20
Benji conducía hacia el piso de Leo con una mezcla de excitación y nerviosismo. Seguía las indicaciones del GPS con más atención que nunca. Ya casi estaba llegando. ¿El plan? Leo solo le había dicho: «Si no tienes nada que hacer, vente este sábado a casa». Escueto, para variar.
Iba dispuesto a cualquier cosa, pero más o menos imaginaba cómo se desarrollaría la noche: pedirían comida, verían una película, quizás terminarían acurrucados en el sofá…
Por alguna razón, ese plan, que con otra persona le habría parecido aburrido, con Leo sonaba demasiado bien.
Nunca había tenido esa clase de intimidad con nadie.
El edificio le sorprendió nada más llegar: era moderno, muy cuidado y rodeado de jardines con luces que iluminaban desde el suelo.
Cuando llamó al telefonillo y se abrió el portal, resopló nervioso.
No porque no supiera qué iba a suceder esa noche, sino todo lo contrario: sabía perfectamente lo que quería y estaba ansioso por conseguirlo.
Leo lo recibió con un pantalón de chándal de algodón y una camiseta sin mangas muy holgada. Casi tuvo que controlarse para no resbalar con sus propios fluidos. ¿En qué estaba pensando este hombre con esa ropa? ¡Él no era de piedra!
—Hola —Benji alzó una mano a modo de saludo, le dio un fugaz pico en los labios y, mientras pasaba al interior, le echó una mirada de reojo.
Esos brazos no le hacían ningún bien a su salud mental.
Los había visto muchas veces, pero nunca así.
De la manga corta no había pasado, y aquellos hombros desnudos eran un delito.
Hacía demasiado calor y ya no sabía si era cosa suya o si era porque Leo tenía puesta la calefacción, aunque no era tiempo de ponerla.
Tenía que venirle de dentro. Se quitó rápidamente la chaqueta y la dejó sobre el sofá, mirando a su alrededor—. Tienes un piso muy bonito.
—¿Te lo enseño?
Asintió. Leo caminaba descalzo delante de él y Benji sonrió para sí mismo.
A veces no podía creerse que ese hombre tan imponente, pero tan reservado y tímido a la vez, estuviera con él.
Más aún en ese momento, cuando se encontraban solos en una casa con un millón de rincones en los que podría hacerlo suyo.
Leo le enseñó cada habitación: el salón con cocina americana, el baño, un pequeño estudio, una habitación de invitados y la habitación principal.
Benji observaba cada detalle y hubo un par de cosas que le llamaron la atención: la primera, el orden que reinaba en la casa, típico de la personalidad de su cuadriculado tutor; la segunda, la cama más grande que había visto en su vida.
Benji estudió con detenimiento la gran colección de películas de la estantería del salón, mientras Leo le preguntaba qué quería cenar con el teléfono en la mano. Se encogió de hombros: realmente le daba igual.
Sí que estaba pensando en comer, pero no precisamente la cena.
—¿Comida asiática te va bien? —preguntó Leo.
—Lo que tú prefieras.
—Es mi favorita.
—Que sea asiática, entonces —accedió, acomodándose en el sofá.
Hablaron del trabajo, de lo que echaban en la tele y de muchas tonterías mientras degustaban unas magníficas gyozas y un sushi delicioso. Leo se entusiasmó al contarle cómo había descubierto ese restaurante y a Benji se le derritió el corazón al verlo así. Tan macho y tan mono.
También hubo silencios, pero no eran incómodos. Era un silencio anticipatorio, impaciente. Benji quería besarlo, sentarse sobre él, arrancarle la camiseta… pero, por primera vez en su vida, mantenía su postura de no forzar nada, de dejar que el otro tomara la iniciativa.
Al terminar de cenar, Benji se levantó para dejar su plato en el fregadero de la cocina. Mientras abría el grifo, escuchó a Leo tras él y se giró para mirarlo de soslayo.
Su tutor estaba claramente mirándole el culo.
Reprimió una sonrisa: la elección de los pantalones había sido todo un éxito. Aunque, bueno… los de Leo también.
Seguro que se los había puesto queriendo.
—¿Quieres algo más? ¿Cerveza u otra cosa?
—Venga, una cerveza —aceptó Benji.
Leo se dirigió a la nevera y él volvió al sofá, mientras lo seguía con la mirada. Ese chándal no dejaba lugar a la imaginación. Remarcaba demasiado ciertas partes. Benji se acomodó el pantalón con disimulo. La bragueta, más bien.
—¿Te vale esta? —preguntó Leo desde la nevera, mostrando una lata de una conocida marca gallega.
—Sí.
Leo dejó las cervezas sobre unos posavasos de cartón y Benji se tuvo que morder el labio cuando, al agacharse, la holgada camiseta del mayor le dejó una preciosa vista: su pecho.
Una risita escapó de sus labios sin querer.
—¿Qué pasa? —preguntó Leo.
—Nada. Una tontería de la tele —disimuló.
Leo se sentó junto a él con gesto confuso, mientras en la televisión solo aparecía un anuncio de una compañía de seguros. Benji lo vio recostarse en el sofá y decidió acortar la distancia.
—¿Te importa si me quito los zapatos?
—Para nada, quítatelos si quieres.
Se descalzó en un segundo y se dejó caer hacia un lado con descaro, apoyando medio cuerpo sobre el pecho de Leo.
Leo lo rodeó con el brazo algo tímido, torpe… como si aún no estuviera acostumbrado a tenerlo tan cerca. Con la otra mano agarró la cerveza, la abrió por delante del cuerpo de Benji y le dio un buen trago.
—No hay nada interesante en la tele, ¿no? —preguntó Leo.
—La verdad es que no. Si quieres poner una película, por mí bien.
—Bueno.
Pero no movieron un dedo. Ni cambiar de canal, ni elegir película.
Los pensamientos se atropellaban en la mente de Benji: quería besarlo en condiciones. Después de varios días en el trabajo fingiendo delante de los demás, era como si les diera vergüenza.
Benji miró de reojo el brazo que tenía apoyado sobre la pierna de Leo.
La mano del mayor le acariciaba con delicadeza el antebrazo y sintió un deseo irrefrenable de acariciarlo él también.
Empezó a cuestionarse si valía la pena tanto autocontrol.
¿Y si Leo estaba esperando a que él diera el primer paso?
Le dio otro sorbo a la lata, la dejó sobre la mesita y volvió a apoyarse contra él, descansando la cabeza en su hombro. Empezó a acariciar con suavidad su rodilla y fue subiendo, y subiendo… hasta que llegó a la cara interna del muslo. Escuchó un leve suspiro.
Y quiso oír más.
Siguió con las caricias conforme se incorporaba con lentitud hasta quedar justo a la altura de su querido tutor.
Su mano, traviesa, se acercaba peligrosamente hacia su entrepierna abultada.
Porque, sí, Leo estaba ya excitado por los roces y aquel pantalón no le permitía disimularlo de ninguna manera.
Benji se mordió ligeramente el labio sin apartar la mirada del sitio en cuestión.
Alzó la vista. Sus verdes ojos brillaban como nunca y se encontraron con los de Leo: negros, cristalizados, moviéndose con ligereza cada vez que sentía una nueva caricia. Leo tragó saliva, agarró su mano y, con lentitud, la guio hasta posarla directamente sobre el bulto de sus pantalones.
Y Benji se encendió. Comenzó a acariciarlo sobre la tela, firme, lento, observando cómo el rostro de Leo se contraía en un gesto de puro placer: quiso que se detuviera el tiempo, si así podía contemplar su expresión de éxtasis toda la vida.
—Leo… —susurró Benji—. ¿Por qué no mandamos a la mierda la película?
Poco a poco se puso frente a él y se sentó a horcajadas, como había deseado desde el principio.
—¿Y qué propones? —preguntó Leo, dedicándole una media sonrisa provocativa mientras lo abrazaba por la cintura.
Benji se acercó a su oído y susurró.
—Quiero probar esa cama tan grande que he visto.
Un calor intenso azotó el cuerpo de Leo.
Justo eso. Era lo que quería desde que invitó a Benji a su casa, desde que lo vio entrar con esos vaqueros que le apretaban la piel. Desde que lo vio sentado en su sofá, con las piernas bien abiertas, y Leo pensó que, viéndolo así, cualquiera se arrodillaría frente a él sin dudarlo.
Ya no le avergonzaba admitir que quería tenerlo en sus brazos desde que lo besó en los jardines del Muelle Uno, desde que bailaron en la Princesa, desde que hablaron a orillas del mar. Desde que lo vio aquel primer día, de pie, en esa sala de reuniones anodina que, de repente, se volvió especial.
Quería tocarlo, besarlo, desnudarlo.
Sentirlo dentro.
Y ya no podía aguantar más.
Benji se pegó completamente a él y empezó a moverse, provocando una delicada fricción entre ambos. Las manos de Leo fueron a parar a su culo y apretó con fuerza.
—¿Qué te parece el plan, Leonardo? —ronroneó travieso.
Leo jadeó cuando recibió un lascivo mordisco en su mandíbula.
—Me parece muy bien, Benjamín —consiguió decir al final.
Lo agarró por las caderas y lo alzó en brazos. Benji entrelazó las piernas alrededor de su cuerpo sin que sus lenguas se separaran ni un segundo. Entraron al dormitorio y el beso se cortó cuando lo dejó sobre la cama.
—¿Te crees que soy una princesita? —preguntó Benji con una carcajada.
Era la risa más preciosa que había oído nunca.
Se quitó la camiseta con urgencia y dejó al descubierto su trabajado pecho, cubierto por un delicado vello negro cuya extensión se estrechaba conforme descendía hasta el borde del pantalón. Benji lo miraba absorto.
Cuando se tumbó a su lado, el joven se colocó sobre él con esa socarrona sonrisa que tanto le gustaba, sujetando sus brazos para inmovilizarlo.
Dominándolo.
—No, la verdad es que no —respondió con el rostro contraído de placer. Le gustaba demasiado sentirse a su merced.
Benji sonrió con suficiencia y bajó hasta su pecho, deslizando los dedos por su vello en una suave caricia. Lo besaba como si por fin tuviera entre sus manos algo que había deseado desde hacía mucho y su respiración se aceleró, abrumado por la emoción.
Leo se sentía arrasado, jadeaba con cada roce de la lengua de Benji, con cada mordisco. La energía del joven fuera de la cama parecía que también tenía cabida dentro de ella. Su iniciativa y su fuerza lo cegaban.
Las caricias y los roces se hicieron más intensos. En apenas unos minutos se habían desvestido y seguían dándose placer el uno al otro con las manos.
De pronto, Benji frenó la mano de Leo.
—Para, para… O me correré demasiado pronto.
—¿Ya? —preguntó Leo, incapaz de ocultar lo halagado que se sentía.
—Si tú supieras cuánto tiempo llevo esperando esto… —Benji sonreía como si quisiera comérselo de un momento a otro, y Leo le devolvía el gesto esperando a ser devorado.
Sacó lubricante y un preservativo del cajón de su mesita de noche, y balanceó lentamente el condón como gesto de invitación.
—Ven aquí… —agarró a Benji por la cintura y lo tumbó sobre él. Lo besó y, después, susurró lentamente—. Póntelo.
Benji le arrebató el condón con impaciencia.
Lo que inició con suaves caricias y abrazos terminó en un desesperado acto en el que ya no hubo ninguna contención. Meses atrás no habrían imaginado que iban a acabar así: tocándose con tanta hambre y necesidad.
Leo se aferraba a su espalda con fiereza, emitiendo un dulce jadeo entre palabras que invitaban a Benji a continuar, a no detenerse, a moverse con más rapidez.
Se sentía deslumbrado: su ángel de bucles castaños y ojos verdes le clavaba los dedos en el muslo para impulsarse mientras que con su otra mano le brindaba un ardiente masaje.
Cuando Benji lo giró y lo envolvió en un abrazo desde atrás, besándole el cuello y la nuca con deseo, Leo se estremeció, convencido de que jamás se había sentido en un lugar mejor.
Al final, aquel joven le había llevado a recorrer ese camino que tanto había querido evitar.
Un camino en el que se sentía deseado, arropado, querido.
Y es que, entre todo aquel deseo, atracción y pasión carnal que les consumía, había algo mucho más profundo. La mezcla de tensión y delicadeza con la que se tocaban hablaba por sí sola.
Finalmente llegó la calma. Solo se escuchaban sus fuertes respiraciones. Benji se tumbó junto a él y lo miró sonriente, mientras alargaba un brazo y cogía un pañuelo de la mesita.
Leo lo miró con atención: Benji le limpiaba el abdomen con ternura mientras le lanzaba miraditas de reojo y sonrisas cómplices.
Le acarició el pelo. Pensó en lo enamorado que estaba, aunque no pudiera decirlo.
No quería fastidiar lo que para ambos había sido una noche inolvidable.
Sabía que sonaría demasiado intenso después de todo y tenía miedo de asustar a Benji, pero realmente lo sentía así: era una mezcla de cariño, admiración y deseo. Algo nuevo para él.
Tenía la sensación de que podría acabar queriendo más de lo que nunca habría imaginado a aquel niñato estúpido y arrogante que se había metido en su vida casi a la fuerza, a aquel angelito-demonio sin una pizca de vergüenza que no le había dejado en paz hasta hacerle perder la razón.
A aquel guapísimo residente que se preocupaba por él, que pretendía siempre sacarle una sonrisa, que lo mimaba y lo miraba con ternura, como en ese mismo instante.
Tenía miedo, pero estaba loco por él.
Mientras terminaba de limpiar a Leo, Benji pensó en lo sucedido minutos atrás.
Casi no podía creerlo: Leo rogándole, Leo a su merced, Leo gimiendo y aferrándose a él con firmeza, pidiéndole más.
Mezclando palabras obscenas con otras llenas de cariño.
Jamás imaginó que Leo podía ser tan… no sabía cómo definirlo.
Sensual. Erótico. Desatado. Todo lo que brotaba de sus labios mientras Benji se hundía en él tenía algo salvaje que le había dejado sin aliento.
Y la forma en que lo miraba, como en ese mismo momento: desnudo, con la piel brillante por el sudor, el pelo revuelto y una curva sensual en sus labios.
Lanzó el pañuelo al suelo y disfrutó unos segundos más de las caricias que Leo repartía por su cabello y su cuello. Ya lo había hablado con Nico, pero lo que sentía por Leo era mucho más intenso que lo que llegó a sentir por Alberto años atrás.
Se aproximó a él para fundirse en un largo beso, abrazados. Quizás aún no podía expresarlo con palabras, pero con aquel beso sabía que el corazón era el que estaba hablando.
—Quédate esta noche conmigo —le pidió Leo.
Leo lo besó en la frente, acarició sus rizos y lo estrechó entre sus brazos. Benji se dejó hacer y disfrutó de su aroma, que era más intenso que de costumbre. Una mezcla de sudor y su colonia habitual. Inspiró y sonrió. Olía demasiado bien.
—Aunque no quisieras, pensaba quedarme. Sabes que siempre hago lo que me da la gana.
Leo lo apretó aún más contra él.
Fue la primera noche en que dejaron de resistirse, en que se descubrieron y se sintieron de verdad. Se encontraron y se perdieron tantas veces que el tiempo dejó de importar. Cuando llegó el amanecer aún se buscaban, entrelazados, abrazados, exhaustos. Con una mezcla de calma, deseo y vértigo.
No hizo falta decir nada. A la mañana siguiente, el mundo seguiría igual.
Ellos no.