19
Septiembre era un mes muy querido por los lugareños.
El calor era menos asfixiante que el de julio y agosto, y la ciudad se había calmado después de los intensos ocho días de feria.
Era un mes relajado y, mientras unos volvían al trabajo, otros aprovechaban para tomarse unas vacaciones.
Uno de ellos era Benji, quien había reservado unos días en esas fechas.
O al menos iba a ser así hasta que le informaron de lo contrario una semana antes.
—¡Puta mierda! —exclamó tras dar un portazo en la sala de trabajo.
Leo lo miró sorprendido.
—¿Se puede saber qué coño te pasa? No grites así.
—¡Me han obligado a cambiar mis vacaciones! —se quejó, y dejó la libreta que llevaba en la mano de un golpe sobre la mesa—. Tenía una reserva hecha en un hotel. Qué asco de hospital…
—¿Por qué te las han cambiado?
—¡Y yo qué sé! Dice la tutora de Urgencias que no sé cuántas personas tienen también vacaciones, así que… ¿quiénes son los pringados que tienen que cambiar las suyas y quedarse a cubrir las guardias? ¡Los de primer año! ¡Por supuesto! —exclamó sarcástico—. Podría haber avisado antes.
—Vamos, cálmate… —Leo se acercó a él y posó la mano en su brazo—. ¿Te va a costar dinero cancelar la reserva?
—No, pero me da rabia. Iba a irme con Nico…
—¿A mariconear? —bromeó Leo, imitando sus palabras.
Benji sonrió a duras penas.
—Sí… Me jode mucho ser el último mono del hospital. Nico ya había hecho sus planes para cerrar la peluquería esos días… Ahora tendremos que cambiarlo todo.
—Seguro que a Nico no le importa y podéis aplazar el viaje.
—¿Para octubre? Pues nada, a la mierda la piscina y la playa.
—Bueno, no le des más vueltas. A mí también me hicieron una putada así cuando entré, es lo malo de ser el nuevo. Como tú dices: eres el último mono.
Benji resopló y Leo se sentó de nuevo frente al ordenador.
—¿Dónde ibais? Si se puede saber.
—A Conil.
—Qué típico, ¿no?
—Sí —admitió con una risita y tomó asiento—. Aunque después del finde con Elías en el supermegahotel, seguro que le sabía a poco lo de Conil. Quizás le viene hasta bien que se haya jodido todo.
—No digas eso… —Leo se colocó bien las gafas y, de pronto, habló con reserva—. ¿Os ibais solos o con alguien más?
Ayudado por sus pies, Benji arrastró la silla y se acercó. Apoyó la cabeza sobre la mesa, con la cara prácticamente plantada en el teclado del ordenador. Su postura y su rostro feliz resultaban cómicos.
—Estás celoso —afirmó.
Leo resopló divertido.
—¿Celoso? ¿De qué?
—Eso digo yo. Pero lo estás.
—Por mí puedes hacer lo que te salga de los cojones —aseguró, echándose hacia atrás en la silla para alejarse de él. Benji continuaba mirándolo con diversión y con la cabeza sobre la mesa. Leo le dedicó una sonrisa cálida—. Eres un payaso…
Se miraron unos segundos en silencio hasta que Benji se incorporó.
—¿Te he dicho alguna vez lo mucho que me pones con gafas?
—Unas cincuenta veces.
—¿Crees que a mí me quedarían bien? —y, sin esperar respuesta, se las arrebató y se las probó. Leo chistó molesto—. Oye, no ves tan mal. Pensé que me marearía y todo.
—Qué va, solo es un poco de hipermetropía, pero me vienen bien para leer y para el ordenador —explicó Leo, divertido al ver a Benji con sus gafas puestas—. ¿Me las devuelves ya?
—¡Eh! Háblame con respeto, que soy el doctor Escrivá —bromeó, calcando sus gestos y su tono de voz.
—Qué bien se te da hacer el gilipollas… Anda, déjate de cachondeo y dame las gafas —le pidió exasperado e intentó quitárselas con un movimiento rápido de manos, pero Benji dio un respingo y lo evitó.
—¡Cómo se te ocurre intentar quitarme las gafas!
¡Son mías! —se levantó y siguió imitando a la perfección a su tutor.
Leo también se puso en pie y, tras algunos intentos forcejeando, consiguió sujetarlo con fuerza por las muñecas con una mano, mientras que con la otra intentaba coger las gafas.
Benji movía la cabeza para esquivarlo, riendo a carcajadas—. ¡Ay! ¡Cabrón! ¡Me haces daño!
—¡Estate quieto! —se quejó Leo, que empezó a reír también con una felicidad casi absurda.
De repente, la puerta se abrió y ambos pararon de forcejear de golpe. Leo lo soltó y Benji carraspeó nervioso, quitándose las gafas con prisa. Vio a Leo volver la cara hacia un póster que hablaba sobre la importancia de actuar rápido ante un síntoma de ictus. Como si nunca lo hubiera visto.
Lucas los había pillado en pleno tonteo y ahora intentaban disimular como si no hubiera pasado nada. Benji sabía que eso solo los hacía parecer aún más sospechosos.
—Eh… Benji —Lucas miró a uno y a otro, confundido—. Te estaba buscando.
—Dime, dime.
Benji le acercó las gafas a Leo, sin mirarlo. Su tutor las cogió y volvió a su sitio, fingiendo centrarse en su trabajo.
—¿Tienes un momento? ¿Puedo robártelo, Escrivá?
—Puedes hacer con él lo que quieras —espetó Leo sin apartar la vista de la pantalla.
—¿Qué ocurre?
—Nada, es que tengo un caso interesantísimo en la 523, y pensé que quizás… No sé, igual querías venir conmigo para estudiarlo juntos —dijo Lucas, repentinamente nervioso. A Benji le extrañó el tono que estaba usando—. Solo si tienes tiempo, no te quiero molestar.
—Sí, claro. He oído algo esta mañana.
—Genial. Entonces, ¿vamos?
—Espérame un minuto y salgo, ¿vale? Que tengo que terminar una cosa.
Benji vio a Lucas asentir antes de que lanzara una mirada de reojo a Leo, que seguía escribiendo unas notas en un folio. Luego cerró la puerta.
El mayor lanzó el bolígrafo sobre la mesa y giró la silla.
—¿Qué coño le pasa a este ahora? —se quitó las gafas y también las soltó con desdén.
—Y yo qué sé. Tú también lo has notado, ¿verdad?
—Sí —refunfuñó, volviendo a coger el bolígrafo y jugando con él entre sus dedos—. Me contaste que en la fiesta se puso raro cuando le dijiste que eres gay, ¿no? Sé que sois colegas desde que entraste, pero ¿no crees que estos días está un poco raro? Se comporta como un perrito faldero.
—Sí, pero ¿qué tiene que ver eso?
—Piensa un poco —sentenció con una ceja arqueada.
Benji calló unos segundos y después rompió a reír.
—¡Venga ya! ¡Lucas tiene novia!
—Lo sé, una residente de Anestesia, ¿es eso incompatible? —replicó sarcástico—. Por experiencia, te digo que no. Me parece que tu radar está fallando esta vez.
—Segunda escena de celos en un día. ¿Esto también lo tengo que añadir al libro del residente?
—Mira, Benji, que te den por culo.
—Vale, pero solo si me das tú —ronroneó burlón.
Leo le lanzó con furia el bolígrafo al pecho, mordiéndose el labio para contener la risa.
—¡Oye! ¡Hoy estás agresivo! —se quejó Benji.
—¡Vete ya! —exclamó Leo, riendo—. Y no vuelvas en un rato, que quiero estar tranquilo.
—Está bien. Échame de menos… —susurró, y fue hasta la puerta caminando de espaldas y a paso rápido por si a Leo se le ocurría lanzarle cualquier otro objeto.
—No lo haré.
Benji cerró la puerta y Leo resopló.
Su residente podía llegar a ser insoportable a veces, pero precisamente por eso le había cogido tanto cariño.
Nunca le habían tratado así y tenía que reconocer que le encantaba: esa energía que le transmitía, esa manera de sacarle de quicio…
En el fondo, le ponía de muy buen humor.
Benji era la pizca de acción que había faltado en su vida hasta entonces.
Volvió a sus quehaceres dándole vueltas al tema de Lucas.
Quizás solo era producto de su imaginación y, en realidad, no tenía ningún interés oculto por Benji; pero no podía evitar preocuparse: Lucas era muy atractivo.
Era el típico guapo que a todos gusta. Además, al contrario de lo que su apariencia pudiera dar a entender, era un chico bastante tímido. Y un buenazo.
Guapo, tímido y encantador: el prototipo de hombre que dan ganas de cazar.
Intentó apartar esos pensamientos de su cabeza y concentrarse en el trabajo. En realidad, sentía una extraña certeza de que Benji solo tenía ojos para él.
El sonido de la puerta abriéndose le cortó el hilo de pensamientos.
—¿Qué quieres, pesado? —preguntó Leo, con las comisuras de los labios levantadas y la mirada fija en el ordenador.
—Vale, vale… Ya me voy —era Pedro.
Leo se giró.
—Pensaba que eras otra persona.
—¿Benji? —inquirió con los ojos entrecerrados y una sonrisita juguetona. Leo respondió con una mueca burlona.
—¿A qué se debe tu visita?
—Vengo solo a confirmar que sigue en pie lo de esta tarde.
—Sí, necesito que me acompañes. No tengo ni idea de qué regalarle a Paula…
—Hecho, yo te ayudo. Aún tenemos tiempo —Pedro se acercó y se sentó junto a él—. ¿Y qué? ¿Cómo va la cosa con él?
—¿Tú no estabas hoy en consulta?
—Tengo un hueco ahora. Anda, no trates así a tu mejor amigo del alma… —le dio una colleja y se quedó mirándolo fijamente—. Oye… ¿Le has dicho algo a Santi?
Leo frunció los labios con culpa.
—No…
—Me lo temía. En la fiesta parecía ajeno a todo. ¿No se lo vas a contar?
—No lo sé.
—Deberías decírselo…
—No me agobies, Pedro. No es lo mismo que contigo —respondió con el ceño fruncido.
Lo había estado meditando, pero, aunque Santi era muy amigo suyo, también eran compañeros del mismo servicio.
¿Qué pensaría si le contaba que se había liado con su residente?
Su opinión le importaba mucho y temía decepcionarlo.
—Es como un padre para ti, ¿verdad? —dijo Pedro con suavidad. Leo no dijo nada—. Va, no te agobio con ese tema. Mejor te agobio con otro, que no me has contestado: ¿cómo te va con Benji?
—Bien… —Leo suspiró—. Supongo.
—¿Habéis quedado desde la feria?
No. No habían vuelto a quedarse a solas desde la fiesta, a pesar de que Benji había insinuado varias veces que quería verlo fuera del trabajo.
Quería invitarlo a su casa, pero no había encontrado el momento adecuado para lanzarse.
Aunque lo que más deseaba era dejarse llevar por él, algo en su interior lo obligaba a dar pequeños frenazos.
Algo que le recordaba que no podía bajar la guardia de la noche a la mañana.
—No… —se pasó una mano por la nuca.
—Joder, Leo. Invítalo un día a cenar. No seas soso.
—Que sí, ya lo sé. Estoy… planeando algo en casa.
—¿Vas a poner velitas por toda la habitación? Paula compra unas que huelen de puta madre, si quieres las buscamos esta tarde.
—Vete a la mierda, Pedro —soltó una risita entre nerviosa y exasperada. Pedro le revolvió el pelo con cariño.
—Pórtate bien, tontorrón. Te veo luego, a las cinco.
Leo asintió, todavía sonriendo, y Pedro salió por la puerta.
Su amigo tenía razón. No podía demorarlo más. Sobre todo porque, sí, tenía pequeños bloqueos a ratos, pero las ganas de quedarse a solas con Benji lo estaban volviendo loco.
Cogió su móvil, abrió la conversación con su residente y la recorrió. En la última semana, Benji había aprovechado cada momento para confesarle las ganas que tenía de quedar con él. Las ganas que tenía de abrazarlo y besarlo.
Soltó el teléfono sobre la mesa con una sonrisa.
Continuó trabajando mientras pensaba cómo le diría a su residente que quería cenar con él en su casa ese mismo fin de semana.