo en eso. Al menos de momento.

Los momentos a solas lo compensaban todo, casi siempre en casa de Leo. Allí sí que podían disfrutar libremente: sin prohibiciones, sin estar en tensión, sin mirar alrededor.

Sin apenas notarlo, había pasado un mes. Un mes maravilloso, sin duda. Aunque las muestras de cariño fueran inexistentes en público, lo que tenían les bastaba.

Aquel viernes por la noche habían decidido reunirse en el pub de Juanca. Después de días y días en los que Benji trató de convencer a Leo para que lo acompañara, finalmente lo había conseguido.

Leo entró en el pub con indecisión. Estaba lleno. Abarrotado. Hasta los topes. Y no podía evitar mirar a un lado y a otro en busca de alguna cara conocida, mientras acompañaba a los dos jóvenes a la barra.

No estaba demasiado cómodo con la situación. Las mismas preguntas de siempre rondaban su cabeza: que si alguien podía verlo entrar o salir, que si estar acompañado de Benji y Nico resultaría raro… Y, para colmo, esa noche había ido el nuevo novio de Nico. Cita de parejitas.

Su rostro, rígido y serio, lo decía todo.

—Leo… ¡Estás demasiado tenso! —exclamó Benji—. Hazme el favor de relajarte y disfrutar de la noche.

—No puedes entenderlo —repuso Leo—. No sé para qué he venido…

—No empieces otra vez con eso, por favor. Te entiendo más de lo que imaginas, pero ya que has venido no vayas a tirarte toda la noche con la cara larga. Para eso, te vas —respondió cortante.

Leo no dijo nada, solo lo miró con reproche.

A Benji le hacía ilusión que Leo entrara un poco más en su círculo, pero sabía que su tutor no se soltaría hasta que no se bebiera un par de copas.

Tenía que emborracharlo rápido.

—Leo, cariño —Nico llegó con una copa en la mano—. A esta te voy a invitar yo, por ser tu primera vez aquí.

—¡Eso! —exclamó Juanca con entusiasmo—. No sabes las ganas que tenía ya de conocer al famoso doctor «Noestoybueno».

Nico miró de reojo a Benji con los ojos como platos.

Benji, por su parte, observó a Leo y tuvo que taparse la cara para aguantar la risa: se había quedado sin habla.

—¿Qué pasa? —preguntó Juanca.

—A ver, explícame bien eso del doctor «Noestoybueno», que creo que es la segunda vez que lo escucho…

—Que te lo explique mejor Nico, que fue quien te bautizó.

El rubio casi se lo come con la mirada. A Benji le costó no reírse al ver a Nico sonreír con alarma, con el rostro cada vez más colorado. Notó cómo su amigo le tiraba de la camiseta, como si quisiera que saliera en su defensa.

—¡Sois muy malos! —se quejó Nico—. Pues qué te voy a decir, maricón. Benji te describía tan imponente, y a mí se me olvidaba tantas veces tu nombre, que al final te terminé poniendo un magnífico mote cargadito de ironía. No me digas que no es original.

—¿Imponente yo? ¿Y al final qué? ¿Se equivocaba? —preguntó Leo con picardía, apoyando un codo en la barra.

Benji reconoció al instante esa personalidad ligona que pocas veces ponía en práctica, pero que tan efectiva resultaba.

Nico lo observó con la misma mirada juguetona.

—Sabes que no —murmuró con una risa tonta.

—Bueno, vale ya con el tonteo. Que viniendo de vosotros dos, ya no me fío… —replicó Benji, y se dirigió a Juanca—. Te lo conté, ¿no? ¡Casi se lían!

El camarero asintió entre carcajadas, mientras Leo soltaba una risita y Nico miraba al techo, negando con la cabeza.

—No sabía que era él —se excusó Nico.

—Y yo no sabía que era tu amigo. Y no íbamos a liarnos —continuó Leo.

—No me sirven vuestras excusas —objetó Benji.

—Es que Nico no se puede estar quieto, es un pichabrava —se burló Juanca.

—Pero eso era antes, ya no. Ahora tengo a mi bomboncito —respondió feliz—. Que, por cierto, ¿dónde se ha metido?

Juanca se limitó a sonreír de una forma un tanto forzada, de lo que únicamente Benji se percató. Leo y Nico se giraron para echar un vistazo rápido al local y el de rizos aprovechó para acercarse al camarero con disimulo, quien terminaba de atender a otros clientes con expresión decaída.

—¿Estás bien?

Juanca lo miró con resignación.

—Sí, claro.

—¿Seguro?

Miró de reojo a Nico, que seguía alzando la cabeza en busca de Elías.

—Es que lo veo diferente. Nico siempre va con unos y con otros, pero es la primera vez que lo veo tan…

¿enamorado? —se encogió de hombros y Benji le sonrió con pena—.

Da igual, la culpa es mía. Siempre me ha dado vergüenza.

Me siento demasiado mayor para él y por eso no me he lanzado. Es lo que hay.

—Juanca, no creo que…

—¡Benji! ¿Tú lo ves por ahí? —Nico interrumpió el momento.

Juanca le guiñó un ojo y se giró. Benji lo entendía perfectamente, pero ahora no podía hacer nada. Y le dio rabia porque, de haberlo sabido antes, le habría contado que Nico siempre había mostrado cierto interés en él.

Dejó sus pensamientos a un lado, se puso de puntillas para buscar al dichoso Elías y… lo localizó al instante. A lo lejos. Hablando con un chico y con una sonrisa demasiado sospechosa.

Por un segundo se alarmó.

—Voy a darme una vuelta, a ver si lo encuentro. Quédate aquí con Leo.

Pero ¿qué se había creído? ¿Venía con Nico y se iba a tontear con otro? Porque era eso lo que parecía. Estaban demasiado cerca. Demasiado cómodos.

Antes de que su sangre comenzara a hervir, trató de calmarse. A lo mejor eran amigos o conocidos. Nico y él también eran cariñosos muchas veces y podía dar lugar a confusión. Pero estaba tan receloso con la actitud de aquel chico que ya casi todo lo que hacía le parecía mal.

A veces, parecía que Elías se dedicaba a engatusar a Nico con miles de regalos y atenciones para ocultarle algo.

En el tiempo que llevaban, había conseguido que su amigo no pudiera ver otra cosa que no fuera él, con tanto regalito por aquí y por allá, y con tanta visita a tanto sitio caro.

Igual eran paranoias suyas, y ojalá se estuviera equivocando, pero era algo que no podía remediar. No le terminaba de caer en gracia.

Se acercó a él con decisión. El chico que acompañaba a Elías lo miró y alzó las cejas al verlo junto a ellos con muy mala cara. Elías se dio la vuelta y, para sorpresa de Benji, resopló con hastío.

No podía dar crédito, ¿a qué había venido eso? Era la primera vez que lo veía comportarse así, porque cuando estaba con Nico era muy diferente.

—¿Y tú qué haces aquí? —preguntó Elías con fastidio.

Benji, perplejo, se mordió la lengua para no mandarlo a la mierda allí mismo.

—Nico te está buscando.

Elías se volvió hacia el otro chico y lo escuchó decir que tenía que irse y que hablarían en otro momento, que había sido un placer.

¿A qué estaba jugando ese hijo de puta?

Cuando el chico se fue y Elías se dio la vuelta para volver a la barra, miró a Benji con suficiencia y lo empujó con el hombro al pasar por su lado, pero el de ojos verdes fue más rápido. Lo agarró del brazo y apretó con todas sus fuerzas, haciendo que Elías se doblara un poco del dolor.

Benji lo miró con agresividad.

—Espero que no se te ocurra hacer ninguna tontería con Nico. Y a mí no me toques los huevos, que no me conoces… —cerró sus dedos alrededor del brazo aún más, apretando con furia, y después lo soltó con violencia.

Elías se llevó una mano al brazo con la mirada aturdida. Los verdes ojos de Benji, amenazadores, lo escrutaban con una clara advertencia. El otro fue directo a la barra y se reunió con Nico por fin, no sin antes mirar a Benji con recelo.

Benji se acercó con lentitud, intentando tranquilizarse por el camino. Su rostro estaba completamente serio, con la mirada clavada en Elías.

Cuando se reunió con ellos en la barra, Leo lo miró con expresión interrogativa. Le hizo un gesto con el dedo para indicarle que luego se lo contaría.

Si el gilipollas de Elías creía que aquello había sido un aviso, se equivocaba. Él no era de amenazar y dar segundas oportunidades. Ya se encargaría de encontrar el mejor momento para advertir a su amigo de que quizás se estaba equivocando con él.

Los días pasaron y Benji no había encontrado el momento de hablar con Nico. Ver a su amigo tan risueño con su nuevo amor le hacía echarse atrás. No quería ser él quien le rompiera la ilusión.

¿Y si Elías no volvía a comportarse así?

Tal vez se estaba precipitando. Lo había consultado con Leo, pero él opinaba que debía decírselo.

Quizás Nico se había ilusionado demasiado pronto.

A Benji no le importaba si Elías quería estar con varios a la vez, siempre que Nico lo supiera; de lo contrario, le parecía injusto.

En eso pensaba mientras se arreglaba antes de encontrarse con él. Nico le había pedido que lo acompañara a comprar algunas cosas para la casa y, por qué no, aprovechar también para unas compritas de ropa.

—«¿Qué es lo que necesita para la casa?» —quiso saber Leo, al otro lado del teléfono.

Benji estaba aburrido, así que lo había llamado para charlar un poco antes de salir.

—No quieras saberlo.

—«Dímelo, coño».

—Una alfombra de estampado de leopardo que no es grande… Es enorme —exageró—. Yo no sé si eso le va a caber en el salón.

—«Eso es muy Nico, sí».

—Se encoñó con ella la última vez que fuimos a IKEA y ahora me toca llevarlo otra vez. Luego iremos al Plaza Mayor, porque ya que estamos, nos vamos de tiendas —imitó el tono de su amigo.

—«Que te sea leve» —bromeó Leo, consciente de lo poco que a Benji le gustaba ir de compras.

—Bueno, te tengo que dejar. Como llegue tarde, me mata…

—«Pásalo bien… Nos vemos mañana».

—Sí, mañana te veo esa carita guapa que tienes —escuchó la risa de Leo al otro lado y colgó.